Id al mundo entero (Mc 16, 9-15)

mundo.jpgMe gusta mucho viajar. Considero que es una de las tareas, actividades o experiencias que más enriquecen a un ser humano: le abren la mente, le hacen disfrutar de paisajes o lugares insospechados y le provocan inevitablemente un viaje interior que transforma un poquito de su ser. Pero también siempre he tenido claro que no me gustaría conocer lugares exóticos y lejanos y desconocer las maravillas de la ciudad donde vivo: ¿no es paradójico conocer maravillas tibetanas y no haber presenciado la puesta de sol en algún lugar mágico a la vuelta de la esquina? Creo que es esa tentación humana, al menos mía, de intentar escapar de lo que tengo al lado para sentir que no existe la cotidianeidad, la rutina, lo de siempre. Y no es sano. De poco vale. Más nos valdría dedicar las energías a cambiar nuestra mirada y a convertir en mágicos muchos de los rincones, pueblos o ciudades cercanos a nuestro lugar de residencia.

Toda esta introducción me ha venido a la mente tras leer el evangelio… ¡Id al mundo entero! ¡Qué bien plantearme ser misionero! ¡Mártir! ¡Ir a tierras lejanas, a proyectos distintos…! En otros eso es una llamada, una vocación. Es mi sería un escape. Mi «mundo entero», por ahora, no sale de Madrid y alrededores. Mi «mundo entero» es el de siempre. Eso es lo que me estorba. Eso es lo que no me gusta. Eso es lo que desecho. Prefiero otras cosas, otras gentes… pero NO. La palabra de Dios para mi hoy es más bien esta: «Vuelve del mundo entero y proclama el Evangelio en tu casa». Dios me conoce… ¡ay si me conoce!

Un abrazo fraterno

Es el Señor (Jn 21, 1-14)

¿Quién es mi Juan Señor? ¿Quiénes son los que me dicen cada día «Es el Señor»? ¿Quiénes me ayudan a percibirte tras una noche de fracasos? ¿Quiénes tras la decepción y la oscuridad tienen el don de percibirte y escucharte con esperanza?

¿Para quiénes soy Juan Señor? ¿A quiénes te llevo? ¿A quiénes me pides presentarte? ¿Para quiénes debo ser esa palabra de esperanza que les salve de su vida?

Desde luego, creo y por ahora, a los más cercanos. A mis hermanos de todos los días. Soy Juan para mi comunidad y mi comunidad es Juan para mi. Soy Juan para mi familia y mi familia es Juan para mi. Soy Juan para los jóvenes y los jóvenes son Juan para mi.

¡Cuánto me gusta ser Juan! ¡Cuánto me cuesta ser Pedro!

Un abrazo fraterno

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Paz a vosotros (Lc 24, 35-48)

Señor, Tú sabes lo difícil que es para mi acoger esta Palabra tuya. Tal vez el problema es que no acabe de encontrarme con el Resucitado y no acabe de oír de su boca estas palabras.

Mi vida está llena de miedos. Miedo a la muerte, a la enfermedad, al sufrimiento de mis seres queridos, a las catástrofes naturales, a no ser capaz de llevar a cabo mi vocación educadora en plenitud… ¡a tantas cosas! ¿Cómo alguien con tantos miedos puede recibir tu paz? Lo veo complicado Padre. Pero sé que Tú conoces mis miedos y me siento querido en estas debilidades mías.

Yo iré dando pasos para integrar ese miedo en mi vida, canalizarlo, mirarle a la cara. Iré dando pasos hacia tu cruz, hacia tu sepulcro. Sólo el que llega a morir de veras logra encontrarse contigo resucitado.

Un abrazo fraterno

Lo reconocieron (Lc 24, 13-35)

emaus.jpgMe es inevitable recordar los momentos de la celebración de la Pascua recientemente vividos. Hoy tengo ante mi el relato de Emaús, un relato conocido. Este año, el sábado por la tarde, propusimos a los chicos que tuvieran su experiencia de Emaús (a baja escala claro) para acabar con una catequesis pequeña para dar sentido a la tarde y disponernos ya para la Vigilia Pascual. Esa catequesis la di yo y giraba en torno a este verbo: «reconocer». No era una catequesis muy enjundiosa en cuanto a profundidad o complejidad.

¿Qué diferencia hay entre «ver» y «reconocer»? Esa era la clave de la catequesis que los mismos chicos fueron desgranando. Eso es lo que me ha interpelado en el relato de Emaús esta vez.

Dios sale al encuentro de los caminantes, de los que en algún momento de su vida han salido en su busca, de los que quieren algo más, de los enamorados del mensaje. Dios sale al encuentro de los que no se han quedado parados pese a las decepciones, frustaciones y lamentos. No entienden nada pero andan, aunque sea de vuelta a casa. Dios nos busca ahí. Y nos invita a mirar atrás y a intentar darle sentido a todo lo vivido, a descubrir nuestro camino personal. Y lo hace a través de personas, acontecimientos, palabras, sacramentos… Y si estamos atentos y abrimos bien los ojos… ¡ahí le reconoceremos!

Tal vez nunca veamos a Dios. Tal vez nuestros ojos deban estar preparados para reconocerle.

Un abrazo fraterno 

¡María! ¡Santi! (Jn 20, 11-18)

resucitado.jpgTal vez sea esa la experiencia del Resucitado. Tal vez sea ese el momento clave.

 Saberte llamado por tu nombre. Saberte conocido por Él. Saberte amado en lo que eres. Cuando sientes eso, cuando lo sientes y lo experimentas y no sólo lo sabes, es cuando algo cambia.

A mi no me resulta sencilla experimentarlo pero, a baja escala, lo voy viviendo. Es difícil dejarse «lavar los pies». En esta Pascua, con los chicos, previamente a la celebración del Jueves una pregunta golpeaba todos los corazones en la catequesis previa: ¿te dejarías lavar los pies por Jesús? ¿Cómo reaccionarías? Yo lo tuve claro: sí me dejaría. Mi cabeza me diría que es lo que tengo que hacer. Sé que hay que hacerlo. A nivel de sentimientos el tema va por otro lado… Me dejaría lavar pero, como dije, estoy convencido de que rompería a llorar…

Un abrazo fraterno

Mi cuerpo descansa sereno (Sal 15)

Después de varios días sin compartir mi oración, hoy me vuelvo a sentar frente a la Palabra del día.

¡Estamos en tiempo de Pascua! ¡Cristo ha pasado! Y yo me he dado cuenta. Sé que pasa cada día, en cada persona que me encuentro, en la naturaleza, en los acontecimientos, en mi comunidad… pero celebrar la Pascua es como una inyección experiencial de paso de Dios, de presencia, tremenda.

Es mi cuerpo el que más ha notado todo esto. Para una persona tremendamente racional como yo, tanto tiempo desconectada de sus sentidos y de su cuerpo, de sus sentimientos… es muy importante ser consciente de que mi cuerpo acompaña a mi corázón y a mi cabeza. Es importante saborear estos sentimientos agradables, de paz… Es importante comprobar que la Resurrección huele a las flores de la Vigilia…

Sigue pasando Señor… para que yo pueda seguir dando pasos.

Un abrazo fraterno

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Oía el cuchicheo de la gente (Jr 20, 10-13)

cuchichear.

(De cuchichiar).

 

1. intr. Hablar en voz baja o al oído a alguien, de modo que otros no se enteren.

Este es el significado que la palabra cuchichear tiene según la Real Academia Española de la Lengua. Yo creo que el Señor me pide no cuchichear. Me pide hablar alto y claro y más en el tiempo en el que vivimos: un tiempo en el que hay demasiado cuchicheo  y pocas voces, demasiada gente y pocas personas. Vivimos en una sociedad que nos invita a perder nuestra individualidad, a callarnos, a sumarnos a mensajes de otros… Vivo continuamente el cuchicheo, el hablar de todo y de todos, el criticarlo todo, el ponerle pegas a todo sin aportar nada, la queja quejicosa… Pero pocas veces me encuentro con opiniones propias, con criterio. Pocas veces me encuentro con personas que hablan claro, que tienen claro su pensamiento y sus sentimientos. Pocas veces me encuentro con soluciones, con propuestas de crecimiento reales…

Yo no quiero cuchichear. Yo no quiero ser «gente». Gracias por ponerme personas al lado, Padre, que me ayudan a ser más yo.

Un abrazo fraterno

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