No les queda vino (Jn 2, 1-11)

marr-013.JPG– No les queda vino.

Esas fueron las palabras de María a Jesús. Por cómo lo dice el Evangelio me da la sensación de que Jesús ni se había dado cuenta… Estaba en una boda, divirtiéndose junto a los novios y los invitados. Además, como Él le contesta a María, todavía no había llegado su hora. Pero María sí se percató de que algo sucedía. Tal vez por conversaciones, por susurros, por expresiones en la cara de los organizadores, por muestras de preocupación… ¡qué sé yo! Algo llamó la atención de María, algo que no llamó la atención del resto.

María, haciendo vida la carta de corintios de hoy, pone sus dones al servicio de los demás. Ella está pendiente de las necesidades ajenas. Ella se da cuenta de lo que necesita cualquiera de su alrededor antes de que otros ni siquiera se hayan percatado. Es un don. Y contundente es también su reacción: acudir a Jesús. No intenta resolver el problema ella. Ella sabe que no es quién para hacerlo, no podría hacerlo. Ella se percata, mueve hilos y lo deja todo en bandeja para que, aquello que está fuera de su alcance, sea Jesús quien lo haga.

Poner los dones al servicio de la comunidad, ser humildes y conscientes de nuestras limitaciones y acudir y confiar en que el Padre hará el resto… Habrá que tomar nota… una vez más.

 Un abrazo fraterno

Sígueme (Mc 2, 13-17)

El Señor se acerca a Mateo. Y le cambia la vida. Como dice S. Pablo en la primera lectura de hoy, la Palabra de Jesús es viva, eficaz, tajante, penetrante. Lo fue con Mateo, lo fue para Mateo.

La Palabra de hoy me llama, primero, a asumir que el Señor sabe quién soy, me conoce. En una sociedad donde tanto importa aparentar, donde nos preparamos las entrevistas de trabajo para convencer, donde para la almohada somos unos y para la gente somos otros, donde tenemos que ir a la moda para que se nos tenga en cuenta, o beber, o fumar… En esta sociedad de la apariencia, el Padre sabe quién soy. Ante Él de nada vale aparentar. Esto no debe darme miedo «por lo que pensará Dios de mi» sino PAZ: sabiendo quien soy, entra en mi casa, come conmigo y me propone que le siga, que camine a su lado, que sea de los suyos, que le ayude en su misión. ¡Qué maravilla saberme aceptado y amado por el Padre!

mateo.jpgPero también la escucha de hoy me interpela y me incomoda. Si sigo siendo alguien mediocre en muchos aspectos de mi vida ¿será que no he conseguido oir nítidamente a Jesús? ¿Todavía no se ha producido el encuentro personal definitivo? Porque cuando el encuentro se produce, Mateo es incapaz de volver atrás. Yo vuelvo atrás muchas veces. No creo que la Palabra de Dios sea tan eficaz en mi como lo fue en Mateo… Tal vez no he permitido todavía ese encuentro… tal vez porque muchas veces me considero de «los sanos» y los que nos creemos sanos somos los eternos enfermos porque nunca dejamos que el Médico nos cure…

Un abrazo fraterno

Lo que oímos y aprendimos… lo contaremos (Sal 77)

     Si yo soy lo que soy hoy es, en parte, gracias a lo recibido de mis padres. De ellos recibí amor, cariño, cuidado, compañía, seguridad, protección. Ellos me enseñaron lo importante, me transmitieron unos valores, me proporcionaron una educación. Me dieron la oportunidad de crecer, de formarme, de conocer, de experimentar. Pero es inevitable mirar atrás y comprobar que fueron ellos los que plantaron la semilla de la fe en mi persona. Las primeras oraciones sencillas, los primeros cuentos de Jesús, las primeras caricias al Niño en Navidad, la asistencia a la Eucaristía, la progresiva enseñanza de la doctrina… Ha sido un plantar constante esperando que el Señor hiciera su parte y el don de la fe pudiera ser para mi.

     Han pasado los años y yo, cogiendo no sólo el timón de mi vida sino también el de mi fe, fui madurando poco a poco todo lo aprendido. Mi fe y mis convicciones fueron creciendo hasta el punto de que no se basa ya en lo enseñado sino en lo experimentado en carne propia y en lo sintetizado por uno mismo. Todos estamos llamados a superar la fase primera. ¡Pero qué facil es depurar lo construido! ¡Qué fácil podar y cuidar la planta ya surgida!

     El Salmo de hoy nos propone a todos comunicar a los que nos siguen lo que gratis recibimos. En primer lugar a nuestros hijos y luego a los jóvenes y niños de hoy que no gozan, en muchas ocasiones, de semilla plantada. Esto es parte del compromiso de mi ser cristiano. No sirve mirar a otro lado. No sirve acomodarse. No sirve no sentirse parte de una cadena. Esta es parte de la misión. ¡Gracias Padre por lo recibido! ¡Dame entendimiento y amor para comunicarlo de la manera que sea de mayor utilidad!

 Un abrazo fraterno

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No endurezcáis el corazón (Sal 94, 6-11)

«Si escucháis  hoy su voz, no endurezcáis el corazón.» Así comienza el fragmento de la carta a los Hebreos del día de hoy. Luego el Salmo se extiende en la Palabra, le da forma y grito. Vale la pena deleitarse con él, desde luego. Esta frase de la Palabra es para hoy más que nunca.

Son los dos verbos los que vienen a interpelarnos, ESCUCHAR y ENDURECER:

– ESCUCHAR. Hoy hay déficit de escucha. Somos personas que hemos decidido enfrascarnos tras los cascos de los reproductores MP3. Somos personas que hemos decidido tener siempre algo que oir para evitar tener que escuchar. Nos hemos agarrado a la falta de tiempo, al estrés, a los objetivos a cumplir, a lo que hay que hacer… para no enfrentarnos a la voz del que nos llama, a las voces de los que nos imploran. No hay escucha sin silencio. Pero el silencio nos incomoda, nos descoloca. ¿Quién dirige tu voz hacia ti? ¿Quién necesita de tu escucha? ¿Estás en disposición de estar a la escucha del Padre?

– ENDURECER. Nos hemos insensibilizado. Nos hemos anestesiado. Hemos subido el listón de nuestra compasión. Al revés que Jesús, que sintiendo compasión del leproso, actúa y le da soluciones, nosotros no nos dejamos ablandar tan rápido. Llevamos en el tuétano que alguien sensible no es capaz de sobrevivir en un mundo como el nuestro lleno de impersonalismo y de intereses. La llamada de hoy es a hacer frente a esta corriente de endurecimiento generalizado. Ya no nos compadecenos: no hacemos del padecimiento del prójimo el nuestro. Lamentamos, nos solidarizamos… pero no nos compadecemos.

Asistimos como espectadores a situaciones de abandono, de abuso, de acoso, de pobreza, de injusticia. Es difícil vivir con ello a menos de que, claro está, nos coloquemos los cascos, le demos al PLAY y cambiemos la banda sonora del mundo por una que nos guste más. Ese es el truco.

Un abrazo fraterno

… que para eso he salido (Mt 1, 29-39)

Siempre fiel a su misión. Así era Jesús. Alguien fiel a su misión. Hasta el final y pese a todo, como demostró en el miedo de Getsemaní. El Evangelio de hoy vuelve a presentarnos a un Jesús que, lejos de acomodarse al calor del triunfo, de lo conocido, del respeto de los demás, decide salir a otros lugares a seguir predicando y expulsando demonios. Supera sus seguridades y se ata a aquello a lo que ha sido llamado.

Nosotros también somos llamados cada día y lo somos, posiblemente, a hacer lo mismo que Jesús: predicar y expulsar demonios. Estamos llamados a no estancarnos, a buscar nuevos «oídos» en los que sembrar que «Dios es amor». Estamos llamados a arriesgarnos en nuestra lucha por el Reino, que es también la lucha por nuestra felicidad. Estamos llamados a identificar los demonios que nos rodean y que atormentan a los que están a nuestro lado para luchar contra ellos y ser cura para la herida abierta.

 Hoy, en este comienzo de año, estamos llamados a dejarnos de bonitos propósitos inútiles y ponernos a caminar de una vez por la senda del compromiso. Hoy, más que gimnasios, bancos e hipermercados en rebajas, nos esperan las puertas abiertas de las innumerables ONG’s, instituciones, parroquias, etc. que cada día luchan por la felicidad de todos porque… para eso hemos salido.

 Un abrazo fraterno