MR 9

Aquella roca había sido mi asiento favorito en los momentos más importantes de mi vida. Mirar al océano de frente y sentir la fuerza del aire en mi cara me ayudaba a decidir. ¿Podía haber mejores compañeros que las gaviotas y la espuma blanca del mar cuando uno tiene que jugarse la vida?

Decidí que sí. Que me iba. Que lo dejaba todo. Con miedo. Con dudas. Con decisión. Uno sólo vive una vez y no estaba dispuesto a vivir con la eterna incertidumbre de si mi futuro y mi felicidad pasaban por ti. Las personas vivimos gracias a nuestras certezas y a nuestras locuras. Aquello era una locura.

Me levanté y abrí mis brazos abrazando todo lo que yo era hasta entonces: mi ciudad, mi familia, mis amigos, mis rutinas… Todo iba a desaparecer. Sentí un escalofrío. Bajé los brazos y me puse en manos de Dios. ¿Hay mejores manos? Y volví andando a casa, tranquilo y en paz.

MR 8

Saliste de la ducha con una toalla blanca y el pelo suelto y empapado. Me quedé fascinado. No te había visto tan atractiva nunca antes. Temblé mudo y tragué saliva. Te acercaste despacio y sin tocarme con tus manos me besaste. Fue un beso dulce y húmedo. Fue el comienzo de una noche de la que ya nunca saldríamos. Hasta hoy.

MR 7

El otoño es la estación favorita de mi madre. Con sus hojas marrones, su viento, sus primeras lluvias de la temporada… Tiempo de tardes en casa, de manta en los pies, de olor a castañas, de difuntos y todolosantos. Es tiempo para extrañar el ya lejano verano y empezar a poner los ojos en la Navidad que se presenta en el horizonte.

Otoño. Desapacible. Tiempo de resfriados y catarros, de bizcochos con colacao calentito y de mañanas holgazanas sin despertador.

A mi no me gusta el otoño. Es tiempo de bajada, momento de caída, desaceleración, pausa, recogimiento… Yo soy la primavera alegre, el día que se alarga buscando la eternidad. No me gusta el otoño. Y menos sin mi madre…

MR 6

Erika vivía en mi barrio. Unas cuantas casas más allá de la mía. La veía pasar todas las mañanas cuando iba al cole, bien de mañana. Aros grandes, minifalda ajustada y una larga melena negra ensortijada. Siempre la misma imagen.

Erika no lo tenía fácil. Su padre llegaba borracho de madrugada, noche sí noche también. Su madre los había abandonado hacía ya 7 meses. Eso se comentaba en la pescadería y en la carnicería. La gente hablaba. Chismorreos. Marujas.

Cuando la policía llegó aquella mañana Erika ya había sentenciado su futuro. Acabar con su padre en un arranque de desesperación la conduciría a la cárcel sin remedio. Bajó esposada. Con la frente en alto. Consciente. Mirada perdida y desesperanzada. Un agente le bajó la cabeza y la metió en el coche.

Erika era una asesina. Cometió una locura. ¿A quién se le ocurre? ¿En qué estaría pensando esta niña? A su padre… por muy borracho que fuera… Eso se comentaba en la pescadería y la frutería. La gente hablaba. Chismorreos. Marujas. ¿Cómplices?

MR 5

New York.

¡He recorrido sus calles tantas veces en mi imaginación! ¿Qué se sentirá al conducir por New York con la canción de Sinatra a todo trapo en la radio?

– ¿Te animarías a pasar las Navidades en New York algún año? – te pregunté. – Debe ser precioso…

– Ahora los niños son demasiado pequeños, luego no tendremos suficiente dinero y, cuando podamos hacerlo, seremos demasiado mayores – me respondiste en tono jocoso.

Sé que te vendrías. En el fondo, tú y yo somos muy newyorkinos, ciudadanos del mundo. Siempre mirando al cielo…

MR 4

– Estás preciosa – le dije al oído mientras agarraba su mano derecha fuertemente con las dos mías.

– Gracias papá. Tú también estás muy guapo.

– ¿Sabes? Sabía que algún día ésto llegaría. Y estoy contento por ello. Contento por verte feliz. Contento por ver que lo hemos hecho bien contigo. Contento porque lo has hecho bien…

– Papá… me siento rara. – balbuceó bajando la mirada. – Estoy feliz pero no quiero dejarte.

Nos abrazamos fuertemente. Si Isabel hubiera estado allí nos hubiera reñido por arrugar el vestido de la novia. Puse una mano en cada lado de la cara delicadamente y la acaricié suavemente con mis dedos recogiendo sus lágrimas y levantando su rostro.

– Mamá también está hoy aquí contigo. Y conmigo. No me dejas solo. Ella me cuida, a su manera. El amor es lo más fuerte del mundo. Ya lo verás. ¡Anda! Vete al baño y retócate ese maquillaje. El coche nos espera.

Ella fue y yo me senté al borde de la cama. Terminé de llorar mientras te miraba en mi mesilla. Luego me sequé con mi pañuelo y me fui.

MR 3

Aquello era un mundo de sordos, de anestesiados, de desencantados engañados, adormilados, disfrazados de personas felices. El ambiente olía a humo y a alcohol. No se oía nada más que el martilleo de aquella música desoladora y mortífera. En la pista, cientos de hombres y mujeres ya no tan jóvenes como ellos se creían.

Definitivamente odiaba aquellas manifestaciones de treintañeros alocados, inmaduros y desconectados de la realidad de sus vidas, amargados por lo que no habían sido capaces de conseguir, egoístas y usureros con sus vidas y generosos con todo aquello que les hiciera olvidar en qué punto kilométrico del marathón se encontraban.

Me dio miedo. Y pena.

MR 2

Joana me gustaba un montón. Siempre me han gustado esas niñas pijas con aire hippie y estética un tanto desaliñada, con faldas de flores, pañuelo en la cabeza, rostro limpio y muchas ganas de exprimir a fondo lo poco que se nos daba cada día.

No podía dejar de mirarla. Se movía alegremente al ritmo de «Mrs. Robinson» en aquel garito playero bajo la luz de la luna y a la sombra del mundo. Nuestras miradas nunca llegaron a cruzarse pero yo no quería que el planeta siguiera moviéndose. Yo tampoco lo haría. La felicidad se encuentra en la sala de espera de la felicidad y yo no tenía ni la más mínima intención de irme de allí.

MR 1

Se  sentía ahogar. Era una horrible sensación sobre el cuello que le dificultaba la respiración. Aún sin saber qué se sentía cuando una bala se alojaba en tu ser, él sentía eso.

Quería escapar, gritar, rasgarse la camisa blanca que se había puesto esa noche. Sus pulmones funcionaban aceleradamente y el oxígeno que entraba por sus fosas nasales y a través de su boca no era suficiente para calmar la ansiedad de cada una de las células de su cuerpo.

Salió de allí. Estaba harto de todo aquello. Estaba harto de fingir, de bailar con la muerte en vida. El vaso de su existencia no aceptaba ni una gota más de aquel cubata envenenado en lo que había convertido su historia. Atravesó la puerta del local y se dejó empapar por la primera lluvia del otoño. Enfiló la acera solo sin saber muy bien adonde dirigirse.

Era hora de recomenzar.