MR 100

Podría quedarme entre vosotros el resto de mis días. Compartir la fe, que sustenta mi vida, a vuestro lado, es una experiencia que me pone delante del mismo Jesús.

Podría quedarme entre estas paredes, llenas de historia, lo que me queda de vida. Rezando por aquellos que no tienen más que mi oración; por aquellos que ni siquiera saben que yo me acuerdo de ellos y los pongo delante de Dios.

Podría abandonarlo todo y quedarme. Podría dejar lo que tengo y darlo todo y venir corriendo a dejar que mi alma repose en los cantos de vuestras vísperas.

Podría dar mi vida sin vacilar y, sin embargo, cuando salgo ahí  afuera… empequeñezco, me nublo, la humedad de los mediocres hiela mi corazón e inmoviliza mi espíritu.

Mi Señor Jesús , entonces, me da la mano y sonríe. Acaricia mi cabello y me mira. Y en sus brazos, sólo en sus brazos, me perdono a mi mismo.

MR 99

Aquella foto en tu mesilla llamó mi atención. Tus brazos se enredaban en su cuello y ambos mirabais, con cierta nostalgia, al objetivo. Sin tiempo para seguir husmeando en tu pasado, saliste del baño y me besaste.

Olvidé que tenías un pasado y que nuestro futuro se jugaba en aquellos minutos de pasión. Olvidé que el mundo giraba y que los periódicos de mañana abrirían con las mismas noticias que hoy. Olvidé todo lo que no valía la pena, las miles de tonterías en las que gastamos tiempo y preocupaciones. Olvidé quién era y di rienda suelta a mi anhelo de sentirme amado.

Olvidé que, tal vez mañana, seguiría solo.

MR 98

Hay momentos en los que todo cuadra, las piezas se colocan y parece que el puzzle ha terminado.

Tal vez es un instante, un sorbo, un soplo, una brizna, un matiz imprescindible de la vida. Si lo piensas, ya ha pasado.

Si sabes reconocerlo y te abandonas a él… alcanzas el paraíso, el éxtasis… Si sabes reconocerlo…

Y es que a la felicidad le gusta disfrazarse y jugar al despiste. A veces viene vestida de niño, a veces huele a café, a veces se esconde tras un «te quiero» y otras veces tiene el sabor de un beso o el calor de una mirada. Es asustadiza y tímida y no le gustan las presentaciones.

Hay momentos en los que uno pagaría por aquello que, simplemente, tiene delante de sus narices.

MR 97

Mi madre esperaba en el andén, a la vieja usanza. ¡Y mi padre!

Volvía a casa después de fracasar. Nada había salido como yo había planificado. Nada resultó como me hubiera gustado. La vida me había dado un portazo allí donde menos lo necesitaba.

Bajé con mi samsonite azul y percibí, inmediatamente, el aroma conocido de aquella estación. Y vi los brazos abiertos de mi madre y, lentamente, fui hacia ellos. Y me eché a llorar. Todo el sufrimiento acumulado se derramó en aquel momento.

– Ya estás en casa de nuevo. – me susurró mi madre al oído.

Mi padre se unió a nosotros, con la emoción contenida. Empezaba ya una nueva etapa, allí mismo, sin tiempo que perder. Fortalecido con el amor incondicional de mis padres.

 

MR 96

Sí. Te echo de menos. Es lo que tiene ser amigos.

Echo de menos tenerte cerca para hablar de vez en cuando.

Echo de menos esos rizos negros, juguetones y valientes.

Echo de menos que me abraces cuando me rompo; abrazarte cuando dejas de volar.

Echo de menos recordar a tu lado, brindar por lo vivido, soñar con un futuro en el que nuestros hijos vayan de la mano.

Echo de menos el baloncesto, el Camino, los cumpleaños, los viernes, el poli, Paladium, las fotos, las cartas, la Solana…

Te echo de menos, amiga. Te echo tanto de menos…

MR 95

Aquel hombre se postraba ante el altar del Santísimo todos los días antes de misa de 8. Era un hombre alto, enjuto y con la cara algo demacrada. Sus ojos, por contra, sobresalían de su lúgubre aspecto por el destello misterioso que desprendían frente a su Señor. Se pasaba así 20 minutos y luego abandonaba la iglesia sin quedarse a la Eucaristía.

Llegó un día que, preso de la curiosidad, me dirigí a la capilla del Santísimo y me postré muy cerca del hombre. Lo miré de reojo pero él no percibió mi llegada. Estaba con la mirada absorta en el sagrario. Haciendo un esfuerzo por no caer en una insana necesidad de conocer qué haría allí aquel hombre, decidí mirar al frente y rezar una pequeña oración.

Aquello sucedió hace 10 años y, desde aquella tarde, me postro ante el Santísimo cada día a la misma hora, empujado por una sed insaciable de amor. Al hombre no volví a verlo nunca más, desapareció como si la tierra se lo hubiera tragado. Tal vez esté arrodillado en una iglesia cualquiera de cualquier lugar del mundo… dando silenciosamente de beber a uno de los muchos sedientos de amor que pueblan la faz de la tierra…

MR 94

– ¿Tú de qué vas? – me escupiste cuando pasé mi mano por tu cintura.

– Me tienes loco – te respondí fijando mi mirada a tus ojos de felina salvaje.

– Pues métete en un manicomio… ¡A mi déjame en paz!

Eso haré. Verte y no poder tenerte sólo conduce a la locura. Maldita la hora en que entré en este garito… ¡Noooooooooooooo!

MR 93

Eres capaz de tapar un volcán con tal de que nadie se queme los pies con la lava. Sellas con silicona tu cráter emocional con tal de que no se produzca la erupción y alguien salga herido.

No funciona. ¿No lo ves? ¡No funciona!

¿No te das cuenta de que la erupción se produce de igual manera? ¿No te das cuenta de que la lava sale expulsada de todas maneras? Pero adentro, muy adentro… quemándote el corazón. Y golpeando tu yo más profundo y más valioso.

Déjame que te lo diga. Déjame que te mire y te ayude. Déjame que te quiera…

MR 92

Respiro hondamente.

Estoy solo a la orilla del mar. Son las 6:30 AM y el mundo se despereza y, en no mucho tiempo, comenzará con su trajín de primas de riesgo, bancos en quiebra, recortes injustos, manifestaciones de todos contra todos, gobiernos sin rumbo…

Respiro hondamente sin quitar mi vista del infinito. Es allí donde quiero mirar. Allí, lejos, al albor del sol. Sin más inquietud que la de morir estando vivo; sin más preocupación que la de ser fiel a lo que mi conciencia me exige.

El mar me susurra, me abraza, me acaricia en cada ola. Me llama por mi nombre. Me siento amado, con fuerza.

Un tren silba a toda velocidad. Vuelvo a casa. El mundo me espera, mi mundo…

MR 91

Se te ve emocionada. Sabes que son tus últimos Juegos Olímpicos, pese a tu juventud. Pero estás cansada. Es mucho el esfuerzo y el sacrificio tan sólo para llegar.

Yo también estoy emocionado. Acongojado. Con un nudo en la garganta. Te quiero tanto…

La medalla ya cuelga de tu fino cuello de cisne. Brilla. Pesa.

La cámara de televisión se deleita con cada una de las del equipo. Guiñas un ojo y mandas un beso. ¡Me ha llegado! ¡Como si estuvieras aquí! Yo te mando uno de vuelta y cuento las horas que faltan para abrazarte.

Esa medalla es el reconocimiento a tu trabajo. Mi cariño va más allá…