MR 90

Suenan las campanas escondidas en el anochecer de la ciudad tranquila.

Alguna voz sube de la calle. Yo estoy solo en la 102 de aquel hotel a las afueras. Escribo. Escribo y siento.

Siento que estoy en mi sitio, que el mundo es mi casa y los demás, hermanos. Siento que la vida es corta y que no vale la pena derrocharla. Siento que Dios mira desde arriba y llora con el pueblo que sufre. Me siento llamado a algo. No sé a qué.

Silencio en la noche. Ya no hay voces ni campanas. Punto y seguido.

MR 89

Amigos. Éso éramos.

Ella me conocía desde que empecé a afeitarme delante del espejo del cuarto de baño de casa de mi madre.

Yo la conocía desde antes de su primer beso a aquel pijillo inerte.

Nos queríamos. Cuidábamos el uno del otro. Seguíamos compartiendo la vida. Nos bebíamos el paso del tiempo a base de recuerdos y de nuevos proyectos.

Amigos. Eso somos. Todavía. Siempre.

MR 88

Tu mano subía lentamente por mi cuello. Tus dedos rozaban con deseo mi piel. Mi respiración, acelerada, era testigo de mi excitación. Con la palma entera jugueteabas con los últimos cabellos de la parte de atrás de mi cabeza.

Cada vez te notaba más cerca. Tu perfume llegaba hasta mi. Tu silencio era un grito. Mi cuerpo temblaba. Calambres que predecían el gran terremoto que iba a acontecer.

Cuando tus labios húmedos me besaron, creí ver a Dios. Me dejé besar. Esa fue mi manera de besarte. Sin abrir los ojos. Con mi boca entreabierta. Agotado aún sin haber empezado a amarte. Confuso. Embriagado de ti. Perdidamente enamorado de la mujer con la que cada mañana inauguraba los días. Loco de amor. Decidido a vivir sólo aquel instante.

MR 87

Nunca entendí lo de la morriña hasta que tuve que salir de Galicia.

Entonces entendí a Rosalía y a Curros y a Castelao…

Entonces comprendí las lágrimas de tantos…

Nunca imaginé que me sentiría tan emigrante, tan lonxe da miña terra…  Pero ya ves, oigo su lamento y me estremezco.

MR 86

El mar y tú. Frente a frente. Con la Virgen de testigo.

Muxía. Lugar de promesa. Lugar de proyecto. Lugar de regreso.

Una conjuntivitis compartida. Y besos. Muchos besos. Deliciosos besos.

Y miles de gaviotas. Y un Finisterre donde morir juntos. Una costa escarpada desde donde lanzarse al precicipio.

Era la primavera del 2000 y nuestras vidas ya no se separarían jamás.

MR 85

Sopla un viento desconocido en mi vida. No es viento del norte. No viene tampoco del sur. Refresca y, a la par, despeina. Zarandea las copas de los árboles y sacude los papeles del suelo lanzados tiempo atrás.

Paseo solo esta noche de viento desconocido. Las calles están perfiladas por la anaranjada luz tenue de las farolas. Alguna sombra se cruza en mi camino siguiendo el suyo. Una luz verde de taxi libre en el horizonte. La última ruta de un autobús que ya no trae a nadie. Yo camino sin rumbo fijo, pero sin miedo. Sin miedo.

MR 84

Hoy te comería a besos.

Hoy te vestiría de blanco ibicenco.

Hoy te elevaría a los aires entre mis brazos.

Hoy comería spaguettis contigo y bebería una sangría llena de sol.

Hoy te sacaría a bailar y ya no pararía hasta el amanecer del fin del mundo.

Hoy, sólo hoy.

MR 83

– Hay que ponerle más corazón a la vida…

– Y más cabeza…

– Ummmmm… yo creo que así nos va… demasiada cabeza…

– Pues justo eso es lo que opino yo del corazón…

– Será por eso que tenemos ambas cosas… A lo mejor tenemos que usar ambas…

MR 82

Pincho aquellos discos que, polvorientos, siguen viviendo en la parte baja de la antigua cadena musical. Discos llenos de historia y de rayazos. Discos que, en su momento, llenaron de sueños y alegría todos los rincones de casa.

Hoy me apetece volver a escucharlos. Después de quedar contigo me apetece retornar al pasado. ¡Hacía tanto que no nos veíamos! ¡Tanto! El futuro es lo que nos queda delante pero yo, ¡al menos yo!, necesito volver atrás de vez en cuando. No sé muy bien para qué…

Tal vez es que necesite recordar quién soy y quién quería ser; tal vez necesite alegrarme comprobando cómo los amigos de atrás seguís mirando adelante a mi lado…

MR 81

Paseamos aquella orilla más de una hora. Arriba y abajo. Sin cansarnos el uno del otro.

La vida nos había regalado.

Hablamos del mar, del verano, de lo que nos gustaba hacer y, sentados mirando el mar, de los sueños que nos quedaban por cumplir.

Y nos reimos de los fracasos previos y de todo aquello que habíamos maldecido tiempo atrás.

Podíamos haber vivido en aquella playa el resto de nuestros días. Descubriéndonos. Haciéndonos nuevos con el Mediterráneo de testigo de lujo…