¿Dios quiere que seamos tentados? (Mt 4,1-11)

La primera frase del Evangelio de hoy es desconcertante:

» Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo»

En varios lugares de la Biblia se nos dice que no, que las tentaciones nunca vienen de Dios sino del Maligno, con el objetivo de enredar, destruir, confundir, alejar de Dios. Lo que sí es de Dios es el Espíritu que habita en Jesús, un Espíritu que le llama y le empuja, tras su bautismo en el Jordán, a cambiar su vida y a comenzar su misión.

El desierto no es un espacio físico. Posiblemente todos lo atravesamos cuando movidos por el Espíritu, afrontamos la decisión de hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas. El Espíritu, que no se ve, y que nos habla en el Misterio, nos empuja a poner nuestra vida al servicio, a responder a nuestra vocación de hijos de Dios. Y ahí, en la frontera, en el precipicio, en el desierto existencial al que nos enfrentamos antes de dar la vida para perderla, uno debe estar dispuesto a ser tentado.

La tentación siempre tiene por objeto que dejemos de ser lo que somos, que perdamos nuestra condición de hijos, de criaturas hechas a imagen y semejanza de su Padre; que dejemos de amar a nuestro Señor sobre todas las cosas.

Quien ama siempre se encontrará con la tentación de dejar de amar. Llegará en el momento justo, en el instante supremo de debilidad, en la cúspide de la entrega, en la dificultad máxima. Somos probados, sí, y a la vez, nos encontramos con la oportunidad de demostrarnos la grandeza de nuestro corazón, la fuerza del Dios que vive en nosotros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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