Domesticado

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Llega la noche y yo, inquieto y emocionado, me planto, un día más, una noche más, delante del ordenador. Necesito vomitar lo que llevo dentro y, tal vez, llorar un poco.

Quiero llorar por la voz profunda, modulada y cargada de sosiego de Juan Miguel. Quiero llorar por su esfuerzo, por sus párrafos traidores que nunca llegaron a ser vencidos y que, finalmente, fueron doblegados por amor. Quiero llorar por nuestra espectadora más joven.

Quiero llorar por Mª Jesús, por su despertar romántico, por su linda voz, por su dulce engreimiento. Quiero llorar por su corona de flores, por su encantador saltito ante el agua fría, por ser la flor de todas las flores.

Quiero llorar por el rey que nunca consigo ser, por la autoridad que a veces me excedo en imponer. Quiero llorar por la capa que me pusieron, por la imagen que diseñaron, por sentirme coronado de cariño y rico en amistad.

Quiero llorar por el azul vanidoso de Sonsoles, por sus reverencias convincentes, por la Sonsoles que apareció en ese espejito mágico. Quiero llorar por los aplausos que nunca son suficientes, por la vanidad inexistente en su franca mirada.

Quiero llorar por la entrega callada de Andrés, por su vocación probada en el servicio a otros, por emborracharnos a todos de una sensata chispa de vida. Quiero llorar por la mirada admirada de su Martina y por la que va a llegar sin saber el padre genial que la estrechará entre sus brazos.

Quiero llorar por la sonrisa sincera de Javier, por su disponibilidad fiel, por su incombustible entrega. Quiero llorar por su apuesta por venir de la mano de Susana, por su soñar juntos y por querer ser una pareja de cuento de un lado y del otro del telón. Quiero llorar por su imagen caricaturesca del serio atroz que se viste de prima de riesgo.

Quiero llorar por la bufanda de Susana y su alma nítida, blanca, limpia. Quiero llorar por esos ojos lindos con aroma de casa. Quiero llorar por su luz en la oscuridad, por su consigna de ofrecer siempre una salida en paz, un lugar donde descansar, una voz con la que desear quedarse dormido.

Quiero llorar por conocer mundo al lado de Jenny. Quiero llorar por sus ausencias con nombre propio y corta trayectoria. Quiero llorar por querer estar por su hija, por su rostro temeroso de un momento de flaqueza e incomodidad. Quiero llorar por no poder controlar la vida que se abre paso en un planeta inexplorado llamado Tierra.

Quiero llorar por el verde que te quiero verde de Dori, por el zig zag de alguien que pide marcha, por el pelo cardado de alguien que se sabe sublime pese a todas las serpientes que le puedan echar encima. Quiero llorar por su bola del mundo que nos permitió viajar hasta el infinito y más allá.

Quiero llorar por Cristina, por sus zapatitos, su contoneo y sus labios rojos. Quiero llorar por no conformarse con ser coro, por pedir su papel, por querer salir, por aportar, por opinar, por su estar pendiente de todo y todos.

Quiero llorar por el color de las rosas y por traer aire fresco, vendaval, torrente, terremoto… Quiero llorar por su arrebatador atractivo, por su baile seductor, por la brillantina con la que nos maquillaron a todos. Quiero llorar por Estíbaliz, la directora en la sombra; por Elena y su palabra justa y su pensar en los niños; por Rosana y porque con ella Cuba sería libre hace mucho; por el bien-meter de Noelia y la adaptación en tiempo récord de Ángeles.

Quiero llorar por darme cuenta del zorro que Cris ya llevaba dentro desde el minuto uno. Quiero llorar por unas orejas que han sido capaces de escuchar sueños que parecían dormidos. Quiero llorar por su ovillo, por los campos de trigo, por los secretos y por lo invisible. Quiero llorar por mis pelos de punta y por enamorarme de ella un ratito.

Quiero llorar por una mirada tras un objetivo, por las puertas abiertas de Luis, por poner lo que es y lo que sabe al servicio del grupo. Quiero llorar por su música motivadora en el momento clave, por sus vacaciones en Canarias que nos pusieron en marcha, por sus patillas guays y por ser el niño que inspira estas obras.

Quiero llorar por Jesús, por Raúl, por Esther… por ser sin salir, por estar sin aparecer, por ser imprescindibles sin disfraces ni atuendos. Quiero llorar por saberme acompañado, sostenido, arropado, apoyado y comprendido por personas así de buenas.

Y, con el permiso de todos, al final, quiero llorar por los cabellos rubios, por la dulce voz, por la mirada limpia. Quiero llorar por haber visitado mil planetas a su lado. Quiero llorar por su palabra, tras otra palabra, tras otra palabra… Quiero llorar por su coraje de mamá curtida en mil batallas. Quiero llorar por poner voz a lo esencial, por prestarse a ser todos nosotros bajo el traje del niño que nos habita. Quiero llorar en tu hombro Mª Ángeles. Porque eres la rosa a la que elegimos para el papel, porque eres la rosa que nos cautivó desde el comienzo, porque eres la rosa que luchó con su guión y que nos llevó a todos de la mano, porque eres la rosa a la que vimos preocuparse por su traje y su peinado, porque eres la rosa a la que todos quisimos regalar otra rosa… porque, sí, eres nuestra rosa. Para siempre. Quiero llorar porque nos hemos encontrado y porque en el planeta del baobab y los volcanes… nada sucede por casualidad.

Son las 2:20 de la mañana y quisiera que el día no se acabara nunca. La mayoría dormís ya, posiblemente, sin ser conscientes que el mundo es hoy mejor que ayer. Pocos lo saben, es cierto. Pero las verdades no lo son menos porque vivan escondidas a la vista de la muchedumbre. El mundo es mejor porque nosotros somos mejores y porque nunca sabremos la semilla que, sin intención, ha sido plantada en el corazón de alguno de nuestros espectadores. El mundo hoy ha ganado en esperanza. Gracias.

 

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