El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad (Rm 8, 26-30)

¿Por qué me cae tan bien ese tipo llamado Espíritu? Reconozco que me cae tan bien que hasta la palabra designada para nombrarlo me parece una de las más hermosas del idioma castellano.

Nunca lo he visto. Es alguien que no se deja ver tal vez para que «las perlas no sean pisoteadas por los cerdos». No le gusta la fama. Él prefiere los espacios cortos, los encuentros íntimos, los susurros y las caricias. No es amigo de temperaturas extremas y bien parece nacido en puerto de mar: templa los inviernos y hace soplar brisa que alivia el sofoco veraniego.
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Durante mucho tiempo se le ha representado como una paloma, blanca si puede ser (¡ni que fuera madridista!). Yo creo que es imposible representarlo. Ni aún yo, apasionado por el ejemplo, la comparativa, y la necesidad de «algo» soy capaz de imaginármelo como figura, silueta, ser o cosa. El Sr. Espíritu supera la palabra y el gesto, va más allá de lo visible.

Y sí, huele a mar, a horizonte, a libertad, a profundidad, a oleaje, a tormenta, a calma. Se nos escapa de las manos y, a la vez, nos inunda. Es el soplo de Dios en mi cogote. La palmada a tiempo. El bastón necesario. El hombro del amado. La mano del amigo. La mirada del hijo.

Un abrazo fraterno

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