Las parálisis en la Iglesia (Lc 6,6-11)

Muchas veces nos somos capaces de afrontar nuestras propias parálisis y las parálisis de nuestras propias comunidades y familias. Lo mismo les pasaba a los Corintios, en aquel momento, que, ante un problema con uno de sus hermanos, no sabían cómo afrontarlo.

A veces resolvemos de manera más fácil los asuntos de los demás que los nuestros propios. Este, sin duda y a mi parecer, es una de las cosas que no gustan tantas veces de la Iglesia o de la parte más visible de ella. Juzgamos hacia afuera, resolvemos con contundencia problemas morales; esto sí y esto no, pecado por aquí y pecado por allá. Pero no somos tan ligeros cuando nos encontramos con situaciones parecidas entre nosotros. Es como si una fuerza de bondad asombrosa nos impidiera decirnos a nosotros mismos, o a un familiar o a un hermano o a un sacerdote o a quién sea: «esto no, no está bien».

Cuando nuestras familias o nuestras comunidades albergan un problema, hay que afrontarlo. La corrección fraterna no se nos da bien porque la practicamos poco. El silencio suele ser lo más frecuente. Silencio y para adelante. Así nos va. O, por el contrario, correcciones muy poco fraternas. O correcciones «happy» que poco tienen de fraternas. Fraternidad no es sinónimo de romántica tontuna, de falso respeto, de sutil indiferencia. Fraternidad es vivir unidos, en comunión y en Cristo. Y esto de tonto, romántico, happy o liviano, no tiene nada.

Así que ánimo. Cuando haya parálisis en alguno de nuestros miembros, Jesús en medio y a sanar cuanto antes, antes de que llegue la gangrena.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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