… no tengo a nadie… (Jn 5, 1-3.5-16)

Es verdaderamente triste la situación del enfermo al que se acerca Jesús. Ya no es sólo el sufrimiento causado por la enfermedad en sí sino el no tener a nadie al lado dispuesto a echar una mano, a ayudar, a empujar al enfermo hacia la búsqueda de soluciones…

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Esta Palabra me ha hecho ser consciente de las muchas personas que han compartido vida y que han estado junto a mi en los momentos de debilidad, enfermedad u oscuridad. Desde las noches en vela de mi madre escuchándome al pie de la cama hasta la aceptación de mis hermanos de comunidad cuando se comparte la vida en profundidad, la vida en serio. Todos ellos no sólo me acompañan sino que perciben mi necesidad y alargan sus manos para llevarme a lavar a la «piscina». Ése es tal vez el milagro de Jesús: ser capaz de reconocer y «ver» lo que no otros no son capaces y puede que sea esto lo que cure al enfermo, o el primer paso de curación.

Un abrazo fraterno

1 comentario

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  1. […] Hay personas que experimentan lo mismo en su vida. Ahogo, claustrofobia vital, asfixia existencial, angustia. Son las consecuencias de haber llegado a un momento donde pareciera que el oxígeno se acaba, donde pareciera que todo juega en contra, donde la presión de sentir que no hay salida, que no hay posibilidad de cambio, que no hay esperanza… crece hasta la angustia; Pero, tal vez, lo peor sea la sensación de gritar… y sentir la fría respuesta de la soledad. […]

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