¡Que todas las criaturas te den gracias, Señor! (Sal 144)

Creo que hacía años que no leía el diario Marca, uno de los grandes periódicos deportivos de España. No lo leo porque no me gusta el periodismo deportivo y porque no me interesa tanto el deporte cómo para averiguar los tejemenejes de cada disciplina. Pero hoy se lo compré a mi padre y lo lei mientras comía. Y después de leerlo y de leer las lecturas de hoy veo una clara conexión entre un artículo de Laso y el salmo de hoy. Laso, ex-jugador de baloncesto, escribe un artículo que gira en torno a unas declaraciones de Rudy Fernández (jugador del DKV Joventut y de la selección española) en las que éste afirma que todo lo que sabe de baloncesto es gracias a Aito García Reneses, su actual entrenador y uno de los grandes del baloncesto europeo. Laso se limita a alabar la humildad de Rudy y a certificar la escasa «acción de gracias» de las estrellas a aquellos, clubes y personas, que los iniciaron, los formaron, les exigieron y los pulieron.
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No es que yo sea Rudy pero esa relación entrenador-jugador puede tener muchas semejanzas con mi relación con Dios. Yo soy quien sale a la cancha y sólo de mi depende el meter o fallar las canastas. Soy yo quien se entrena, quien está en forma o no, quien debe cuidarse y prepararse al máximo para los grandes partidos de la vida. Pero es innegable que detrás hay alguien que me alienta, que me enseña a potenciar los dones que tengo, que intenta corregir mis defectos o minimizarlos, que me descubre secretos de cómo moverme por la cancha, que me anima a jugar para el equipo, que cree en mis posibilidades… Negar esto sería negar la evidencia. Por eso hoy quiero hacerme eco de estas palabras del Salmo. ¡Que todas las criaturas te den gracias! ¡Empezando por mi!

Un abrazo fraterno

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