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¡Jesús, ten compasión de mi!

SABERSE CIEGO
QUERER VER
GRITAR PIDIENDO AYUDA

Esos tres pasos son los pasos de una secuencia de sanación. Uno no llega a cualquiera sin haber pasado por los anteriores. Y uno no se cura sin haber completado los tres.

El primer paso acarrea el sufrimiento de saberse débil, vulnerable, herido. Ese sufrimiento no siempre es asumido ni deseado y preferimos vivir ciegos pero convencidos de que esa ceguera no es tal, nos autoconvencemos de que somos felices, de que todo va bien y de que las cosas que a uno le pasan no son para tanto. La máscara de la fortaleza se hace fuerte en nosotros. Empezamos a dejar de ser lo que somos. Y perdemos la oportunidad de comenzar el camino de nuestra propia felicidad verdadera. Empezarlo es de valientes, de rebeldes, de vivos. Duele. Y el ruído de la caída del castillo de naipes es ensordecedor…

El segundo paso no es menos complicado: querer cambiar, quere ver, estar sediento de otra cosa… ¡de otro yo! ¡de mi! No basta con darse cuenta de que estamos ciegos. No basta. La trampa de este paso es enorme: ser consciente de mi herida, de aquello que no me deja ser yo pero no darle demasiada importancia: al fin y al cabo así he vivido mucho tiempo y tampoco es para tanto. Es el engaño de una consciencia mediocre, de una satisfacción complaciente. ¡Qué valiente soy, he emprendido este camino y he descubierto mis heridas! Pero querer otra cosa implica dejar tanto, abandonar tanto, cuestionar tanto… Adormecemos nuestra sed con pastillitas de efecto rápido. Seguir es de valientes. Ya no hay marcha atrás.

Y llegamos al último paso pero decisivo: pedir ayuda. Yo me sé ciego, yo quiero dejar de serlo y es mi fe la que me salvará pero, tal vez, muchas veces, necesito de ese alguien que me pregunte, que me cuestione, que me confronte, que me acoja, que se pare a mi vera, que me refuerce, que me suscite, que me acompañe, que crea en mi, que me ayude a creer que la curación es posible. Es el momento de gritar, de ¡¡¡grrriiiitaaaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrrrr!!! Muchos se creen que pueden solos. ¡Claro que la llave de curarse la tiene una mismo pero no siempre podemos solos!

¡Vaya ruta! ¡Vaya sendero! ¡Vaya tela tiene esto de curarse la heridas! ¡Y luego la gente se va a hacer «puenting»! ¿De verdad hay algo más emocionante, vertiginoso y acojonante (con perdón) que esto?

Un abrazo fraterno

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El mal que no quiero hacer, eso es lo que hago (Rm 7, 18-25a)

podras.jpg¡Qué mal me siento cuando me sucede eso! ¡Qué mal me siento cuando descubro que hay algo muy profundo en mi que a veces me puede, me vence! ¡Qué mal me siento cuando pese a proponerme una cosa, pese a repetírmela cien mil veces, pese a apostar fuerte por ello… acabo haciendo lo contrario!

Es algo que duele en las tripas y que mi mente es capaz de adormecer. Voy dando pasos, y lo sé, pero debo también aprender a saborear el sentimiento de incapacidad, de debilidad, de fracaso. Tal vez deba empezar reconociendo como Pablo que ésto me pasa y lo siguiente será descubrir que Dios me ama así, me acoje así, me acuna, me besa y me repite una y otra vez: «PODRÁS».

Un abrazo fraterno