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La alegría que viene de dentro (Jn 16,20-23a)

Una alegría que no depende de las circunstancias, ni de las personas. Una alegría profunda que brota de una fuente inagotable. Una alegría que es don. Una alegría que es regalo y fruto de la presencia del Espíritu en nosotros.

No es un falso optimismo. No es una actitud ingenua e inconsciente. No parte de una mirada irreal del mundo y las personas. Más bien al contrario. ES un optimismo que se sustenta en la Resurrección. Es una actitud que brota de la entrega. Es una mirada desde el amor de Cristo.

No busquemos tanto el placer, el éxito, la felicidad mundana. Abramos nuestro corazón al Espíritu y estemos alegres, verdaderamente alegres.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Acoger el don, pese a los fariseos (Lc 5,27-32)

Soy exigente con los demás y sí, muchas veces me creo mejor que otros. Es parte de mi pecado. Ese aire de soberbia que me impide descubrir el pequeño tesoro de personas a las que, sencillamente, considero alejadas de Jesús.

El evangelio de hoy es para mí ciertamente desconcertante, teniendo en cuenta que no es Leví (Mateo) quién toma ningún tipo de iniciativa de seguir a Jesús. El único mérito de Mateo, y no es pequeño, es dejarse mirar y acoger el don del perdón y la confianza total del Señor.

Ayer mismo, en el cole, tuve una conversación con una alumna a la que, pretendiendo reconocerle el trabajo que estaba haciendo, me acerqué y le expresé lo bien que la veía en clase y en la asignatura. Su respuesta fue un «sí pero no», un «gracias pero no es para tanto», un rostro que no se acababa de alegrar con mis palabras. ¡Cuánto nos cuesta a veces acoger el don inexplicable!

Demasiado fariseo me siento a veces. Juzgador, desconfiado, exigente, viéndome como ejemplo. Eso me entristece, porque no quiero ser así. El Señor tiene que venir y tocar también mi corazón, como el de Mateo. Aquí estoy, Señor. Ven.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

A comer y a beber (Lc 5,33-39)

Demasiada corrección.
Demasiados formalismos.
Demasiada seriedad.
Demasiada norma.
Demasiado sacrificio.
Demasiado agobio.
Demasiado cansancio.
Demasiado gris.
Demasiado vinagre.

Y poco vino del bueno.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Has combatido el buen combate? (2 Tm 4,6-8.17-18)

Combatir el buen combate. Llegar a la meta. Haber mantenido la fe. Así se expresa S. Pablo viendo próximo fu final en la carta que le escribe a Timoteo. Quiero llegar al final y poder decir lo mismo.

A veces pienso en la muerte y en cómo me gustaría que fuese. Es una tontería porque nada puedo elegir yo al respecto. Pero pienso si es mejor que sea rápida o si es mejor poder prepararla con tiempo; si es mejor poder despedirse de tus seres queridos o no; con o sin sufrimiento… Pero leo estas palabras de Pablo y en el fondo pienso que la mejor muerte es aquella que se afronta estando feliz por lo vivido.

La felicidad de una vida, cuando llega el final, no creo que se mida por los metros cuadrados de la casa que me he comprado o por los euros de la nómina que he conseguido o por el número de hijos traídos al mundo o por los nombres de personas con las que he entablado relación… Creo que la felicidad de una vida, cuando llega al final, se resume en si esa vida ha sido vivida, a fondo, con pasión, al límite. La vida es un don y también es tarea y, esos dos aspectos creo que son los relevantes al final. ¿He aprovechado el don? ¿He hecho mi tarea?

No sé cuándo llegará mi final pero me gustaría poder afirmar, cuando llegue, lo mismo que Pablo: he combatido el buen combate, he llegado a la meta y he mantenido mi fe. Y simplemente afrontar el último paso hacia Dios, para poder descansar en Él el resto de la eternidad.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El versículo que marca una vida (Mt 6,24-34)

«Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia;
lo demás se os dará por añadidura.»

Este versículo del Evangelio de hoy es la máxima de mi vida. Es el versículo que todos elegimos de la Biblia. Lo que me tatuaría en un brazo. La Palabra que llevo grabada en mi corazón. El viento que me empuja, el bastón que me sostiene. Me lo creo. Me lo creo. Y desde aquí, muevo mi existencia.

Es una maravilla vivir sabiendo que Dios te sostiene si tú le buscas y acoges el Reino que el vino a traer. Todo es de repente más sencillo. Las preocupaciones bajan. Acoger el don del Resucitado sólo pide fe. Y yo me lo creo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

 

 

El don y la tarea de la comunión (Jn 17,20-26):

La comunión es don y tarea. Mucha gente no lo entiende. Es un regalo que se puede hacer realidad con Cristo en medio y es un trabajo que se construye a base de llevar a Cristo en el corazón y de descubrir a un hermano en cada uno de los otros que nos rodean. Ser uno nunca anula la personalidad propia. No se trata de eso. Ni en la Iglesia ni en una obra ni en un convento ni en una comunidad ni en un matrimonio. La diversidad no sólo es buena sino que es la única realidad posible. Dios nos hizo distintos y únicos y cualquiera que pretenda unificar esta yendo contra esta maravillosa realidad de la diferencia.

La comunión es otra cosa. Se parece más al reunirse alrededor de la misma mesa, alrededor de la misma persona: Jesús. Es descubrir que más allá de todo lo que nos diferencia, estamos unidos y convocados por el mismo, por la Verdad y la Vida. Cristo nos regala esa posibilidad y, estando Él en medio, es posible. Sólo así se puede explicar el éxito de realidades muy complejas de otra manera. Sólo así es capaz de salir adelante una comunidad religiosa. Sólo así es capaz de salir adelante un matrimonio, por ejemplo. Y el contrario también se da: comprobamos un día y otro también cómo fracasan estas misma realidades cuando esta comunión no existe o cuando se pretende construir a expensas de Cristo.

A la vez, este regalo es también tarea. Todos estamos invitados a construirla, a provocar en el otro las ganas de sumar también. Esto se consigue mirando al prójimo con los ojos de Jesús y descubriéndolo como un hermano al que no debo juzgar sino querer, al que no debe convencer sino acompañar, al que no debo sólo enseñar sino del que debo aprender. La comunión es una de las más preciosas tareas que cualquier cristiano puede acometer. Y esto no tiene espacio ni tiempo predilecto. Es bueno que lo hagamos en nuestros trabajos, en nuestras familias, en nuestros lugares, en nuestros proyectos…

Ojalá sepamos ser uno. Ojalá nos vean como uno solo en nuestra preciosa diversidad. Ojalá sumemos. Ojalá crezcamos juntos. Ojalá sepamos caminar respetándonos, sin mirarnos con sospecha o soberbia o desprecio. Quién así lo hace dista mucho de estar en el mismo banquete que el Señor.

Un abrazo fraterno

Estaba escuchando… (Hc 16, 11-15)

Aunque parece una obviedad creo que no lo es tanto. Que Lidia recibiera el testimonio de Pablo y decidiera bautizarse parte de una premisa: estaba escuchando. escucha

Yo no dispongo del don de la escucha. Lo tengo claro. Conozco personas cercanas a mi que sí lo tienen pero para mi es un enorme esfuerzo educar mi capacidad de escuchar a Dios, a los demás, a mi mismo. No es algo que me salga de manera espontánea y tengo que poner todos los sentidos en ello cuando la ocasión lo requiere. Posiblemente yo, si estuviera en lugar de Lidia, no me hubiera visto tan impactado por las palabras del de Tarso. Hubiera pensado que es un tío majete que vale mucho y que dice cosas interesantes, bonitas y cargadas de profundidad pero… nada más.

Tengo un largo trabajo por delante todavía; un trabajo clave para encontrarme, para situarme en el mundo, para ser mejor marido, padre y hermano y para encontrar definitivamente la voluntad de Dios para mi.

Un abrazo fraterno

Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia (St 1, 1-11)

Yo tiendo a pensar que no soy una persona constante. Muchos de los proyectos que emprendí o de las tareas que inicié se han quedado en el camino y, en los últimos años, he ido creyéndome que era una persona con una floja fuerza de voluntad y, sin duda, sin el don de la constancia.

Pero en este ratillo de oración, y después de revisar mi historia, creo que no es así. Tal vez es en lo pequeño, en lo menudo, donde flaqueo más pero en los pilares de la vida me descubro fuerte y constante. Tal vez soy incapaz de ir al gimnasio más de 1 mes seguido o de seguir una dieta más de dos pero lo cierto es que soy constante en mi crecimiento personal, en mi crecimiento espiritual, en mi relación de pareja, en la gráfica de mi vida… No sé si esta constancia es resultado de muchas «puestas a prueba». Creo que no. Aunque cada día es un examen. Cada día podría decidir otra cosa pero sigo apostando por aquello que creo de Dios para mi y de mi para los demás.

Un abrazo fraterno

¿Quién soy yo para oponerme a Dios? (Hc 11, 1-18)

Supongo que lo que cuenta Pedro no debió ser realmente así. No creo que ninguna paloma ni ninguna lengua de fuego bajara sobre aquellos gentiles para hacer ver a Pedro lo que después explica. Suponiendo esto, la pregunta es clara: ¿Cómo se dio cuenta Pedro de que aquellos gentiles también hablaban y vivían desde el Espíritu?

Realmente interpela esta lectura. Esa capacidad de Pedro de descubrir el don de Dios en aquellos que «estaban fuera de la Iglesia». Pedro fue capaz de descubrir la huella y la firma del Espíritu en aquellos que, a priori, no participaban de la fe y de la experiencia de Dios según los cánones judíos. Esto sigue pasando hoy. A veces sigo convencido de que yo soy «el bueno», «el acertado», el que tiene la exclusiva del Espíritu sobre otras sensibilidades o caminos dentro de mi propia Iglesia o sobre otras personas, ateas, indiferentes, de otras religiones, etc…

Este don de Pedro es el final de un proceso personal complicado. Raro oírselo a ese Pedro de comienzos de la comunidad de los apóstoles. Tuvo que convivir años con Cristo, tuvo que aceptar a Mateo, tuvo que ser la voz cantante del grupo, tuvo que saberse traidor y beber de las aguas del sufrimiento, tuvo que sentir el miedo y la confusión, tuvo que guardar su espada… Don fruto del camino realizado…

Un abrazo fraterno

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas y, en cambio, me abriste el oído (Sal 39)

Esto es una auténtica declaración de principios de Dios y, tal vez, una declaración de principios que abunda poco en el entorno de sus seguidores. No quiero enterrar el valor que puede tener el sacrificio o la ofrenda pero pensar que esas son maneras de «quedar bien» delante de Dios es un poco absurdo, sobre todo leyendo este hermoso salmo.
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 Aunque nos parezca lo contrario elegir el camino del sacrificio y de las ofrendas es elegir el camino fácil, la senda ancha, la puerta grande. Sin desmerecerlo, el Padre deja claro que busca otra cosa, otro tipo de respuesta, otra manera de adhesión. A Dios le gustan los oídos abiertos y atentos. A Dios le encantan las personas que son capaces de escuchar, de escuchar los sonidos del mundo. ¿Qué hay que escuchar? Hay que saber escuchar los silencios, los gritos de muchos, la voz de Dios, los susurros del Espíritu, los lamentos del pobre, el alma del niño. Esto es realmente complicado. Educar el oído es una ardua tarea. No se consigue de hoy para mañana. No tengo el don de la escucha pero necesito ejercitarlo para llegar a lo máximo que pueda. Quien no es capaz de escuchar no es capaz de amar.

Puede pasarme la vida sacrificándome sin enterarme del nodo pero si escucho… ¡ay si escucho! Nunca más podré desembarazarme de lo escuchado.

Un abrazo fraterno