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Fe en un momento de enfermedad (Jn 4,43-54)

Es en su tierra donde Jesús realizará otro de sus signos poco antes de la Pasión. Concretamente en Caná, allí donde, en aquella boda, había comenzado su hora pública. En su tierra, en Galilea, de donde tuvo que salir apresurado ante el rechazo de sus vecinos, aquel día tras leer en la sinagoga. Y allí, se produce un encuentro con un «extranjero».

Momento de enfermedad, tragedia y tristeza, como el que estamos viviendo ahora la humanidad entera, en plena crisis sanitaria. Momento de debilidad humana, que impulsa al hombre a buscar a Jesús y a pedirle confiadamente la curación de su hijo. Jesús es para él refugio sanador, fuente de vida. Así lo acoge Jesús que, sin necesidad de ir con Él, le da una palabra de promesa: tu hijo está curado.

Es la fe del hombre el centro de este relato. Un hombre que cree a Jesús y se pone en camino. ¿Cómo es la nuestra? ¿Creemos también? ¿Confiamos en que Jesús nos tiene de su mano? ¿Acudimos a Él, le ponemos nuestra vida delante y confiamos en su Palabra? ¿O somos como aquellos vecinos que, con prejuicios, ya habían decidido que era imposible que un milagro aconteciera?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Lepra moderna (Lc 5,12-16)

Una de las razones por las que las personas, sobre todo en Occidente, se han ido alejando de Jesucristo, de la Iglesia y de Dios es que piensan que no necesitan ser salvadas. En este mundo tan aparentemente bueno, donde nos gobierna el bienestar y la seguridad, ¿qué pinta un tal Jesús rescatándonos de no se qué sitio?

Esta tal vez sea la lepra moderna: la soberbia existencial, la creencia de que yo controlo mi vida, de que no soy criatura sino casi Dios, de que todo es relativo, de que la verdad no existe y de que yo sólo me valgo, gracias además a la ciencia y la tecnología actuales.

Pues necesitamos ser limpiados, como el leproso, de esa enfermedad que, al final, nos hace tan vulnerables y tan infelices y nos sume en una profunda soledad e insatisfacción. Límpiame Señor, si quieres. Sí, lo necesito.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No es con nuestras fuerzas… (Mc 5,21-43)

Dos milagros nos relata hoy el Evangelio. Dos curaciones que acontecen en el día a día de dos personas enfermas. ¿Tan diferentes eran a nosotros? ¡Ni mucho menos! Yo me reconozco enfermo también. Incapaz de curar alguno de mis males: la exigencia a los demás, la falta de ternura, la falta de empatía… Enfermedades que me hacen daño a mí al ver el destrozo que causan entre los que me rodean.

¡Esfuérzate en corregirlo! Eso me dicen a veces y eso me repito yo muchas noches. Pero hoy, en la Palabra, descubro también a dos personas que, pese a intentarlo, no pudieron sanarse a sí mismos. Y es entonces cuando acuden a Jesús. Y el milagro acontece.

Porque el milagro no es magia. El milagro es el acontecimiento de la fuerza de Dios en nuestras vidas, es el resultado de poner nuestras vidas y sus carencias en manos del Señor. Es ir y decirle que no podemos solos, que hay cosas que no funcionan y que queremos sanarlas.

¡Patrañas dirán algunos! Bueno… ¿tengo fe o no? Esta es la pregunta. La gran pregunta…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Estudiantes y centuriones – I Lunes Adviento 2018 – (Mt 8,5-11)

Todo estudiante es un guerrero de la época moderna. Porque la guerra contra la ignorancia, la manipulación, el analfabetismo, la incultura y el infantilismo mental, es una de las guerras más dignas e importantes que toda persona debe luchar. Sé que estás cansado de estudiar tanto. Sé que muchas veces te preguntas, para qué necesita una chica como tú tanto tostón de datos que acabarán en la basura del olvido. Sé que, muchas veces, minusvaloras lo que esta lucha te está enseñando, más allá de exámenes, asignaturas, carreras y oposiciones.

«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho»

Y en toda guerra hay heridas, sufrimientos, pérdidas y dolor. Lo sabía el centurión del Evangelio y lo sabes tú. A veces algo que consideras imprescindible para poder vivir, se cae, enferma, se resiente. Todos tenemos nuestros criados particulares. Son aquellas personas, aquellas circunstancias, aquellas condiciones… que nos permiten estar por encima del trabajo sucio de cada día, que nos permiten no bajar al barro y seguir en nuestras guerras, en nuestras tareas, en nuestras ocupaciones. Descubrirnos sin ellas, sin ellos, sin ello… nos hace sentir vulnerables. Porque sin criados, las cosas no funcionan. Y eso nos bloquea, nos paraliza, nos asusta; por mucho centurión que seamos, por muchos galones que llevemos, por mucha edad que tengamos, por muchos dieces que saquemos.

«No soy digno de que entres bajo mi techo»

El #Adviento es el tiempo en el que se nos invita a reconocer que necesitamos al criado, al otro, incluso a aquel que está descartado. Es tiempo de reconocer que más allá de nuestros estudios y nuestras batallas, me juego la vida con el otro y que el mundo necesita de todos. Es un tiempo para levantar la mirada de mis libros, de mis apuntes, y fijarla en aquellos que me sostienen, que se esfuerzan porque yo puedo seguir aquí. Es luchar contra la soberbia del buen estudiante, que sólo vive para su éxito; y contra la dejadez del que se piensa que sin disciplina y orden, las cosas pueden salir adelante. Esto trasciende la fe y las creencias. Desde luego, te invito a volver a descubrir en Jesús a alguien a quién acudir cuando la vida se tuerce. No nace para interrogarte ni para juzgarte. Viene a tu vida a sanar lo que ha enfermado, a poner orden en el caos, a propiciar que tú puedas ser lo que eres.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¡Uno para todos y todos para uno! (Corintios 1, 1-7)

Hoy tocan las bienaventuranzas pero a mi me ha encantado la primera lectura, la carta de Pablo a los Corintios. Me ha encantado porque resalta un aspecto nada sencillo en nuestra de vida de fe, cuando llegan el sufrimiento y las dificultades.

Es difícil alentar a quien sufre si uno no ha sufrido nunca. Es complejo alentar al pobre si uno vive en la suficiencia. Es arduo alentar al que está solo si uno nunca se ha sentido así. El sufrimiento y la lucha nos hermanan, nos conectan con otros hermanos y hermanas, nos unen inseparablemente a Jesús. Y la manera en la q

cancer-infantil-nina-lienzoGHace ya muchos años, recuerdo el día en el que acompañé a mi madre al médico y éste me sacó de la sala de espera para comunicarme que el diagnóstico era cáncer de colon. Mi madre ahora está fenomenal después de ser operada y tener su tratamiento de quimio. De esto hace ya casi 15 años. Esa experiencia, difícil, dura y que, de aquella, vivimos con cierta angustia por momentos… fue llevada por mi madre y, por el resto de los que la rodeábamos, con esperanza y con confianza en el Señor. Ahora mi madre es una privilegiada: es idónea para poder hablar, escuchar, animar, alentar, dar fuerzas… a todos los que pasan por una enfermedad parecida. Puede hablarles de lo que supuso para ella la oración, de cómo se sintió en manos de la Virgen al entrar en quirófano, de cómo ha ido viviendo sus días uno a uno junto al Señor… Al final, como dice Pablo,

Dios siempre da lo necesario para sobrellevar el dolor y la cruz. Nunca te abandona a tu suerte.ue tengamos de llevar y sobrellevar estas realidades dolorosas, servirá o no a otros en su sufrida «carga».

El Señor llama hoy a cada uno a tomar su cruz también como tarea. El testimonio en la persecución, en la enfermedad, en la dificultad, en el dolor… es tabla de salvación para otros. No podemos privar a otros de eso. No podemos hacer que sea sólo mi enfermedad, mi persecución, mi dificultad… Otros necesitan saber, creer, esperar…

Un abrazo fraterno

Si quieres puedes limpiarme (Lucas 5, 12-16)

hands-clasped-in-prayer7Un hombre, que se sabía enfermo, suplicó a Jesús su curación. Era, tal vez, su última baza, su oportunidad. Y aún así, reconoció la autoridad de Jesús y le colocó el «si quieres» en la súplica.

¿Es que podía no haberlo curado? ¿Había esa posibilidad? Posiblemente sí.

El día a día está lleno de personas que sufren y que, con seguridad, suplican al Padre el cese de sus sufrimientos. Y el silencio de Dios en esa parte de sus vidas es desolador. Sus designios son, a veces, misteriosos e incomprensibles. Por eso no voy a ser tan ingenuo de pensar en mi oración que todo lo que le pido al Señor, va a suceder. No siempre es así.

Estas son las dos cosas que guardo en mi corazón en la oración de esta mañana: saberme necesitado de la acción de Jesús en mi vida y saber, al menos de cabeza, que mis súplicas pueden no encontrar una respuesta aparente en el misterio de Dios. Que el Señor me ayude a crecer en todo esto.

Un abrazo fraterno

¡Ya no tiene miedo! (Tb 1,3;2,1b-8)

Yo sigo teniendo miedo. Me tensa menos que antes pero sigue ahí. Miedo a la enfermedad. Miedo a la muerte. Miedo al dolor.

Ha sido un día en el que he estado dándole vueltas a dos noticias recientes: la enfermedad de un hombre cercano a una de mis hermanas de comunidad y la desaparición de un avión en pleno Atlántico. Y lo cierto es que estoy lejos de poder consolarme en el Padre cuando el dolor que me genera el miedo a que me suceda lo mismo me moviliza. El hombre del primer caso tiene un cáncer agresivo que lo está matando. Es joven y tiene niños de apenas 10 años y menos. Me pongo en el casaviono y me resulta imposible. Pensar en mi dolor y en el dolor de mi mujer y mis hijos me pone malo. Me sobrepasa. Y lo mismo me sucede cuando intento ponerme en el lugar de aquellos que, en medio de un vuelo tranquilo de vuelta a casa o de vacaciones, ven como la muerte los espera en medio del océano a través de un accidente brutal. ¿Cómo se comunica eso? ¿Cómo se le cuenta a un hijo, a un padre? ¿Cómo levantarte a la mañana siguiente? ¿De dónde sacar vida?

Este es mi oración de hoy. Poner delante del Padre mi miedo, mis miedos. Y el recuerdo para aquellos que sufren.

Un abrazo fraterno

Tu fortuna te llenó de presunción (Ez 28, 1-10)

Es verdad que normalmente uno le pide a Dios que las cosas le vayan bien, que la enfermedad no le visite, que no haya fantasmas económicos,  etc. Pensamos que «una vida próspera» es lo mejor que nos puede pasar. Sin embargo, leyendo esta Palabra de Ezequiel de hoy, caigo en la cuenta de que la fortuna tiene un peligro: la presunción, creerse que uno lo ha conseguido todo por sus méritos, pensarse invencible y poderoso, confundir el don…

No es que a partir de hoy vaya a pedir que me vengan desgracias pero sí voy a intentar descubrir en las dificultades, en la debilidad, en el contratiempo… una oportunidad magnífica para conocer a Dios, para amarlo más, para necesitarlo más, para conocerme más…

A veces la fortuna y la perfección es magnífica pero puede ser una losa. Mejor que la vida transcurra sin pedir nada y, lo que venga, intentarlo vivir desde Dios y con Dios.

Un abrazo fraterno

… no tengo a nadie… (Jn 5, 1-3.5-16)

Es verdaderamente triste la situación del enfermo al que se acerca Jesús. Ya no es sólo el sufrimiento causado por la enfermedad en sí sino el no tener a nadie al lado dispuesto a echar una mano, a ayudar, a empujar al enfermo hacia la búsqueda de soluciones…

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Esta Palabra me ha hecho ser consciente de las muchas personas que han compartido vida y que han estado junto a mi en los momentos de debilidad, enfermedad u oscuridad. Desde las noches en vela de mi madre escuchándome al pie de la cama hasta la aceptación de mis hermanos de comunidad cuando se comparte la vida en profundidad, la vida en serio. Todos ellos no sólo me acompañan sino que perciben mi necesidad y alargan sus manos para llevarme a lavar a la «piscina». Ése es tal vez el milagro de Jesús: ser capaz de reconocer y «ver» lo que no otros no son capaces y puede que sea esto lo que cure al enfermo, o el primer paso de curación.

Un abrazo fraterno