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Evangelio para jóvenes – Domingo 13º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Están muy de moda las rúbricas en educación. Pocas tareas mando ya como profe que no vaya acompañada de su rúbrica de corrección. La rúbrica permite dos cosas fundamentales: al profe le obliga a hacer explícito aquello que es importante y que va a tener en cuenta para evaluar la tarea; al alumno le da la información, antes de empezar, de cómo va a ser evaluado, para que nadie diga luego que no sabía desde el principio lo que se le pedía. Hoy, Jesús, nos ofrece una especie de rúbrica también. Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 10,37-42]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Para un judío de la época de Jesús, estar a la altura significaba cumplir los preceptos de la Ley. Esto era lo que predicaban los fariseos y los doctores de la Ley: Dios te ama, eres bueno, eres digno de llamarte hijo de Dios, en la medida en que cumplas. Jesús cambia la «rúbrica de corrección» , la «rúbrica de dignidad». No es un cambio menor y es un empujón más en la construcción del Reino que él predicaba. Te dejo tres pistas para tu vida ordinaria:

  • «Amor a Dios» – Primer criterio de corrección. Jesús quiere que ames y que lo hagas humanamente, por supuesto. ¿Cómo no vas a querer a tus amigos, a tus padres, a tu pareja, a tus hijos…? Pero Él te pide ser el número 1 en tu escala. Muchas veces hemos leído esto como si amar a Dios y amar a mi familia o a mis amigos fueran cosas excluyentes. Alguna vez puede que sea así. Pero otras muchas veces, lo que te pide el Señor es que en esos amores humanos, Él sea el criterio, Él sea la meta, Él sea quién está detrás. Y cuando haya que decidir, tomar opciones, elegir caminos y dejar… seas libre para hacerlo, por mucho amor humano que haya por el medio. Todo amor que viene de Dios te hace libre, no esclavo, ni dependiente. Ya sabes.
  • «Coger la cruz» – Segundo criterio de corrección. ¡Y no dirás que el Maestro no fue un ejemplo en esto! Jesús anuncia que en el «examen de la fe», la cruz llegará y el cómo la afrontes determinará tu ser discípulo, testigo de Cristo. Toca empezar ya, en tu día a día. ¿Apuestas por Jesucristo, por su Palabra, por su Reino? ¿Qué te supone eso en tus relaciones humanas, en tu tiempo, en tu dinero, en tus compromisos, en tu trabajo o estudios? ¿Y qué haces con esas dificultades? ¿Las evitas? ¿Las manipulas? ¿Las abrazas y acoges? ¿Qué haces con tu propio sufrimiento?
  • «Acoger la Palabra» – Tercer criterio de corrección. ¿Qué haces para intentar sintonizar con lo que Dios quiere para ti? ¿Qué haces para escucharle, para saber cuál es su voluntad? ¿Nada? ¿Esperar a que baje un «ángel» a tu puerta? Dios habla y se hace presente en los sacramentos… y en el prójimo. ¿Participas de ellos? ¿Vas a la Eucaristía? ¿Pasas por la Reconciliación? ¿Rezas alguna vez? ¿Estás cerca de los necesitados, de los pobres, de los que viven en soledad, de los que no tienen esperanza? ¿Acoges a tu lado, abres la puerta de tu corazón, a personas que pueden traer una palabra de Dios para ti? ¿O sólo buscas y acoges aquello que hace sentir bien, a aquellos que refuerzan «tu idea»? Esto sí, esto no, esto me gusta, esto no me gusta…

Estar a la altura de Jesucristo es intentar alinear mi vida con la suya, intentar que se parezcan todo lo posible. No siempre lo consigo. El pecado a veces me puede. Me desvío, me despisto, me equivoco… y me olvido que soy hijo de Dios y que todo lo que sea vivir por debajo de esa categoría es… desperdiciar mi vida. Empieza julio. Comienza el tiempo de verano y vacaciones en España. Ojalá no pierda mi dignidad entre toallas, piscinas, barbacoas y fiestas.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 12º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Hace unos días recibí un whatsapp de una persona amiga que me comentaba la importancia de ser valiente sin complejos, aún a costa de equivocarse, y de afrontar las opiniones de los demás sin miedo, intentando hacer de ellas una crítica constructiva en el mejor de los casos. ¿Nos estamos olvidando de ser valientes? ¿Cuál es la frontera entre la valentía y la temeridad? ¿Debo darle vueltas a la opinión que los demás tienen sobre mí? ¿En qué hay que ser especialmente osado? Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 10,26-33]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

El Evangelio nos aclara todo lo planteado: ¿Hay que tener miedo? A veces es lo lógico y lo recomendable, porque nos protege. ¿Hay que ser valiente? Construyendo el Reino de Dios, sin duda. Dios está de nuestra parte. Estamos llamados a ser lo que somos, en plenitud. Nuestros dones, nuestras capacidades, nuestra mirada, nuestro cuerpo, nuestro espíritu… todo proviene de Dios y está llamado a ser bello, bueno y transformador. Nunca el precio puedes ser tú. Te dejo tres pistas:

  • «El fuego que mata alma y cuerpo» – ¿Miedo? Sí. Miedo a perderte a ti mismo, a ti misma. Miedo a que el pecado se haga con tu corazón y lo llene de insatisfacción, de rencor, de envidia, de odio. Miedo a que pierdas a Dios de vista y desaproveches la oportunidad de ser feliz aquí y en la otra vida. A eso hay que tener miedo. ¡Fíjate! El Evangelio nos invita a dar la vida, ¡incluso a perderla como Jesús! No hay que tener miedo a eso, a las consecuencias de aportar por el bien, el amor, los valores, la amistad verdadera, las relaciones sanas, las apuestas vitales valientes… El miedo debe protegernos de aquello que nos consume, que absorbe lo mejor que tienes. ¿Qué lugares, qué personas, qué situaciones, qué decisiones, etc. anulan lo mejor que tú tienes? ¡Aléjate de ellos!
  • «Dios te conoce» – Tu Padre sabe quién eres. Tu Padre sabe lo que hay en tu corazón. Tu Padre no se equivoca contigo. Tu Padre sabe más de ti que tú mismo, que tú misma. Sabe que eres más valioso, más bella, más bueno, más capaz… de lo que a veces tú te crees. Los enredos, las críticas injustas sobre ti… no deben tener poder sobre tu persona. Confía en que Dios sabe más que la gente, que Él sí ve el por qué haces las cosas, tus intenciones; Él sí conoce tus preocupaciones y desvelos. No tienes que quedar bien.
  • «Dios se pone de tu parte» – Soy testigo de ello. No se trata de rezar todos los días para que esto o aquello salga como yo quiero; se trata de intentar vivir siendo fiel a ti mismo y a aquello que crees que Dios te pide… y uno va comprobando que Dios cuida la vida y que cada cosa va cobrando sentido en el tiempo y que el camino que se va haciendo es un camino que, sí, va hacia algún sitio. Por eso no lo dudes: si apuestas por Dios, Dios se pone de tu parte y la vida, con sus dificultades, dolores y sinsabores y también con sus alegrías, logros y caricias, es un regalo con sentido.

Llega el calor fuerte y, con él, las ganas de descanso, piscina, playa y terracitas. Ese Evangelio de hoy marcó un verano allá por 1997. Tal vez vuelva a ser importante de nuevo ante el horizonte que se nos presenta por delante a mi familia y a mí. Ojalá sepa afrontarlo sin miedo y con valentía.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo Ciclo A

Ayer volví del viaje de fin de curso con mis alumnos de 4º ESO y mis dos compañeros tutores. Fueron días intensos y llenos de responsabilidad pero, también, de diversión. Los jóvenes son el auténtico alimento del docente. Son ellos, y no otra cosa, los que valen la pena, los que merecen nuestro tiempo, nuestra energía y nuestros desvelos. El tiempo con ellos es el auténtico alimento de la vocación educadora. ¡Y qué importante es alimentarse bien! El curso está lleno de tiempos para otras cosas y sin el alimento correcto, desfallecemos. Y hablado de alimento… escuchemos el Evangelio de hoy [Jn 6,51-58]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Comer. Carne. Pan. Vida. Cuatro palabras que se repiten hasta la saciedad en este fragmento del Evangelio. Hablamos de algo tremendamente humano: alimentarse como una función vital imprescindible para no morir. Quién no come, quién no se alimenta, muere. Es así de sencillo. Y hemos tergiversado todo esto en esta sociedad moderna y llena de urgencias y prisas. Comemos mal. Comemos procesados. Comemos artificio. Nos alimentamos deficientemente. Y la vida se resiente. ¿Y a nivel de fe? ¿Sucede lo mismo? Te dejo tres pistas:

  • «Comida basura» – Falta de tiempo. Falta de silencio. Muchos incentivos. Necesidad imperiosa de sentirnos bien. Apetencias varias. ¿Conclusión? Nos acabamos alimentando espiritualmente de basura. Buscamos en el yoga, en el sexo, en el alcohol, en el juego, en el móvil, en la superficialidad de cualquier realidad… Buscamos alimento pero nos llevamos sólo hidratos de rápida absorción, que nos dejan una bonita sensación rapidita pero una gran insatisfacción en el corazón. Igual que el McDonalds o el Burger King, todo «aparenta» jugoso y placentero… pero luego, cuando pasa, sólo nos deja grasa de la mala.
  • «Pan del cielo» –  Jesucristo es un buen nutricionista. Sabe que Él, y sólo Él, es el alimento imprescindible en toda dieta saludable que te puedas plantear. Da energía y proporciona los nutrientes necesarios para vivir en forma y con salud. Si tú valoras tu vida, tienes que comer a CRISTO. No hay otra. ¡Y es tan fácil! Ese «pan del cielo» del que habla el evangelio está al alcance de cualquiera. Barato y universal. Es el mayor regalo que nos dejó Cristo resucitado: la posibilidad de comerlo verdaderamente cada vez que acudimos a la Eucaristía. ¡No me digas que no es fácil! Notarás mejoría en tu cuerpo y en tu alma. Te sentirás mejor, en forma, valiente, comprometido, con facilidad para perdonar, dispuesto a cargar con el prójimo… te sentirás feliz.
  • «Tu carne, alimento para otros» – Igual que Cristo, tú estás llamado a ser alimento para otros. Todo va de poner «la carne en el asador», en no guardarse la vida, en no escatimar entrega, en confiar en que quién más da, más recibe. La cruz fue el mejor horno que encontró Cristo para que su carne estuviera «al punto». Tú encontrarás también en ese camino, la mejor manera de ser vida para quién lo necesite. En un rumiar constante, quién se alimenta, alimenta y vuelve a alimentarse… y así sucesivamente. ¡A por ello!

Estamos ya a mediados de junio y el curso termina. Las fuerzas flaquean pero, en el horizonte, se abren nuevos retos, nuevas misiones, nuevas palabras… nuevos caminos hacia el Señor. Ojalá sepa alimentarme para no perder nunca el sendero elegido.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 3º de Pascua Ciclo A

Leo todos los días en twitter historias de desamor de mis alumnos y de jóvenes conocidos. Aquella persona en la que uno ha depositado su atención, aquella de la que se ha enamorado, aquel que le gusta… se ha evaporado, le ha fallado o traicionado o, simplemente, no le ha correspondido. Leo historias de corazones que se quedan rotos al no poder conseguir aquello que deseaban: un amor que le diera sentido a su vida. De esto va también el evangelio de hoy. Escuchemos [Lc 24,13-35]:

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
Iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

A veces te inunda la tristeza, la sensación de haber perdido el tiempo, de haber fracasado, de haber puesto tus ilusiones, una vez más, en algo que no sale. Tu cabeza y tu corazón tienen la tentación de dejar de creer y te dicen, repetidamente: «No lo vuelvas a intentar. No vale la pena. ¿Ves como ha pasado otra vez? Ya te dije que no te ilusionaras. No puedes confiar en nadie. No puedes esperanzarte con nada. Lo mejor es volver a lo de antes, a lo de siempre, a lo tuyo… y sobrevivir«. Y cuando estás así, no aceptas que nadie te ayude, no aceptas que nadie se acerque, no crees en la palabra de ánimo de nadie… justamente cuando más solo, más sola, te encuentras y cuando más mierda te sientes… justamente en ese momento, es cuando menos dispuesto estás a dejar «entrar» a otro en ti. Pero Jesús sorprende. Tres pistas:

  • «Poner palabra al desamor» – Con la pregunta de «qué conversación es esa que traéis…«, Jesús quiere que esos caminantes pongan palabra a aquello que les duele, a la raíz de su sentimiento de abandono, a la herida con la que vuelven a casa. ¿Y tú? ¿Empiezas por ahí? ¿Te cuentas y le cuentas aquello que te ha herido? ¿Pones palabra a tu dolor? ¿O te escapas, miras a otro lado, evitas tomar conciencia de lo hecho polvo que te encuentras? Ya no te digo que busques a alguien con quién hablar, que está genial, pero, al menos, deja que quién se te acerca, te ayude a poner palabra y nombre al desamor. Tal vez es el mismo Jesús, aunque en ese momento no seas capaz de reconocerlo. Tal vez es él, con ganas de devolverte la vida. Métete dentro, aunque duela, y cuéntate lo que es en tu corazón herido.
  • «Jesús da sentido a tu historia» – Cierto es que muchas veces no eliges lo que te pasa. Es más, ¡hay tantas veces que no entiendes por qué te ha tocado esta familia, o estos amigos, o por qué eres de una manera o de otra, o por qué ese fracaso inesperado, o ese desgarro, o por qué esta guerra, o este terremoto, o estas enfermedad impredecible e inesperada…? Jesucristo no ha venido al mundo para que tu vida sea de color de rosa. ¡Ni la suya pudo cambiar! Pero lo que sí hizo fue darle sentido. Y puede hacer lo mismo con la tuya, si le dejas, si le escuchas. Nada de tu pasado cambiará pero releer tu historia a los pies del Señor puede ayudarte a dar sentido a quién eres, a tu presente, y ayudarte a afrontar un camino que se ponía cuesta arriba.
  • «Lo reconocieron en la Eucaristía» – Sí, ahí está. En el altar, en el sagrario, en esos lugares que tan poco frecuentas pese a querer encontrarle. Pero vamos a ampliar la mirada. Aquellos hombres le reconocieron al partir el pan y tú puedes también reconocerlo allí donde alguien «se parte y se reparte», puedes reconocerlo en ese familiar, en ese compañero, en esa profesora, en ese cura o religiosa, en ese voluntario, en esa catequista, en ese médico… cuya vida es entregada cada día para el bien de otros. Revisa en qué personas pones el foco. Revisa con quién te juntas,, a quién admiras, a quién sigues…. y contrástalo con el deseo que anhela tu corazón. El mundo está lleno de Cristo pero, a veces, tú no lo ves… ¡Déjale entrar a tu casa y fliparás!

Y cuando lo hayas visto, escuchado, descubierto… cuando te hayas dejado tocar por Él y sientas que tu corazón arde de amor, ¡vete a contarlo! ¡Cristo vive! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Y tú lo sabes!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 2º de Pascua Ciclo A

Estamos en Pascua. Desde el domingo pasado, cuando la luz irrumpió en la noche y Cristo devolvió a la Vida su lugar frente a la muerte, disfrutamos de un tiempo precioso, ideal para rebuscar las razones que sostienen nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestros caminos de misión. Es un tiempo para que dejes entrar a Dios en tu vida, en tu casa, en tu universidad, en tu trabajo. Es el tiempo de todo tiempo, aquél por el que tiene sentido aguantar cuando sólo hay silencio, dolor, cruz y confusión. Pero vivir este tiempo no es fácil. Escuchemos al evangelista [Jn 20,19-31]:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

La Resurrección no es algo que uno descubre una noche y a la mañana siguiente ya ha integrado en su vida. Encontrarse con el Resucitado requiere también tiempo y proceso. Seguramente a veces te has «obligado» a sentir determinadas emociones que parece que uno debe experimentar en una Vigilia Pascual o, sencillamente, como cristiano. Hay que estar alegre, hay que creer, hay que ayudar, hay que ser testigo valiente… pero ¿siempre has sido capaz de ello? Te dejo algunas pistas del evangelio de hoy:

  • «Al anochecer… puertas cerradas…» – Jesús ya ha resucitado pero sigue habiendo noche y miedo en la vida de sus amigos más cercanos, de los testigos más privilegiados. Tú no eres menos. A veces piensas que Dios debería ponerte las cosas más fáciles. A veces, incluso, le haces un examen de «validez» y cuestionas su poder y su amor si tu vida no va viento en popa. La realidad es que siempre habrá escollos, cruz, noche, dureza, miedo… La Resurrección no excluye eso pero lo que sí hace es irrumpir con más fuerza que todo ello. El Resucitado abre tu corazón, ilumina tu existencia, renueva el aire de tu espíritu y trae paz. Las circunstancias, lo que te rodea, no cambia, pero tú eres diferente porque sabes que Jesucristo Vivo está a tu lado insuflándote Vida a raudales. Es un huracán.
  • «Tomás y su necesidad de control» – A veces no te das por enterado, por enterada, y pretendes encontrarte con el Resucitado, meter a Dios en tu vida, y seguir teniendo todo bajo control. Quieres tener a Dios en tu vida pero no quieres que te la ponga patas arriba. Quieres «jugar» pero sin asumir ningún riesgo. Pues ¡no es posible! Vivir desde la fe implica que confíes, que creas sin verlo todo claro, que te dejes llevar, que te sepas enviada, elegido… Vivir desde la fe es ponerte en camino hacia la eternidad, hacia la salvación, hacia la felicidad. ¡Vale la pena! ¡Pero no vas a controlarlo todo, a tocarlo todo, a saberlo todo, a vivir sólo con certezas y sin ninguna duda! ¡No es posible «dar» y, a la vez, querer conservarlo todo!
  • «En las heridas de la cruz, lo reconocerás» – Los apóstoles, y Tomás, reconocieron al Señor cuando éste les enseñó sus heridas. El Resucitado es el Crucificado. Esto, que parece simple, es el núcleo de nuestra fe. Y sigue siendo así. Si alguna vez dudas de la presencia de Jesús en tu vida, si alguna vez has dejado de verle, de sentirle, de reconocerle… busca las heridas del mundo, busca las heridas de la gente, busca el sufrimiento del pobre, del excluido, del que se siente solo, del que ha perdido el sentido de su existencia, del que es perseguido por su causa, del que se la juega por los demás… y allí le encontrarás. A veces quieres encontrar a un Dios impoluto, de manos limpias, piel fina y tersa y delicada, sin rastro de «donación» extrema. Y no lo encuentras. Busca allí donde la vida de entrega, donde está en juego, donde se ama hasta el extremo. Allí está.

Hoy es el Domingo de la Misericordia. Poner el corazón en la miseria, eso es. Eso hizo Cristo, eso sigue haciendo. Abraza cada palmo de nuestra miseria, la acoge, la cura y la sana. Y nos envía a hacer lo mismo. ¡Te animo a ello en este tiempo pascual!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo de Ramos Ciclo A

Cierto es que las procesiones de Semana Santa trascienden la vida de fe. Muchas personas acuden atraídas por su belleza, por su estética, por tradición e, incluso, por una religiosidad popular que ahí se queda y que no tiene continuidad el resto del año. Pero ayer, cuando vi salir a Nuestro Padre Jesús de la Redención del convento de San Esteban, me convertí en comensal, durante unos instantes, alrededor de esa mesa de Pascua en la que se prepararon los momentos previos a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.  Estamos en Domingo de Ramos y hoy toca escuchar el relato entero de esos hechos por boca de San Mateo [Mt 26,14-27,66]: pincha aquí.

Voy a intentar vivir este día con profundidad. Para eso, me voy a centrar en tres aspectos:

  • «Llegada a Jerusalén» – Jesús va a Jerusalén para consumar su misión. Sabe lo que le espera. No es un ingenuo. Es consciente de que si sigue fiel a lo que el Padre le pide; si sigue firme en predicar el Reino de Dios; si sigue curando, dando vida y recuperando a ciegos, leprosos, enfermos, mujeres; si sigue coherente con toda una vida… morirá, acabará entregando la vida. Hoy me veo ahí, con Cristo, con miedo de lo que puede venir, con dudas de lo que debo hacer, con tensión de que la vida está en juego. Y quiero ser fiel, como Él, quiero seguir predicando el Reino, como Él, quiero seguir dando vida y curando corazones, como Él, quiero seguir coherente, como Él. ¿Cuál será el precio?
  • «Enfrentamiento inevitable, soledad asegurada» – A mí, que me gustaría no enfrentarme con nadie y gustar a todo el mundo, me cuestiona mucho y me tensa mucho seguir los pasos de Jesús en su Pasión. Ver a Jesús entrar aclamado en Jerusalén y verle salir crucificado, camino del sepulcro, es algo difícil de aceptar. ¿Es el enfrentamiento inevitable cuando apuestas por el Reino, cuando apuestas por este Dios-Amor en el que creo? Y si es así… ¡Dios! ¡¿No hay otra manera?! ¿Por qué hay personas que se rebelen ante alguien que sólo quiere el bien de todos, que apuesta por construir? ¿Por qué el pecado es tan fuerte? ¿Hay algo que ayude a llevar ese olor a soledad que lo inunda todo?
  • «Vivir con sentido» – Huele a misión. Huele a dolor. Huele a soledad. Huele a consumación. Huele a tragedia. Y, sin embargo, ¿no huele también a sentido? ¿No huele también a plenitud? Cuando llegan los momentos importantes de la vida, te juegas el sentido. Puede que para algunos esto no valga mucho pero… entonces… ¿para qué vivir? ¿Para qué todo esto? ¿Para qué todo lo que me ha traído aquí? ¿Para salir corriendo al final? ¿Para vivir sólo con bienestar pero sin horizonte? ¿Para traicionar al final todo lo que ha sido importante siempre? ¿Y no es la felicidad justamente vivir con sentido? ¿Se puede morir con sentido y ser feliz con ello? ¿Es este el preámbulo doloroso de la Resurrección final? ¿No es esa la promesa?

Entremos en Jerusalén.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 5º de Cuaresma Ciclo A

Este fin de semana fui consciente de una batalla que se está librando en mi interior: la fortaleza contra la vulnerabilidad; el Santi capaz de todo contra el Santi necesitado de todo. Es una batalla que remueve todo, que desestabiliza mi alma muchas veces y que tiene ya cierta antigüedad. Seguro que tú también la has luchado alguna vez. Pero, ¿es posible vivir sin vulnerabilidad? ¿Es posible vivir con plenitud sin sentir permanentemente el aliento de la fragilidad en la oreja? ¿Qué hace Dios con todo esto? Escuchemos el Evangelio de hoy [Jn 11,3-7.17.20-27.33b-45]

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

La muerte es el final del camino. Cuando llega, la vida se acaba. ¿Has perdido a alguien cercano? ¿Sientes su ausencia? ¿Te has sentido tú muerto en vida alguna vez? ¿Has sentido que tenías pocas ganas de vivir? ¿Te has sentido tan perdido, tan frustrada, tan desorientado, tan falta de luz… que te has sentido como en una tumba? ¿Has vivido alguna ruptura, algún momento en el que todo parece acabar, romperse, frustrarse…? ¿Tiene Dios algo que decir en todo esto? Te dejo tres pistas:

  • «¿Por qué Dios no aparece cuando lo necesitas?» – ¡Venga! ¡¿Es una broma?! ¡¿Lázaro se pone gravemente enfermo, sus hermanas acuden a Jesús y éste… decide acudir tarde?! ¡Hizo lo mismo que tú sientes que hace contigo muchas veces! Le llamas, le buscas, le pides… y no acude… todavía. ¿Por qué Jesucristo permitió que su amigo muriera? ¿Por qué Dios permite que la muerte, la depresión, la violencia, la enfermedad, el dolor… lleguen a tu vida? ¿Y por qué calla tantas veces cuando tú más inquietud sientes?
  • «¿Crees esto?» – Leo el texto una y otra vez y no soy capaz de saber si Jesús se emociona y llora por la pérdida de su amigo Lázaro o por la fe de su hermana Marta. Algo grande va a suceder. Dios está a punto de manifestarse en toda su Misericordia. La misión de Jesús va a dar el paso definitivo antes de la cruz. Porque Dios sólo sabe hablar el lenguaje de la Vida, del Amor, de la Luz. Ten fe, pues, cuando sientas que todo se ha acabado, que ya no hay salida, que la enfermedad ha vencido, que la muerte es el final, que no puedes caer más bajo… Ten fe. Acude a Él. Espera su llegada. Y ¡cree! ¡Cree! Él obrará el milagro y te devolverá la vida, la paz, la luz.
  • «La losa, las vendas, el sudario… la comunidad que salva» – ¿Cuáles son las losas que te pesan, que impiden que entre la luz en tu vida, que te encierran en una espiral de dolor, de perdición, de tristeza, de oscuridad? ¿Cuáles son las vendas que otros te han puesto y que te impiden ser tú, que te impiden caminar por ti mismo? ¿Cuáles son los sudarios que cubren tu cabeza y que te impiden ver bien, tomar buenas decisiones, sentir la caricia de lo bueno de la vida y de las personas? Jesús resucita a Lázaro pero «su» milagro no rehabilita plenamente a su amigo. Jesús cuenta y necesita a una comunidad que ama a Lázaro y que le ama a Él, y que está dispuesta a colaborar «para que el muerto vuelva a vivir». ¿Qué hay de ti? ¿Tienes una comunidad,, un grupo, personas cerca que puedan ser manos de Dios y ayudar, llegado el momento, para que salgas de tu tumba?

El próximo domingo será ya Domingo de Ramos. La resurrección de Lázaro es considerada por muchos teólogos y biblistas como el detonante definitivo del proceso de persecución y muerte de Jesús. El impacto y el estupor causado a muchos judíos poderosos e influyentes, derivó en la certeza de que había que acabar con Él. Jerusalén estaba cerca. Todo se precipitó. Y ahí vamos nosotros, de lleno a una Semana en la que contemplar a Jesús es también contemplar nuestra propia vida. Que el Señor nos acompañe.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 7º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Esta pasada semana celebramos San Valentín, una fiesta que se ha instalado entre nosotros como el Día de los Enamorados, el día del amor. Mis alumnos estuvieron preparando, aplicando sus conocimientos algebraicos, una fórmula que intentaba predecir el éxito en una relación de amor de pareja. Salieron cosas muy curiosas y, en general, muy serias y acertadas. Pero en ninguna de ellas apareció algo que creo que es importantísimo: el PERDÓN. Acoger el mal de la persona amada, el daño realizado, la ofensa recibida… y ser capaz de perdonarla y seguir amando. ¿Es posible una relación sin eso? Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 5, 38-48]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Jesús vuelve hoy a «redefinir», a «perfeccionar», a «plenificar» la ley judía. No le sirve quedarse con lo que dice sino que pretende darle sentido a la luz de lo que Dios quiere para ti y para mí. Y en esa redefinición, descarta la venganza, por muy justa que sea, y nos propone la humildad, el amor y el perdón en aquellas situaciones y con aquellas personas que más nos cuestan, que más daño nos hacen, que más esfuerzo nos requieren. Tres ideas para hoy:

  • «No midas tanto» – Que como ella me ha hecho esto, tengo derecho a hacerle lo mismo… que como yo le he hecho un regalo bueno, cómo se le ocurre regalarme esta mierda… Que si me ha puesto los cuernos, va a recibir lo mismo… Que tienes derecho a responder a una ofensa o a un daño vamos, es lo justo. Pero la justicia, Dios la mide con amor. Por eso te dice: «no midas tanto». Ni el bien ni el mal. Estás llamado, llamada, a darte por completo, a amar desproporcionadamente. En el fondo, te está diciendo: «mírame a mí, cómo amo… sin medir, sin medirte…». Porque si aplicaran tanta medida contigo, tus padres, tus profesores, tus amigos, tu pareja… Si midieran con exactitud y te devolvieran siempre la misma moneda, ¿qué? El amor no es eso. Y Dios te ha hecho capaz de amar. Lo justo es amar. Lo otro tiene otro nombre. Parece que te deja satisfecho si lo haces pero… no es así.
  • «El Dios asimétrico» – Creemos en un Dios que, en palabras de mi profesor de Cristología, Serafín Béjar, es asimétrico. ¿Qué quiere decir eso? Que no te ama en función de lo que tú le ames. No te ama por tus méritos. No se trata de ganar puntos y así comprar su amor. Dios «hace salir el sol sobre malos y buenos«. «¡Qué injusto!» dirás. Bueno… Puede parecerlo bajo esta idea tuya de justicia. Pero en el fondo, Dios funciona de otra manera… ¡y menos mal! Porque si Dios nos tuviera que amar y salvar en función de lo que tú y yo hacemos en esta vida… mejor ni pensarlo. ¡Pero si no damos ni una! ¡Somos una buena panda de mediocres, de tibios, de amantes a medias! Tú también estás llamado a ser asimétrico: amar, amar y amar… sin importar a quién, cómo ni cuándo.
  • «¿Qué haces de extraordinario?» – No se trata de ponerse galones e ir por el mundo como si fueras alguien especial pero si eres creyente… si sigues a Jesús… en algo se te tiene que notar, ¿no? Y Jesús te propone que se te note en cosas que marcan la diferencia. Querer a tus padres, querer a tus amigos, respetar a tus superiores, echar una mano si te lo piden… ¡Todo está fenomenal! Pero… ¡para eso no hay que ser creyente! Cualquier persona, con un buen corazón y una pizca de humanidad, lo hace. Pero rezar por esa persona que te ha traicionado, amar a ese compañero que te hace la vida imposible, pedir por ese familiar que tiene unos valores tan diferentes a los tuyos… No se trata de dejarse machacar por las personas tóxicas pero sí de incluirlas en tu lista de destinatarios de amor. Y amar a veces se traduce en perdonar, en rezar por ellos, pedir para que su corazón cambie y para que un día sean felices amando también. ¿Te parece poco?

Es difícil hacer vida lo que hoy nos propone el Evangelio. Puedes pensar que es una utopía maravillosa pero irrealizable. Tal vez ahora mismo te sientes incapaz. No te preocupes. Tu corazón también tiene que «cristificarse». Poco a poco. Cada día, un poquito más parecido a Él. Y lo conseguirás, con su ayuda.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 6º del Tiempo Ordinario Ciclo A

El verbo «obedecer» está pasado de moda. Y el verbo «cumplir» también. Suenan feo. Suenan a hipocresía, a que estás siendo infiel a ti mismo, a ti misma. Ahora se lleva el amor a uno mismo, el quererse a uno mismo. Ya lo ha dicho Shakira en su canción y nos lo ha recordado Miley Cirus en la suya. Ciertamente, el trasfondo es irreprochable: soy valioso, valiosa, y no debo permitir que nadie me trate como una piltrafa, me hiera, me falte el respeto, juegue conmigo. Pero cuidado con la conclusión: vivir como si sólo existiera yo, como si no necesitara a nadie, como si no hubiera un Otro al que amar y al que dejar que me ame… puede llevarme a una perdición igual de dolorosa. Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 5, 17-37]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Jesús nos remite a la Ley. Porque hay Ley. Hay principios. Hay mandamientos. Son normas que, como en toda sociedad, regulan lo necesario para estar a buenas con Dios, con el prójimo y conmigo mismo. La norma no es un invento para esclavos sino un camino de libertad para aquellos que aspiramos a ser felices. ¿Tú cómo lo ves? ¿Sientes los mandamientos, las normas… como una losa? ¿Tienes una percepción negativa sobre ellos? Entonces… ¿de qué se trata? ¿De que tú seas el que marca la frontera entre el bien y el mal, de qué nadie te marque el camino? No sé si es la mejor opción. Piénsalo. Te dejo tres pistas más:

  • «Pero yo os digo…» – ¡Qué frontera tan fina entre ser escrupuloso con la «letra» de la ley, olvidando su espíritu, y aligerar demasiado su sentido para acabar adaptándola a lo que nos conviene! ¡Qué importante es discernir! El Evangelio de de hoy está lleno de ejemplos de Jesús acerca de normas concretas y de la plenitud del amor que debe garantizar cada una de ellas. La plenitud de toda norma es el amor pero… ¡qué fácil es que tú y yo nos equivoquemos en esto! Solemos «amar» a nuestra manera y con eso nos quedamos tranquilos. Equilibrio. La norma también está para ayudarte a amar mejor. Piénsalo. No es cumplir por cumplir, por miedo; es cumplir por amar.
  • «Reconcíliate con tu hermano» – Déjate de rollos. Difícil amar a Dios estando a malas con tu hermano, con tu vecino, con tu madre, con tu amigo, con tu pareja, con tu jefe, con tu hermano de comunidad… ¡Tienes un sacramento que es maravilla a tu disposición! Vete, busca un sacerdote, ponte de rodillas y pide perdón. El perdón es de justicia y, también, repara tu herida, sana tu corazón, ilumina con la gracia aquello que has dejado pudrir. No esperes ni un minuto más. ¡Y que la penitencia sea buscar a aquellos a los que has dañado para abrazarlos, volverlos a sentir hermanos, volver a tender puentes con ellos!
  • «Si te induce a pecar…» – Tentaciones. Siempre están ahí. Eres débil, frágil, lleno de agujeros y de fugas. Y tiran de ti, te hacen propicia para volver a apostar por aquello que te hace mal, que hace mal a otros, que ofende al Señor. Situaciones, personas, lugares… que te ponen en bandeja un placer momentáneo, un calmante instantáneo a tu sed de amor, pero que luego… te dejan vacío, vacía. Ponles nombre, conócelas, reconócelas… e intenta evitarlas, gírales tu rostro. Y si flaqueas, pide ayuda a Tu Madre, a tu Padre, al Espíritu que te acompaña siempre. Y si caes, levántate, vuelve a casa y a seguir intentándolo. El amor siempre vence.

Ojalá la semana que comienza traiga a tu vida una buena dosis de perdón, de amor, de plenitud. Tienes ganas de ser mejor, lo sé. Tienes ganas de ser feliz, lo sé. Tienes ganas de Dios, aunque a veces no lo sientas, no lo veas, no lo entiendas. Ama y déjate amar. Y la paz irá llegando. Y la luz.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 5º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Esta semana la terminé con una conversación reparadora. Fue uno de estos momentos en los que estás a gusto y puedes charlar con otra persona, compartiendo desde lo profundo y poniendo el foco en aspectos que, normalmente, dejas pasar. Hablamos de la historia de cada uno, de los gustos, de cómo gastamos la vida y, también, de las heridas que el camino va dejando. Heridas… ¡todos salimos heridos del combate, por muy bueno que este sea! Aún así, no nos gusta sabernos débiles y diezmados y nos revolvemos con tal de que nadie vea nuestras cicatrices. Hoy la Palabra tiene algo que decirnos [Mt 5, 13-16]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Siempre he creído que el Señor me había elegido. Y esta lectura siempre ha sido fuente de inspiración, llamada vocacional, base de una sana autoestima y faro que da sentido a un horizonte vital que he intentado mantener: hay mucha oscuridad en el mundo y yo estoy llamado a poner un poquito de luz. Cuando compartía esta lectura con los niños, en el oratorio infantil del cole, hablábamos de para qué sirve la luz y llegábamos siempre a tres conclusiones: espanta los miedos, ilumina el camino para no perdernos y nos permite reconocernos. ¡Qué bonita vocación, ¿no?! Espantar los miedos del otro, iluminar su camino y reconocerlo. ¿Y la sal? Conserva las mejores propiedades, aporta sabor y cicatriza heridas. ¡Buf! Tremendo. Pero te dejo alguna pista más:

  • «¿Por qué soy luz? ¿Por qué sal?» – Una conversación con un amigo ateo, hace años, me dejó mosca: «Santi, dejad ya de decir que sois la luz del mundo como si los demás, por no creer, fuéramos la oscuridad. Eso no es así. Qué clase de prepotencia es esa…«. Me dio que pensar. Y hoy, leyendo el evangelio y la primera lectura de Isaías, lo tengo más claro: La luz es una manera de vivir. La sal es una manera de relacionarnos. Somos sal y luz en la medida en que le damos al prójimo el centro, en la medida en que entregamos la vida al otro, en la medida en la que vivimos al estilo de Jesús. No son galones ni méritos. Y la prueba está en que Jesús deja claro que la sal puede volverse sosa y la luz puede estar escondida. Nos ha sido dada toda la potencialidad para serlo pero de nosotros depende encender el interruptor, esparcir la sal por donde pasamos. Y eso es una vocación universal, aunque no poseas el don de la fe todavía.
  • «Jesús es la luz» – Jesús es el Amor hecho hombre. Él fue capaz de dar todo, su vida, por sus hermanos, por todos los hombres. Por eso es la LUZ y la SAL por antonomasia. De Él sí podemos decir todo lo que hemos dicho. Por eso, fijarnos en Él, seguirle, imitarle, quererle… nos hace parecernos más a Él. No es que la fe me conceda un privilegio sin más, ser luz o sal, sino que, si es fe verdadera que me lleva a seguir a Cristo, inevitablemente me asemejará a su persona. Sin Él todo es más confuso, todo se vuelve oscuro, el mundo es más frío, estoy más perdido, me siento más solo, afloran los miedos, nada parece valer la pena…
  • «Se curarán tus heridas» – Esto es lo que dice Isaías en la primera lectura de hoy. Deja de buscar remedios que no funcionan. Deja de medicar tu corazón con calmantes que simplemente adormecen los síntomas. Estás herido, herida, y muchas veces no sabes qué hacer con eso. ¡Entrega tu vida! ¡Pon al otro en el centro! ¡Sé fiel a tu vocación! ¡No escatimes en generosidad, en amor, en donación! Si lo haces, esa luz y esa sal que brotarán de tu corazón servirán también para sanarte. El camino te ha dejado heridas y es el amor el que las va a sanar. ¡Mira Cristo! ¿Caben más heridas en ese cuerpo flagelado y destrozado pendiendo de una cruz, en esa alma rota, traicionada, burlada y decepcionada? Pero Él sabía que la única manera era llegar hasta el final, seguir confiando en su Padre. La luz de la Resurrección lo convirtió en un hombre nuevo, en el Hombre para siempre.

Empieza otra semana y puedes hacer de ella un tiempo apasionante. Dios te ha dado la materia prima necesaria para ser luz y sal en el mundo. Estás cansado, cansada, herido, herida, y, aún así, se te invita a seguir entregando tu corazón. Mira a Jesús en la cruz y adelante. Ojalá brille tu luz delante de todos esta semana porque eso querrá decir que estás amando y mucho.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova