Entradas

Evangelio para jóvenes – Domingo 24º del Tiempo Ordinario Ciclo A

La familia es uno de los lugares primeros y privilegiados para experimentar el perdón. Los que somos hijos sabemos lo que es hacer daño, decepcionar, exigir injustamente, pensar sólo en nosotros… Los que somos padres conocemos el sabor de pagar nuestras frustraciones y engaños con otros, de gritar para corregir, de no ponernos en el lugar de los que vienen por detrás, de no dar tantas veces a cada uno lo que necesita… Perdonar y ser perdonado es de las experiencias imprescindibles para todos nosotros. Todos nos encontramos ahí, en el error, en el pecado, en la dureza, en el daño, en la inacción o en la desmesura. Por eso hoy nos viene genial recordar cómo Jesús nos recuerda las bases del perdón de Dios. [Mt 18,15-20]:

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Jesús responde a una pregunta de Pedro con una parábola. Recuerda que toda parábola siempre tiene un elemento de desproporción notable, algo que a oídos de quién escucha es ciertamente llamativo. En esta parábola lo es lo que deben uno y otro. El primer empleado debe diez mil talentos, el segundo debe cien denarios. Si pensamos que un talento eran alrededor de 6000 denarios, ¡el primero debe 600.000 veces más dinero que el segundo! Traducción: Al primero le perdonan lo imperdonable y, en cambio, éste no le perdona al segundo una «migaja». ¿Qué querrá decir Jesús con esto? Tres ideas:

  • «Paciencia de Dios vs. mi paciencia» – La pregunta que le hace Pedro a Jesús es tremendamente humana, ¿no crees? Porque todo tiene un límite, decimos. Porque no se lo merece, argumentamos. Porque no soy tonto, me digo. La respuesta de Jesús no es la nuestra. Dios va por delante y no entiende de nuestras «medidas», de nuestras «limitaciones». A Él no se le agota la paciencia. Él siempre nos está esperando. Él siempre nos ve como merecedores de una nueva oportunidad. Él no es tonto pero sí es Amor infinito. Así que habrá que aceptar que perdonar como lo hace Dios es difícil… ¡pero no imposible! ¿Qué te hace sentir esto? Si lo valoras desde el punto de vista del que perdona, igual te fastidia pero… ¿y si lo ves desde el punto de vista del que necesita ser perdonado? ¿Entonces qué?
  • «El perdón brota del perdón» – La secuencia del relato es importante. Ponte en el lugar del empleado que se presenta ante Dios con su «carta de servicios». Mira tu vida. Suéltalo. ¿Cuántas cosas no se ajustan a lo que Dios espera de ti? ¿Cuántas cosas no son coherentes con tu fe? ¿Cuántas veces has errado, te has perdido, has hecho daño a otros, te has dejado llevar por tu egoísmo? ¿No te das cuenta de lo mucho que se te perdona cada día? ¿No te das cuenta de la paciencia de Dios, y de otros, contigo? Dios te quiere. Dios te perdona. Dios vuelve a confiar en ti, una y otra vez. ¿Cómo vas a ponerte tú digno con los demás? ¿De verdad no vas a tener un poco de paciencia más? ¿De verdad no vas a volver a dar otra oportunidad? ¿De verdad vas a medir hasta la última gota de misericordia?
  • «La prisión de la dureza de corazón» – El perdón genera libertad. El rencor genera opresión, ahogo, veneno. Y la culpa pesa pero no cura. No siempre es fácil perdonar, cierto. No siempre eres capaz, cierto. No siempre es sencillo aceptar lo que el otro ha realizado, dicho, dejado de hacer… cierto. Y ser perdonado, aceptar el perdón, tampoco. A veces uno prefiere cargar eternamente con su culpa aunque eso no sirva para nada. Pero Dios te quiere libre, feliz, pleno. Y sin perdón… ¿cómo lo vas a hacer?

Afronta esta semana que empieza desde aquí, desde una mirada misericordiosa ante todo, ante todos. Eres hombre, mujer, limitado, limitada, pero tu misericordia está llamada a crecer hasta ser «inconcebible». No la ahogues. Llénate de Dios. LLénate de su perdón. Siéntete acogida, querido, y verás como todo es más fácil.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 23º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Esta semana que entra empieza el cole para los chavales de ESO, Bachillerato y FP de Castilla y León. Los profes estamos preparándolo todo y estamos empezando a recibir una formación para mejorar el clima escolar y prevenir problemas de convivencia, acoso y agresiones en el centro. Si me quedo con algo de estas primera sesiones es con la importancia de la fuerza del grupo. No somos islas. Necesitamos a los demás. Impactamos en la vida de los demás, para bien o para mal. Por eso, cuando escucho el evangelio de hoy, lo tomo como una palabra importante hoy para mí [Mt 18,15-20]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Hermanos, dos, tres testigos, la comunidad… ¡Jesús conjuga la vida en plural! Es cierto que los actos de cada uno importan, y mucho, pero Jesús nos insiste en la idea de que el Padre nos ve y nos ama en plural, uno a uno junto a otros. Somos pueblo. Somos familia. Somos hijos, hermanos. El tejido que hay entre todos, invisible, es más fuerte de lo que piensas, pese a la filosofía individualista de este mundo en el que vives. El «sálvese quién pueda» no entra dentro de los planes de Cristo. ¿Y de los tuyos? Te dejo tres ideas:

  • «Amar también es corregir» – El amor entrelaza nuestras vidas. El amor de madre, de padre, de hijo, de hermano… El amor de amigo, el amor de pareja, el amor desinteresado… conecta los corazones. Es imposible amar y mirar para otro lado si el amado, o la amada, no es feliz o va camino de no serlo. Porque amar es desear que el otro sea lo que es en plenitud, sea feliz de verdad. Por eso la corrección fraterna entra en juego. ¡¿Cómo no decir nada a aquel, a aquella, que está sumiendo su vida en la oscuridad?! Jesús corrigió muchas veces a los suyos y a las personas con las que se encontraba. Y Pedro ¡se atrevió a corregir a Jesús! ¿Te involucras en la vida de aquellos a los que amas? ¿Y tú, te dejas? ¿Cómo te sienta que te corrijan?
  • «Qué difícil es corregir bien y ser corregido» – La corrección fraterna es una de las cosas más difíciles que puede vivir una comunidad, una familia, un grupo de personas, de compañeros. Corregir en el momento adecuado, con la intensidad justa y con el espíritu purificado… ¡es algo complejo! Por eso es bueno intentar que Dios esté presente en todo ese proceso. Lo primero, para que el corazón de la persona que va a recibir la corrección sea dócil, no esté endurecido, no se arrugue ni se agrie. Lo segundo, para que la persona que corrige busque el bien del otro y empiece por hablar con él a solas y luego lo ponga en manos de la comunidad, en oración, si la cosa no va bien. Nada de imponer. Nada de gritos. Nada de excusas. Nada de juicios. Mucha humildad. Mucha bondad. Mucha paciencia.
  • «Dios se hace presente en la comunidad» – Como diría mi profesor Serafín Béjar, mírate el ombligo. Tu ombligo es la señal inequívoca de que tu vida no es posible sin depender de otra. No es posible vivir sin otro. Estamos conectados. Dios ha diseñado una vida que, lo es, si se vive en comunidad. En este marco comunitario, las relaciones de amor que construya será las que sostengan y animen mi existencia y, con ella, la de otros. La salvación no es algo tuyo. Nos salvamos juntos. Creemos juntos. Crecemos juntos. Nos perdonamos. Nos hacemos daño. Nos sostenemos en la dificultad. Nos damos la mano cuando la vida se pone cuesta arriba. Celebramos juntos la alegría y los regalos de la vida. Somos uno.

Sal ahí afuera y disfruta de las relaciones que has tejido hasta hoy. Reza algún rato con otros. Habla con alguien. Comparte tu vida. Busca alguien con quién alegrarte y alguien a quién sostener con una palabra, un gesto, una mirada… Y si alguien lo necesita, ponte en manos de Dios y corrígele con misericordia. Que te importe su vida como para arriesgarte por él, por ella. Y así siempre.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 17º del Tiempo Ordinario Ciclo A

No sé de qué hablas tú con la gente que te rodea pero recuerdo a la perfección lo que me dijo un joven ya hace tiempo: «Necesitamos que la Iglesia nos acompañe en las alegrías de nuestra vida». Pensando mucho esa frase me doy cuenta de que muchas veces insistimos demasiado en hablar de lo que hay que hacer para encontrar a Dios y para llevar una vida feliz, según nosotros. Tal vez dedicamos poco tiempo a contarle a la gente lo que Dios tiene que ofrecerle, la Buena Noticia. Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 13,44-52]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Si Dios no tiene nada bueno que ofrecerte, es que no estás pensando en el auténtico Dios. Si Dios no es Buena Noticia, no vale la pena. Si alguien no percibe que tengamos algo bueno que ofrecerle… ¿por qué se iba a acercar? ¿Cómo mantener la esperanza? ¿Cómo cambiar de vida? Te dejo tres pistas sobre el evangelio:

  • «Lo escondido, lo encontrado» – ¡Claro que Dios tiene una buena noticia para ti! Pero que sea buena no quiere decir que sea obvia. El tesoro escondido en el campo, la perla de gran valor que se esconde en un mercado, los peces que viven bajo el agua… ¿No te das cuenta? Hay que ir hacia adentro. Tienes que meterte ahí adentro, aunque a veces te dé miedo. Tienes que mirar en lo profundo de tu corazón, tienes que mirar la realidad con otros ojos, tienes que  participar en experiencias que te animen a pensar, a navegar por tus emociones, a escarbar en tus sentimientos, en tus anhelos, en tus creencias… Dios te está esperando pero tienes que encontrarlo. Requiere que pongas de tu parte. ¡Es que no encuentro a Dios! ¡Es que no le veo, no le oigo! Cuántas veces he escuchado eso… No funciona así. Para encontrarle, tienes que taladrar todas esas capas con las que te has acostumbrado a vivir. Prueba…
  • «No hay nada más valioso» – No hay nada más valioso que encontrar aquello que estás buscando, aquello que necesitas aunque, a veces, no eres ni consciente de ello. No hay nada más valioso que encontrar aquello que colma tu corazón, que te hace vivir en paz, que procura descanso a tu alma. No, no es el elixir de la juventud, ni el secreto de la inmortalidad, ni una fórmula que evita todo sufrimiento. No es eso. Pero sí es aquello que te permite vivir todo lo que venga con sentido, que te permite sentirte contento, contenta, contigo mismo, que te permite saberte perdonada, perdonado, querida, querido. Es eso que buscas a veces en lugares, en personas, en cosas… y por lo que mendigas tanto amor. Ese es Dios. Ese es el tesoro que te ofrece. Ese es el Reino que ya puedes habitar. Hoy. Aquí. Ahora.
  • «Venderlo todo» – Esto es lo que siempre rechina a muchos, como si Dios se cobrara un precio por seguirle. ¡No! ¡Quítate esa idea de la cabeza! ¡Lee bien las parábolas! ¿Detectas que el labrador, el comerciante, los pescadores, se hayan sentido obligados a venderlo todo? ¡Que no! ¡Que Dios no pide precio! ¿No te das cuenta? Cuando lo encuentras, ¡eres tú el que ya no va a querer pasar sin Él! ¡Porque no hay nada mejor! Cuando llegue ese momento, si no ha llegado aún, te darás cuenta. Harás cosas que no todo el mundo, dedicarás tiempo a cosas diferentes a los demás, sacrificarás ciertos aspectos de la vida que tienen valor para otros pero ya no para ti, irás con personas que sí valen la pena y no te dejarás deslumbrar por otros… Pero todo lo harás con gusto, con alegría, sin pesar, sin sentir que estás hipotecado… Lo único que pasará es que te habrás dado cuenta de que cuando uno apuesta por el Reino, hay cosas que sobran…

Hoy vienen a cenar unos amigos. Jóvenes buscadores que valen la pena, que son luz, que han encontrado el tesoro y que empiezan a vivir de una manera diferente. ¡Qué afortunados seremos en casa de contar con su presencia! Ellos son tesoro, son perla, son buena pesca… Ellos son Reino. Dios hoy vendrá a casa con ellos. Y así todos los días. Siempre, Señor.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 16º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Estoy viendo con mi mujer y mi hijo mayor la segunda temporada de la serie The Chosen. Nos encanta. Personalmente me gusta mucho y creo que hay conversaciones, escenas, actitudes de los apóstoles y del mismo Jesús, que valen la pena ser comentadas, dialogadas, discernidas. Llevamos dos o tres capítulos donde el mismo Jesús y su grupo de seguidores están tomando conciencia de que los problemas empiezan a multiplicarse. Esto de «seguir al Maestro», el cumplimiento de la profecía de la llegada de un Mesías liberador, no cuadra con las expectativas de muchos. ¿A qué a ti también te pasa? Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 13,24-43]:

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.»

En una preciosa conversación al calor de una hoguera, María les cuenta por primera vez su experiencia del parto de Jesús. Su impacto mayor fue descubrir que había que limpiarle porque estaba sucio, que había que taparle y abrazarle porque tenía frío, que había que alimentarle porque tenía hambre. El Mesías había llegado, el Hijo de Dios, pero era un bebé pequeño, frágil y necesitado. Y así sigue siendo su Evangelio, su Buena Noticia, el Reino que ha venido a instaurar, la plenitud en la vida de aquellos que decidimos seguirle. Te dejo tres pistas para hoy:

  • «Pequeñez y fragilidad» – Tu fe es pequeña y es frágil. Tú mismo, tú misma, eres pequeño y frágil. Cometes errores, tienes deseos que no cumples, te propones objetivos que no alcanzas, te gustaría ser más influyente en tu entorno, ser más feliz con lo que te ha tocado… y, sin embargo, caminas y caminas, lo intentas, y siempre te queda la sensación de no conseguirlo. Dios también es pequeño en ti, aunque seas creyente y lo busques. Te gustaría, como a aquellos primeros seguidores, que Dios llegara y ¡boom! tu vida diera un giro de 180º. Pero no es así. A veces lo pierdes de vista, a veces piensas que no está, a veces piensas que no puede… o te preguntas por qué no quiere… muchas veces no entiendes nada y la cizaña, el mal, se frota las manos…
  • «Fermento y fruto» – Pese a todo lo anterior, Dios actúa en tu vida. Ese soplo de Dios que llevas en el corazón está llamado a ser un huracán que cambie tu existencia y que inunde de amor el trocito de mundo al que tienes acceso. Paciencia. Serenidad. Optimismo. Cierto que hay cizaña en tu vida. Cierto que no llegas siempre a ser quién te gustaría. Pero no menos cierto es que el «trigo» va creciendo, que la «mostaza» va brotando y que la levadura va haciendo efecto. ¡Así que llénate de confianza y esperanza! Este proceso dura TODA la vida. No va de cuando eres niño o joven. No va de ver la meta cuando eres adulto o anciana. Dura hasta el final. Así que mucho ánimo.
  • «El realismo de la cizaña» – Aunque no conviene hacerla la protagonista de tu historia (así lo dice Jesús), no es tampoco de recibo pensar que este mundo, que tu vida, va viento en popa. Ni todo es happy ni todo es rosa. Tu vida es imperfecta. El mundo es imperfecto. Tú también lo eres. La realidad del mal, del dolor, de la violencia, de la pereza, de la idolatría de la imagen, o del cuerpo o de la fama o del dinero, del sexo que destruye, del consumismo feroz… del pecado… está ahí, la puedes tocar con la punta de los dedos. A veces, le haces sitio en tu corazón y la justificas. Es así. Pero no le des demasiado espacio. No te olvides de cuidar la semilla buena. Alerta y prudencia.

Jesús no es alguien que no te conozca. Te conoce, mucho, desde antes de que tú le conocieras a Él. Te conocer mejor que tú. Sabe lo que hay en tu corazón. Pero le da igual lo que hay hoy. Sabe que hay lucha, de trigo y de cizaña. Sabes que hay tensión en entre lo que hoy eres y lo que estás llamado, llamada, a ser. Sabes que todo requiere tiempo. Síguele. Dale tu corazón sin miedo. No te avergüences de lo que puedes ofrecer. Síguele. Y todo dará su fruto.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 15º del Tiempo Ordinario Ciclo A – En recuerdo de Fray Pablo Mª de la Cruz Alonso Hidalgo

Ayer nos encontramos con la muerte de Pablo, joven exalumno y amigo de muchas personas cercanas. Se va demasiado pronto, sin duda, y la tristeza es inevitable. Pero, por otro lado, ¡ojalá todos pudiéramos llegar al momento más importante de la vida como llegó Pablo! Como decía Robin Williams en la emocionante «Patch Adams», la muerte no es el enemigo. Pablo ha hecho que su vida, su enfermedad y su muerte, sean el testimonio actual y real de la acción del Espíritu en la vida. Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 13,1-9]:

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».

Hoy, la mayoría de la personas del mundo se levantarán sin saber quién es Pablo. Su presencia y su impacto podría considerarse, pues, inútil. En la época de los medios, del multimedia, de la viralidad, de las redes y de los influencers… ¿qué efecto puede tener el viaje de un joven fraile carmelita a las manos de su Padre? ¿Y aquellos que lo han conocido y han vivido de cerca su vida? ¿Se olvidarán pronto? Y si ni él consigue convertir a nadie con tremendo testimonio, ¿a qué podemos aspirar los demás, que todavía somos más pequeños, más torpes, más pobres? Os dejo tres ideas para meditar el evangelio de hoy:

  • «Salir a sembrar» – Salir. Sembrar. Dos verbos que implican acción. Primero, abandonar la casa, los muros, el calorcito del hogar, la seguridad detrás de una cerradura. Salir ahí afuera, temprano, con frío, sin saber bien qué pasará, sin controlar las condiciones meteorológicas, con poco que ofrecer pero con gran confianza. Sembrar es un acto de amor y de confianza: pongo lo poco que tengo, pequeño, a disposición de la tierra y de la acción de Dios. Una vez lanzada la semilla… ya nada depende de mí. Pablo salió y sembró. Podía haber afrontado su enfermedad en su casa, agazapado, entristecido, pensando que ya nada tenía que ofrecer. No lo hizo. Hablaba de ello, siguió viviendo alegre, siendo amigo de sus amigos, participando en oraciones y sacramentos, amando a sus padres y familia y dando el paso de profesar como fraile carmelita sabiendo que iba a tener poco tiempo para ejercer. Y su actitud fue… «¿Y? ¡A SEMBRAR HASTA EL FINAL!»
  • «La semilla» – La semilla no es el fruto. La semilla es algo microscópico, insignificante. Es «vida en proyecto», «amor en proyecto», «fruto en proyecto». La semilla… puede ser… pero todavía no es. La semilla no es espectacular, ni llamativa, ni impactante, ni ruidosa. Por eso no te agobies pensando en qué puedes ofrecer tú, qué puedes aportar al mundo, qué puedes hacer para evangelizar y ser testigo de Jesús. Sal y siembra, sal y sé tú. Sal y ofrece tus pequeñas pobrezas, tus inseguras certezas, tus delicados y sencillos actos de amor, la humilde acción de Dios en tu vida. Sal y sé tú de verdad. Y olvídate de lo demás. Deja que Dios sea la lluvia, deja que Él sea el sol, deja que Él haga el milagro de hacer germinar algo que, a ojos de todos, parece muerte e inservible. Pablo es la semilla. Su muerte es la semilla. Su vida es semilla. Así, sin más. Y no será él quién la haga fructificar. ¡Pablo ha salido y ha sembrado… y se ha ido! ¡Qué mejor escenario para comprobar la maravillosa capacidad de Cristo de sanarnos a todos con su siembra!
  •  «El terreno» – No todo terreno es propicio. Ni el de otros, ni el nuestro. Pero el evangelio muestra con sabiduría popular cómo la vida se abre paso allí donde sólo parece haber piedra y sequedad. Seguramente mucho de lo que intenta Dios contigo y mucho de lo que intentas tú con otros… se pierde. Mucha de nuestra tierra no está trabajada, o está demasiado expuesta. Pero, a la vez, en ti y en cada uno… hay tierra fértil. La naturaleza, Dios, no necesita un vergel para que su Reino se abra paso. Un grieta le es suficiente. Un ápice de fecundidad, un rayo de luz, un salpicar de la lluvia que, raramente, cae en el desierto… le son suficientes. Confiemos en Dios y su capacidad arrolladora de salvarnos a todos. A través de Pablo, hoy, Dios ha entrado por sitios insospechados, en corazones secos, en almas despistadas, en rincones oscuros… Ha entrado y se hará sitio.

No conocía mucho a Pablo. No le di clase y no tengo gran recuerdo de él en el cole. Lo conozco más por lo que otros me han ido contando, por lo que de él he ido leyendo y oído y visto. Pero tengo la mirada lo suficientemente nítida como para percibir que lo que Salamanca despedirá mañana, en su entierro, lo recibirá, sin duda, en lotes de fe que la harán estar más cerca de Dios.

Pablo, un abrazo, para ti y para Cristo. Nos encontraremos cuando llegue el momento. Mientras, cuídanos, guíanos y habla bien de nosotros a la Madre, al Padre y al Espíritu que debe seguir empujándonos cada día. Aleluya.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 14º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Acabamos cansados y llegamos al verano con la energía en reserva. Anhelamos vacaciones, sol, piscina, lecturas ligeras y terracitas con amigos. Necesitamos desconectar de una vida que nos exige demasiado, de una vida que corre mucho y que, demasiadas veces, no nos deja tiempo para la realmente importante. Vivimos al límite, agobiados, cargados de ansiedad, preocupados por un presente y un futuro inciertos. Así estamos. ¿Conseguirá el verano repararnos? Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 11,25-30]:

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Siempre el ser humano ha vivido la vida, muchas veces, como algo pesado. El trabajo, el estudio, la enfermedad, los problemas familiares, la pobreza, el fracaso, el rechazo… son realidades que seguro que tú también conoces. La vida no es un camino de rosas. Jesús tiene una respuesta ante eso: Él. Él se presenta como respuesta. Te dejo tres pistas para hoy:

  • «El agradecimiento de los sencillos» – Jesús vive entre la gente. Conoce a unos y otros, los escucha y comparte el polvo de los caminos con ellos. A estas alturas, ya se ha dado cuenta de que son los que menos tienen los que viven más agradecidos. La sencillez y el agradecimiento van unidos. Aquel que siempre se siente merecedor de todo, nunca agradece nada. ¿Y tú? ¿Cómo andas de sencillez? ¿Eres de los que se da cuenta de los regalos de cada día o de los que siempre está aspirando a una «vida mejor»? ¿No te das cuenta que no agradecer es consecuencia de no salir de ti mismo, de ti misma? ¿Quién te crees que eres?
  • «Cansancio y alivio» – ¿Eres de los estudiantes que están hasta las narices de sus estudios? ¿Eres de los que se siente esclavizado y llevando una vida de mierda? ¿Eres de las que han sido traicionadas tantas veces que están cansadas del amor y las amistades? ¿Eres de los que viven agotados por un trabajo que ni siquiera te hace feliz? Eso son los auténticos cansancios que destrozan el corazón. Jesús te dice: ven, ven a mí. Menos Monster, menos Red Bull, menos sustancias químicas… y más fe, más amor, más plenitud, más salir de ti hacia los otros. ¿Por qué no pruebas?
  • «Cargad» – ¡¿Este hombre está de broma?! Resulta que estoy agotado, agotada, y lo que me pide es «cargar». Bueno, lo que te ofrece realmente es cargar con su yugo, compartir su misión, construir el Reino… con Él. En el fondo es una oferta apetitosa: cambia esos pesos que cargas en soledad, sin sentido, por un peso compartido que llenará tu vida de respuestas, de paz, de alegría. Todo peso cuesta, sin duda. No es una oferta «happy». No es una promesa de político antes de unas elecciones. Es una propuesta de VERDAD. ¿Por qué no la tomas?

Cuánto sufrimiento por cargar con nuestra vida en soledad, avergonzados, temerosos del juicio de otros, del qué dirán, tristes por no cumplir nuestras propias expectativas. ¡Es la hora del cambio! Busca a Jesús y ponte en marcha. Abre tu vida a los demás, busca a los pobres, apúntate en un voluntariado, echa una mano a esa persona que está peor que tú, vete a la iglesia… ¡llénate de un cansancio que descansará tu corazón!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 13º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Están muy de moda las rúbricas en educación. Pocas tareas mando ya como profe que no vaya acompañada de su rúbrica de corrección. La rúbrica permite dos cosas fundamentales: al profe le obliga a hacer explícito aquello que es importante y que va a tener en cuenta para evaluar la tarea; al alumno le da la información, antes de empezar, de cómo va a ser evaluado, para que nadie diga luego que no sabía desde el principio lo que se le pedía. Hoy, Jesús, nos ofrece una especie de rúbrica también. Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 10,37-42]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Para un judío de la época de Jesús, estar a la altura significaba cumplir los preceptos de la Ley. Esto era lo que predicaban los fariseos y los doctores de la Ley: Dios te ama, eres bueno, eres digno de llamarte hijo de Dios, en la medida en que cumplas. Jesús cambia la «rúbrica de corrección» , la «rúbrica de dignidad». No es un cambio menor y es un empujón más en la construcción del Reino que él predicaba. Te dejo tres pistas para tu vida ordinaria:

  • «Amor a Dios» – Primer criterio de corrección. Jesús quiere que ames y que lo hagas humanamente, por supuesto. ¿Cómo no vas a querer a tus amigos, a tus padres, a tu pareja, a tus hijos…? Pero Él te pide ser el número 1 en tu escala. Muchas veces hemos leído esto como si amar a Dios y amar a mi familia o a mis amigos fueran cosas excluyentes. Alguna vez puede que sea así. Pero otras muchas veces, lo que te pide el Señor es que en esos amores humanos, Él sea el criterio, Él sea la meta, Él sea quién está detrás. Y cuando haya que decidir, tomar opciones, elegir caminos y dejar… seas libre para hacerlo, por mucho amor humano que haya por el medio. Todo amor que viene de Dios te hace libre, no esclavo, ni dependiente. Ya sabes.
  • «Coger la cruz» – Segundo criterio de corrección. ¡Y no dirás que el Maestro no fue un ejemplo en esto! Jesús anuncia que en el «examen de la fe», la cruz llegará y el cómo la afrontes determinará tu ser discípulo, testigo de Cristo. Toca empezar ya, en tu día a día. ¿Apuestas por Jesucristo, por su Palabra, por su Reino? ¿Qué te supone eso en tus relaciones humanas, en tu tiempo, en tu dinero, en tus compromisos, en tu trabajo o estudios? ¿Y qué haces con esas dificultades? ¿Las evitas? ¿Las manipulas? ¿Las abrazas y acoges? ¿Qué haces con tu propio sufrimiento?
  • «Acoger la Palabra» – Tercer criterio de corrección. ¿Qué haces para intentar sintonizar con lo que Dios quiere para ti? ¿Qué haces para escucharle, para saber cuál es su voluntad? ¿Nada? ¿Esperar a que baje un «ángel» a tu puerta? Dios habla y se hace presente en los sacramentos… y en el prójimo. ¿Participas de ellos? ¿Vas a la Eucaristía? ¿Pasas por la Reconciliación? ¿Rezas alguna vez? ¿Estás cerca de los necesitados, de los pobres, de los que viven en soledad, de los que no tienen esperanza? ¿Acoges a tu lado, abres la puerta de tu corazón, a personas que pueden traer una palabra de Dios para ti? ¿O sólo buscas y acoges aquello que hace sentir bien, a aquellos que refuerzan «tu idea»? Esto sí, esto no, esto me gusta, esto no me gusta…

Estar a la altura de Jesucristo es intentar alinear mi vida con la suya, intentar que se parezcan todo lo posible. No siempre lo consigo. El pecado a veces me puede. Me desvío, me despisto, me equivoco… y me olvido que soy hijo de Dios y que todo lo que sea vivir por debajo de esa categoría es… desperdiciar mi vida. Empieza julio. Comienza el tiempo de verano y vacaciones en España. Ojalá no pierda mi dignidad entre toallas, piscinas, barbacoas y fiestas.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 12º del Tiempo Ordinario Ciclo A

Hace unos días recibí un whatsapp de una persona amiga que me comentaba la importancia de ser valiente sin complejos, aún a costa de equivocarse, y de afrontar las opiniones de los demás sin miedo, intentando hacer de ellas una crítica constructiva en el mejor de los casos. ¿Nos estamos olvidando de ser valientes? ¿Cuál es la frontera entre la valentía y la temeridad? ¿Debo darle vueltas a la opinión que los demás tienen sobre mí? ¿En qué hay que ser especialmente osado? Escuchemos el Evangelio de hoy [Mt 10,26-33]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

El Evangelio nos aclara todo lo planteado: ¿Hay que tener miedo? A veces es lo lógico y lo recomendable, porque nos protege. ¿Hay que ser valiente? Construyendo el Reino de Dios, sin duda. Dios está de nuestra parte. Estamos llamados a ser lo que somos, en plenitud. Nuestros dones, nuestras capacidades, nuestra mirada, nuestro cuerpo, nuestro espíritu… todo proviene de Dios y está llamado a ser bello, bueno y transformador. Nunca el precio puedes ser tú. Te dejo tres pistas:

  • «El fuego que mata alma y cuerpo» – ¿Miedo? Sí. Miedo a perderte a ti mismo, a ti misma. Miedo a que el pecado se haga con tu corazón y lo llene de insatisfacción, de rencor, de envidia, de odio. Miedo a que pierdas a Dios de vista y desaproveches la oportunidad de ser feliz aquí y en la otra vida. A eso hay que tener miedo. ¡Fíjate! El Evangelio nos invita a dar la vida, ¡incluso a perderla como Jesús! No hay que tener miedo a eso, a las consecuencias de aportar por el bien, el amor, los valores, la amistad verdadera, las relaciones sanas, las apuestas vitales valientes… El miedo debe protegernos de aquello que nos consume, que absorbe lo mejor que tienes. ¿Qué lugares, qué personas, qué situaciones, qué decisiones, etc. anulan lo mejor que tú tienes? ¡Aléjate de ellos!
  • «Dios te conoce» – Tu Padre sabe quién eres. Tu Padre sabe lo que hay en tu corazón. Tu Padre no se equivoca contigo. Tu Padre sabe más de ti que tú mismo, que tú misma. Sabe que eres más valioso, más bella, más bueno, más capaz… de lo que a veces tú te crees. Los enredos, las críticas injustas sobre ti… no deben tener poder sobre tu persona. Confía en que Dios sabe más que la gente, que Él sí ve el por qué haces las cosas, tus intenciones; Él sí conoce tus preocupaciones y desvelos. No tienes que quedar bien.
  • «Dios se pone de tu parte» – Soy testigo de ello. No se trata de rezar todos los días para que esto o aquello salga como yo quiero; se trata de intentar vivir siendo fiel a ti mismo y a aquello que crees que Dios te pide… y uno va comprobando que Dios cuida la vida y que cada cosa va cobrando sentido en el tiempo y que el camino que se va haciendo es un camino que, sí, va hacia algún sitio. Por eso no lo dudes: si apuestas por Dios, Dios se pone de tu parte y la vida, con sus dificultades, dolores y sinsabores y también con sus alegrías, logros y caricias, es un regalo con sentido.

Llega el calor fuerte y, con él, las ganas de descanso, piscina, playa y terracitas. Ese Evangelio de hoy marcó un verano allá por 1997. Tal vez vuelva a ser importante de nuevo ante el horizonte que se nos presenta por delante a mi familia y a mí. Ojalá sepa afrontarlo sin miedo y con valentía.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo Ciclo A

Ayer volví del viaje de fin de curso con mis alumnos de 4º ESO y mis dos compañeros tutores. Fueron días intensos y llenos de responsabilidad pero, también, de diversión. Los jóvenes son el auténtico alimento del docente. Son ellos, y no otra cosa, los que valen la pena, los que merecen nuestro tiempo, nuestra energía y nuestros desvelos. El tiempo con ellos es el auténtico alimento de la vocación educadora. ¡Y qué importante es alimentarse bien! El curso está lleno de tiempos para otras cosas y sin el alimento correcto, desfallecemos. Y hablado de alimento… escuchemos el Evangelio de hoy [Jn 6,51-58]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Comer. Carne. Pan. Vida. Cuatro palabras que se repiten hasta la saciedad en este fragmento del Evangelio. Hablamos de algo tremendamente humano: alimentarse como una función vital imprescindible para no morir. Quién no come, quién no se alimenta, muere. Es así de sencillo. Y hemos tergiversado todo esto en esta sociedad moderna y llena de urgencias y prisas. Comemos mal. Comemos procesados. Comemos artificio. Nos alimentamos deficientemente. Y la vida se resiente. ¿Y a nivel de fe? ¿Sucede lo mismo? Te dejo tres pistas:

  • «Comida basura» – Falta de tiempo. Falta de silencio. Muchos incentivos. Necesidad imperiosa de sentirnos bien. Apetencias varias. ¿Conclusión? Nos acabamos alimentando espiritualmente de basura. Buscamos en el yoga, en el sexo, en el alcohol, en el juego, en el móvil, en la superficialidad de cualquier realidad… Buscamos alimento pero nos llevamos sólo hidratos de rápida absorción, que nos dejan una bonita sensación rapidita pero una gran insatisfacción en el corazón. Igual que el McDonalds o el Burger King, todo «aparenta» jugoso y placentero… pero luego, cuando pasa, sólo nos deja grasa de la mala.
  • «Pan del cielo» –  Jesucristo es un buen nutricionista. Sabe que Él, y sólo Él, es el alimento imprescindible en toda dieta saludable que te puedas plantear. Da energía y proporciona los nutrientes necesarios para vivir en forma y con salud. Si tú valoras tu vida, tienes que comer a CRISTO. No hay otra. ¡Y es tan fácil! Ese «pan del cielo» del que habla el evangelio está al alcance de cualquiera. Barato y universal. Es el mayor regalo que nos dejó Cristo resucitado: la posibilidad de comerlo verdaderamente cada vez que acudimos a la Eucaristía. ¡No me digas que no es fácil! Notarás mejoría en tu cuerpo y en tu alma. Te sentirás mejor, en forma, valiente, comprometido, con facilidad para perdonar, dispuesto a cargar con el prójimo… te sentirás feliz.
  • «Tu carne, alimento para otros» – Igual que Cristo, tú estás llamado a ser alimento para otros. Todo va de poner «la carne en el asador», en no guardarse la vida, en no escatimar entrega, en confiar en que quién más da, más recibe. La cruz fue el mejor horno que encontró Cristo para que su carne estuviera «al punto». Tú encontrarás también en ese camino, la mejor manera de ser vida para quién lo necesite. En un rumiar constante, quién se alimenta, alimenta y vuelve a alimentarse… y así sucesivamente. ¡A por ello!

Estamos ya a mediados de junio y el curso termina. Las fuerzas flaquean pero, en el horizonte, se abren nuevos retos, nuevas misiones, nuevas palabras… nuevos caminos hacia el Señor. Ojalá sepa alimentarme para no perder nunca el sendero elegido.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 3º de Pascua Ciclo A

Leo todos los días en twitter historias de desamor de mis alumnos y de jóvenes conocidos. Aquella persona en la que uno ha depositado su atención, aquella de la que se ha enamorado, aquel que le gusta… se ha evaporado, le ha fallado o traicionado o, simplemente, no le ha correspondido. Leo historias de corazones que se quedan rotos al no poder conseguir aquello que deseaban: un amor que le diera sentido a su vida. De esto va también el evangelio de hoy. Escuchemos [Lc 24,13-35]:

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
Iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

A veces te inunda la tristeza, la sensación de haber perdido el tiempo, de haber fracasado, de haber puesto tus ilusiones, una vez más, en algo que no sale. Tu cabeza y tu corazón tienen la tentación de dejar de creer y te dicen, repetidamente: «No lo vuelvas a intentar. No vale la pena. ¿Ves como ha pasado otra vez? Ya te dije que no te ilusionaras. No puedes confiar en nadie. No puedes esperanzarte con nada. Lo mejor es volver a lo de antes, a lo de siempre, a lo tuyo… y sobrevivir«. Y cuando estás así, no aceptas que nadie te ayude, no aceptas que nadie se acerque, no crees en la palabra de ánimo de nadie… justamente cuando más solo, más sola, te encuentras y cuando más mierda te sientes… justamente en ese momento, es cuando menos dispuesto estás a dejar «entrar» a otro en ti. Pero Jesús sorprende. Tres pistas:

  • «Poner palabra al desamor» – Con la pregunta de «qué conversación es esa que traéis…«, Jesús quiere que esos caminantes pongan palabra a aquello que les duele, a la raíz de su sentimiento de abandono, a la herida con la que vuelven a casa. ¿Y tú? ¿Empiezas por ahí? ¿Te cuentas y le cuentas aquello que te ha herido? ¿Pones palabra a tu dolor? ¿O te escapas, miras a otro lado, evitas tomar conciencia de lo hecho polvo que te encuentras? Ya no te digo que busques a alguien con quién hablar, que está genial, pero, al menos, deja que quién se te acerca, te ayude a poner palabra y nombre al desamor. Tal vez es el mismo Jesús, aunque en ese momento no seas capaz de reconocerlo. Tal vez es él, con ganas de devolverte la vida. Métete dentro, aunque duela, y cuéntate lo que es en tu corazón herido.
  • «Jesús da sentido a tu historia» – Cierto es que muchas veces no eliges lo que te pasa. Es más, ¡hay tantas veces que no entiendes por qué te ha tocado esta familia, o estos amigos, o por qué eres de una manera o de otra, o por qué ese fracaso inesperado, o ese desgarro, o por qué esta guerra, o este terremoto, o estas enfermedad impredecible e inesperada…? Jesucristo no ha venido al mundo para que tu vida sea de color de rosa. ¡Ni la suya pudo cambiar! Pero lo que sí hizo fue darle sentido. Y puede hacer lo mismo con la tuya, si le dejas, si le escuchas. Nada de tu pasado cambiará pero releer tu historia a los pies del Señor puede ayudarte a dar sentido a quién eres, a tu presente, y ayudarte a afrontar un camino que se ponía cuesta arriba.
  • «Lo reconocieron en la Eucaristía» – Sí, ahí está. En el altar, en el sagrario, en esos lugares que tan poco frecuentas pese a querer encontrarle. Pero vamos a ampliar la mirada. Aquellos hombres le reconocieron al partir el pan y tú puedes también reconocerlo allí donde alguien «se parte y se reparte», puedes reconocerlo en ese familiar, en ese compañero, en esa profesora, en ese cura o religiosa, en ese voluntario, en esa catequista, en ese médico… cuya vida es entregada cada día para el bien de otros. Revisa en qué personas pones el foco. Revisa con quién te juntas,, a quién admiras, a quién sigues…. y contrástalo con el deseo que anhela tu corazón. El mundo está lleno de Cristo pero, a veces, tú no lo ves… ¡Déjale entrar a tu casa y fliparás!

Y cuando lo hayas visto, escuchado, descubierto… cuando te hayas dejado tocar por Él y sientas que tu corazón arde de amor, ¡vete a contarlo! ¡Cristo vive! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Y tú lo sabes!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova