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El silencio de los fariseos (Mc 3,1-6)

Cómo le dolió a Jesús el silencio de los fariseos ante la pregunta que les lanzó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?«. Cómo le duelen nuestros silencios también ante disyuntivas donde está en juego la persona.

El silencio de los fariseos, que se quedaron callados, refleja una dureza de corazón difícil de aceptar para Jesús. Es demasiada la distancia que les separa. Los fariseos, creyentes escrupulosos con el cumplimiento de la Ley, son incapaces de entender el Reino de Dios que se hace presente con el Maestro. La letra de la Ley está por encima del espíritu que la sustenta, algo que Jesús se esfuerza en cuestionar durante toda su vida.

Yo tengo también algo de fariseo, de cumplidor. Creo que parte de mi educación religiosa va por ahí y, pese a la formación y mi crecimiento, todavía me queda algo en la sangre. Cumplir da seguridad. Cumplir también me encorseta, me aleja de la felicidad y me hace vivir muchas veces la ley como un peso. Y lo que es peor, me hace «como Dios», soberbio. Porque en el fondo, el que se «esfuerza» en cumplir, lo hace porque piensa que así «se gana» el cielo, dejando la misericordia de Dios como un mero accesorio.

Ojalá, Señor, me ayudes a ser como tú, a vivir ligero de equipaje, con el único traje que tu amor, atento a las necesidades de mis hermanos y sin miedo a ver en la Ley, más que letra, espíritu.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Jesús y el ciego que llevo dentro (Mc 10,46-52)

La verdad es que cuando leo el relato del ciego Bartimeo, me impacta el cierto tono de urgencia y desesperación con el que llama a Jesús al oírlo pasar. El ciego, que ha desarrollado otros sentidos a falta de la vista, intuye que quién pasa a su lado es el Maestro, alguien que puede ayudarle a salir de su situación. La ceguera le impide ver y todos sabemos la importancia de ver para poder progresar y ser feliz. Yo también llevo un ciego dentro.

Y es que muchas veces se me cierran los ojos ante la realidad. A veces ante lo que tengo de bueno en mi vida. Cierro los ojos ante aquello a lo que me he acostumbrado y que ya no produce sorpresa ni admiración en mí. La casa que tengo, la familia que me quiere, la comunidad en la que vivo, los regalos que recibo, la paz que disfruto, la cultura que me ha sido dada… Ser ciego ante lo bueno y lo afortunado que uno es, es una ceguera terrible. Otras veces, por el contrario, soy ciego ante el dolor y el sufrimiento ajeno y me protejo a mí mismo cerrando los ojos y me intento convencer de que algunas cosas no suceden y de que el mal no puede vencer tantas batallas. Y así, mirando pero no viendo, voy tirando.

Luego está la última ceguera, que responde a eso que no veo de aquello que Dios me pide. Me gustaría tener más claro cuál es mi sitio, qué me pide el Señor, qué me pide afrontar, qué me pide dejar. Y ahí sólo puedo acudir a Jesús y pedir compasión, como Bartimeo. Ojalá no pase de largo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El idioma del Espíritu (1 Cor 2,10b-16)

Supongo que muchas veces habéis tenido la experiencia de intentar algo de vuestra fe, de vuestro compromiso, de vuestra pertenencia a la Iglesia, de vuestra manera de vivir… y no ha sido entendido. A veces pasa. Intentas dar razones de algunas cosas y te das cuenta que el que te escucha, pese a intentarlo, no entiende.

Yo tengo cerca personas (amigos, familia, compañeros de trabajo, etc.) que no consiguen entender muchas de las opciones que he ido tomando en la vida, que hemos ido tomando mi mujer y yo. Desde buscar un tercer hijo estando mi mujer sin trabajo hasta abandonar trabajos, ciudad, amigos y familia por aventurarnos en nuevas experiencias comunitarias con los escolapios. Para «el mundo» hay opciones incomprensibles.

San Pablo se lo intenta explicar hoy a los Corintios. El Espíritu nos habita, nos conoce y nos mueve. Las personas que han ahogado esa presencia del Espíritu en ellas, que la han tapado, adormecido, anestesiado o, sencillamente, se han deshecho de ella… difícilmente miran, escuchan, saborean la vida de la misma manera que nosotros. Esto no nos hace mejores ni peores que ellos. No somos hijos más dignos que ellos a los ojos de Dios. Pero es verdad que el Espíritu abre puertas y ventanas, refresca estancias bochornosas, airea rincones olvidados, moviliza energías, aligera pasos, agudiza el ingenio, fortalece la fe, asienta la confianza. Y uno vive desde otro sitio, de otro modo. Yo creo que más feliz.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Tu voluntad (Sal 118)

«Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón.»

 

No es fácil cumplir la voluntad de Dios. Al menos no para mí. Igual tú eres más aventajado o aventajada y rozas ya la santidad. Creo que ni para los santos fue fácil. Por eso resuenan hoy en mí, con especial interés, las palabras del salmista, pidiendo ayuda para tan alto propósito.

Primero, se trata de discernir cuál es la voluntad de Dios. Uno no se levanta una mañana y lo descubre. O lee un ratito el Evangelio y lo ve claro. O llega alguien y se lo dice. Hay que estar a la escucha. Hay que unir los puntos. Hay que querer descubrirlo. Y aún así a veces uno convive con la duda de si habrá acertado.

Segundo, una vez descubierto cuál es la voluntad de Dios, hay que cumplirla. Jesús conocía la voluntad del Padre pero en Getsemaní vivió en sus carnes lo difícil que es muchas veces llevarla a cabo. Porque no es lo que esperabas, porque contradice tu propia voluntad, porque trae consecuencias difíciles, qué se yo…

Y tercero, y me parece muy bonito por parte del salmista, hay que hacer todo este proceso desde el corazón. Es desde el amor desde donde hay que vivir todo esto. No es un mandato. No es una ley. No hay que cumplir bajo pena de muerte. Es otra cosa. Es algo a degustar, a saborear, a reconocer como valioso en mi vida, a descubrir la propia felicidad en ello, a querer y desear estar con el Señor hasta el final.

Yo necesito que Dios me enseñe a hacer todo esto. Soy torpe. A veces escucho mal. A veces escucho pero no quiero cumplir. Y a veces no lo vivo desde el amor. En eso estamos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Cómo llevas lo de permanecer? (Jn 15,9-17)

¡Cuánto te cuesta permanecer! Verbo muy bien elegido por Jesús hacia sus apóstoles. Acababan de pasar por la cruz, ahora disfrutaban de la resurrección, pero en breve se despedirían de Él para siempre. Permanecer es un verbo de despedida. Como el amado que le dice a la amada, justo antes de partir, que le espere, que volverá. Como el que se queda en la sala de cine cuando la película termina, porque sabe que tal vez, en los créditos o en la última pieza musical, se esconda algo bueno que el director ha reservado a los que no salen con prisa y quieren saborear lo visto.

Te cuesta permanecer. Pero puedes. Tú estás acostumbrado, acostumbrada, a que las cosas que quieres y desean suceden pronto. La espera se ha vuelto casi un sustantivo vacío de significado en este tiempo de tarifas planas, de fibras ópticas, de un mundo a golpe de click. Además, eso de no experimentar el bienestar, el placer, la felicidad… y darse un tiempo de incógnita, de paréntesis… como que no va contigo.

Pero Jesús te llama a permanecer. El amor y la felicidad, ayer y hoy, no son ingredientes amigos de la fast food. Al contrario, el amor y la felicidad son más de puchero y fuego lento. No te agobies. Jesús está contigo, cuenta contigo. ¡Te ha elegido! Sí, aunque no sepas muy bien por qué… te ha elegido. Sólo te pide que no te vayas, que no cedas a la tentación de buscarte en otros lugares más llamativos, más atractivos… y más tramposos.

Si permaneces, tienes la eternidad asegurada. Y una vida, aquí, plena. No se puede pedir más.

Un abrazo fraterno

Esfuerzos y fatigas de un cristiano (Tesalonicenses 2, 9-13)

Esfuerzos y fatigas. De eso les habla Pablo a los hermanos de Tesalónica. Esfuerzos y fatigas. Si eres de los cómodos… lo tienes crudo.

Es tan claro que no puedo comentar mucho más. Constato que todas las opciones que he ido tomando en mi vida, intentando poner a Dios en medio de ellas, me han traído esfuerzos y fatigas.

– Ser un buen hijo implica esfuerzos y fatigas. Cumplir con mi deber, estudiar, obedecer, respetar a mis padres y a mis mayores… esfuerzos y fatigas.

– Venirme a Madrid y abandonar mis seguridades, familia, amigos y estudios por apostar por mi relación con Esther… esfuerzos y fatigas. Y tristezas y añoranzas y soledades…

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– Casarme… esfuerzos y fatigas. Es más fácil vivir solo. Más cómodo. Todo a tu manera, con tus criterios, sin compromisos, sin convivencias, sin culturas distintas, sin educaciones distintas… sin familia política…

– Tener tres hijos… esfuerzos y fatigas. Noches en vela, sufrimiento, gastos, educación, transmisión de valores, de la fe, disgustos, cansancios, planes sin ejecutar, películas de dibujos a mansalva, el cantajuegos…

– La Escuela Pía… esfuerzos y fatigas. Pertenecer a una comunidad, esfuerzo y fatigas. Compartir tu fe con otros, asumir otras maneras, otras sensibilidades, otras realidades… Ser confrontado, corregido, tener que amar a más y sufrir con ellos, compartir mis bienes, momentos de desconcierto en la institución, cosas que no se entienden… esfuerzos y fatigas.

– Ser Iglesia… esfuerzos y fatigas. Me siento interpelado con las palabras del sacerdote, del obispo del Papa… llamado a cambiar cosas, intentando ayudar aquí y allá, en mil sitios, con mil cosas, sin tiempo… Permaneciendo aún no entiendo, muchas veces. Intentando querer al hermano que parece que ha leído un Evangelio distinto al mío…

En fin… y así podría seguir. ¿Feliz? MUY FELIZ. ¿Vale la pena? TOTALMENTE. ¿Es guay, chachi, trending topic, moda, reporta inmediato placer, salgo más guapo, la piel más fina, con moreno de playa…? MEJOR NO TE METAS…

Un abrazo fraterno

Dios, yo y las cuatro estaciones (Génesis 17, 1. 9-10. 15-22)

Dios te cambia el nombre. Dios te transforma. El amor de Dios hace que no puedas ser ya el mismo. Mientras lo siga siendo, mientras siga ensimismado en mi ombligo, con mis temas de siempre, mis miedos de siempre, mis problemas de siempre, mis debilidades de siempre, mis bajezas de siempre… es que todavía Dios me queda algo lejos. No por Él sino por mi.

El Señor le pide a Abrán lo mismo que me pide a mi: «CAMINA EN MI PRESENCIA CON LEALTAD». Y me viene ahora la mente el sistema solar y las estaciones… Cuando la Tierra se aleja del sol, en su movimiento de traslación, estamos en invierno. Cuando la Tierra se acerca al sol, llegan la primavera, el calor, la floración… Dios es mi SOL. Dios debe ser el centro de mi sistema. Cuanto más cerquita de Él me mueva… más flores, más largo es el día, más luz, más calor… El sol no es quien viene ni va. Dios no se mueve. Dios me ama y no se mueve de su amor. Soy yo el que voy y vengo. Por eso Dios me lo deja claro. No es una orden para su propia satisfacción. Es una orden para mi felicidad, para mi plenitud. Es un mandato de amor. «Camina cerca de mi y mi calor, mi luz, mi amor… te cambiará, te transformará y las bendición llegará a tu vida, la felicidad, la paz…»

Traslación

¿Dónde pongo yo mi centro? ¿Qué hago con este mandato de Dios?

Hay, incluso dentro de la Iglesia, personas que no se creen esto; que no creen en que la vida les irá mejor si ponen a Dios en su centro y se despreocupan. Yo sí me lo creo y asisto a los milagros diariamente. También es verdad que a lo que yo llamo milagro, otro, tal vez, le llame… «casualidad». No me importa. Al contrario, doy gracias por tanta milagrosa casualidad…

Un abrazo fraterno

El viento sopla donde quiere (Juan 3,1-8)

Tenemos que asumir que no controlamos demasiado de nuestras vidas. La sociedad en la que vivimos intenta una vez tras otra convencernos de que es así, de que nuestras seguridades, conocimientos, capacidades económicas… nos dan la certeza de controlar nuestras vidas pero, al final, no es tanto lo que está bajo el poder de nuestra decisión.

El viente sopla donde quiere y es mejor tener el espíritu curtido. Esa es la seguridad que yo quiero: estar listo para lo que venga, capaz de afrontar aquello que se me pida, consciente de asumir lo que considere oportuno.

Recuerdo con agrado la segunda peli de Narnia en la que sólo la pequeña es capaz de ver a Aslan, de intuir un camino en el precipicio. Sólo ella es capaz de verlo porque sólo ella quiere verlo, sólo ella sabe que sin él todas las luchas se tornan en complicadas. Con él todo es diferente. En su abrazo encuentro paz y soy capaz de muy altas cotas. Quiero nacer, en esta Pascua, de nuevo. Quiero seguir poniendo mi vida a su luz. Sé que es el mejor camino hacia la felicidad.

Un abrazo fraterno

Buscad y encontraréis (Mt 7,7-11)

De la tripleta de frasecillas del Evangelio de hoy me quedo con ésta: «Buscad y encontraréis».

Buscar es un verbo activo. Implica acción y voluntad del sujeto. Lo que se encuentra no es fruto del destino, de la suerte… es fruto de la decidida, confiada y arriesgada decisión de «buscar». Buscarme a mi mismo. Buscar mi felicidad. Buscar a Dios. Buscar a Cristo en el prójimo. Buscar mi lugar. Buscar mis dones. Buscar el tesoro del que habla la Palabra.

También creo, por otra parte, que este verbo activo no debe acompañarse de ansiedad. Una cosa es buscar y la otra desesperarse buscando y no encontrando. Se trata de disponer la voluntad, agudizar los sentidos y saber escoger cada día desde que me levanto hasta que me acuesto. Todo ésto aderezado con amor al prójimo y confianza en el Padre, que me ama y que conoce a quién eligió, irá haciendo camino.

Un día miraré atrás y reconoceré con gusto: Busqué y, sin duda, ahora me doy cuenta, encontré.

Un abrazo fraterno

Carta a una pareja amiga que se casa

Queridos amigos,

una boda siempre es una buena noticia. La vuestra también. Una buenísima noticia. Para mi y para la humanidad entera. Dos personas que han descubierto que más allá de uno mismo se encuentra lo mejor. Dos personas que han decidido arriesgar y dirigir sus vidas, conjuntamente,  hacia Ítaca.

Cualquier boda, y más la vuestra, trae a mi intercambiador emocional mi propia decisión hace ya unos cuantos años. Cada boda es capaz de renovar en mi los votos que, en un anochecer al pie del Retiro, decidí asumir por Esther, para Esther, con Esther. Mañana, cuando me levante, volveré a renovarlos porque hay compromisos que vale la pena tener frescos cada amanecer, en la primera inspiración del día.

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Poco os puedo decir que no sepáis ya. Hoy hay multitud de información, libros de autoayuda, excelentes tratados matrimoniales y una ingente cantidad de webs donde explican qué es el matrimonio y con qué peligros os vais a enfrentar y cómo debéis superarlos. Así que la teoría es abundante y diversa. De todas formas os aconsejo que no os obsesionéis con las dificultades y que potenciéis aquello que os ha llevado a cogeros de la mano para afrontar este viaje.

Cualquier viaje es complicado y hermoso a la vez. Cualquier proyecto es ilusionante e inquietante a la vez. El sabio arco iris ha enseñado ya a nuestros antepasados que la gama de colores es grande y variada y que existen los oscuros, los insípidos, los alegres, los sosos, los chillones… Y todos se van a dar. Y debéis estar preparados para ello. ¿Qué quiere decir «estar preparados»? ¿Saber cómo afrontar cada situación? Ni mucho menos. ¿Actúar sin herir al otro? Ni mucho menos. «Estar preparados» es ser conscientes de lo que hoy decidís, de lo que hoy os trae hasta aquí, de lo que queréis construir juntos, de lo que os enamora del otro… y tener claro que habrá momentos en los que sólo existirá eso para agarrarse. Y que las tormentas pasan si la barca es fuerte. ¡Construid una embarcación poderosa! ¡No os conforméis con una bonita y pintoresca barquita de paseo!

«El amor no es suficiente» le decía Meryl Streep a su hijo en «Secretos compartidos». El amor es condición necesaria pero no suficiente. La vida en pareja es más complicada y enrevesada. La familia tiene más tela que cortar. Es necesario que os améis y que os lo demostréis también esos días en los que no tengáis ganas; también aunque os parezca forzado y falto de espontáneo romanticismo. Cuidaos y respetaos. Discutid cuando haga falta. Hablad mucho. Sed cada uno uno mismo pero dejaos transformar. Tu pareja te va a descubrir rincones absolutamente escondidos de tu paisaje interior. Déjate sorprender. Acoplaos para formar un buen equipo para que la casa funcione. Hay lavadoras que poner, ropa que guardar, facturas que archivar, trabajo que atender, cenas que preparar, camas que hacer, chapuzas que chapuzear… incluso en los días en los que te apetecería tirarte en el sillón de la casa de tu madre.

El gran milagro del matrimonio es que dos personas se unen para formar una unidad que, lejos de anular a cada miembro, revertirá en vuestro crecimiento personal. No os equivoquéis. Cada uno seguís siendo únicos e irrepetibles. Cada uno seguiréis teniendo vuestras propias aficiones, vuestra música favorita, vuestro sueño personal, vuestros amigos, vuestras emociones tan particulares, vuestras heridas, vuestro pasado… No debéis hipotecar todo eso sino trabajar juntos para intentar que todo quepa y, a la vez, desprenderse de aquello que no quepa cuando ambos lo veáis. Dejaos espacio vital, no os asfixiéis y tened un ratito para vosotros mismos. De lo sanos que estéis por separado dependerá la salud de la pareja.

Y cuando las cosas se tuerzan y las nubes sean grises, no os asustéis pero tampoco adormezcais el miedo. Dejad que las alertas suenen pero no os precipitéis a la salida. Miraos a los ojos y descubríos. No siempre es culpa de alguien. Otras veces sí. Os haréis daño porque quien ama está demasiado expuesto. Ponedle remedio pero no os regodeéis en vuestro dolor. De nada sirve pensar que nunca haréis daño a aquel a quien amáis y os ama. Descubrid juntos dónde está el agujero del barco y disponeos a reparar la chapa cuanto antes. No lo dejéis. No lo calléis pensando que las flores silvestres llegarán con la primavera.

El viaje a Ítaca es maravilloso. ¡Viajad! ¡Disfrutad! ¡Sed! ¡Construid! Y no dejéis de arriesgar. De poco valen las seguridades. Y tened un niño antes de comprar un perro. No queráis ser quinceañeros compulsivos como algunos que conozco.

Me despido tras las notas de «Anónimo veneciano» esperando y deseando que descubráis la felicidad en las pequeñeces de vuestra vida en común. Ahí os jugáis llegar a buen puerto. Yo estoy seguro de que lo conseguiréis.

Un fuerte abrazo

Vuestro amigo, Santi.