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El Señor es mi luz, aunque a veces encienda linternas (Sal 26)

Al final todo va de querer, de amar. Pero se necesita mucha luz para distinguir el buen amor. Esa luz sólo la da Dios. El Señor es mi luz, aunque a veces me empeñe en encender linternas de tiendas de «todo a 100».

Se necesita mucha luz para querer a los que uno tiene cerca, en lugar de perderse en discusiones de bajo nivel que no llevan a sitios de especial interés turístico. Yo la necesito para frenar mi necesidad de llevar siempre la razón, de pretender que la mirada con la que veo el mundo, sea la mirada de todos. La necesito, Señor, para atender las necesidades de aquellos a los que más quiero; para dejar salir la dulzura que me habita pero que tiene miedo de salir…

Se necesita mucha luz para gastar el tiempo en lo que vale la pena, de discernir dónde sí y dónde no, con quién sí y con quién no. Yo la necesito para centrar mis esfuerzos y energías y poder transparentarte mejor, Dios mío, hablar mejor de Ti, parecerme más a Ti. La necesito, Señor, para saber elegir los momentos que hacen que la vida valga la pena de verdad; elegir los primeros platos y los exquisitos postres y no las migajas y las sobras de la existencia.

Se necesita mucha luz para darse, desnudarse, entregarse, gastarse y sentir, por momentos, que hace frío, que duele, que no hay nadie, que no hay frutos, que no vale la pena, que todo son heridas. La necesito, Señor, para ponerte en medio, delante, y hacerlo por Ti, hacerlo contigo, como Tú lo hiciste en el Calvario, a fondo perdido.

Quiero luz, Señor, y no linternas.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La luz puede llegar a detestarse (Jn 3,16-21)

Fue mi tío Eusebio el que me puso por primera vez la película «Días de vino y rosas«. En esta obra maestra de Blake Edwards se trata de manera dramática la realidad del alcoholismo y sus consecuencias. Recuerdo nítidamente las primeras escenas en las que Joe (interpretado por Jack Lemmon) llega borracho a su casa y se topa con la sobriedad de su esposa, Kirsten (interpretada por Lee Remick). ¡Qué turbadora y desesperante es la sobriedad de otro para un alcohólico! «Si me quieres, bebe conmigo», llegará a espetarle Joe a su esposa…

Y es que cuando uno se deja inundar por la oscuridad, la luz puede llegar a detestarse. No parece probable al principio pero la oscuridad va arrebatándonos la sobriedad espiritual y va dejando a nuestra alma borracha de mal. Una vez ahí, recuperar el sendero es difícil.

«La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.»

La luz ilumina nuestro pecado. Y ante eso sólo caben dos reacciones: la humildad, y la necesidad de perdón; o la soberbia, y la huída airada hacia adelante. Jesús es la luz y viene a tu vida para iluminarla. En un primer momento, esa luz destapa la mierda que hemos acumulado en los rincones de nuestra vida, nos pone frente al espejo de nuestra existencia y nos muestra heridas y traiciones. Es duro, doloroso y difícil. Pero Jesús no viene a juzgar sino a curar, a sanar, a recuperar. No desvíes la mirada de la suya. Atrévete a mirarle. Y sentirás su inmediato perdón.

Entonces, la luz que parecía inquisidora, se tornará en suave y alentadora compañera de camino. Y nada será igual. Y la oscuridad no tendrá sitio ya para hospedarse.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No tengamos miedo de ser pequeños y frágiles (Mt 2,13-18)

La luz convive con el pecado. Lo hace dentro de mí y lo hace en el mundo en el que vivo. El Reino se va abriendo paso, si le dejamos. A veces no lo percibimos. Estamos acostumbrados a la sombra, a la derrota, a la miseria y a la pobreza.

Por eso le molestó a Herodes aquel pequeño que acababa de nacer. Porque no hay nada más peligroso para la oscuridad que la semilla de la esperanza.

Me siento pequeño muchas veces, huyendo de aquello que me da miedo, como José y María. Me siento frágil y pecador, fallón, fracasado en muchos intentos. Y, a la vez, Tú siembras en mí la esperanza, Señor. Te haces fuerte en mí y me haces fuerte por Ti. Esa es mi fuerza, aunque duela muchas veces.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Cuando el corazón se encoge (Ez 1,2-5.24–2,1a)

El relato del profeta Ezequiel parece lejano pero narra una experiencia a la que todos estamos expuestas en nuestra vida: la experiencia de encuentro con el Misterio.

Ciertamente, la persona del Hijo, Jesucristo, encarnado, dios y hombre verdadero, nos ayuda a sentir la presencia de Dios cercana, a «tocarla», «verla» y «entenderla». Pero tal vez corremos el riesgo de olvidarnos del Misterio de Dios y de lo que es Dios en sí mismo para cada uno de nosotros. Y es que mi relación con Dios es en buena parte relación con el Misterio y eso, en este mundo científico, tecnológico y racionalista, no es fácil y constituye una barrera en la fe de mucha gente.

Encontrarnos con el Misterio es encontrarnos con un Otro que sobrecoge, que es difícil de explicar y de razonar. Por eso, tantas veces, es difícil que nuestras experiencias de Dios sean «razonables» a ojos de personas que no han tenido esa experiencia. Encontrarnos con el Misterio provoca asombro y nos hace tomar conciencia de que somos criaturas, de que hemos sido creados por Él y estamos en sus manos. Encontrarnos con el Misterio proporciona paz y gozo en el corazón, sea cual sea la misión que se nos propone, su dificultad. De repente todo cobra sentido y una luz se enciende fuerte en nuestro corazón. Y uno no puede hacer otra cosa que seguirle…

Esa ha sido la experiencia de los profetas y de todos aquellos que, un día, hemos sentido que ese Misterio se hacía patente en nuestra vida. Unos le llaman intuición, otros revelación, otros Palabra, otros oración… Unos lo explican de una manera y otros de otra, a veces con una seguridad que asusta y, otras, balbuceando y llenos de dudas. Y así el amor se va abriendo paso…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El Señor habita las tinieblas (I Re 8,1-7.9-13)

Siempre decimos que el Señor habita el templo. Cuando entramos en alguna catedral o en algún oratorio, nos sentimos sobrecogidos. El Misterio nos encoge el corazón. Y el Señor habita en los sagrarios del mundo también. Y por eso, por ser lugares dignos, son lugares bellos y cubiertos de esplendor.

Pero el Señor habita también en la tiniebla de la humanidad, en la oscuridad del mundo. El Señor habita lo oscuro porque quiere ahí estás tú y estoy yo. El Señor sabe que tiene que ir ahí a buscarnos. Y va. Y nos toma de la mano. Pese a nuestra debilidad, nuestra traición, nuestra parálisis, nuestro pecado. El Señor viene y se queda con nosotros para sacarnos en el momento propicio.

El Señor habita las tinieblas y las llena de luz. Por cada uno de nosotros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Te has acostumbrado a esta basura de vida? (Mc 5,1-20)

Hasta lo mejor puede ser rechazado ante una mente y un corazón acostumbrado al mal. Es tremendo. Cuando olemos a mierda y nos hemos acostumbrado al hedor de la basura, un perfume caro puede resultarnos hiriente y desagradable. Acostumbrarse a lo malo, al mal, a la mediocridad, a la bajeza, es lo que tiene.

El Evangelio de hoy lo deja claro. Todo un pueblo acostumbrado a un endemoniado que vivía entre sepulcros, un muerto en vida, poseído. Una realidad de muerte que nada tenía que ver con el Reino que Jesús traía al mundo. Un paisaje conocido al que todos se habían acostumbrado. Ni nadie le ayudaba, ni a nadie molestaba ya. Era simplemente, una parte asumible de un todo.

Pero Jesús llega y no se conforma. Jesús y el hedor a mal son incompatibles. Jesús viene a ahuyentar al mal de nuestro corazón. Jesús viene a poner patas arriba la basura y a acabar con ella. Jesús viene a poner luz, a destrozar a la oscuridad aceptada sin más. ¿Qué tiene que ver Jesús con el mal? Pues que es sencillamente su antítesis.

Dios quiere para nosotros, para ti, lo mejor. Dios trae buen perfume para tu existencia. Dios sueña con verte feliz, con ver la mejor versión de ti mismo. Dios sabe que eres su hijo, su hija, hecho a imagen y semejanza suya. Dios no acepta, ni por asomo, toda esa basura vital a la que tú sí te has acostumbrado. ¿Le dejas que entre y ponga orden? ¿O te va a entrar el pánico de remover la mierda y prefieres seguir así, sin más?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La luz que brota del silencio (Lc 8,16-18)

Estoy atravesando, en palabras de mi acompañante, un momento importante de mi vida, muy bonito pero muy duro. ¿Seré capaz de estar a la altura?

Leo en el Evangelio de hoy que nadie enciende un candil y lo tapa o lo mete debajo de la cama. Yo a veces me siento así. Me siento candil tapado. Y es aquí donde estoy. En el momento de la transformación. «El silencio abre horizontes» me dijo ella, mi acompañante. Y me lo creo. Otra cosa es que me sea sencillo hacerlo vida. Porque para mí callar es vivir tapado. Es momento de descubrir que el silencio también puede ser luz radiante.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La esperanza no es el jarabe de los ingenuos – I Viernes Adviento 2018 – (Is 29,17-24)

No es fácil mantener la esperanza. Porque la esperanza no es el jarabe de los ingenuos ante un mundo que decepciona. Es algo mucho más complejo. La esperanza no es la espera en la antesala del teatro, aguardando que la magia del escenario transforme mi tristeza en alegría. La esperanza no es el orfidal de quién no puede dormir, asediado por agobios y preocupaciones. La esperanza no adormece, ni calma. No es la droga de los creyentes.

La esperanza se sustenta en la fe en Jesús, en ese Jesús que nació débil, abandonado y rechazado en Belén; en ese Jesús que se pasó treinta años en su pueblo aguardando su momento; en ese Jesús que se puso en camino y lo dejó todo para llevar la Buena Noticia del Reino a los más pobres y marginados; en ese Jesús que, con su testimonio de amor, puso contra las cuerdas a los poderosos y sabios; en ese Jesús que cuando vislumbró el final que le acechaba decidió mantenerse fiel a su vida; en ese Jesús que abrazó la cruz sin odio. La esperanza se sustenta en la fe de Jesús Resucitado.

«Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro;
sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.
Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor,
y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel;
porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico;
y serán aniquilados los que traman para hacer el mal»

Llegará el día en el que el hombre, cada hombre y mujer, reconocerá a Dios. Cuando nos atrevamos a mirar alrededor y nos dejemos seducir más por el amor que por el poder, más por la bondad que por la ambición. Llegará ese día. Y el Adviento debe alimentar la esperanza de que el poder de Dios, de que su Encarnación, ha insertado de lleno en la historia la levadura buena que hará fermentar toda la masa. Los tiempos de Dios no son los nuestros. Y seguimos viendo masa a doquier, y mal, y odio, y guerra… Pero no caigamos en la trampa. El marketing del maligno es poderoso pero no puede evitarnos reconocer los pasos que la humanidad ha dado también hacia Dios.

Estamos ciegos. Seguimos ciegos. Y el que llega es el único capaz de sanarnos, de sanarte, de sanarme. Un ciego menos es una victoria. Un ciego menos es un buen rayo de luz para el mundo. Señor, hoy te pido, ¡quiero ver!

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Luz es tu Palabra (Sal 118)

Que nunca me olvide de acudir a tu Palabra, Señor. No dejes que la dé la espalda. Tu Palabra es la Luz.

La luz del cumpleaños (Lc 8,16-18)

Hoy es mi cumpleaños y en todo cumpleaños hay velas que soplar. Tal vez esa imagen de la luz para celebrar que uno sigue adelante en su vida, me conecta hoy con el Evangelio. Y es que la alegría de seguir vivo va de la mano de la alegría de ser luz para otros.

A veces pensamos que el mundo se divide entre los que son luz y los que la necesitan. Creo que nos equivocamos. Porque la luz no es algo que uno posea sin más y que le hace ser más importante que otros. La luz no son galones de poder ni influencia. Yo diría más bien que todos somos velas, candelabros, llamados a dar luz y a llevarla donde se necesite. Y la luz se enciende cuando decidimos ofrecerla, cuando ponemos lo mejor que tenemos al servicio de otro, como nos propone el Salmo.

Hay personas que se piensan que ellos nada tienen que ofrecer y que ser luz para otros es tema de santos. Claro que sí, pero es que la santidad es cosa de pequeños, de aquellos humildes que aun sabiéndose poca cosa deciden dar lo que son, ayudar, iluminar, hacer el bien, sonreír, arrimar el hombro. Otros, en cambio, se piensan que son luz porque saben mucho, casi por herencia de sangre. No iluminan nada, porque no dan ni se dan. Están demasiado entretenidos con ellos mismos.

Tú puedes ser luz. Otros la esperan y la necesitan. Yo quiero seguir encendiéndome mucho tiempo más, mientras el Señor me siga regalando vida.

Un abrazo fraterno – @scasanovam