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El precio de estar loco (Mc 3, 20-35)

Dicen que Jesús se ha vuelto loco. Por eso su familia acude al rescate. Por las habladurías. Porque no entienden a Jesús. Porque no captan por qué hace esas cosas. Porque igual si ha perdido un poco la cabeza… Debía de ser fácil transmitir ese mensaje. Tal vez porque lo que decía y lo que hacía, por los jardines en los que se metía, por las maneras que tenía, por quiénes eran aquellos a los que apuntaba… no tenía sentido a menos de que quisieras acabar mal, como así pasó.

Todos los que se salen de la foto, los que proponen nuevas cosas, los que apuestan por el Evangelio, los que deciden cuestionar a los que mandan, a los que gobiernan; todos los que pongan patas arriba tradiciones, costumbres, motivaciones y actitudes… todos, van a ser cuestionados, enfrentados, amenazados. Porque el peso de la división, porque la brillante manzana ofrecida a Adán en un tiempo, sigue ofreciéndose a cada uno de nosotros, con buenas maneras y buenas palabras y bajo un manto de ley, de perfección y de pureza.

Necesitamos ser iluminados por el Espíritu y fortalecidos en Él para afrontar las consecuencias de predicar su mensaje, de apostar por la liberación, por la verdad, por el amor. Porque las consecuencias llegan y, entre ellas, está sencillamente que muchos de los que te quieren no entienden. Cuando llegue ese momento no lo tendremos fácil pero deberemos decir eso de «Dios mío, hágase en mí según tu palabra».

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Oye, ¿por qué…? (Mc 2, 23-28)

Me da la sensación de que a veces somos tan picajosos como estos fariseos del Evangelio de hoy. Leo la lectura y me imagino la escena con unos fariseos aburridos y descentrados de su labor principal, pasando su tiempo atentos a Jesús. ¡Pero no atentos a su Palabra y con una actitud abierta al diálogo y al encuentro! ¡No! ¡Atentos a los detallitos absurdos, buscando deslices, matices… a la que salta! ¿Qué coño hacían en aquel sembrado? ¿Lo seguían a todas partes?

A veces nosotros, como Iglesia, también nos comportamos un poco así. Vivimos descentrados de nuestra esencia y de nuestra misión y nos dedicamos a estar a la que salta en la sociedad para montar un pollo a quién corresponda haciéndonos los indignadísimos. Porque lo de Gaza, lo de África, lo de los vagabundos en la calle, lo de los ancianos solos o en residencias, lo de los abusos sexistas, lo del terrorismo… sí, nos da pena, nos entristece un poco… Pero pollo, ¡lo que se dice montar un pollo y gritar nuestra indignación…!… eso lo hacemos por los carteles de «Probablemente Dios no existe…» de los autobuses urbanos. Tema central. Desde luego, de todo lo que pasa en el mundo, eso en concreto es lo menos evangélico de todo. Decimos que «incitan al ateísmo» y que nos molestan como creyentes. Lo mejor es que luego queremos que lo nuestro sea respetado, entendido… y se nos llena la boca preguntando que a quién molesta un crucifijo. Pues molesta, desde luego, a picajosos como nosotros.

A mi el cartel no me molesta. Ni me parece que incite al ateísmo. Creo que es expresión de lo que hoy viven muchas personas. Es donde se sitúan muchos hermanos nuestros. No me molesta, me interpela y, también, me hace reir. ¡Hay que tener sentido del humor en esta vida! Nuestra pataleta colectiva creo que sólo alienta el mensaje contra el que queremos luchar. ¿De verdad veis a Cristo montando un pollo por esto? No olvidemos que su mayor enfado fue comprobar cómo el Templo se había convertido en objeto de compra-venta. De eso, no decimos ni pío…

Un abrazo fraterno

diosnoexiste