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Seamos comunidad que alimente (Mc 6,34-44)

La comunidad cristiana ha sido una de las grandes olvidadas en los últimos tiempos y parece que, poco a poco, unos y otros intentamos recuperarla. Sin comunidad cristiana, todo lo demás se queda cojo. Y es que seguir a Jesús no es asunto de francotiradores, de artistas, de gestores, de estrellas espirituales… No se trata de lo que puedo hacer yo sino de lo que podemos hacer juntos, los que seguimos al Señor.

“Dadles vosotros de comer”

Ese vosotros en labios de Jesús va cargado de una intencionalidad manifiesta del Señor. Los milagros, obviamente, queda claro que no son lucimientos personales por su parte. Y con ello nos transmite que tampoco lo son para ninguno de nosotros. No quiere “salvadores”. Jesús quiere comunidades vivas donde el poner al servicio de todos, el compartir, el entregarse… sea el corazón de la fe compartida.

Yo vivo en comunidad, junto a mi familia y a cuatro religiosos escolapios. Comemos juntos. Rezamos juntos. Celebramos juntos. Nos divertimos juntos. Y somos testimonio juntos. Es verdad que cada uno tiene sus tareas propias y personales pero si alguna encomienda tenemos como comunidad es la de ser imagen del mismo Jesús, que cuando otros nos vean se interpelen y busquen al Señor.

Cuando la comunidad parroquial, religiosa, laica, de vida… está viva, sus miembros experimentan el amor de Dios encarnado y son, a su vez, manos de Jesús para sus hermanos. De eso se trata.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La esperanza no es el jarabe de los ingenuos – I Viernes Adviento 2018 – (Is 29,17-24)

No es fácil mantener la esperanza. Porque la esperanza no es el jarabe de los ingenuos ante un mundo que decepciona. Es algo mucho más complejo. La esperanza no es la espera en la antesala del teatro, aguardando que la magia del escenario transforme mi tristeza en alegría. La esperanza no es el orfidal de quién no puede dormir, asediado por agobios y preocupaciones. La esperanza no adormece, ni calma. No es la droga de los creyentes.

La esperanza se sustenta en la fe en Jesús, en ese Jesús que nació débil, abandonado y rechazado en Belén; en ese Jesús que se pasó treinta años en su pueblo aguardando su momento; en ese Jesús que se puso en camino y lo dejó todo para llevar la Buena Noticia del Reino a los más pobres y marginados; en ese Jesús que, con su testimonio de amor, puso contra las cuerdas a los poderosos y sabios; en ese Jesús que cuando vislumbró el final que le acechaba decidió mantenerse fiel a su vida; en ese Jesús que abrazó la cruz sin odio. La esperanza se sustenta en la fe de Jesús Resucitado.

“Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro;
sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.
Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor,
y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel;
porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico;
y serán aniquilados los que traman para hacer el mal”

Llegará el día en el que el hombre, cada hombre y mujer, reconocerá a Dios. Cuando nos atrevamos a mirar alrededor y nos dejemos seducir más por el amor que por el poder, más por la bondad que por la ambición. Llegará ese día. Y el Adviento debe alimentar la esperanza de que el poder de Dios, de que su Encarnación, ha insertado de lleno en la historia la levadura buena que hará fermentar toda la masa. Los tiempos de Dios no son los nuestros. Y seguimos viendo masa a doquier, y mal, y odio, y guerra… Pero no caigamos en la trampa. El marketing del maligno es poderoso pero no puede evitarnos reconocer los pasos que la humanidad ha dado también hacia Dios.

Estamos ciegos. Seguimos ciegos. Y el que llega es el único capaz de sanarnos, de sanarte, de sanarme. Un ciego menos es una victoria. Un ciego menos es un buen rayo de luz para el mundo. Señor, hoy te pido, ¡quiero ver!

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Políticamente incorrecto (Lc 7,1-10)

Centurión. Romano. Servidor leal del César. Y amigo de los judíos. Cercano al pueblo donde vive. Y con la mente y el corazón abiertos al amor. Sin duda, un personaje políticamente incorrecto. Libre, diría yo. No es algo baladí en estos tiempos que corren, de frentes, trincheras, bandos e ideologías. Los que siempre quieren excluir y exclusivizar, por un lado. Los que queremos tender puentes, abrir senderos, hablar con todos y a todos amar, por otro.

A este centurión le mueve el amor por su criado. Además de todo lo anterior (¡que ya es bastante!), además, ama a su criado. Y el amor llama a milagro. El amor sale al encuentro. El amor busca al amor. El amor humano, el amor amigo, el amor paternal y filial, el amor de pareja… el amor, siempre el mejor trayecto para llegar al Señor. Quien ama y busca, siempre encuentra. Hay algunos, incluido yo a veces, que intentamos que la fórmula funcione al revés: queremos encontrar al Señor para amar mejor. Es un camino difícil este. Es mejor al revés.

¿En qué pongo yo los amores de mi vida? ¿Qué amo? ¿Por qué y por quién saldría ahí afuera y, sin importante nada, buscaría su salvación, su curación? ¿En dónde tengo puesto el corazón? ¿Lo entrego suficiente Señor? ¿No será que soy mucho más de palabra que de obras? ¿No será que soy un teórico de la fe y un minusválido en mi obrar?

Tú obras milagros Señor. Claro que sí. No para fardar. No para aparentar. No para triunfar. Tú obras milagros porque el amor sólo amar saber, y porque el amor responde al amor. Aunque sea políticamente incorrecto también para ti.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Cuando en el día a día no sumas sino que… ¡multiplicas!

“No sé cómo lo haces”. Esta es una frase que me han dicho muchas veces, en referencia a la manera de manejar una vida con esposa, tres niños, trabajo, estudios, voluntariado, participación en televisión y radio, iMisión, comunidad escolapia, etc. Realmente es difícil de explicar, por no decir que yo no tengo la explicación. No soy un superhéroe, ni alguien superdotado, me considero parecido al resto, pero creo firmemente en algo que viene a decirnos la Palabra de hoy.

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos transmite cómo Dios multiplica los frutos de quién da. Es, en esencia, lo que sucedió con aquel niño que ofreció sus panes y sus peces para que Jesús obrara el milagro. Si uno da lo que tiene, si uno siembra, si uno apuesta por vaciarse por los demás… Dios consigue lo que nadie es capaz de explicar desde el punto de vista humano. Esto no es algo exclusivo del creyente. Cualquier mujer, por ejemplo, madre, trabajadora, esposa… sabe lo que es hacer “magia” para conseguir que sus hijos y su marido estén cuidados y se sientan queridos, para sacar el trabajo adelante, llevar la casa dignamente, etc. La madre, como prototipo de “la que se da”, es también el prototipo de “la que multiplica”.

No creo que yo sea mejor que otros por experimentar esto. Dios se nos manifiesta a cada uno de la manera que considera conveniente. Él dirige nuestras vidas, nos conoce, y nos da lo que necesitamos. A otros les sostiene en su enfermedad, en su debilidad, en su silencio… yo percibo su milagro en mí en esta fortaleza, esta capacidad, este multiplicar que no sale de mí sino de Él. Ojalá los frutos lleven a las personas a Él y su Espíritu me aleje de la soberbia y del engaño.

Así sea.

El don de admirar lo cercano y conocido

¿Por qué nos admiramos menos de lo cercano y conocido que de lo que encontramos “fuera”? ¿Por qué a veces encontramos “encantos” en otras mujeres más que en la nuestra? ¿Por qué siempre pensamos que el profesor que no nos da clase es más guay que el nuestro? ¿Por qué pensamos que en otras empresas se vive mejor que en la nuestra? ¿Por qué vemos Españoles por el Mundo y pensamos que se vive mejor en cualquier rincón del mundo que en cualquier rincón de España? ¿Por qué pensamos que los padres de nuestros amigos son mejores padres que los nuestros? ¿Por qué siempre vemos lo bueno que se hace en otras parroquias, en otros movimientos… y pensamos que lo nuestro tiene tanto que mejorar? ¿POR QUÉ ESA MIRADA TAN EXIGENTE HACIA LO QUE CONOCEMOS?

Es esa exigencia hacia lo conocido lo que priva del milagro, de lo sensacional, de lo inesperado. Es nuestra etiqueta, nuestro “ya sé lo que vas a decir”, “ya sé cómo va a salir”, “ya sé lo que vas a hacer”… lo que elimina toda posibilidad de sorpresa. Dice el refrán que “el roce hace el cariño” pero ¿no mata también la admiración? Jesús supo lo que era eso de no ser profeta en su tierra… Ya tenía la etiqueta puesta…

Yo hoy quiero pedirle al Señor la capacidad de no perder la admiración por mi esposa, por mis hijos, por mis padres, por mis compañeros de trabajo, por la Escuela Pía, por mis hermanos de comunidad… por todo aquello que amo, que conozco, y a los que, tantas veces, les extirpo la posibilidad de que el Espíritu haga milagros a través de ellos.

Así sea.

Y tú, ¿qué haces con el milagro de cada día?

Vivo en un país “católico por tradición”. Es mi impresión. Un país, España, donde contabilizamos como católicos a muchos que sólo lo son de etiqueta, de nombre, por costumbre, por no llevar la contraria, por pereza espiritual. Y el Evangelio de hoy me lo ha recordado y me ha recordado que yo no quiero ser así, ni ahora ni nunca.

La fe no es un título honorífico y perpetuo que se nos concede. La fe no es un DNI, no es un hashtag, no es un logo identificativo, ni el emblema de un club. La fe es un don que nos permite creer en Dios, creer y seguir a Jesús. Es algo vivo, dinámico, versátil, a veces hasta incómodo… Nada tiene que ver ser seguidor de Cristo con agrandar los números y las estadísticas de las religiones del mundo.

Jesús está cerquita mío y actúa cada día. Jesucristo me sale al encuentro cada mañana, se me hace el encontradizo, desbarata mis planes y provee aquello que necesito. Jesús es el milagro mismo de cada día. ¿Qué hago yo son ese milagro? ¿Me percato del mismo? Muchas veces no. Lo desperdicio, ensucio mi mirada, pierdo mi energía en otras cosas, me vacío de fe… Muchas veces el milagro se me escapa entre los dedos… Me despierto al lado de mi mujer sin considerar el milagro del amor que nos permite seguir juntos 15 años después, fieles y con un poyecto común. ¿Y los abrazos de mis hijos y sus besos? ¿Y sus progresos, su crecimiento, su aprendizaje, sus preguntas, sus gustos, sus manías, sus miedos? Milagro de familia. Salgo a la ventana como si el sol estuviera ahí porque alguien lo ha puesto y bebo el agua que otros millones no tienen. Rezo a mediodía como si saberme Hijo fuera algo natural y no sobrenatural… Y así podría seguir…

Hoy, Señor, te pido mirada limpia, corazón libre, fe sencilla… para abrirme a tu presencia transformadora hoy, sólo hoy… como diría mi amiga Paula.

Así sea.

Mira. Cree. ¡Milagro! (Mateo 10, 20-24)

Lo de los milagros es como la fotografía. El milagro, el arte, está en la mirada del que observa, en la mirada del creyente, en la mirada del artista.

mirada niño¿Tú cómo miras? ¿Cómo es tu mirada? La mía sí ve milagros, la mía sí percibe la acción de Dios en mi cotidianeidad. Creo que sí, que Dios actúa, que, aún dejándonos libres, nos conduce, nos da oportunidades, nos sale al paso, nos llama, nos interroga, nos zarandea, nos acaricia… Dios interviene también en lo inexplicable y puede tomar parte, cambiar, corregir… No sé ni cómo, ni cuánto, ni por qué ni con qué criterios lo hace… pero que yo no lo sepa o no lo entienda, no elimina su capacidad para hacerlo. Y creo que así es.

Jesús hoy nos llama a educar la mirada y a creer. Nos llama a tener FE. Otros días nos llamar a salir al encuentro del prójimo, otros días nos llama a cargar la cruz, otros días… HOY NOS LLAMA A CREER, A MIRAR CON FE lo que nos rodea, lo que nos sucede.

Y para terminar me quedo con algo que ha dicho el Papa Francisco hace poco: “hay que orar hasta el punto de llegar a importunar a Dios” o algo parecido… Porque Dios es dinámico, porque hace, porque cambia, porque escucha… porque el milagro puede producirse. Oremos y creamos. No seamos como Cafarnaúm, como Betsaida… no seamos de esos seguidores de Jesús de corazón duro y mirada llena de desconfianza.

Un abrazo fraterno

Meditaré tus maravillas (Salmo 118)

Hay momentos en los que la vida se torna un auténtico regalo. Estoy dispuesto a afirmar que hay más momentos de esos de los que a veces somos capaces de percibir. Vivimos muy desconectados de lo bueno que nos sucede cada día y eso nos hace desgraciados, ansiosos, consumidores, pesimistas…

Llega una época de vivir cada detalle al 100%. No hay lugar para la desazón. Sí para el milagro y la maravilla. Yo quiero vivir así.

Un abrazo fraterno

No pudo hacer allí ningún milagro (Marcos 6,1-6)

¿Cómo es que Jesús no pudo hacer allí, en su tierra, ningún milagro? ¿No es el Señor todopoderoso? ¿No era Jesús capaz de hacerlo? ¿No os resulta curioso que el Evangelio use la palabras “no pudo” en lugar de “no quiso”? A mi me ha llamado la atención y me ha hecho reflexionar un poco acerca de Dios y los milagros de la vida.

Yo sí creo en los milagros. Yo sí creo que, cada día, suceden cosas en nuestras vidas que no tienen demasiada explicación. Nuestras vidas mismas, a veces, son un auténtico milagro. Miro la de piruetas que hay que hacer con los niños, las enfermedades, los trabajos, las familias, los horarios, los compromisos, los estudios, los imprevistos, etc. y me parece auténtica magia lo que hacemos. Y otros mucho más que nosotros. Veo el milagro de muchas familias para llegar a fin de mes. El milagro del amor que mantiene a una familia feliz pese a todas las dificultades. Veo el milagro de los que siguen caminando pese a la cantidad de palos que les ha dado la vida… Los milagros existen sin duda… Y no son sólo méritos humanos. Dios, silencioso, nos ayuda y nos sostiene para que sus proyectos sigan adelante, para que sus sueños se cumplan poco a poco.

El secreto está sin duda en que para que el milagro suceda hay que darle espacio, hay que estar dispuesto a poner parte de la vida, del día a día, en terreno pantanoso, inseguro bajo nuestros pies. No hay milagro donde la seguridad abarca el 100%. Querer, conscientemente, afrontar batallas, retos, sueños… sin la total certeza de que vayamos a salir victoriosos pero con la esperanza de que podemos estar jugándonos parte de nuestra felicidad… es dejar a Dios que obre el milagro. Efectivamente, allí Jesús NO PUDO. Nadie estaba dispuesto a aceptar tal cosa.

Un abrazo fraterno

Curando las dolencias del pueblo (Mt 4,12-17.23-25)

El Evangelio así lo hace ver. La gente seguía a Jesús masivamente porque curaba las dolencias del pueblo. Un encuentro con Jesús curaba las heridas que uno tuviera. Escucharle, tocarle, sentirle, mirarle, pedirle… bastaba para que se obrara el milagro.

Nada ha cambiado. Creo profundamente que el encuentro personal con Jesús es el único generador de milagros. Poner tu vida a la luz de Cristo, pedirle compasión, saberte necesitado de su mano, escuchar sus palabras y cambiar la vida. Ese milagro sigue sucediendo día tras día cuando nos decidimos a no perder el norte.

Hoy, además me ha llamado la atención la vida de los tres santos del día. Entre ellos hay una madre de familia americana: Santa Isabel Ana Bayley Seton. Gente corriente que mira su vida en Cristo y actúa en consecuencia sin hacer cosas demasiado extraordinarias. Vale la pena.

Un abrazo fraterno