Entradas

Evangelio para jóvenes – Domingo 24º del Tiempo Ordinario Ciclo C

No sé tú pero yo me he sentido, y me siento muchas veces, mejor que otros. Tal vez diga que no con la cabeza, porque creo firmemente que no es así, pero inconscientemente sucede. Siempre hay alguien a quién poder juzgar con severidad. Siempre hay alguien que se equivoca a quién poderle decir «ya te lo dije». Siempre hay alguien que se deja llevar y cae en la tentación de manera evidente y, enfrente suya, uno se siente más fuerte y listo. Lo curioso es que demasiadas veces, aunque lo esconda, yo soy el que se equivoca, el que se deja llevar, el que cae… Leamos el evangelio de hoy [Lc 15,1-32]:

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Jesús es acusado de juntarse demasiadas veces con la «mala gente». Hoy diríamos que Jesús cena con los «rojos», o que va a tomar el café con un grupo de «fascistas», o que se le ha visto paseando y hablando por el barrio de las putas, o jugando a las cartas con el político corrupto que se ha enriquecido con los impuestos de todos, o entrando en una sala de juegos y apuestas donde tantos jóvenes pierden la vida… ¡Yo qué sé! Cada uno tiene etiquetados a sus «malos» particulares, a aquellos con los que nunca se imagina a Jesucristo. Jesús intenta explicar con parábolas lo que supone el Reino de Dios. Son parábolas que suenan bonitas pero… ¿quién se las cree? ¿Quién va a buscar a una oveja perdida teniendo otras 99? Nadie con juicio. ¿Quién se agacha a por una monedita de 10 céntimos teniendo miles de euros en el banco? Nadie. Entonces… ¿quién es este Dios del que nos habla Jesús? ¿El Dios de los que han perdido la cabeza? Te dejo tres pistas:

  • «El hijo menor» – Eres hermano menor cuando decides hacer la guerra por tu cuenta. Eres hermana menor cuando crees que no necesitas a nadie. Eres hermana menor cuando optas por todo aquello que te reporta placer y emoción, cuando piensas sólo en ti. Eres hermano menor cuando le das la espalda a Dios. Eres hermano menor cuando tu vida está vacía y te sientes mal. Eres hermana menor cuando no sabes quién eres, cuando te das lástima a ti misma, y te avergüenzas de en quién te has convertido. Eres hermano menor cuando te sientes solo, cuando necesitas el perdón, cuando tienes miedo de volver…
  • «El hijo mayor» – Eres hermano mayor cuando haces lo que debes por obligación, sin pizca de amor. Eres hermano mayor cuando cumples con tus obligaciones pero te vas llenando de ira y rencor. Eres hermano mayor cuando vives maniatado, encarcelado, cuando no hablas ni compartes ni expresas lo que necesitas… pero luego reaccionas desproporcionadamente. Eres hermano mayor cuando juzgas con dureza al que se equivoca, porque tú te sientes en la mierda, como él, pero no te atreves a decírtelo. Eres hermano mayor cuando le das la espalda a Dios pese a parecer que estás a su lado.
  • «El padre» – El padre es Dios. El padre quiere a sus hijos por igual, a todos, al que se queda y al que se va. El padre reparte su herencia; todo lo suyo es de sus hijos y les da libertad para administrarlo como consideren. El padre es tu padre y te quiere a su lado. Tu padre se preocupa por ti y sufre por tus malas decisiones. Tu padre intenta que vuelvas una y otra vez, no se cansa. Tu padre te quiere y el amor llena su corazón. Por eso tu padre no te pide explicaciones ni juzga tus errores ni se regodea en ellos. Sabe que tú eres el que más ha sufrido. Tu padre sólo quiere perdonarte, abrazarte y volverte a sentar a su mesa, devolverte la dignidad perdida y sanar tus heridas a tu lado. Tu padre te invita a amar, a entrar, a no dejar que el mal juicio de tu corazón te envenene.

Se han dedicado libros enteros a esta parábola y no soy yo quién para explicar con detalle mucho más. ¿Lo mejor? Que esta parábola llegará a tu vida, antes o después, y tendrás que decidir cómo te sitúas en ella. Buen domingo.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 4º de Cuaresma Ciclo C

Ayer pude ver la película «Maixabel» de Icíar Bollaíny. Disfruté con las magníficas interpretaciones de Blanca Portillo y de Luis Tosar y saborée un guión basado en una historia tan real como la dureza de las balas que, en aquellos años, segaron la vida de tantos. Ya conocía la historia y, aún así, volví a admirar la valentía de esa mujer, de Maixabel, que no quiso dejarse arrastrar por el dolor, por el odio, por el pecado. Y hoy me encuentro con el relato del Hijo Pródigo… ¿Coincidencia?: Lc [15, 1-3.11-32].

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. »
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, »
Pero el padre dijo a sus criados:
«Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
«Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»
El padre le dijo:
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado»».

A esta parábola se la conoce como la parábola del Hijo Pródigo, aunque ciertamente no es el único personaje que aparece. Podrías buscar un adjetivo adecuado también para ese padre y para ese hermano mayor que aparecen también en la historia. Es un relato que cuenta tu historia, la nuestra, y que te habla de cómo es Dios. No es un relato alejado de la realidad sino más bien un relato que te pone delante del espejo y al que te recomiendo que vuelvas siempre que dudes del Dios en el que crees. Esta parábola es el corazón del Evangelio de Lucas. Te doy tres pistas:

  • «El hijo pequeño, el vividor» – Eres tú. Eres tú cuando decides vivir la vida dejando a Dios a un lado. Eres tú, que ves por delante un sinfín de planes, aventuras, proyectos, llenos de promesas, diversión, placer… ¡Cuántas veces te gustaría hacerte más mayor de lo que eres para dejar de dar explicaciones a unos y a otros! ¡Cuántas veces te gustaría escapar, incluso, de ti mismo, porque la vida que llevas no te satisface! ¡Cuántas veces has buscado tu felicidad en la fiesta, el alcohol, el sexo, los videojuegos…! ¿Cuántas veces has querido olvidar que estás herido, herida, con mucho dolor en la mochila? Has probado el frío que supone «irte de casa». Te sientes sola tantas veces… Te sientes tantas veces desagradecido, malo, indigno… Tantas veces sientes que no estás a la altura, que no te mereces nada…
  • «El hijo mayor, el cumplidor» – Eres tú. Eres tú cuando decides vivir tu vida con cobardía, cuando cumples el papel que se te ha asignado, sin más, y te vas llenando de rencor hacia todos aquellos a los que culpabilizas de no poder disfrutar la vida como otros. Parece que amas pero no es así; cumples, que no es lo mismo. Tu corazón es un volcán a punto de estallar que, cuando lo haga, arrasará con todo y con todos. Juzgas con rigor a los que han decidido buscar, salir, divertirse, dejar de creer, romper con tus principios, valores,.. Los condenas por envidia, No eres mejor que ellos. Estás lleno de heridas, como ellos, pero has decidido no moverte. Estás lleno de dolor, que guardas en silencio, pero has decidido estar «a la altura», «cumplir expectativas».
  • «El padre, el Dios que sólo sabe amar» – No sé en qué Dios crees. No sé a qué Dios rechazas. Pero mi Dios es este. Dios es mi padre. Dios es tu Padre: el que te deja ir, el que te espera siempre, el que sale corriendo a tu encuentro, el que abraza sin pedir explicaciones, el que perdona tu pecado, el que acoge tu vida con todo, el que cura tus heridas, y te viste de fiesta, y celebra tu existencia. Dios es un padre que te quiere a su lado, pero no te retiene; es un padre que respeta tu libertad, pero sufre cuando te pierdes. Dios no sabe hacer otra cosa más que amar, perdonar, curar, sanar. Dios sólo sabe salvar.

Mi vida de fe no está exenta de sentimientos parecidos a los de estos dos hermanos. Reconozco en mí a ese hijo pequeño que quiere dejar de sufrir, que escapa en busca de algo mejor, que vive su día a día como si fuera una pequeña prisión de la que le gustaría salir. Reconozco mis desmanes hacia Dios, reconozco querer olvidarlo por un tiempo, querer mirar a otro lado, como si no existiera, y disfrutar «porque la vida son dos días». Hay tanto sufrimiento ahí afuera… Pero reconozco también la sensación de insatisfacción que acaba dejando todo cuando Él no está.

Miro también al hermano mayor y me veo reflejado, cuando mi exigencia a los demás es fruto de esa insatisfacción que se abre paso en el alma. Reconozco sentirme mejor, superior, más digno que otros, por el simple hecho de «estar», de «permanecer», de «quedarme», aunque esto no sea fruto del amor ni vivido con paz. Reconozco celos cuando la fiesta es para otros, a los que juzgo peores que yo.

Es hora de volver a casa. Un día más. Una etapa más. Un año más, Volver, postrarnos de rodillas, pedir perdón. Es hora de decirle a Dios: «Padre, esto es lo que hay, esto es lo que soy… Quiero estar contigo.» Es hora de recibir, de nuevo, su caricia, y seguir viviendo. Amén.

Un abrazo fraterno

Santi Csaanova

Hizo lo que le había mandado (Mt 1,16.18-21.24a) – #DíadelPadre

José escucha al ángel en sueños. Interpreta lo soñado a la luz de Dios. Otro hubiera dicho otra cosa. José no. Ha recibido el don de la escucha. José reconoce a Dios. No es nadie diferente ni superdotado. Simplemente es una persona que tiene a Dios en su vida, que cuenta con Él, que se pone en sus manos, que desea complacerle y adorarle. Él sigue la ley con misericordia. Repudia a María, sí, pero en secreto. La ley con amor, que diría el otro. Es el amor a María el que le guía. Y el amor a Dios. Y en esa decisión todavía está dispuesto a escuchar. Y escucha.

Y una vez escucha, e interpreta que es de Dios lo que oye, hace lo que se le manda. Rectifica. Cambia sus planes. Vuelve a María. Y se lo cuenta. Y crea con ella una complicidad que tiene a Dios en el centro. Desde ahí van a construir su proyecto. Ahí crecerá Jesús. Una familia plenamente humana. Es precisamente su humanidad plena la que les hace conscientes de su necesidad de Dios, de su supeditación al Creador, de su disponibilidad plena a Aquel que les amó primero.

Hoy celebramos su festividad y, por extensión, el Día del Padre. Y sólo puedo decir que quiero que mi familia sea así, que quiero ser un padre así. Quiero ser testimonio en casa de alguien que tiene a Dios en su vida, que cuenta con Él y que le obedece. Así, nada puede salir mal.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

IMAGEN: https://www.holyart.es/navidad/belenes/belen-fontanini/san-jose-durmiendo-fontanini-17-cm

Dios, pódiums y los JJOO (Mateo 20, 1-16a)

Los primeros, los segundos, los terceros… el pódium, las menciones honoríficas, los que se quedan sin nada y el último. Estamos tan acostumbrados a la competición deportiva, a los JJOO, a los mundiales… tan acostumbrados a que todo lo que no sea medalla, sea fracaso… que lo de Dios nos parece de locos. ¡De locos! ¿Pero qué se cree Dios? ¿Se le ha ido la cabeza? 

Nuestra vida de cristianos es una carrera, una prueba. Uno tiene que entrenarse, ejercitarse, mantenerse en forma constantemente, regular su alimentación, sus horarios, sus costumbres… No competimos contra otros sino más bien contra nosotros mismos y contra el mal que puede anidar en nuestros corazones. Combatimos contra la soberbia, contra la pereza, contra la desconfianza y la tristeza del alma, contra la tentación de alejarnos de Dios poco a poco, contra el dejarnos llevar, el todo vale, el ya da igual, el no es para tanto, el no es tan importante… Somos los deportistas de Cristo y sabemos lo que son las pruebas de fondo. No estamos llamados tanto a batir el récord de los 100 metros como a aguantar un maratón, unos 5000, unos 3000 con obstáculos…

PODIUM

Lo curioso es que Dios no entiende de pódiums ni de menciones honoríficas. Se la trae al pairo quién llega de primero y quién llega de último, quién ha empezado antes su carrera deportiva y quién la ha empezado después. El premio final es el mismo para todos. Parafraseando a mi hijo mayor: «Eso es injusto papá»… Esa es la reacción de los que llevan más tiempo. Yo me considero de estos. Esa reacción es fácil y hasta lógica, tentadoramente llena de argumentos; argumentos que Dios resquebraja al instante. He de decir que siendo padre de tres hijos estoy más cerca de entender al Padre que antes. La lógica del amor y la paternidad no se fundamenta en argumentos de justicia lógica, seca, adusta, cortante. La justicia del Padre se fundamenta en el amor y en la gracia. Nada hay por encima de eso.

¿Os imagináis unos JJOO con esta lógica? Serían curiosos pero también ciertamente bonitos… y ¿por qué no? justos con el esfuerzo, el ejemplo y la valentía de todos los que participan. Yo, que en el fondo nunca he sido primero en nada, me alegro de esta vara de medir del Padre…

Un abrazo fraterno

Reza como hijo y te responderá tu Padre (Mateo 6, 7-15)

Vamos a rezar.

Así terminan muchas de las noches en la habitación de los niños. Rezando. A veces con ellos, a veces ellos solos. A veces con una oración «hecha», a veces dando gracias, a veces pidiendo o acordándonos de alguien que necesita que nos acordemos de él o ella en la oración… Enseñar a rezar es parte fundamental de la educación cristiana que pretendemos, mi mujer y yo, transmitir a los niños.niños rezando1 (4)

Hoy el Evangelio nos recuerda cómo nos enseñó a rezar Jesús. Y de ese modo de rezar hemos hecho casi una oración intocable. Y está bien. Hay oraciones tradicionales que dicen tanto y tan bien. Hay oraciones que ha rezado la Iglesia desde siglos atrás, o que están dirigidas a momentos o situaciones muy concretas… y que no se pueden perder.

Y luego está la manera en la que uno se dirige al Padre de manera espontánea. Esa manera en la que uno se acurruca en sus brazos y habla con Él. A veces en el más lleno de los silencios, a veces a gritos, emocionado… A veces mirando la cruz, otras veces al sagrario, otras veces a una estampa, a una imagen… Otras veces a mi me brota la oración viendo a mis hijos, a mi esposa…

El caso es que la oración es alimento para el alma. Y Jesús nos enseñó a no mirar a Dios como si fuera una divinidad romana o griega, alejado del mundo y de los hombres. Jesús nos enseñó a mirarlo como Padre amoroso. Y esto lo cambia todo.

A mi, particularmente, me gustaría rezar más y mejor. El Señor lo sabe… y sonríe, esperando… ¡Besos Padre!

Un abrazo fraterno

La semilla germina y va creciendo (Marcos 4,26-34)

Una de las mayores preocupaciones que puedo tener como padre es la duda de que todo lo que les quiero transmitir a mis hijos, todo lo que les quiero enseñar, todo lo que quiero que sepan de Dios y de su Iglesia, todo lo que quiero que sepan del mundo, de las personas, de la familia, de la sexualidad, del trabajo, de los sueños… llegue a dar fruto.Uno tiene miedo a equivocarse, a adelantar lo que debería esperar y a postergar lo que se debería ya enseñar. Uno tiene miedo de repetir errores o de errar por quererlo hacer diferente.

Y hoy llega esta Palabra a casa y me sosiega. La semilla germina y va creciendo sin que el sembrador sepa cómo. Confío en que Dios haga su trabajo y en que mis hijos hagan bien el suyo. Yo, mientras, sólo puedo sembrar. Como sé. Desde lo que soy. Con amor. Sin tapujos. Sin mentiras. Y poco más. No se puede llegar a más. Cometeré errores y tendré aciertos. Pero siempre dispuesto a mojarme, a jugármela, a sufrir… En términos futbolísticos… no voy a dejar de tirar el penalti por miedo a fallarlo. Que el Señor me ayude.

Un abrazo fraterno

Padre de huérfanos (Sal 67)

No soy un apasionado de los salmos pero de vez en cuando me sorprenden y me conmueven tocando lo más hondo de mi ser. El salmo de hoy, su primera parte, es una de estas sorpresas. Creo que en sus palabras se esconde la más bella y verdadera descripción del Dios en el que creo, del Dios cristiano. Son palabras que me han tocado el corazón. Un padre para el huérfapapaitono, una compañía para la viuda, para el que está solo, la libertad para el preso… lluvia abundante para los que están atribulados… es hermosísimo. Un Dios que fundamenta su ser en el otro, en la persona, en su necesidad… que acoge amorosamente y descubre nuestras necesidades más básicas. Un Dios que abraza, que toca, que calienta, que susurra, que mira, que moja, que anima, que vivifica, que acompaña…

Si somos testimonio de ese Dios, seremos buena noticia. Si somos testimonio de otras cosas… ya no lo sé.

Un abrazo fraterno

Eran pescadores (Mc 1, 14-20)

Se han terminado las fiestas y aquí estoy de nuevo tras un largo descanso celebrativo. En vacaciones no me veo capaz de escribir. Desconecto hasta de ésto, que no de Dios. El tiempo con mis hijos, mi mujer, mi familia… los villancicos cantados, el pesebre preparado, los paseos dados, las caricias, los gestos, las miradas… son oración, son palabras de Dios también. Pero hoy ya he vuelto a trabajar y en la comunidad estábamos todos. Y, para empezar, este texto de Marcos.

Eran pescadores. Por eso estaban liados con sus redes y sus aparejos de hombres de mar. Por eso estaban a la orilla del lago y no en otro lugar. Tenían clara su tarea, tenían claro lo que eran, tenían claro qué se esperaba de ellos en aquel momento. Y Jesús los fue a buscar allí. Los encontró en su trabajo. En su quehacer. En donde «eran». Y los llamó a ser otra cosa, lo que no invalida lo que ya eran.

Posiblemente estoy llamado a algo más. Pero parece que hoy la Palabra me recuerda que Jesús va a venir a llamarme en el lugar donde «soy» hoy: hoy soy trabajador, estudiante, marido, padre y hermano. Y tengo que estar en mi casa y en mi oficina. Y en mi comunidad. Esos son mis lagos. Y tengo que estar entre apuntes, ordenadores y juguetes. Esos son mis aparejos. No hay otra puerta hoy. Yo sé lo que soy HOY. No tengo ni idea a lo que se me puede llamar más. Vamos a centrarnos pues en el lago, en nuestras cositas… y así Jesús sabrá dónde encontrarme.

Un abrazo fraterno

Padre (Lc 11, 1-4)

Es la primera palabra que utiliza Jesús en su intento por enseñar a sus discípulos cómo orar. Y, posiblemente, sea la palabra clave no sólo del contenido de lo que se dice sino de la actitud con la que uno debe disponerse a orar.

«Padre» le quita a la oración el peso del encorsetamiento y, por contra, le inyecta una naturalidad y cercanía que le permite a uno orar más veces de las que se piensa. Orar es hablar con tu padre. Ni más ni menos. Contarle y escucharle.

Esa es la manera en la que Jesús responde a aquellos que piensan que hay una manera de hacer para todo. Gracias PADRE por revelar esto a los sencillos…

Un abrazo fraterno