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Evangelio para jóvenes – Domingo 5º de Cuaresma Ciclo C

Este comentario sale tarde. Me he pasado todo el fin de semana en Cercedilla, en un encuentro de ministros laicos de la Provincia Betania. Ha sido uno de estos encuentros que calman el corazón, te resitúan en la misión y te hacen sentir que hay esperanza en el futuro. Es muy importante rodearte de personas que quieres, que te quieren, que luchan por vivir en verdad y que están comprometidas en un futuro mejor. Son hermanos que quieren construir, llenos de debilidades y defectos, como yo; llenos de fragilidades y de historias llenas de alegrías y desencantos; personas que están determinadas a mirar más hacia adelante que hacia atrás, como la protagonista del evangelio de hoy: [Jn [8, 1-11].

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
– «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
– «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:
– «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
– «Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
– «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Tu vida está llena de errores, como la de esta mujer. Son errores que han dejado en ti heridas, errores que han hecho daño a tus padres, o a algún amigo o amiga, o a personas cercanas… El pecado forma parte de tu vida. Sabes bien que a veces te has alejado de la mejor versión de ti mismo, de ti misma, y, dejándote llevar, has probado el sabor amargo del dolor, de la decepción, del fracaso, de la traición. Ella es adúltera porque engaña, porque se engaña, porque rompe lazos, traiciona promesas, porque cae en el pozo del desorden, porque abandona el amor. Tú también sabes de eso. Te dejo tres pistas:

  • «Manos llenas de piedras» – Piedras que hacen daño, que destruyen, que matan. Piedras destinadas a humillar, a desacreditar, a hacer escarnio público. Piedras disfrazadas de justicia, de ley, de verdad… que, en verdad, son armas llenas de orgullo, de violencia, de rabia, de envidia, de envenenada pureza. ¿Cuántas veces te sitúas tú de este lado? ¿Lo has pensado? ¿No es verdad que alguna vez también has buscado hacer daño en pos de tu verdad, de tus ideas, de tus valores, de tus criterios? ¿Cuántas veces has dejado de mirar con misericordia y perdón a personas que, sin duda, se equivocaron? ¿Cuántas veces te crees mejor que ellos y decides que se merecen «ser lapidados»? Y usas las redes, y el whatsapp y las miradas llenas de desprecio, y los bulos, las medias verdades… y lo vistes de buenas intenciones… Hoy Jesús te dice: ¿Y tú? ¿Te has mirado tú?
  • «Sin culpa» – Has fallado, claro que lo has hecho. Muchas veces. Sabes que, aunque muchos no se den cuenta, no siempre estás lleno de buenas intenciones, no siempre eres la que te gustaría. Y te frustras. Y entras, muchas veces, en la espiral de la culpa y no sales del túnel. Es una culpa que ahoga, que estrangula tu corazón, que se agarra a tu estómago y te llena siempre de un pensamiento terrible: «¿Lo ves? ¿Ves como la has vuelto a cagar? No te mereces nada. Eres poca cosa. Haces daño. No vales nada.» Jesús no apela a la culpa. Jesús no condena. Jesús no hace chantaje psicológico. Jesús no hace reproches. Jesús sabe de tu pecado, de tu error, de tu daño, pero Jesús te quiere vivo, viva, de nuevo. Jesús tiene un discurso diferente al de la culpa: «Sí, es verdad. Has fallado, te has equivocado. Pero sigo confiando en ti, levántate y sigue caminando. Ánimo. Vuelve a intentarlo. Sigue luchando por ser mejor, por descubrir al amor. Puedes hacerlo con mi ayuda. Adelante.«
  • «La medida es el amor» – Eres pecador, pecadora, como yo. Por eso, precisamente, Jesucristo viene a buscarnos. Él responde con amor al pecado y nos anima a hacer lo mismo. A mayor pecado, mayor amor. A mayor daño, mayor es el perdón. Esto significa «ser salvado». Jesús te rescata de ese pozo lleno de mierda que a veces te atrapa, tira de ti, te devuelve al camino y te dice: «¡Vive! ¡El mal nunca tendrá la última palabra en tu vida. Estás llamado a más, yo te he salvado«.

Cada vez queda menos para la Semana Santa, para celebrar justamente esto: el bien ha vencido al mal para siempre. Donde abundó el pecado, sobreabundó la vida plena. Ojalá sepamos acoger esa salvación que se nos ofrece. Sí, nos lo merecemos. Sí, pese a todo. Sí.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

¡Ay de nosotros si alejamos a los hombres de Dios! (Mt 23,13-22)

¡Ay de nosotros! ¡Duro será el Señor con nosotros si con nuestras palabras, con nuestras acciones, con nuestros silencios, hemos alejado a algún hombre o a alguna mujer de Dios! ¡Ay de nosotros!

Trago saliva. Lo hago porque es posible, más de lo que parece, que por muy creyente que sea, por muchas Ciencias Religiosas que haya estudiado, por mucha Fraternidad a la que pertenezca, por muy vocacionado que me sienta, por muchas Eucaristías en las que participe… no siempre acerque a otras personas a Dios, sino más bien lo contrario. Trago saliva.

El tono de Jesús es ciertamente duro en el Evangelio de hoy. Fue Él el que dijo aquello de «Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y los que se ufanan de ver se vuelvan ciegos.» Líbreme Dios de ufanarme de ver. Siendo consciente, a veces caigo en ello. Por creerme importante, por soberbia, por orgullo, por necesidad de reconocimiento… el caso es que la tentación siempre está ahí. Jesús me pide humildad, sabiéndome el primero en el mundo de los ciegos.

Tomar conciencia de lo pequeño que soy, de lo mucho que fallo, de lo necesitado que estoy de su perdón y de su amor, ayuda a prevenir estas actitudes prepotentes. Ayúdame, Padre. Ayúdame a abajarme, a servir, a lavar los pies de mis hermanos, a ser el último.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El amor no se fija en el mal (Mt 7,1-5)

Yo soy de los que se fijan en la mota del ojo ajeno. Voy aprendiendo a mirar mejor. Y a ver también la viga en los míos.

El problema no está tanto en ver el defecto ajeno como en «fijarse». Fijarse es hacer que la mirada permanezca en ese punto. Y eso es falta de amor. Porque no se trata de evadir la realidad y hacer como que todo es perfecto. No se trata de no corregir fraternalmente ni decirle al otro el mal que hace. Se trata de no descansar la mirada ahí. Se trata en levantar la vista de nuevo, deseando buscar rincones mejores, la sombra del don, bajo la cual uno descansa a gusto.

Exactamente lo mismo con el pecado propio. No es cristiano fijar la mirada en tu propio pecado de manera que sea incapaz de percibir el luminoso destello de la gracia.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El Señor habita las tinieblas (I Re 8,1-7.9-13)

Siempre decimos que el Señor habita el templo. Cuando entramos en alguna catedral o en algún oratorio, nos sentimos sobrecogidos. El Misterio nos encoge el corazón. Y el Señor habita en los sagrarios del mundo también. Y por eso, por ser lugares dignos, son lugares bellos y cubiertos de esplendor.

Pero el Señor habita también en la tiniebla de la humanidad, en la oscuridad del mundo. El Señor habita lo oscuro porque quiere ahí estás tú y estoy yo. El Señor sabe que tiene que ir ahí a buscarnos. Y va. Y nos toma de la mano. Pese a nuestra debilidad, nuestra traición, nuestra parálisis, nuestro pecado. El Señor viene y se queda con nosotros para sacarnos en el momento propicio.

El Señor habita las tinieblas y las llena de luz. Por cada uno de nosotros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Lo que sale de adentro (Mc 7,14-23)

Creo que, en demasiadas ocasiones, seguimos preocupándonos demasiado por lo de afuera y poco por lo de adentro. Eso se traduce en un ingente esfuerzo por normativizar, por prohibir, por asustar… y un escaso esfuerzo por animar a las personas a conocerse mejor, a retirarse, a meditar, etc.

Criticamos el ruido de afuera pero dedicamos muy poco a sofocar lo que nos hierve dentro. Y curiosamente Jesús sigue insistiendo en que ese «adentro» es lo importante. Frente a las ingentes leyes judías que legislaban qué hacer, qué comer, qué vestir… Jesús propone mirar hacia otro sitio.

¿Cuánto tiempo le dedico yo a examinar los pensamientos que he tenido durante el día? ¿Cuánto tiempo le dedico a escuchar lo que me digo de cuerpo para dentro? ¿Cuántas veces examino mis deseos, mis anhelos, mis envidias, mis enfados, mis iras…? Creo que ya es hora de relajarnos con los pecados «de fuera» e insistir en los pecados «de dentro», eso que nadie ve y que, parece, se tratan con menor importancia.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Escándalo, ese gran pecado (Lc 17,1-6)

Escandalizar es un gran pecado. El escándalo producido sobre otros, sobre todo a los más pequeños, a los desprotegidos, a los indefensos. El escándalo resquebraja vidas, las parte por la mitad, las desnuda y las deja a la intemperie.

Pero leyendo hoy el Evangelio, me doy cuenta de que si escandalizar es pecado, también lo es no escandalizarse por nada. O, mejor aún, no escandalizarse con los escándalos de verdad. Y es que vivimos tiempos de postureo, de relativismo, de posverdad, de hipocresía, de mentira, de apariencia. Y nos escandalizamos por pequeñeces, por tonterías, por sandeces. Y no nos escandaliza lo más mínimo un naufragio de patera, un mendigo bajo unos cartones en un portal, un deshaucio a quien no tiene…

¿Estamos sin criterio? Pues leamos más el Evangelio y dejémonos de tantas palabras. Hasta la indignación la hemos convertido en escaparate. Somos indignados de salón.

Es hora de darle vuelta, ¿no crees?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Rechazar una invitación (Lc 14,15-24)

Creo que hay una casa que es peor que hacer el mal: rechazar el bien que te llega. Es como rechazar una invitación a la mejor fiesta del mundo, al mejor banquete de la historia, al evento más especial de la vida. Es tirar a la basura lo que se te concede sin merecerlo. Terrible.

No sé si visteis la película o el musical de «Los Miserables». Me encanta. La película tiene varios momentos grandiosos, épicos y terribles, dramáticos algunos. Pero creo que no hay momento peor que cuando Javert rechaza el perdón de Valjean. Por un momento parece que la disputa y la persecución de tantos años, tenía arreglo. Pero el corazón de Javert prefiere antes la muerte que saberse perdonado. ¿Hay algo más trágico?

La vida nos trae cosas buenas. Regalos inesperados. Personas sorprendentes. Detalles increíbles. Podemos cogerlos o dejarlos pasar para seguir centrándonos en lo mal que nos va, en lo que  nos falta, en lo que no tenemos ni entendemos. Dios nos hace cada día un ofrecimiento: seguirle, amarle, sabernos perdonados y amados por Él. ¿Qué hacemos con esa invitación? Muchas veces… darle la espalda, con sonrisa fácil e hipócrita. ¿Hay algo más trágico? ¿Hay pecado mayor?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No te salvas tú. ¿Te has enterado? (Ef 2,1-10)

Voy cambiando mi ADN religioso pero me cuesta. Demasiado tiempo creyendo que mi salvación depende de lo que yo haga o deje de hacer. Hoy Dios me vuelve a gritar: «¡No te salvas tú! ¿Te enteras? ¡Te salvo yo!». Pero la cabra tira al monte y a veces sigo funcionando con ese esquema de paga que tan poco tiene que ver con el Dios que Jesús vino a mostrarnos.

No tengo que ser bueno para salvarme. No tengo que seguir los mandamientos para salvarme. No tengo que cumplir la doctrina para salvarme. No tengo que… NO TENGO QUE… ¡Cuántos disgustos nos ha costado esto a la Iglesia! ¡Cuántos años condicionando a las personas con el miedo al castigo eterno, con el miedo a morir en pecado, con el miedo a la condenación del juicio final! No tengo que…

La salvación es un regalo de Dios, que pasa por encima de nuestros pecados, de nuestras faltas, de nuestras debilidades, de nuestras incoherencias, de nuestros fracasos, de nuestras infidelidades. Sí, lo hace. Y quién diga que no, miente. Dios es misericordioso y justo y desea que todos nos salvemos. Y aunque no podemos negar la posibilidad de la no salvación, sí esperamos que nadie se eche atrás cuando se encuentre cara a cara con Dios.

En mis manos tengo la posibilidad de empezar a disfrutar de esa salvación ya aquí, en mi vida terrena. Porque si me abro al amor de Dios, si actúo con Él y desde Él, si amo a los que me rodean y procuro vivir desde la verdad, la justicia, la humildad, siendo fiel a mí mismo y a Dios… la felicidad está garantizada. Y eso no es más que un mordisquito de salvación. Un aperitivo, buenísimo por cierto.

Vamos allá.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Jesús y la ley. La ley y los hombres. (Mt 5,17-19)

La ley. Siempre la ley. Conflicto sobre conflicto. Coma sobre coma. Cumplimiento tras cumplimiento. Y aquí seguimos. Los que no ven más allá de la ley y los que no ven la ley misma. Polos opuestos que se encuentran en Jesús de Nazaret. Más de dos mil años después, seguimos en disputa.

Jesús habla hoy de dar plenitud a la ley y no dejarla como un checklist que nos sirva para saber qué cumplo y qué no. Si de un checklist se trata, no te esfuerces. Nos va a salir siempre a deber la cuenta. Es lo que no entienden algunos. Siempre nos sale a deber. Porque somos imperfectos, pecadores, débiles, frágiles… Empeñarse en poner delante de algunos la ley para demostrarles lo pecadores que son… nos lleva a situaciones surrealistas. La soberbia y la altanería, el orgullo y el desprecio que muestran muchos cuando hacen esto… quiebra de cuajo el mismo corazón de la ley.

El mismo Jesús no cumplió la ley judía en numerosas ocasiones, la ley de Moisés. Le trajo problemas, no hay más que ver el final. Y agarrándose a esto y a una falsa y pobre idea de misericordia, muchos hacen como si la doctrina y la ley fuera un conjuro de carnaval, un inventito que nada tiene que ver con Dios y su palabra. Y hacen lo que les da la gana, justificando cada acto suyo, vendiendo humo y dando a entender que es más verdadero y libre quien no está sujeto a norma. Falso.

Yo creo que se trata de mirar a Jesús. Y dar plenitud. Y priorizar a la persona. Y la misericordia. Y aprender el espíritu de la ley misma y descubrir el ansia de felicidad de Dios para todo hombre y mujer que la misma ley incluye. ¿Difícil? Sin duda. Aunque cuando uno entra en la espiral del amor… todo es más sencillo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam