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El Señor habita las tinieblas (I Re 8,1-7.9-13)

Siempre decimos que el Señor habita el templo. Cuando entramos en alguna catedral o en algún oratorio, nos sentimos sobrecogidos. El Misterio nos encoge el corazón. Y el Señor habita en los sagrarios del mundo también. Y por eso, por ser lugares dignos, son lugares bellos y cubiertos de esplendor.

Pero el Señor habita también en la tiniebla de la humanidad, en la oscuridad del mundo. El Señor habita lo oscuro porque quiere ahí estás tú y estoy yo. El Señor sabe que tiene que ir ahí a buscarnos. Y va. Y nos toma de la mano. Pese a nuestra debilidad, nuestra traición, nuestra parálisis, nuestro pecado. El Señor viene y se queda con nosotros para sacarnos en el momento propicio.

El Señor habita las tinieblas y las llena de luz. Por cada uno de nosotros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Lo que sale de adentro (Mc 7,14-23)

Creo que, en demasiadas ocasiones, seguimos preocupándonos demasiado por lo de afuera y poco por lo de adentro. Eso se traduce en un ingente esfuerzo por normativizar, por prohibir, por asustar… y un escaso esfuerzo por animar a las personas a conocerse mejor, a retirarse, a meditar, etc.

Criticamos el ruido de afuera pero dedicamos muy poco a sofocar lo que nos hierve dentro. Y curiosamente Jesús sigue insistiendo en que ese «adentro» es lo importante. Frente a las ingentes leyes judías que legislaban qué hacer, qué comer, qué vestir… Jesús propone mirar hacia otro sitio.

¿Cuánto tiempo le dedico yo a examinar los pensamientos que he tenido durante el día? ¿Cuánto tiempo le dedico a escuchar lo que me digo de cuerpo para dentro? ¿Cuántas veces examino mis deseos, mis anhelos, mis envidias, mis enfados, mis iras…? Creo que ya es hora de relajarnos con los pecados «de fuera» e insistir en los pecados «de dentro», eso que nadie ve y que, parece, se tratan con menor importancia.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Escándalo, ese gran pecado (Lc 17,1-6)

Escandalizar es un gran pecado. El escándalo producido sobre otros, sobre todo a los más pequeños, a los desprotegidos, a los indefensos. El escándalo resquebraja vidas, las parte por la mitad, las desnuda y las deja a la intemperie.

Pero leyendo hoy el Evangelio, me doy cuenta de que si escandalizar es pecado, también lo es no escandalizarse por nada. O, mejor aún, no escandalizarse con los escándalos de verdad. Y es que vivimos tiempos de postureo, de relativismo, de posverdad, de hipocresía, de mentira, de apariencia. Y nos escandalizamos por pequeñeces, por tonterías, por sandeces. Y no nos escandaliza lo más mínimo un naufragio de patera, un mendigo bajo unos cartones en un portal, un deshaucio a quien no tiene…

¿Estamos sin criterio? Pues leamos más el Evangelio y dejémonos de tantas palabras. Hasta la indignación la hemos convertido en escaparate. Somos indignados de salón.

Es hora de darle vuelta, ¿no crees?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Rechazar una invitación (Lc 14,15-24)

Creo que hay una casa que es peor que hacer el mal: rechazar el bien que te llega. Es como rechazar una invitación a la mejor fiesta del mundo, al mejor banquete de la historia, al evento más especial de la vida. Es tirar a la basura lo que se te concede sin merecerlo. Terrible.

No sé si visteis la película o el musical de «Los Miserables». Me encanta. La película tiene varios momentos grandiosos, épicos y terribles, dramáticos algunos. Pero creo que no hay momento peor que cuando Javert rechaza el perdón de Valjean. Por un momento parece que la disputa y la persecución de tantos años, tenía arreglo. Pero el corazón de Javert prefiere antes la muerte que saberse perdonado. ¿Hay algo más trágico?

La vida nos trae cosas buenas. Regalos inesperados. Personas sorprendentes. Detalles increíbles. Podemos cogerlos o dejarlos pasar para seguir centrándonos en lo mal que nos va, en lo que  nos falta, en lo que no tenemos ni entendemos. Dios nos hace cada día un ofrecimiento: seguirle, amarle, sabernos perdonados y amados por Él. ¿Qué hacemos con esa invitación? Muchas veces… darle la espalda, con sonrisa fácil e hipócrita. ¿Hay algo más trágico? ¿Hay pecado mayor?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No te salvas tú. ¿Te has enterado? (Ef 2,1-10)

Voy cambiando mi ADN religioso pero me cuesta. Demasiado tiempo creyendo que mi salvación depende de lo que yo haga o deje de hacer. Hoy Dios me vuelve a gritar: «¡No te salvas tú! ¿Te enteras? ¡Te salvo yo!». Pero la cabra tira al monte y a veces sigo funcionando con ese esquema de paga que tan poco tiene que ver con el Dios que Jesús vino a mostrarnos.

No tengo que ser bueno para salvarme. No tengo que seguir los mandamientos para salvarme. No tengo que cumplir la doctrina para salvarme. No tengo que… NO TENGO QUE… ¡Cuántos disgustos nos ha costado esto a la Iglesia! ¡Cuántos años condicionando a las personas con el miedo al castigo eterno, con el miedo a morir en pecado, con el miedo a la condenación del juicio final! No tengo que…

La salvación es un regalo de Dios, que pasa por encima de nuestros pecados, de nuestras faltas, de nuestras debilidades, de nuestras incoherencias, de nuestros fracasos, de nuestras infidelidades. Sí, lo hace. Y quién diga que no, miente. Dios es misericordioso y justo y desea que todos nos salvemos. Y aunque no podemos negar la posibilidad de la no salvación, sí esperamos que nadie se eche atrás cuando se encuentre cara a cara con Dios.

En mis manos tengo la posibilidad de empezar a disfrutar de esa salvación ya aquí, en mi vida terrena. Porque si me abro al amor de Dios, si actúo con Él y desde Él, si amo a los que me rodean y procuro vivir desde la verdad, la justicia, la humildad, siendo fiel a mí mismo y a Dios… la felicidad está garantizada. Y eso no es más que un mordisquito de salvación. Un aperitivo, buenísimo por cierto.

Vamos allá.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Jesús y la ley. La ley y los hombres. (Mt 5,17-19)

La ley. Siempre la ley. Conflicto sobre conflicto. Coma sobre coma. Cumplimiento tras cumplimiento. Y aquí seguimos. Los que no ven más allá de la ley y los que no ven la ley misma. Polos opuestos que se encuentran en Jesús de Nazaret. Más de dos mil años después, seguimos en disputa.

Jesús habla hoy de dar plenitud a la ley y no dejarla como un checklist que nos sirva para saber qué cumplo y qué no. Si de un checklist se trata, no te esfuerces. Nos va a salir siempre a deber la cuenta. Es lo que no entienden algunos. Siempre nos sale a deber. Porque somos imperfectos, pecadores, débiles, frágiles… Empeñarse en poner delante de algunos la ley para demostrarles lo pecadores que son… nos lleva a situaciones surrealistas. La soberbia y la altanería, el orgullo y el desprecio que muestran muchos cuando hacen esto… quiebra de cuajo el mismo corazón de la ley.

El mismo Jesús no cumplió la ley judía en numerosas ocasiones, la ley de Moisés. Le trajo problemas, no hay más que ver el final. Y agarrándose a esto y a una falsa y pobre idea de misericordia, muchos hacen como si la doctrina y la ley fuera un conjuro de carnaval, un inventito que nada tiene que ver con Dios y su palabra. Y hacen lo que les da la gana, justificando cada acto suyo, vendiendo humo y dando a entender que es más verdadero y libre quien no está sujeto a norma. Falso.

Yo creo que se trata de mirar a Jesús. Y dar plenitud. Y priorizar a la persona. Y la misericordia. Y aprender el espíritu de la ley misma y descubrir el ansia de felicidad de Dios para todo hombre y mujer que la misma ley incluye. ¿Difícil? Sin duda. Aunque cuando uno entra en la espiral del amor… todo es más sencillo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La gente… vaya con la gente… (Sabiduría 2, 23-3, 9)

Cómo estoy disfrutando las lecturas de estos días del Libro de la Sabiduría. Qué bellas palabras del señor para todos nosotros…

wallly-2La gente… y los justos. La gente… Ese runrún del ambiente con el que cada uno tiene que luchar y convivir. No es fácil ¿verdad? Esas voces, numerosas y molestas, que intentan que vayamos por otro sitio. La gente… ¡qué poco entiende la gente de lo que yo soy y siento! La gente no entiende mi planteamiento de vida. La gente me considera un héroe temerario por tener tres hijos. La gente habla en los pasillos y en las puertas de todo lo que no le gusta pero no dan un paso adelante para cambiar nada. La gente clama justicia mientras se llenan de cosas y más cosas. La gente no entiende de sacrificio, de lucha, de cruz. La gente no va contracorriente porque se ha abandonado a ella hace tiempo. La gente quiere poder, ascensos, altos sueldos y no entiende que otros funcionemos desde otro sitio. La gente acusa pero ama poco. La gente habla de oídas pero, en realidad, no quiere escuchar mi historia ni la tuya. La genteLa gente afronta la muerte con desesperanza porque no creen que seguimos vivos. La gente no entiende mi firmeza o mi serenidad antes momentos duros de la vida. La gente no cree que todavía haya personas buenas que dan sin esperar nada a cambio. La gente… También hay gente dentro de la Iglesia, murmuradores, acusadores, lapidadores, carreristas… También cuesta tenerlos al lado, tantas veces lastre…

Vivo rodeado de esa gente. Soy probado en ellos y por ellos. Soy llamado también a colaborar en su salvación y a amarlos. Pero no es fácil muchas veces. La gente no quiere ser salvada. No me considero mejor que ellos. No me considero menos necesitado del amor y el perdón de Dios. Pero no me considero de ellos. Así de claro. No me considero gente… No creo que sea presunción ni vanidad. Al revés.

Hoy, especialmente, me acuerdo también de mis hermanos filipinos y hago mías las palabras del salmista: «el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos».

Un abrazo fraterno

La catástrofe de los pecaditos (Mateo 23, 23-26)

Un mosquito es bastante pequeño. Un camello es bastante grande. Un gato también es un animal pequeño pero el mosquito es todavía más pequeño. Una vaca es un animal grande pero el camello es todavía más grande. Ambos, mosquito y camello, son realidad, es verdad. Ambos existen. Ambos tienen su entidad pero la diferencia es tan abismal que el ejemplo que pone Jesús tuvo que ser realmente hiriente.

Colar un mosquito y tragarse un camello, para aquellos encargados de guiar a las personas en la fe, de transmitirles lo que está bien y mal… es catastrófico. Ese es el ejemplo que pone que Jesús. Un ejemplo que deje a las claras lo CATASTRÓFICO que resulta esa vara medirMoonspell-Sin_Pecado-Interior_Trasera

Cuidado. Cuidado con eso. Cuidado con mirar con microscopio las manchitas del cristal y luego tragarnos la viga. Cuidado cuando lo hacemos con los demás y también cuando lo hacemos con nosotros mismos. Cuidado cuando nos acercamos al confesionario y soltamos las «chiquilladas» y no cambiamos un ápice de nuestra vida en aquellos ámbitos en los que realmente estamos alejados de Cristo. Cuidado con fustigarnos por los «pecaditos» y seguir viviendo de espaldas a las Bienaventuranzas, a la cruz, al Camino, la Verdad y la Vida.

No voy a ser yo el que diga qué es un pecadito y qué nos separa de Cristo pero mucho… La Iglesia, en su doctrina, ya especifica y enseña sobre ello pero aún así, ¡cuidado! Sinceramente, y de manera muy humilde, creo que hoy seguimos colando muchos «pecaditos» calificados como mortales y seguimos tragando con realidades que, sencillamente, no son cristianas.

Un abrazo fraterno

Yo también soy un poco Herodes (Marcos 6, 14-29)

Herodes está perfectamente retratado en «Jesucristo Superstar». Un payaso. Un mindundi. Un don nadie. Un vendido. Un débil. Un mediocre. Seducido fácilmente. Temeroso de hacer frente a sus incoherencias, a su pecado. Esclavo de su posición.

Herodes. Incapaz de dar un paso adelante. Incapaz de tomar el mando de sí mismo. Incapaz de dar un giro a su perversión. Incapaz de convertirse. Circense. Vacío.

Yo también tengo mi parte herodiana. En mi también vive Herodes. Esta Cuaresma llega una nueva oportunidad para seguir purificando ese Herodes que no desaparece del todo…

Un abrazo fraterno

Un encuentro que cambia la vida (Lucas 5, 17-26)

Es hermoso el relato del Evangelio de hoy. Hermoso y sumamente rico para mi oración de hoy, en este tiempo de Adviento en el que intento disponer mi corazón ante el misterio de la Encarnación.

Lo primero que llama la atención es que, muchas veces, para encontrarse con el Señor, uno no puede solo: le tienen que llevar. ¡Cómo cuesta esto! Por eso la Iglesia, por eso una comunidad, por eso un acompañante, por eso… Porque a veces uno solo no puede. Es una de las consecuencias de la acción del pecado, del mal en nuestras vidas: la incapacidad para caminar hacia Jesús.

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Lo segundo que me sorprende es la creatividad de estos hombres para llegar a Jesús. Viendo como estaba el panorama, acceden desde el tejado. ¡Novedad! ¡Nuevas maneras! ¡Nuevas formas! Pero llegar. Lo importante es ser capaces de llegar a Jesús, de ponerle al prójimo delante. Si hubieran hecho lo de siempre, se hubieran quedado fuera.

Y lo tercero son las primeras palabras de Jesús al ver a aquel paralítico. «Hombre, tus pecados están perdonados.» Es como si identificara la parálisis con el pecado. Y va al origen. Porque el pecado nos esclaviza, nos enferma, nos separa, nos inmoviliza, no nos deja ser nosotros, nos hace dependientes… En cambio el encuentro con Jesús nos libera, nos da la vida, nos recupera, nos recrea, nos regenera…

Es gratificante pensar este Adviento acerca de todo esto. De cómo me empequeñezco cuando me dejo llevar por aquello que me aleja de Dios y cómo soy capaz de levantarme y andar tras un encuentro personal con Jesucristo.

Un abrazo fraterno