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Tiempo de gracia (Is 49,8-15)

La primera lectura de hoy… no necesita ningún comentario. Leedla despacio y confiad en su Palabra.

ESTO dice el Señor:
«En tiempo de gracia te he respondido,
en día propicio te he auxiliado;
te he defendido y constituido alianza del pueblo,
para restaurar el país,
para repartir heredades desoladas,
para decir a los cautivos: “Salid”,
a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”.
Aun por los caminos pastarán,
tendrán praderas en todas las dunas;
no pasarán hambre ni sed,
no les hará daño el bochorno ni el sol;
porque los conduce el compasivo
y los guía a manantiales de agua.
Convertiré mis montes en caminos,
y mis senderos se nivelarán.
Miradlos venir de lejos;
miradlos, del Norte y del Poniente,
y los otros de la tierra de Sin.
Exulta, cielo; alégrate, tierra;
romped a cantar, montañas,
porque el Señor consuela a su pueblo
y se compadece de los desamparados».
Sion decía: «Me ha abandonado el Señor,
mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.

¿Y nosotros qué? (Mt 19,27-29)

Uno se queda más tranquilo cuando lee que los mismos apóstoles le pidieron a Jesús algún «premio» o «beneficio» por haberlo dejado todo para seguirle. Llevamos inscrita en las venas la ecuación del mérito: si uno hace méritos, recibe recompensas. Por eso nos cuesta entender que a personas buenas, justas, llenas de amor y entregadas a los demás, les pasen cosas malas en esta vida. «No se lo merece» decimos… o «qué injusto es Dios»…

El caso es que Jesús no rehuye la pregunta y afirma que sí, que habrá recompensa. Seguramente esto es lo que nos cuesta entender porque nosotros a esa «recompensa» le ponemos forma, tiempo, color, grandeza… La traducimos a nuestro lenguaje y a nuestros intereses. Y nada de eso. Jesús nos promete que recibiremos cien veces más de lo dejado, nos promete, en el fondo, la felicidad y la participación en el Reino para la eternidad.

No es que Dios nos pague por los servicios prestados… Es que cuando apostamos por seguir a Jesucristo, vemos tesoro donde antes no lo veíamos, experimentamos amor y premio donde antes sólo veíamos arena y desierto. En el fondo, el paraíso se nos acerca y se nos permite tocarlo con los dedos y saborearlo de lleno. ¿Hay algo mejor?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Acuérdate del Señor (Dt 8,7-18)

Hoy es uno de esos días en los que hay una Palabra que no me pide comentarla. Me pide leerla. Una y otra vez. Una y otra vez. Leerla. Despacio. Leerla y dejar que entre, que empape toda mi sequedad y que seque toda soberbia. Una Palabra que habla de promesa, del plan que Dios tiene para ti, para mí. Una Palabra viva para un mundo endiosado, que se ha olvidado de mirar al cielo y agradecer a su Creador todo lo recibido. Aquí os la dejo:

«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas, y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta hartarte, y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado. Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta hartarte, cuando te edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes de todo, te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final. Y no digas: «Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas.» Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy.»

Hoy se cumple tu Palabra (Lc 4,16-30)

Hoy, 3 de septiembre de 2018, pasará a la historia de mi vida como el día en el que se cumplió tu Palabra sobre mí. Hoy, por primera vez en 41 años, comenzaré el curso como parte de un claustro de profesores de un colegio escolapio. ¡Cuánto había soñado yo con esto! ¡Cuántas lágrimas derramé esperando este momento! ¡Cuánto esperé! ¡Cuánto sufrí! ¡Cuánto recé! ¡Cuánto permanecí sin perder de vista el objetivo, el sueño!

Como dice San Pablo, en su fragmento a los Corintios, llego temblando de miedo. Tanto tiempo esperando esto, tanto tiempo preparándome y ahora tengo el vértigo de asumir una tarea demasiado importante. Miedo de no saber, miedo de no servir, miedo de no estar a la altura. Y es ahí donde me reconfortan las palabras de Pablo: será el Espíritu y no yo, será su sabiduría y no la mía, la que me acompañe en este trayecto nuevo del camino y la que consiga extraer los mejores frutos de mi labor diaria.

Sólo puedo dar hoy muchas gracias a Dios. Y a la Escuela Pía. Por contar conmigo. Por llamarme. Por empujarme. Por hacerme sitio. Y a mi familia. A mis padres, a mi hermano, a mi mujer y a mis hijos. Por ser piedra sobre la que apoyarme todo este tiempo, por sus sacrificios y sus desvelos para que lo que hoy sucederá se hiciera realidad. Y gracias a mis hermanos de comunidad y a las personas especiales, amigos y amigas, que me conocen y que me quieren y que hoy comparten conmigo esta felicidad inmensa.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

25 de agosto, ¡qué Calasanz tan especial!

Oficialmente para mí, desde hace unos años, el curso propiamente dicho comienza el 25 de agosto, festividad de San José de Calasanz y día en el que la comunidad nos reunimos de nuevo tras el verano y abrimos las puertas del colegio para que todo el que quiera pueda acercarse a celebrar la fiesta con nosotros.

Este curso que comienza tiene unas connotaciones muy especiales. Viene precedido, además, de un verano trabajoso y cansado en el que nos hemos vuelto a mudar al colegio, tras dos cursos de obra en el edificio donde estábamos. Tercera mudanza en tres años. ¿Quién ha dicho «miedo»? Miedo no, pero cansancio mucho. Pero el objetivo parece que se va cumpliendo: tener el hogar a punto para cuando el 3 de septiembre, lunes, se enciendan las luces.

El 2018 pasará a mi historia personal como lo hizo en su momento el 2015. Cumpliré mis 42 años y podré decir que he llegado. La meta definitiva sólo es el final, la vida eterna junto a Dios, para los que creemos en Él. Pero hay metas volantes, a lo largo del camino, muy importantes. Fue meta mi matrimonio. Fue meta el nacimiento de cada uno de mis hijos. Fue meta mi primer día de trabajo remunerado en General Electric Healthcare allá por el 2000. Fue meta mi primer viaje al otro lado del charco. Fue meta superar a su lado la enfermedad de mi madre. Y será meta en breve el hecho de comenzar mi labor docente en un colegio escolapio. Sí, he llegado.

No hay camino importante exento de sufrimiento. Yo he caminado por el desierto mucho tiempo. Hubo días en que me arrastré, días en los que desfallecí, días en los que quise dejar de andar. Hubo días de luz y días de oscuridad. Hoy miro hacia atrás y veo la mano del Señor en cada curva, en cada recodo, en cada cruce, en cada nube, en el sol abrasador, en la fina lluvia, en las etapas en soledad y en los ratos acompañado. Y sé que su promesa, por fin, va a tener cumplimiento.

Nuevas puertas se abrirán y nuevas sendas aparecerán ante mis ojos. No tengo ni idea de qué va a suceder a partir de ahora. Está la tentación de dejar de buscar, de dejar de caminar, de complacerme en lo conseguido. No puedo caer. Por eso quiero seguir despierto, atento, en vela, vigilante. Quiero responder, alegre, como María, «aquí estoy, hágase en mí según tu Palabra» para luego vivir únicamente para traer a Dios al mundo, a cada chico, a cada familia.

Que el Espíritu me acompañe y que su sabiduría guíe mis pasos. Y que Calasanz, que llena cada uno de estos muros y vive en cada uno de sus seguidores, me enseñe con paciencia a ser fiel hijo suyo.

Es tiempo de gozo. Es tiempo de alegría. Es tiempo de cumplimiento. Es tiempo de don.

Un abrazo fraterno

Dios es capaz de hacer lo que promete (Rm 4,20-25)

Hoy es el día de mi aniversario. 7 años casado con una mujer maravilloso que me trajo Dios de la mano y que, de la mano de ella, sigo luchando por el Reino.

Nuestro matrimonio es signo de las promesas cumplidas de Dios. Uno mira hacia atrás y ve un trabajado y trabajoso camino recorrido entre los tres. Y luego llegaron los nenes. Y seguimos soñando juntos. Y riendo juntos.

Por supuesto, DIOS CUMPLE SUS PROMESAS

Un abrazo fraterno