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Hoy brillan más estrellas en Compostela

Hoy es la festividad de Santiago Apóstol, fiesta grande en Galicia, en España y, también, en mi familia. Hoy son preciosas las lecturas del día pero soy incapaz de orar con ellas. La cabeza y el corazón se me escapan continuamente a Compostela. La tragedia de ayer, el accidente ferroviario a la entrada de la ciudad, es de unas dimensiones tremendas. La cifra de fallecidos es muy elevada. El número de familias a las que ayer les ha cambiado la vida es numeroso. Me uní en oración con la Iglesia por todos ellos desde el primer momento. Es lo poco, y lo mucho, que puedo hacer.

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El Apóstol, por contra, hizo mucho más. Cuentan que ayer hubo testigos que lo vieron haciendo cola para donar sangre, entre la gente, vestido de caminante, como tú y como yo. Otros afirman haberlo visto en las vías, atareado en la ayuda rápida de los primeros instantes tras el accidente. Llevaba mantas y agua, cargaba con heridos y bendecía a los fallecidos, entre el humo, el fuego, las lágrimas y los sollozos. Hay gente que dice haberlo visto vestido de bombero, de policía, de enfermero, de médico de vacaciones que, sin pensárselo dos veces, se personó en el hospital Clínico para ayudar en lo que hiciera falta…

Compostela es una puerta al cielo y ayer noche, hoy, lo es más que nunca. A Compostela llegan caminantes doloridos, destrozados, de distintas edades, razas, colores y condiciones. Caminantes que han empezado más adelante o más atrás, que llevan más o menos tiempo caminando. No hay distinción. Compostela es, a la postre, un campo de estrellas para todos ellos. Hoy, hay más estrellas en el cielo compostelano. La Puerta Santa de la Catedral es hoy más santa que nunca. El abrazo al Apóstol hoy es abajo, en los bancos. Santiago baja por su propio pie a consolar a los afligidos, a los que sufren. Hoy hay decenas de tumbas frente a las que rezar donde el Señor Jesús está presente. Hoy el Monte do Gozo tiene más sentido que nunca, pues desde allí se vislumbra Aquel donde hemos de poner toda nuestra esperanza, todos nuestros anhelos.

El Camino es absolutamente imprevisible. Lo sabemos bien los que hemos caminado sus senderos. Hay que estar preparado y velar con fe. Por muy duro que suene, no sabemos ninguno qué día va a ser el último de nuestra vida. No sabemos cuándo podremos perder a un hijo, a una madre, o a un esposo, o a un amigo. Abracémonos, querámonos, besémonos, cuidémonos. Mañana, la etapa puede ser durísima, incluso mandarnos a casa.

Hoxe chove en Santiago. Son as bágoas de tódolos que choramos preto das familias rotas. Hoxe chove en Santiago, son as bágoas do mesmo Deus que, triste, está xa dando a benvida ó ceo ós que nos deixaron.

Unha forte aperta fraterna

 

La fe sin obras es inútil (Santiago 2,14-24.26)

Estoy sentado frente al ordenador ligeramente crispado y enfadado. Cosas que pasan. Y me encuentro con esta lectura de Santiago y posiblemente con uno de los Evangelios más claros y comprometedores de toda la Escritura.

Está bien creer, amar a Dios, ir a misa y predicar con buenas palabras pero… ¿Qué hago luego? ¿Qué hago con los pobres que me encuentro, con las personas que necesitan de mi cariño o de mi tiempo? ¿Qué hago con las injusticias que veo? ¿Qué hago con los dones que se me han dado? ¿Cuáles son mis obras? Ahí me juego todo mi ser cristiano.

Y no es fácil. No son obras al uso. Exigen entrega y, muchas veces, te obligan a «perder». Ya me lo dice Jesus en el Evanglio: quien quiera venir conmigo… ¡que venga preparado! Perderá la vida. Ufffffff…

Qué vértigo…

Un abrazo fraterno

Carta a quienes peregrinaron conmigo

Queridos Charlie, Villa, Sátur, Elena, Luz, MariLuz, Marco, Barrigón, Máría, Fernandito, Álex, Loreto, Pepe…

Desconozco cuántos y quiénes de vosotros todavía tenéis en vuestro poder el vídeo en el que inmortalizamos nuestro peregrinar a Santiago de Compostela allá por el año 93. Yo lo he reencontrado hoy en un armario de casa de mis padres después de haber vivido con la tristeza (sí, digo bien, tristeza) de pensar que lo había extraviado en mi época de traslado de casas. No puedo negar que según lo tuve en mi mano mi corazón dio un vuelco y me llené de alegría. Lo puse inmediatamente pese a estar trabajando. Pude saborear cada palabra, cada sonido, cada paisaje, cada detalle… como si fuera hoy mismo cuando lo estuviera viviendo. Me llené de emoción y, cuando la emoción me embarga, necesito expresarme por escrito y con música de fondo. Hoy he elegido para este momento el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven. Los pelos como escarpias.

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En 1993 la mayoría de los que allí estábamos estábamos entre los 16 y los 17 años y cursábamos 3º BUP. El colegio, a iniciativa de Sátur, organizó la posibilidad de realizar el Camino de Santiago en fines de semana desde O Cebreiro. No era barato. Y nos animamos unos cuantos, unos cuantos que ya formáis parte de la historia de mi vida y de la memoria emocional del que os escribe. Me surje un tremendo sentimiento de agradecimiento hacia mis padres por haberme dado la oportunidad de haber participado. Era la primera actividad de ese estilo en la que yo participaba. Nunca había ido a campamentos ni a colonias ni con los scouts… Era, por decirlo de alguna manera, la primera vez que salía de casa en ese plan. Y no puedo olvidarlo. Tengo grabado en mi corazón y en mi mente muchos de los instantes vividos, de los momentos y de los lugares, de las músicas y las melodías, de las caras, de las ilusiones, de las inquietudes… que teníamos de aquella, ¿os acordáis?

Viendo el vídeo lo primero que llama la atención es volver a ver a Sátur con pelo y barba. Y a Elena embarazada de Abraham, hoy ya adolescente peligroso, je, je, je… Sátur llevaba la voz cantante. Sabía, y me consta que sigue sabiendo, organizar, mandar… y, a la vez, querer, acoger, educar… Dando normas y libertad a la vez, respetando quiénes éramos cada uno de nosotros. Cámara en mano fue inmortalizando lo que hoy pude volver a ver. Él nos enseñó mucho en aquel primer viaje y mucho nos enseñaría después. Ese Camino fue el comienzo de una amistad y un cariño que todavía pervive. Elena iba sufriendo con su barriga, dando una lección de pundonor. Elena escuchaba, se reía, se abajaba a nuestras conversaciones juveniles… Pese a ser nuestra profesora nunca mezclamos carne con pescado. Tal vez mucho de ese mérito sea suyo…

Me emocioné viéndonos tan poquita cosa, con nuestros sueños intactos y nuestras ganas de acabar el COU al año siguiente. Compartíamos cada noche en común como si fuera la última contándonos confidencias y riendo de las ocurrencias del momento. Estábamos llenos de vida. Sin achaques, sin cansancios, sin sufrimiento, sin golpes todavía. Preparados y deseosos de caminar, aceptando tanto el sol como la lluvia y dejándonos los pies por llegar. Tenéis que volver a ver el vídeo para sentir lo que os estoy diciendo… Comiendo en el prado, dando volteretas en carreteras de monte perdidas, durmiendo en iglesias antiguas, manchándonos de barro, empapándonos en fuentes y regatos…

No sé si a vosotros os pasará pero me ha dado mucho que pensar el verme con 16 años menos. Hay cosas que me reconozco y otras que descubro ya desvanecidas. Por lo de pronto ¡me vi tan delgado y con tanto pelo!  Igual os reís pero me vi guapo, je, je, je… Tenía un buen porte ehhh… Porte que ya no tengo. 16 años después me veo gordo, calvo y muy abandonado físicamente. Y no me ha gustado. No es que no lo supiera sino, más bien, que intento no ponérmelo delante tan claramente. A vosotros os veo igual de bien que ahora así que yo he sido quien más ha perdido. No me gusta. Algo debe cambiar y aunque el pelo no va a retornar a mi cabeza sí debo cuidarme más, adelgazar, etc. ¡Qué os voy a decir! Vi en mi la misma alegría que hoy, la misma risa perenne y el mismo humor fresco que sigo teniendo. Vi en mi a una persona con amigos, que se relaciona bien y que es capaz de estar con todos. Vi en mi a un chico con ganas de llamar la atención y de tener su ratito de protagonismo del sano. Vi en mi a un adolescente enamorado en plenitud de su pájara. Vi en mi a alguien con un puntito de locura que sí me gusta mantener. Pero me vi doblemente fresco y vital de lo que estoy hoy.  ¿Cómo os veis vosotros?

Ahí está MariLuz. Con su pantalón gris y su chubasquero rojo, con su sudadera rosa. Con su pelo rizado y su cara de niña. Con su suficiencia y su desparpajo. Con sus saltos y su liderazgo. Y Charlie, con su gracia y su encanto sobrio y su capacidad de estar siempre ahí. Y Barrigón con sus protestas. Y Marco con su personal estilo con olor a Galicia de par en par. Y Villa y su don de hacer reir. Y Luz, la pequeña luciérnaga del grupo. Vosotros también habéis cambiado en parte.

¡Y qué decir de la noche no Monte do Gozo! ¡Con la melodía de Perales en el vídeo! Difícil de sobrevivir para un sentimental y nostálgico como yo. Fue una noche mágica. Totalmente inolvidable. Una noche que ha configurado parte de lo que somos, parte de lo mejor que llevamos dentro, parte de mucho de lo que daremos a nuestros hijos. A la luz de la luna compostelana. Aprediendo a bailar. Con el traje milenario de peregrinos. Con la alegría del que sabe que ha llegado. Con la tristeza de quien no quiere que el sueño se acabe. Con la claridad blanca de la farolas iluminando toda la emoción que pusimos en juego. flecha_amarilla_en_el_camino_de_santiago_de_la_via_de_la_plata

Ese Camino que un día empezamos juntos sigue su curso y todos nosotros seguimos caminándolo. Ya no tenemos la frescura de aquellos días y la vida ha empezado a hacer mella en muchos de nosotros. Hemos ido descubriendo el dolor y el sufrimiento. Y también el amor verdadero. Seguimos al pie del cañón luchando por ser mejores y hacer de este mundo algo mejor de lo que un día nos encontramos. Y no vamos a defraudar a nadie. Ni a Dios. Ni a nosotros. ¿Sabéis? No hemos cambiado tanto. Seguimos siendo los mismos. Con los sueños intactos. Con el corazón más maduro y la mente más clara. Pero los mismos. Con las mismas ganas de comer en un prado verde y la misma necesidad los unos de los otros. Con las mismas ganas de seguir dando un paso más y de hablar y compartirnos en la marcha. Deseosos de seguir durmiendo juntos en la misma habitación para hablar de nosotros. Sintiéndonos especiales. Cuidándonos. Con necesidad de que alguien más mayor nos ayude y nos acompañe en la dureza del recorrido. Con la misma necesidad de llorar de rabia cuando las inclemencias nos superan y la misma alegría de sabernos fuertes.

No sé qué más decir. Podría estaros hablando toda la noche. Pese a mi felicidad hay una parte de mi que os echa de menos, una parte de mi que querría volver 16 años atrás y volver a vivir aquello. Cuando queráis hacemos una nueva versión. Con hijos. Sin pelo. Con canas. Con kilos. Sin alguno de los que allí estuvimos.

Siempre a vuestro lado.

Santi