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Una vida para otros (Mt 8,18-22)

Hoy marchan a Marruecos los miembros de la expedición de la Casa Escuela Santiago Uno que, cada año, en el marco de su proyecto Llenando Escuelas, pasan los dos meses de verano en algún pueblo bereber de una de las zonas más empobrecidas de nuestro vecino africano. Chicos, chicas, educadores y voluntarios, entregados e ilusionados por dar y recibir, por trabajar, colaborar, conocer, convivir, aprender…

Me he acordado de ellos leyendo el Evangelio de hoy, un pasaje que suele rechinar por la dureza que parece manifestar Jesús ante aquellos que se le acercan y le muestran su disposición a seguirle. Pero esa dureza no es más que la advertencia ante uno de los riegos más evidentes para seguir a Jesús: los «pero», los «después», los «en cuanto pase», los «espera un momento»… En el fondo, Jesús sabe que nos cuesta dejar y que todo aquel que quiera seguirle debe dejar.

Jesús nos pide una vida descentrada de nosotros mismos, una vida para otros. Y no al 40%, ni al 60%, ni al 80%… Nos la pide toda. Sabe que lo que no se da por entero, en el fondo, no se está dando.

Ojalá los chicos y sus educadores que hoy parten experimenten en profundidad este «darse», este «no tener donde reclinar la cabeza», este «ir aquí y allá», siempre por y para los demás. Si algo te transforma por dentro es el amor y éste no es otra cosa que estar dispuesto a entregar la vida a aquel que se cruza en tu camino, al que te necesita. ¡Buen viaje chicos! ¡Y a entregar todo lo bueno que lleváis dentro!

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Un nombre que nos devuelve a la vida (Jn 20,11-18)

Nombrar a alguien es hacerlo existir. Por eso el nombre es tan importante. Y si no, preguntémosle a Coca-Cola por esa campaña donde las latas de refresco llevaban los nombres personales de tantos de nosotros… ¿Os acordáis?

En estos evangelios de resurrección, me llama hoy la atención ese «¡María!» que pronuncia el Señor y hace que el corazón de la Magdalena reconozca a su maestro. Un reconocimiento que, evidentemente, no es físico sino que se mueve en otro ámbito. Al escuchar su nombre, en aquel momento de muerte y dolor, María siente que se le vuelve a dar vida, que su existencia da vuelco, que vuelve a estar en el centro de la realidad, que el Espíritu aletea cerca. Es la vida que brota de aquellos labios, es el nombre pronunciado, el que permite a María reconocer al Crucificado, al Resucitado.

Cuántas personas nos llaman por el nombre a lo largo de un día… ¡Y cuántas veces nos sentimos asfixiados, perdidos, agobiados, muertos! Sólo Jesús es capaz de hacer algo nuevo con nosotros, de volver a situarnos en el centro de su amor, de cambiar nuestra vida para siempre. Es Pascua. El Señor te llama por tu nombre. Es tiempo nuevo. Volvamos a empezar. Hemos sido restaurados.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Seamos comunidad que alimente (Mc 6,34-44)

La comunidad cristiana ha sido una de las grandes olvidadas en los últimos tiempos y parece que, poco a poco, unos y otros intentamos recuperarla. Sin comunidad cristiana, todo lo demás se queda cojo. Y es que seguir a Jesús no es asunto de francotiradores, de artistas, de gestores, de estrellas espirituales… No se trata de lo que puedo hacer yo sino de lo que podemos hacer juntos, los que seguimos al Señor.

«Dadles vosotros de comer»

Ese vosotros en labios de Jesús va cargado de una intencionalidad manifiesta del Señor. Los milagros, obviamente, queda claro que no son lucimientos personales por su parte. Y con ello nos transmite que tampoco lo son para ninguno de nosotros. No quiere «salvadores». Jesús quiere comunidades vivas donde el poner al servicio de todos, el compartir, el entregarse… sea el corazón de la fe compartida.

Yo vivo en comunidad, junto a mi familia y a cuatro religiosos escolapios. Comemos juntos. Rezamos juntos. Celebramos juntos. Nos divertimos juntos. Y somos testimonio juntos. Es verdad que cada uno tiene sus tareas propias y personales pero si alguna encomienda tenemos como comunidad es la de ser imagen del mismo Jesús, que cuando otros nos vean se interpelen y busquen al Señor.

Cuando la comunidad parroquial, religiosa, laica, de vida… está viva, sus miembros experimentan el amor de Dios encarnado y son, a su vez, manos de Jesús para sus hermanos. De eso se trata.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Los ataúdes que llevamos a hombros (Lc 7,11-17)

A veces se nos escapa la vida. Se nos mueren recuerdos, sueños, ilusiones, anhelos, esperanzas. Se queda sin voz aquello que más nos hace sentir vivos. El silencio embarga el horizonte y asumimos, con tristeza, que toca enterrar a alguien, a algo.

Jesús ve vida donde nosotros vemos muerte. Jesús es el que resucita, el que devuelve la voz, el que vuelve a poner en pie, el que convierte un entierro en un desfile de gozo y alegría. Jesús es el Señor de la plenitud, de la felicidad; el que escucha nuestros llantos y se cruza en nuestros caminos. El que se acerca y toca nuestras heridas, nuestras muertes particulares, nuestros fracasos profundos, nuestras pérdidas irreparables… y nos coloca de nuevo en el centro, nos inserta de nuevo en la comunidad, restituye nuestra dignidad, cicatriza la herida abierta.

Hoy Señor, que te cruzas conmigo en este ratito de oración, pongo delante de ti todo eso que tengo a pie de cementerio. Pongo a ti mis dificultades, compartidas hoy con un hermano. Pongo ante ti mis expectativas frustradas. Pongo ante ti mis incapacidades con los que quiero. Pongo ante ti la soledad que no soy capaz de acompañar de aquellos que me rodean. Pongo ante ti mis heridas calladas, dolorosas y llevadas en silencio. Pongo ante ti el sueño tambaleante y, también, hoy especialmente, mi miedo a fracasar.

Toca mis ataúdes. Tócales y devuelve a la vida lo que contienen.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El idioma del Espíritu (1 Cor 2,10b-16)

Supongo que muchas veces habéis tenido la experiencia de intentar algo de vuestra fe, de vuestro compromiso, de vuestra pertenencia a la Iglesia, de vuestra manera de vivir… y no ha sido entendido. A veces pasa. Intentas dar razones de algunas cosas y te das cuenta que el que te escucha, pese a intentarlo, no entiende.

Yo tengo cerca personas (amigos, familia, compañeros de trabajo, etc.) que no consiguen entender muchas de las opciones que he ido tomando en la vida, que hemos ido tomando mi mujer y yo. Desde buscar un tercer hijo estando mi mujer sin trabajo hasta abandonar trabajos, ciudad, amigos y familia por aventurarnos en nuevas experiencias comunitarias con los escolapios. Para «el mundo» hay opciones incomprensibles.

San Pablo se lo intenta explicar hoy a los Corintios. El Espíritu nos habita, nos conoce y nos mueve. Las personas que han ahogado esa presencia del Espíritu en ellas, que la han tapado, adormecido, anestesiado o, sencillamente, se han deshecho de ella… difícilmente miran, escuchan, saborean la vida de la misma manera que nosotros. Esto no nos hace mejores ni peores que ellos. No somos hijos más dignos que ellos a los ojos de Dios. Pero es verdad que el Espíritu abre puertas y ventanas, refresca estancias bochornosas, airea rincones olvidados, moviliza energías, aligera pasos, agudiza el ingenio, fortalece la fe, asienta la confianza. Y uno vive desde otro sitio, de otro modo. Yo creo que más feliz.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Llevar puesto el Espíritu (Mt 12,14-21)

Muchas veces nos sentimos incapaces de llevar adelante determinadas misiones, trabajos, tareas o, incluso, de sobrellevar dificultades, sufrimientos y agravios. Minusvaloramos la acción de Dios sobre nosotros. Nos miramos con nuestros propios ojos y vemos nuestras debilidades. Pensamos que sólo contamos con nuestras fuerzas para la batalla. ¡Pero no es así!

Dios nos ha regalado su Espíritu y conviene llevarlo siempre puesto encima por lo que pueda pasar. Llevarlo encima quiere decir acoger el regalo y no dejarlo tirado en cualquier rincón. Rezar, participar de los sacramentos, llevar a cabo buenas acciones… lo necesario para no ahogar sin remedio la acción del Espíritu en nuestras vidas. Habrá momentos mejores y peores pero, si lo conseguimos, ¡nuestra vida cambia por completo! Porque ya no luchamos sólo con nuestras fuerzas sino con las suyas. Porque ya no contamos sólo con nuestras capacidades sino con nuestros dones. Porque ya no miramos con nuestros ojos sino con los suyos. Porque somos ya un poco Él.

Decir que estamos solos, que Dios se ha escondido, que nos ha dejado solos, que no soluciona nada, que ha dejado el mundo abandonado… es una mentira. ¿No será más bien que tenemos amordazado al Espíritu que todos llevamos encima y a través del cual podríamos cambiar el mundo?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Experiencia de mal y perdón (Mt 9,1-8)

El mal está ahí. Los creyentes le llamamos pecado. Otros le llaman de otra manera. El caso es que todos tenemos experiencia de dolor, de enfermedad, de infelicidad, de frustración, de herida, de daño producido a otros. Las consecuencias las conocemos también.

Si vivimos heridos la vida se pasa regular. El Evangelio nos lo muestra con claridad. Es como vivir tumbado. Nos fallan las fuerzas y las ganas. La mirada baja. Los horizontes se oscurecen. Una alta dependencia de muchas cosas. El mal nos tumba. Nos tira. Nos hunde. Nos hace funcionar limitados. Y nos vivimos bloqueados, prisioneros, coartados. Es como vivir rodeado de tabiques, ajenos a nuestros sueños, desconectados de nuestros deseos más profundos. Es un querer y no poder.

Jesús de Nazaret, al que muchas veces tenemos asociado con lo religioso, lo eclesial, la losa de la Ley, etc.; rechazado por la ideología de muchos que no le conocen, viene, fundamentalmente, a LIBERARNOS, a CURARNOS. El perdón sana. El perdón cura. El perdón restaura. El perdón restituye. El perdón te vuelve a poner de pie. Te devuelve las fuerzas y las ganas. Alza tu mirada y te presenta de nuevo horizontes alcanzables. Libre y autónomo. Te saca de la fosa y te saca ahí afuera de nuevo, para que respires y tomes oxígeno. Jesús viene a desbloquearte, a devolverte la alegría. Te hace sintonizar con tus sueños de nuevo y te devuelve las aspiraciones de plenitud.

Venga. Experimentemos eso. Eso es lo que trae Jesús a nuestras vidas. Esa experiencia de liberación. Yo la necesito. ¿Y tú?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El Jesús más ético (Mt 7,6.12-14)

Hemos adoctrinado tanto, tantas veces, haciendo cargar a las personas con normad y principios tan alejados de la realidad, que nos hemos olvidado de lo más elemental de la Ley. Hoy, el Jesús más ético nos lo recuerda: trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti. No puede ser más sencillo.

Y es que el núcleo más central e importante del Reino de Dios, que trae Jesús de Nazaret, es algo profundamente natural. Por eso Jesús es un personaje tan aceptado incluso en personas alejadas de la Iglesia católica. Ética de la más básica.

Ahora bien, Jesús conoce el corazón del hombre y la sombra que el pecado siempre siembra en él. Y sabe que algo tan sencillo de entender y de incluso aceptar, no es nada fácil de vivir. Porque si viviéramos de verdad este principio ético tan básico… no pasaría un día sin luchar para que no hubiera hombre ni mujer en la faz de la tierra pasando hambre, o sin una vivienda digna, o sin una sanidad básica, o sin trabajo, o sin libertad, etc. Para todos lo mismo que quiero para mí…

Puerta estrecha. Camino difícil de hacer. Primero, en nuestro corazón. Luego, en nuestra sociedad. Puerta estrecha que estamos invitados a atravesar. Jesús así lo hizo. La respuesta no se hizo esperar…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Dios advierte pero nosotros a lo nuestro (II Re 17,5-8.13-15a.18)

Cuando leo fragmentos del Antiguo Testamento, sobre todo los que nos narran historias de «batallitas», como decíamos en mi antigua comunidad, tengo la tentación de pensar que no tienen que ver conmigo. A veces me producen el mismo rechazo que me produjo en su momento, en mi juventud, «El Señor de los Anillos». Muchos nombres de lugares, de personas… hechos que no acabo de entender… En fin, difícil de sacar algo de ahí. Pero con el tiempo me he ido dando cuenta que esas historias son muy parecidas a la mía.

Y es que yo también soy terreno de batalla. Y las victorias y las derrotas acontecen. Y muchas veces no entiendo por qué las cosas no salen y la Palabra me da luz. Y es que cuando desoigo a Dios, cuando me creo más fuerte sin Él que con Él, cuando me expongo a mis propios criterios, normalmente nada sucede como me gustaría. A veces el éxito de una tarea no llega, a veces me veo envuelto en enredos personales con personas a las que quiero, a veces compruebo que hago daño a otros por pensar más en mí que en ellos… Derrotas que llegan y me mandan al exilio.

Dios nos advierte. Nos quiere y nos avisa, como todo padre hace con su hijo. Él ve que juego con fuego, que estoy en la cuerda floja, que estoy desatendiendo mis defensas… me llama a la oración, me llama a los sacramentos, me llama a ser más exigente con mi voluntad, me llama a tener un corazón más generoso con el prójimo… Y yo muchas veces voy a la mía, porque me dejo llevar por el pequeño placer o éxito a corto plazo. Dios avisa y no se equivoca.

Él no envía desastres, ni enfermedades, ni calamidades, ni nada eso. Pero sabe que cuando uno elige una vida en lugar de otra, las consecuencias llegan. Tomemos nota.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Esperamos algo nuevo (Pe 3,12-15a.17-18)

Esperamos algo nuevo. Ahí radica la fuerza de nuestra fidelidad y la firmeza de nuestros compromisos. Porque cuando miramos alrededor, comprobamos que el Reino todavía no ha acontecido en plenitud. Jesús nos presentó su llegada pero todavía queda para disfrutarlo a tope.

Guerras, hambre, descuido con el planeta, personas durmiendo en los soportales, desahucios, jóvenes en riesgo de exclusión, personas perseguidas por sus creencias, políticos corruptos, atentados terroristas, economías que lo absorben todo, sexo que deshumaniza, mujeres maltratadas… Cuántas cosas… Tantas que, a veces, el nivel de esperanza baja un poquito. ¿O no? A mí me pasa. Un día te levantas y ves tanta negrura…

En mi propia vida, tantas veces lo mismo. Proyectos que salen, actitudes que no cambian, tonos que hieren, egoísmos que permanecen, gritos que brotan, malos humores, tensiones sin sentido, malos pensamientos, críticas a otros, prejuicios, miedos que no desaparecen…

Pero espero algo nuevo. «Un cielo nuevo y una tierra nueva» dice el apóstol San Pedro en su carta. Una novedad por dentro y por fuera. Una novedad que sólo podrá darse cuando Jesús reine en mi mí y en mi entorno. ¿Le dejaré? ¿Le permitiré tomar posesión de toda mi existencia? Quiero que sea así. Quiero que le dé a todo una vuelta. Que lo mejore, que lo ilumine, que lo pacifique, que lo recree.

Un abrazo fraterno – @scasanovam