Tú no quieres sacrificios ni ofrendas y, en cambio, me abriste el oído (Sal 39)

Esto es una auténtica declaración de principios de Dios y, tal vez, una declaración de principios que abunda poco en el entorno de sus seguidores. No quiero enterrar el valor que puede tener el sacrificio o la ofrenda pero pensar que esas son maneras de «quedar bien» delante de Dios es un poco absurdo, sobre todo leyendo este hermoso salmo.
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 Aunque nos parezca lo contrario elegir el camino del sacrificio y de las ofrendas es elegir el camino fácil, la senda ancha, la puerta grande. Sin desmerecerlo, el Padre deja claro que busca otra cosa, otro tipo de respuesta, otra manera de adhesión. A Dios le gustan los oídos abiertos y atentos. A Dios le encantan las personas que son capaces de escuchar, de escuchar los sonidos del mundo. ¿Qué hay que escuchar? Hay que saber escuchar los silencios, los gritos de muchos, la voz de Dios, los susurros del Espíritu, los lamentos del pobre, el alma del niño. Esto es realmente complicado. Educar el oído es una ardua tarea. No se consigue de hoy para mañana. No tengo el don de la escucha pero necesito ejercitarlo para llegar a lo máximo que pueda. Quien no es capaz de escuchar no es capaz de amar.

Puede pasarme la vida sacrificándome sin enterarme del nodo pero si escucho… ¡ay si escucho! Nunca más podré desembarazarme de lo escuchado.

Un abrazo fraterno

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