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Los profes también somos rayos de sol

Mirad qué bonita es la ilustración que hoy nos trae 72kilos.

En estos días previos al comienzo de curso, esta ilustración me llena de energía para ser capaz de transmitir cariño a mis alumnos. Ciertamente, los profes no somos ni amiguetes, ni gestores de ocio, ni asalariados de Mr. Wonderful pero creo que uno de los aspectos más diferenciadores a la hora de relacionarnos con los chicos es quererles.

Querer a un alumno conlleva, justamente, exigencia para que sea capaz de sacar todo lo que lleva dentro, para que descubra todas sus potencialidades, para que se eduque en la capacidad de esfuerzo y trabajo, para que adquiera valores y conocimiento que le servirán todo la vida y que le hacen mejor persona. Y quererse, también, implica ser capaces de ser «rayos de sol». Ser rayos de sol es ser portadores de calor, de ese que tanto necesitan muchos de nuestros chicos, con baja autoestima, con familias que no les dedican el tiempo necesario o con un alto nivel de ofuscación y oscuridad en sus vidas. Ser rayos de sol es ser portadores de luz, de esa que tanto necesitan aquellos que no se conocen a sí mismos, que nunca han descubierto el placer de aprender y mejorar, que viven pensando que el mundo es aquello que ven en las redes sociales y nada más. Ser rayos de sol es ser acompañantes de personas, escuchadores profesionales, dispensadores de caricias en el corazón; es mirarles y decirles «tranquilo, tranquila».

El sol siempre está presente y, como dice el Evangelio, sale para justos e injustos, no tiene preferencias ni desaparece. Ojalá seamos así este curso, con nuestras limitaciones, llenos de cansancio a veces y desanimados otras, pero siempre conscientes de que cada día hay alguien que necesita de nuestros rayos.

 

#Curso2021 – La distancia de seguridad

07:45 Llego al cole. Me encargo de abrir todas las ventanas de las aulas y de los pasillos. De par en par. Creo haberme enterado que es de lo más importante que podemos hacer en el cole, además de llevar todos mascarilla, lavarnos las manos a menudo, limpiar lo común y procurar distancia de seguridad. Comienza a hacer fresco a estas horas. Ya hay alumnos que se quejan pero… hay que aguantar. ¡Más camisetas por debajo! 🙂

08:55 Hablamos en clase de qué consejos daríamos a los niños que empiecen a iniciarse en la red de redes. Cosas muy interesantes. Pero todas en negativo. Es curioso. ¿No hemos sabido transmitir a los chavales más que el cuidado ante las amenazas? ¿Qué pasa con la educación, qué pasa con todo lo interesante y maravilloso que pueden encontrarse en la red? ¿Seguimos educando más en el miedo que en la oportunidad?

11:00 Me toca recreo. Siempre me ha gustado estar en los recreos. Llevo dos este año. Me cuesta. Me cuestan algunas caras cuando llamas la atención. Me disgusta comprobar que, pese a toda la insistencia del mundo, sigue habiendo personas que se piensan que esto va de broma. Me sigue preocupando que algunos dilaten el rato del bocadillo para estar más tiempo sin mascarilla. Llamas la atención a uno y al otro y al otro… La mayoría bien. Miremos en positivo.

14:15 Tras casi semana y media termino la jornada pensando que lo más difícil con los chicos es pedirles que guarden el metro y medio se seguridad. Tenemos querencia a juntarnos, a abrazarnos, a jugar, a tocarnos, a contarnos confidencias cerquita uno del otro… y eso cuesta. Pero tenemos que intentarlo. No sé qué precio pagaremos por ello. ¿Nos volveremos más fríos en nuestras relaciones? ¿Olvidaremos qué significa el tacto del otro? ¿Perderemos la pista del aroma que deja la buena gente? No creo. Lo bueno siempre prevalece. Lo bueno echa raíz.

#Curso2021 – Un miércoles burbuja

08:05 Segundo de bachillerato. Hay sueño. Nos falta rodaje todavía. Va a costar mucho. Un alumno me llama «tío». Hay confianza. ¿Tanta? Cuesta encontrar voluntarios para participar en la oración. Va de la suerte que tenemos de tener un cole. No sé si son conscientes.

09:10 Salgo rápido de una clase y voy a la otra. Nos han pedido ligereza en los cambios. En eso estamos. Del primer piso al segundo. Ahora 1º ESO. Hay más entusiasmo. La tele no funciona y no puedo poner la presentación que tenía preparada. Improviso y comenzamos el tema con el libro. Hardware y software. Les va. Se les ve en las caras. Están atentos. Hablamos de wifis, de cables, de fortnites, de clashroyales y de muchas cosas más. Salgo contento.

10:30 Percibo en 4º ESO que han vivido un poco en una burbuja todo esto de la pandemia. No están al día, no saben números, no siguen las noticias… Tenemos trabajo que hacer. Empiezo ya. R0, IA… que empiecen a sonarles términos… Caras de sorpresa cuando hablamos de los 900 muertos en 14 días en España. Tocará coger pico y pala.

11:05 Café con los compañeros. Ratitos de los buenos para cargar pilas. Compartimos misión y vida.

12:00 En un hueco sin clase, escribo a los padres de mi tutoría. Qué importantes las familias… Les cito para la primera reunión. Será videoconferencia. Será rara. Pero nos apañaremos. Ya llegarán mejores días. Mientras tanto, habrá que hacer bueno cada día.

13:30 Termino con mi tutoría, en clase de mate. Empiezo a quererlos. Ya no hay marcha atrás. Miro sus ojos, capto sus gesto. Observo cómo se buscan, quién mira a quién, sus silencios, sus participaciones, su «me he olvidado de las circulares, ¿puedo traerlas mañana?»… Me gustan.

¡Comienza el curso!

09:20 Entro en el teatro. Ya están sentados, con distancia, los alumnos que entran nuevos en el cole. Se palpa novedad y cierto respeto. Llegar nuevo siempre tiene su parte de dificultad, aunque también de oportunidad. El reto es acogerles con cariño y que se sientan en casa desde el primer día.

09:45 Paseo por las instalaciones con las alumnas que entran nuevas en el cole y que serán de mi tutoría, Paula y Martina. Vienen con ganas. Les han hablado bien del cole. Son distintas. Lo percibo. Es una maravilla comprobar que cada una guarda su luz en una vasija diferente. Ojalá prenda fuerte todo el año.

10:10 En la puerta, gel hidroalcohólico en mano, voy recibiendo uno a uno a mis tutorandos. Clase con aroma femenino. Sólo 4 chicos de 23. Cada uno toma su sitio. Están ahí, detrás de las mascarillas. Se perciben sonrisas y ganas de poner esto en marcha. Ojalá sepa cuidarlos, uno a uno. Ventanas abiertas, siempre. Aire fresco cada día.

11:15 Es hora de irse. Suficiente por hoy. Me he presentado un poquito aunque ya me conocían. Repasamos horario, profesores, protocolos COVID, novedades del curso y decidimos que queremos vivir un curso bonito. Ponemos a Soraya en el proyector y subimos el volumen de la música. Han compartido poco. Callados pero no serios. Ninguno con miedo, eso dicen. A por ello.

12:00 Más de una horita, con compis del claustro, repasando el Google Classroom, el Drive y las operaciones básicas que los tutores enseñaremos a nuestros alumnos el próximo viernes. Buen ambiente. Se huelen ganas de hacerlo bien, de innovar, de adaptarse, de esforzarse por ellos. Un orgullo ser parte de este claustro.

14:15 Llego a casa. La boca está seca. Me quito la mascarilla pero se mantiene la sensación de llevarla puesta buena parte de la tarde. ¿Cómo volverá a ser eso de no llevarla? No es momento para darle vueltas. Estoy cansado de los nervios del primer día. Ha ido bien. Mañana más.

Todo comienzo de curso es apasionante

En muchos colegios, hoy se estrena el curso. Muchos de los niños, niñas y jóvenes de este país, comienzan hoy sus clases. Muchos de ellos lo harán ilusionados, con ganas y con buena actitud. Para otros, el comienzo de curso marca el final del verano, el final de la libertad, del tiempo libre para hacer lo que a uno verdaderamente le gusta y el comienzo de la dictadura de la rutina estudiantil. Para mí, como profe, es una nueva aventura, una apasionante aventura que requerirá de mí lo mejor.

Empiezo con mucha energía. He optado por dedicar el verano a descansar con mi familia y con mis hijos, que tanto sufren mi ausencia durante el curso. Necesitaba reponer energías, cargar pilas, vaciar la cabeza y empaparme también de una vida que, seguramente, iré ofreciendo a gotitas en mis clases. Porque los profes tenemos que tener algo que ofrecer… y no sólo son conocimientos. ¿Qué ejemplo estaríamos dando si sólo supiéramos trabajar y pensar en las aulas, y en los proyectos, y en las innovaciones, y en las gamificaciones, y en las novedades para este año…? Nadie puede ofrecer lo que no tiene.

En estos días de claustro, previos a la apertura de las aulas, ya estoy cogiendo velocidad. Estoy intentando mejorar algunos aspectos que el año pasado me quedaron un poco flojos: una mejor planificación de mis clases, buscar recursos que puedan ser buenos para los diferentes temas con más tiempo, estudiar maneras de presentar los contenidos para que los alumnos puedan aprender mejor, leer a los que saben más que yo, renovar rúbricas… Y todo en medio de un muy buen ambiente entre compañeros.

El ambiente en el claustro es algo muy importante para que nuestros alumnos también respondan desde el comienzo. Cuando se ve cierta comunión, cariño mutuo, ayuda, unidad de criterios, alegría por los pasillos, satisfacción pese al cansancio… se transmiten buenas vibraciones, como dirían los Beach Boys. Cuando las caras largas, los cabreos y la acidez del desgaste impuesto, se imponen… mala cosa. Uno deja de pensar en los alumnos para dedicar sus energías a lo que no es lo más importante.

Lo más importante son ellos y ellas. Cada uno. Uno a uno. Tú. Y tú. Y luego tú. Y tener ratos para estar a su lado. Y poder hablar. Y escucharles. Y acompañarles. Y animarles. Y motivarles. Y corregirles. Y sostenerles. Y mostrarles horizontes de grandeza vital, que a veces nada tienen que ver con la influencia, el éxito y el dinero.

Tengo ganas de empezar y verlos. Me hacen bien.

Un abrazo fraterno

Mi primera semana de clase

Ya ha pasado. Mi primera semana de clase de este curso terminó hace unos minutos. Sólo puedo decir que estoy tremendamente feliz. Creo que ya no sabría volver a una vida sin aulas, sin alumnos, sin trabajos, pruebas, rejillas, programaciones, confidencias y expectativas de unos y otros. Ha sido una semana muy intensa. Ayer lo noté especialmente, con un bajón de energía terrible, como si hubiera corrido la maratón de Nueva York.

Creo que mis primera clases ante cada aula han sido reflejo de lo que soy. Las preparé con cuidado y mimo. Elegí la ropa, las formas, las palabras y los objetivos que pretendía. Me presenté personalmente y compartí con todos mis alumnos lo más importante de mis historia personal. Pude presentar las asignaturas que imparto este curso y pude, con alegría, llegar a un acuerdo con ellos acerca de los criterios de evaluación. Fui dispuesto a escucharles y les escuché. Ellos también me escucharon a mí. Y llegamos a un acuerdo en todas las clases con las que me voy a encontrar este año. Incidía en el trabajo en equipo, en el mejorarnos juntos, en el ayudarnos mutuamente, en el hacernos preguntas y en el derecho y el deber de equivocarnos. El error no es sinónimo de fracaso. Al menos no en las clases que yo quiero. Les pedí que me escribieran y que me contaran y he empezado a descubrir las diferencias y las particularidades de unos y otros. Auténticos tesoros, todos, que espero saber cuidar y ayudar a crecer.

Con mis compañeros de claustro todo han sido buenos momentos también. Me estoy sintiendo muy acogido, acompañado, guiado y sostenido. Todos han procurado quitarme presión y sólo he recibido ánimos. He preguntado a los que van por delante mía y he buscado opinión y consejo en muchos. Creo que tengo la suerte de tener un gran equipo alrededor, que se desvive también por sus alumnos y que me marcan un camino de entrega absolutamente innegable. Y es que la gran revolución del maestro es querer a sus alumnos. Quererlos. Y luego viene lo demás.

Conscientemente he enviado por la plataforma de comunicación con las familias varios mensajes positivos. porque también soy padre y compruebo cada día cómo se motiva mejor a un alumno y a un hijo: reconociéndole lo positivo y animándole a seguir por esa senda. He vivido la semana con la sonrisa puesta y con una mirada llena de cariño hacia aquellos a los que voy a ver todos los días de aquí a junio.

Mañana comenzamos de nuevo. Y yo estoy con ganas de volver a oler a tiza.

Sólo puedo estar agradecido. Y seguir exprimiendo cada momento dando lo mejor de mí. Sembrar, para que algún día alguien recoja los frutos.

Un abrazo fraterno

Diez cosas a recordar cuando termina el curso

  1. Es bueno recordar las expectativas que tenía para este curso y comprobar, un año más, cómo la vida nos sorprende y nos respeta los planes lo justo. Una gran enseñanza para aquellos que piensan que un profe puede ser esclavo de una programación.
  2. Las ideas que tengo sobre mí mismo, sobre lo que soy y no soy capaz de hacer, a menudo son equivocadas. Mi experiencia con los pequeños ha confirmado que cuando uno da lo mejor de sí y lo prepara con gusto, las cosas suelen salir bien y los niños y niñas te lo agradecen.
  3. Es bueno hacer el tonto y tomarse la vida en la escuela con humor. Ir con una sonrisa puesta todo el día desactiva tensiones y cautiva corazones.
  4. Las familias son imprescindibles en la tarea de cualquier escuela. Trabajar con los padres y madres, es trabajar para los niños. ¡Hay tanto que pueden ofrecer! Romper barreras y buscar espacios de encuentro se presenta como una de las grandes innovaciones educativas.
  5. A las personas nos gusta que nos pregunten cómo estamos y que se interesen y valoren nuestro trabajo y nuestra vida. Un claustro que respira familia es un grupo humano que educa, evangeliza y transmite sin más. Dime cómo se trata un claustro y te diré cómo es la educación impartida.
  6. Todos tenemos algo en lo que destacamos. Descubrirlo y potenciarlo en los niños es tarea de todo docente y descubrirlo y potenciarlo en cada maestro es tarea de todo equipo directivo. No podemos permitirnos el lujo de ir tirando.
  7. En la escuela se asumen riesgos y cuando uno arriesga, a veces se equivoca. Está bien arriesgar. Y está bien corregir. Y está bien repensar para hacer las cosas mejor. Está mal no dar espacio a asumir riesgos. Está mal no corregir los errores. Y está mal la soberbia de que quién no acepta ser corregido.
  8. El centro de la escuela son los alumnos y su aprendizaje. Todo debe ir en función de lo que es mejor para ellos. Hacerles protagonistas no es algo que sólo se escribe en el papel, sino que lo más difícil es hacerlo vida. Es contar con el alumnado para mucho más de lo que lo hacemos ahora.
  9. Una escuela tiene vocación de puertas abiertas, de ser núcleo de cambio, espacio de encuentro, parque de juegos, fortín de la sabiduría. No tengamos miedo a multiplicar la escuela y a convertirla en auténtico centro neurálgico del barrio. Una escuela que no transforma la realidad no sirve para casi nada.
  10. Para los que somos creyentes, es posible vivir en la escuela la Buena Noticia del Evangelio. La escuela es lugar privilegiado para el amor y el amor es Jesús mismo. Si Jesús está en medio del patio, si vive en cada aula, si asiste a cada claustro, si llena el corazón de los que hacemos vida en la escuela… habremos sembrado la semilla correcta.