Los truenos de Dios (Sal 28)

“El Dios de la gloria ha tronado”

Eso dice el salmo de hoy, tan conjuntado con la primera lectura en la que se nos narra el comienzo de la historia de Noé.

No descubrí la belleza de la historia de Noé hasta hace poco. De pequeño, uno se queda con los animalitos, el barco y todo tiene como un aire ecologista y paternal muy bonito. Por otro lado está un Dios que castiga y que envía un diluvio que lo inunda todo. Pero más allá de eso hay una Palabra para ti y para mí hoy.

Nuestra vida, tantas veces, se ensucia, se embarra, se oscurece, cuando no se despeña. A veces son las circunstancias, nuestras decisiones, nuestras opciones, nuestros errores, el ambiente que se respira fuera… El caso es que la niebla llega y lo enturbia todo. Y Dios no es quién castiga sino quién pone orden. El matiz me parece precioso y significativo. Ordenar no es lo mismo que castigar aunque a veces poner orden conlleve afrontar tormentas, torrentes e inundaciones. Hay que volver a poner cada cosa en su sitio, hay que terminar con las mentiras que nos decimos, hay que limpiar lo que ha acumulado basura. Todos sabemos la dureza que supone una limpieza general en casa…

Pero Dios, que pone orden y limpia, no nos abandona en el proceso, sino que nos sostiene si en Él confiamos, si a Él se lo pedimos, si depositamos nuestras fuerzas en las suyas, sin oponer resistencias, más bien al contrario. Noé dirige su vida hacia Dios pese a lo que le pide el entorno. Y eso le salva. Porque Dios quiere salvar, pero nos pide que construyamos la barca para ello.

Y llega la tempestad… que limpia, que ordena, que arrasa… pero que no acaba con nuestra vida; más bien al contrario. La deja en disposición de afrontar una nueva creación, de ser reinventada, de ser repoblada de nuevos frutos, sueños y realidades. Y sella de nuevo una alianza con nosotros. Qué maravillas hace Dios…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Dios actúa a través de mí (Sal 30)

“Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada. “

Dios actúa por mí. ¡Qué pasada! A través de mis manos, es caricia. A través de mi rostro, en sonrisa. A través de mi boca, es alabanza y palabra de aliento. A través de mis pies, camina al lado de quién se siente solo. A través de mi corazón, ama a los que se cruzan en el viaje de la vida. A través de mis ojos, mira a los que no están en el centro.

El Señor hace maravillas, milagros, a través de ti y de mí. ¡En las ciudades amuralladas! ¡Qué imagen tan bonita! ¿O no? Allí donde parece que se ha hecho fuerte la soledad, la maldad, la desconfianza, la tristeza… allí, también el Señor derriba conmigo los muros de la frialdad.

Gracias, Padre, por contar conmigo. Gracias por dejarme ser un poco Tú.

Un abrazo fraterno. – @scasanovam

Hacer lo imposible – II Miércoles Adviento 2018 – (Is 40,25-31)

Muchas veces me han preguntado cómo soy capaz de hacer tantas cosas. Recuerdo también que cuando nos quedamos embarazados del tercer hijo, mucha gente se acercaba a nosotros y nos felicitaba por nuestra valentía sin límites. Hoy mismo, conversando con un amigo de la Diócesis, me decía algo ya muy sabido: los que más liados estamos, somos los que estamos más disponibles.

La respuesta a este misterio está en el pasaje de Isaías de hoy, tan hermoso como el de todos estos días de espera. 


“Los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas,
echan alas como las águilas,
corren y no se fatigan,
caminan y no se cansan.”

ES así, aunque suene cursi, ñoño, antiguo… esa es la verdad: Dios nos da fuerzas, energía y capacidad para sacar adelante la misión que nos ha encomendado. Y aquellos que respondemos, con nuestras posibilidades, Dios nos multiplica y nos regala el ciento por uno, para sorpresa de los espectadores.

No hay más secreto. No hay más misterio. No es magia. Ni son poderes. Ni complementos vitamínicos. Ni drogas. Es Dios. Ni más ni menos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¡Es hora de quitarse el luto! – II Domingo Adviento 2018 – (Bar 5,1-9)

Llega el Señor. Está a punto. Y llega para cambiarlo todo. Cuando Él se hace presente, cuando le hacemos un hueco en la vida, en casa, en el mundo, todo toma un cariz diferente. El luto desaparece.

Y es que vamos de luto. Cabizbajos. Apresurados. Desilusionados. Ansiosos. Airados. Solos. Tristes. Inconscientes. De aquí para allá, convencidos de que nuestra vida es de envidiar. Le hemos dado la espalda a la naturaleza, y al silencio, y a las verdades, y a las certezas, y a las grandes palabras, y a los mayores, y a los niños, y a la espontánea libertad, y a la confianza en el futuro. Vivimos atemorizados, intentando asegurar cada segundo de nuestra existencia, sin darnos cuenta que acabamos ahogándola.

El Señor viene con un traje para cada uno, un traje nuevo. Y nos trae una flor. Y un poco de viento fresco. Y una naranja chillona con olor a vida. El Señor viene para levantar nuestros rostros. Nos trae sosiego y paz. E ilusión. Viene a calmar nuestro corazón. Y a acompañarlo. Nos trae una alegría desbordante, siendo conscientes de quiénes somos y de nuestra realidad. Viene a recuperarnos. A querernos. A refrescarnos. Viene a habitar nuestras oscuras profundidades para que le encontremos ahí cuando nos asuste cómo somos. 

No hay motivo para la desesperanza. Estamos en sus manos. En las mejores. Quiero que llegues ya. Y calmes mi inquieto latir. Y que me tiendas la mano y, mirándome a los ojos, me repitas que nunca te vas a ir.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La esperanza no es el jarabe de los ingenuos – I Viernes Adviento 2018 – (Is 29,17-24)

No es fácil mantener la esperanza. Porque la esperanza no es el jarabe de los ingenuos ante un mundo que decepciona. Es algo mucho más complejo. La esperanza no es la espera en la antesala del teatro, aguardando que la magia del escenario transforme mi tristeza en alegría. La esperanza no es el orfidal de quién no puede dormir, asediado por agobios y preocupaciones. La esperanza no adormece, ni calma. No es la droga de los creyentes.

La esperanza se sustenta en la fe en Jesús, en ese Jesús que nació débil, abandonado y rechazado en Belén; en ese Jesús que se pasó treinta años en su pueblo aguardando su momento; en ese Jesús que se puso en camino y lo dejó todo para llevar la Buena Noticia del Reino a los más pobres y marginados; en ese Jesús que, con su testimonio de amor, puso contra las cuerdas a los poderosos y sabios; en ese Jesús que cuando vislumbró el final que le acechaba decidió mantenerse fiel a su vida; en ese Jesús que abrazó la cruz sin odio. La esperanza se sustenta en la fe de Jesús Resucitado.

“Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro;
sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.
Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor,
y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel;
porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico;
y serán aniquilados los que traman para hacer el mal”

Llegará el día en el que el hombre, cada hombre y mujer, reconocerá a Dios. Cuando nos atrevamos a mirar alrededor y nos dejemos seducir más por el amor que por el poder, más por la bondad que por la ambición. Llegará ese día. Y el Adviento debe alimentar la esperanza de que el poder de Dios, de que su Encarnación, ha insertado de lleno en la historia la levadura buena que hará fermentar toda la masa. Los tiempos de Dios no son los nuestros. Y seguimos viendo masa a doquier, y mal, y odio, y guerra… Pero no caigamos en la trampa. El marketing del maligno es poderoso pero no puede evitarnos reconocer los pasos que la humanidad ha dado también hacia Dios.

Estamos ciegos. Seguimos ciegos. Y el que llega es el único capaz de sanarnos, de sanarte, de sanarme. Un ciego menos es una victoria. Un ciego menos es un buen rayo de luz para el mundo. Señor, hoy te pido, ¡quiero ver!

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Delicatessen de la fe (Sal 36)

“Sea el Señor tu delicia
y el te dará lo que pide tu corazón”

No pretendo grandezas (Sal 130)

Creo que, a veces, yo sí que pretendo grandezas. Vivo la vida de forma épica. Lo he dicho muchas veces. Por eso vibro con las películas que tienen una BSO estilo Gladiator y en las que, al final, los buenos vencen al mal gracias a su fortaleza, su resistencia, su confianza, su valentía. Yo quiero pasar a la historia de muchos. Quiero que me recuerden. Quiero que me quieran. Quiero gustar, entusiasmar, sorprender continuamente. Quiero que mi nombre sea conocido. Por eso mi perfección. Por eso mi tocar mil y una puertas, Señor. ¿No será sólo eso? ¿Aires de grandeza? ¿Y si todo lo que hago es por mí, y sólo por mí?

Leo este salmo y me da congoja pensar que mi corazón sólo anide altanería, soberbia, arrogancia. A veces me descubro así y otras, me descubro en camino hacia un Santi mucho más pequeño, frágil, limitado, humilde y sencillo. Necesito tu ayuda Señor, para no pararme en este viaje hacia la insignificante santidad, hacia el reinado del grano de trigo.

Perdóname Señor por no poder todavía entonar este salmo desde la verdad de mi vida. Espero algún día poderlo rezar en paz.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La alegría de ir (Sal 121)

Hoy es uno de esos días que leo las lecturas y no me dicen nada. No sé si es que son muy difíciles o si yo estoy muy árido, o despistado, o frío, o distante. El caso es que me agarro como a un clavo ardiendo a la alegría del viaje que nos propone el salmo.

La vida es un viaje hacia Dios que hay que hacer con alegría. Está, como todo viaje de ida, lleno de deseo y de ilusión por llegar al destino. A veces se hace largo. Parece que no vamos a llegar nunca. El secreto está en disfrutar también del trayecto, en considerar al trayecto parte del destino.

Alegría quiero, Señor. Alegría para no sucumbir a mi desánimo, a mi desaliento, a mi confusión.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Acuérdate del Señor (Dt 8,7-18)

Hoy es uno de esos días en los que hay una Palabra que no me pide comentarla. Me pide leerla. Una y otra vez. Una y otra vez. Leerla. Despacio. Leerla y dejar que entre, que empape toda mi sequedad y que seque toda soberbia. Una Palabra que habla de promesa, del plan que Dios tiene para ti, para mí. Una Palabra viva para un mundo endiosado, que se ha olvidado de mirar al cielo y agradecer a su Creador todo lo recibido. Aquí os la dejo:

«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas, y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta hartarte, y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado. Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta hartarte, cuando te edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes de todo, te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final. Y no digas: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas.” Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy.»

De la mano de mi ángel de la guarda (Sal 90)

“No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en sus caminos”

Esto de los ángeles es un misterio. Desde pequeño, mi madre me enseñó a rezarle a mi ángel de la guarda. Yo se lo enseñé a mis hijos. Y todo con el convencimiento de que hay algo, alguien, que Dios ha puesto cerca para protegernos, para custodiarnos, para guardarnos en el camino. Un guardaespaldas espiritual, vamos. Sin traje ni gafas de sol. Sin pinganillo y sin arma. Pero con toda la fuerza del Espíritu.

Hay personas a las que también consideramos auténticos ángeles de la guarda. Tienen rostro y su voz tiene color. Pero comparten con los auténticos el hecho de estar permanentemente a nuestro lado, de querernos, de protegernos. Son personas de Dios, puestas a nuestro lado, con su luz, con una misión concreta.

No sé si tienen alas, ni tocan el arpa, si son transparentes o invisibles. Lo que sé es que son una muestra del amor de Dios hacia cada uno. Qué suerte tenerlos. Qué regalo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam