… serán los dos una sola carne (Gn 2, 18-25)

¡Qué hermoso es experimentar hoy este encuentro en el Paraiso de hombre y mujer! ¡Qué hermoso es sentirse obra de Dios! ¡Qué bonito descubrir que es Dios quién te ha presentado! ¡Qué apasionante vivir juntos la tarea de colaborar con el Padre en la creación inacabada! ¡Qué importancia cobra hoy y siempre la palabra UNO! ¡Ser UNO!
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A veces es difícil explicar cómo puede uno, sin perder su «ser personal» propio e intransferible, fundirse con otra persona elegida y amada para dar como resultado un nuevo ser. Mi experiencia de pareja, matrimonial, me dice que es posible. Que yo sigo siendo yo, con mis defectos y mis virtudes, con mis enredos, con mi forma de entender el día a día, con mis gustos, mis hobbies… Y ella igual. Ahora bien, hemos creado (y lo seguimos haciendo) un nuevo ser que está por encima de nosotros como personas, que nos sobrepasa. Ese ser «nosotros» es ahora más importante. Imposible negar que ahora no puede uno decidir, vivir y actuar como si sólo estuviera él. Hay que hacerlo pensando y sintiendo en el «nosotros». Pero en contra de lo que algunos «progres» se empeñan en decir eso no me hace dejar de ser yo porque es mi yo el que decide libremente apostar por el «nosotros». Lo que jode, con perdón, es que haya personas que seamos capaces, desde nuestra libertad, de apostar por algo más grande, que nos supera y que nos exige. Otros no están capacitados para hacerlo y venden su cobardía o su eterno escapismo de lo que compromete como muestra de personalidad, de progresismo.

Dios me presentó a mi mujer. Nos pidió ser UNO. Desde ese momento esa es nuestra vocación fundamental. Difícil pero apasionante… y apasionada…

Un abrazo fraterno 

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