El amor, con amor se paga

La suegra de Pedro no es ni siquiera un personaje secundario del Evangelio, es, prácticamente, circunstancial. Sale en este pasaje, el de hoy, y no recuerdo si en alguno más. Gracias a esta referencia sabemos que Pedro estaba casado, que tenía una casa familiar, etc.

Pero siendo un personaje tan poco referenciado, si uno lo piensa, tiene su «aquél». Por lo de pronto, ¿qué pensaría, como suegra, de su yerno, que pasaba últimamente poco por casa y atendía poco a su esposa? ¿Qué pensaría esa mujer de las andanzas, de los viajes y de las elucubraciones sobre Jesús de su querido Pedro, el marido de su hija? Nada se sabe de todo esto. Siendo mujer, por otra parte, poco importaría su opinión. Aunque, bien mirado, siendo mujer, igual captaba también mejor que nadie lo cautivador y salvífico del Nazareno con el que se iba su yerno…

El caso es que contemplo hoy una escena de curación. Esta mujer, la suegra de Pedro, estaba enferma y Jesús entra en su casa y la cura. Contemplo un encuentro personal entre ella y el Maestro. ¡Qué más quisieran algunos! Encontrarse cara a cara con Jesús… No sólo un encuentro sino un encuentro íntimo, en casa, allí donde ella era, precisamente, ella misma. Es ahí donde Jesús quiere encontrarse también conmigo, es ahí, en mi verdad más cotidiana donde quiere sanarme. Jesús sana a la mujer.

Pero lo que hoy me ha llamado más la atención es la reacción de la suegra de Pedro tras ser sanada: se puso al servicio. No cabe otra reacción si el encuentro con Jesús ha sido de verdad. Pienso, incluso, que si no hay esa reacción es que no ha habido encuentro íntimo con el Señor. El amor recibido por Jesús no puede ser pagado más que con amor. No hay otra moneda de cambio. Y un amor que nos lleve a servir a aquellos que ahora necesitan de nosotros igual que nosotros necesitamos al Señor.

Precioso mensaje el de hoy. Ojalá yo, que también me siento amado y sanado por el Señor en esta nueva etapa, esté a la altura del bien recibido.

Un abrazo fraterno

Queremos ser de Dios sin Dios… imposible

A veces uno parece ofuscarse y querer hacer lo que, a la postre, no sale. El desánimo cunde ente las comunidades, entre las parroquias, en los colegios, en nuestra misma vida personal diaria… Levantamos los ojos al cielo sin entender qué es lo que no hacemos bien, por qué aquel que nos ha enviado no hecha una manita… Leo el Evangelio y me parece precioso lo que Jesús lee en la sinagoga, la palabra de Dios a través del profeta Isaías, pero me lleno también de inquietud al ver que yo no soy capaz de anunciar libertad a los cautivos, de ser esperanza entre los pobres, de dar vista a los ciegos…

Es entonces cuando acudimos a las innovaciones tecnológicas, a otros métodos, a nuevas maneras de comunicar y hablar de Dios… Cambiamos nuestras formas, yo las mías, pensando que el éxito en la misión se consigue de la misma manera que el éxito en el mundo. Y no es así. La clave de la profecía de Isaías es la primera parte: «El ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ».

¡Claro que tengo que pensar cómo hacer las cosas, cómo usar los lenguajes de hoy, cómo integrar la técnica y las redes en la evangelización…! Pero nada servirá si olvido lo esencial: estar lleno de Dios. La Iglesia nos ha enseñado desde antiguo cómo estar llenos de Dios: oración frecuente, lectura de la Palabra, participación en los sacramentos, vida comunitaria, etc, etc, etc…

Este es mi objetivo en este comienzo de curso tan interesante para mi familia y para mí: centrarme en lo importante y lo demás… llegará.

Un abrazo fraterno

Bájame del pedestal, Señor, que no te veo

¿Qué soy y qué le enseño a los demás? ¿Qué pienso y luego qué soy capaz de decir? ¿Qué creo y qué expreso públicamente? ¿Qué siento y qué escondo? La pregunta es… lo que Dios y yo sabemos de mí mismo… ¿es lo que muestro a los demás?

Siempre me ha parecido uno de los pasajes más duros del Evangelio, éste de los sepulcros blanqueados; de los más duros y, a la vez, de los más claros. Aquí no hay que ser perito teológico para entender lo que Jesús denuncia con enfado. Un pasaje que nos muestra, además, la salud emocional de un Jesús que reacciona enfadado ante la actitud demoledora con los más pequeños y pobres de aquellos que se presentaban como «luz» y «sabiduría». Es el enfado que provoca ante Dios el arrogante, el soberbio, el creído, el que se cree que son sus méritos los que le salvan.

Si contemplo el Evangelio yo quiero ser el pequeño y humilde que nada tiene de lo que gloriarse. El pequeño que necesita de Jesús, que necesita acudir a Él, escucharle, tocarle el manto… En cambio me reconozco entre aquellos engreidos que, a veces, enfadan al Señor con su «crecida», desde su «pedestal». Me reconozco así en mi familia, en mi comunidad, en el entorno…

Señor, no quiero enfadarte. Señor, no quiero ser sepulcro blanqueado. Señor, no quiero creer que soy más, que sé más, que valgo más… que otros, sencillos, pequeños, humildes. Yo quiero ser de esos, Señor; yo quiero necesitarte.

Un abrazo fraterno

No le tengas miedo a tus dudas. Yo quiero tu fidelidad…

«Perdón, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres: “De Egipto nos sacó el Señor”? La verdad es que ahora el Señor nos ha desamparado y nos ha entregado…»

Vaya vaya con Gedeón. «-¡Qué descarado!»-  diría mi madre. Pero resulta que la pregunta y el cuestionamiento que se hace Gedeón es la pregunta que muchos tenemos ante Dios, ante aquellos que, días tras día, nos repiten que el Señor está con nosotros… Gedeón es hombre creyente, que conoce la historia de su pueblo, que sabe de cómo Dios salvó a sus antepasados, pero que mira a su alrededor y sólo escucha el cantar de los grillos en medio del sufrimiento y la persecución. Gedeón, como yo, también necesita de pruebas de esa «presencia», aunque sólo sea para coger fuerzas.

Las dudas parecen para muchos signo de debilidad cuando en realidad son parte del ser creyente, siendo tan pequeños y limitados. Curiosamente, Gedeón es elegido y enviado por el Señor a la lucha. Dios, en su grandeza, en su aparente «silencio», se sirve de los más pequeños para hacer su obra. Parece que a Dios no le importan tanto las dudas como la fidelidad.

Así sea.

Ni Batman ni el joven rico… ¿Qué es tu familia y qué haces con ella?

Viajo en el AVE y apuesto, pese a la hora temprana, por leer y pensar en lugar de por ver la película del día, que es hoy «Batman». ¡Qué necesidad volvemos a tener de superhéroes! Se nota que el mundo va regular y que las personas necesitamos creer que hay personas buenas y fuertes capaces de quitarnos a todos la capa de tiniebla que nos cubre… Oportunidad para el Evangelio, sin duda…

Me encuentro en la oración de la mañana con el fragmento del joven rico y, influido por la lectura que tengo entre manos, me da por pensar cómo las familias podemos, como el joven, contentarnos con cumplir pero ser incapaces de dejarlo todo y seguirLE.

Parece que una pareja de esposos, con o sin hijos, una familia, sólo puede mirar ya hacia adentro de sus muros familiares el resto de su existencia. Han encontrado una vocación, en el mejor de los casos, han optado por ella y GAME OVER, a esperar ya el final de los tiempos esperando que haya suerte con los hijos, que el matrimonio capee las dificultades y que podamos disfrutar de una merecida jubilación, también en el ámbito de la fe. Le presentamos al Señor nuestras credenciales, convencidos que ya nada más nos puede pedir. Pero… ¿Y si nos llama a vender lo que tenemos, dárselo a los pobres y seguirle? ¿O esto no se le puede pedir a una familia?

Una familia es igual de rica que el joven, con una casa, un lugar, unas relaciones, unos trabajos, unas seguridades… Todo son cosas por las que dar gracias a Dios, costosas de conseguir… ¿Dejarlo? ¿Empezar de nuevo? ¿Y el futuro? ¿Y los niños? ¿Y si sale mal? 

El joven rico se volvió, entristecido e incapaz. El mundo no puede permitirse familias tristes e incapaces… sino ¡todo lo contrario! El mundo necesita de la alegre y contagiosa frescura de un corazón familiar libre, de un proyecto de amor común abierto, peregrino, inacabado y entregado.

El matrimonio, una vocación casi abandonada que urge cuidar

Más allá de divorcios, rupturas y separaciones, que ya están bastante en la actualidad últimamente, me quedo con una de las últimas frases del Evangelio de hoy, una frase que nos lanza una pregunta: ¿Soy llamado al matrimonio? ¿Se me ha concedido ese don?

Es frecuente comprobar cómo el discernimiento a la vida sacerdotal o a la vida religiosa es un proceso arduo, duro, que dura varios años y que tiene un proceso definido de inserción y conocimiento progresivo que, al final, te conduce a una decisión con criterio (aunque puede ser equivocada también). ¿Qué pasa con la vida matrimonial? ¿Hay discernimiento? ¿Hay proceso? ¿Quién los acompaña? ¿Qué hitos tiene, qué de inserción y conocimiento progresivos?

El matrimonio, supongo que como todo aquello a lo que nos llama el Señor, es un camino lleno de bendiciones en el que uno se encuentra con la cruz irremediablemente. Es un camino duro y difícil de construir y hacer crecer, y a la vez lleno de alegrías, satisfacciones… ¿Sabemos a lo que estamos optando? ¿Estamos llamados a ello? ¿Cuántos se habrán casado sin haber pensado todo esto?

La Iglesia debe despertar y ser autocrítica en este aspecto del cuidado a la vocación matrimonial. Se ha cuidado con mimo y tesón la vocación sacerdotal y religiosa, se le ha conferido una importancia mayor y, con los hechos, se ha transmitido la idea de que es una vocación superior. Los casados… no necesitamos nada. Eso sí… LUEGO CAEN SOBRE NOSOTROS TODAS LAS DESGRACIAS COMO SALGA MAL LA COSA.

Urge, Padre, tomar decisiones, dar luz, ser valiente, SER AUDACES.

Así sea.

Dios condona las deudas… ¡ven a Él!

Dios condona las deudas.

Tras leer el Evangelio de hoy, podemos afirmar que en la UE, en EEUU, en el FMI, etc. a Dios se le ha metido en un cajón. Lo curioso es que las personas de pie todavía no hayan descubierto al mejor de los acreedores, a aquel que no pone intereses, que no buscar lucrarse, a aquel que da sin pedir nada cambio más que amor y fidelidad…

Dios perdona mi deuda y mi pecado. llevo experimentándolo conscientemente desde que acudí por primera vez al sacramento de la Reconciliación, el sacramento de la sonrisa. Una sonrisa que me brota siempre como consecuencia del abrazo de un Padre que me escucha, que me conoce, que me ama incondicionalmente pese a todo eso que no es en mi vida como a Él le gustaría. Él es un Padre que sabe el sufrimiento que cargo con mi pecado, el sufrimiento que le supone al mundo el mal acumulado…

Ser perdonado, acogido, reconstruido, rehecho, curado y sanado… es una de las claves de mi fe. ¿Qué sería sin el perdón de Dios? ¿Qué sería sin el perdón de los demás? ¿Qué sería de mí?

Así sea.

Versos sueltos al niño que me habita

Niño que me habitas,
sal.
Háblame de lo que te gusta,
ven a mi cama al despertar,
canta,
no me dejes.

Niño que me sueñas,
el que fui,
regresa del cajón de lo inservible,
ocupa el centro de mi universo,
juega,
no te vayas.

Niño que ves a Dios,
cuéntame,
háblame de su barba,
del bastón en el que se apoya,
de las arrugas tiernas de su mirada.
Niño que hablas con Él,
cuéntale,
háblale de mis miedos,
de las oscuras noches adultas,
de mi corazón en carne viva.

Niño.
Tú.
Yo.

Cuando en el día a día no sumas sino que… ¡multiplicas!

«No sé cómo lo haces». Esta es una frase que me han dicho muchas veces, en referencia a la manera de manejar una vida con esposa, tres niños, trabajo, estudios, voluntariado, participación en televisión y radio, iMisión, comunidad escolapia, etc. Realmente es difícil de explicar, por no decir que yo no tengo la explicación. No soy un superhéroe, ni alguien superdotado, me considero parecido al resto, pero creo firmemente en algo que viene a decirnos la Palabra de hoy.

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos transmite cómo Dios multiplica los frutos de quién da. Es, en esencia, lo que sucedió con aquel niño que ofreció sus panes y sus peces para que Jesús obrara el milagro. Si uno da lo que tiene, si uno siembra, si uno apuesta por vaciarse por los demás… Dios consigue lo que nadie es capaz de explicar desde el punto de vista humano. Esto no es algo exclusivo del creyente. Cualquier mujer, por ejemplo, madre, trabajadora, esposa… sabe lo que es hacer «magia» para conseguir que sus hijos y su marido estén cuidados y se sientan queridos, para sacar el trabajo adelante, llevar la casa dignamente, etc. La madre, como prototipo de «la que se da», es también el prototipo de «la que multiplica».

No creo que yo sea mejor que otros por experimentar esto. Dios se nos manifiesta a cada uno de la manera que considera conveniente. Él dirige nuestras vidas, nos conoce, y nos da lo que necesitamos. A otros les sostiene en su enfermedad, en su debilidad, en su silencio… yo percibo su milagro en mí en esta fortaleza, esta capacidad, este multiplicar que no sale de mí sino de Él. Ojalá los frutos lleven a las personas a Él y su Espíritu me aleje de la soberbia y del engaño.

Así sea.

Al Señor no le cansa que le digamos TE AMO

Aprender las cosas de memoria está muy devaluado hoy en día. Aquellos que aprendimos oraciones a golpe de memorizarlas y que sacamos notazas en exámenes a golpe de sabernos la lección al dedillo… sabemos que, aunque es verdad que las cosas hay que razonarlas y encontrarles el sentido, no es malo saberse unos cuantos principios de manera automática. Hoy leyendo el salmo me he acordado de esto.

Voy a intentar repetirme estas palabras del salmo cada mañana, incluso en cada bendición de la mesa, en cada oración de la noche con mis hijos… No creo que haga ningún mal, tal vez lo contrario:

«YO TE AMO, SEÑOR; TÚ ERES MI FORTALEZA;
SEÑOR, MI ROCA, MI ALCÁZAR, MI LIBERTADOR.»

Es una declaración de amor en toda regla. ¡Y lo dice de manera expresa! Si yo fuera el Señor, me encantaría que me lo repitieran muchas veces: yo te amo, Señor…

Mi fortaleza, donde vivo bajo su protección; donde bajo sus muros me siento seguro.

Mi roca, donde edifico aquello que soy, mi vida, mis sueños, mi familia, lo mejor que tengo.

Mi alcázar, inexpugnable en las batallas duras de la vida, inalcanzable para el enemigo.

Mi libertador, Aquel que dio su vida por mi, que me recogió del fango, que sanó mis heridas, que murió en la cruz por mis pecados.

Empiezo el día, repitiéndolo de nuevo. Y mañana lo comenzaré igual…

Así sea.