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Mírate en el espejo (Mc 8,22-26)

Ven a Jesús, Ponte delante de Él. Mírate. Como si te miraras al espejo.

¿Ves algo? ¿Qué ves?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Cuéntales que Jesús pasa (Lc 18, 35-43)

No es fácil para alguien que no ve, enterarse de lo que pasa a su alrededor. Es así. Cuando has perdido la capacidad de afrontar la realidad, cuando te sientes perdido, cuando la oscuridad es el horizonte que percibes… sólo oyes jaleo o silencio.

Por eso son importantes las voces que se acercan y te dicen: «Pasa Jesús». Ese Jesús al que nunca reconocerías. Ese Jesús al que nunca percibirías. Ese Jesús que va haciendo camino mientras tú estás ahí, quieto, en el arcén. Esas voces pueden cambiarte la vida. Porque te ponen en movimiento, porque te sacan de tu quietud, porque disparan tu deseo de volver a ver. Son personas que saben que Jesús puede curarte.

¿Tienes de esas personas alrededor? ¿Eres guardián de los que han perdido la vista?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Jesús y el ciego que llevo dentro (Mc 10,46-52)

La verdad es que cuando leo el relato del ciego Bartimeo, me impacta el cierto tono de urgencia y desesperación con el que llama a Jesús al oírlo pasar. El ciego, que ha desarrollado otros sentidos a falta de la vista, intuye que quién pasa a su lado es el Maestro, alguien que puede ayudarle a salir de su situación. La ceguera le impide ver y todos sabemos la importancia de ver para poder progresar y ser feliz. Yo también llevo un ciego dentro.

Y es que muchas veces se me cierran los ojos ante la realidad. A veces ante lo que tengo de bueno en mi vida. Cierro los ojos ante aquello a lo que me he acostumbrado y que ya no produce sorpresa ni admiración en mí. La casa que tengo, la familia que me quiere, la comunidad en la que vivo, los regalos que recibo, la paz que disfruto, la cultura que me ha sido dada… Ser ciego ante lo bueno y lo afortunado que uno es, es una ceguera terrible. Otras veces, por el contrario, soy ciego ante el dolor y el sufrimiento ajeno y me protejo a mí mismo cerrando los ojos y me intento convencer de que algunas cosas no suceden y de que el mal no puede vencer tantas batallas. Y así, mirando pero no viendo, voy tirando.

Luego está la última ceguera, que responde a eso que no veo de aquello que Dios me pide. Me gustaría tener más claro cuál es mi sitio, qué me pide el Señor, qué me pide afrontar, qué me pide dejar. Y ahí sólo puedo acudir a Jesús y pedir compasión, como Bartimeo. Ojalá no pase de largo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¡Jesús, ten compasión de mi!

SABERSE CIEGO
QUERER VER
GRITAR PIDIENDO AYUDA

Esos tres pasos son los pasos de una secuencia de sanación. Uno no llega a cualquiera sin haber pasado por los anteriores. Y uno no se cura sin haber completado los tres.

El primer paso acarrea el sufrimiento de saberse débil, vulnerable, herido. Ese sufrimiento no siempre es asumido ni deseado y preferimos vivir ciegos pero convencidos de que esa ceguera no es tal, nos autoconvencemos de que somos felices, de que todo va bien y de que las cosas que a uno le pasan no son para tanto. La máscara de la fortaleza se hace fuerte en nosotros. Empezamos a dejar de ser lo que somos. Y perdemos la oportunidad de comenzar el camino de nuestra propia felicidad verdadera. Empezarlo es de valientes, de rebeldes, de vivos. Duele. Y el ruído de la caída del castillo de naipes es ensordecedor…

El segundo paso no es menos complicado: querer cambiar, quere ver, estar sediento de otra cosa… ¡de otro yo! ¡de mi! No basta con darse cuenta de que estamos ciegos. No basta. La trampa de este paso es enorme: ser consciente de mi herida, de aquello que no me deja ser yo pero no darle demasiada importancia: al fin y al cabo así he vivido mucho tiempo y tampoco es para tanto. Es el engaño de una consciencia mediocre, de una satisfacción complaciente. ¡Qué valiente soy, he emprendido este camino y he descubierto mis heridas! Pero querer otra cosa implica dejar tanto, abandonar tanto, cuestionar tanto… Adormecemos nuestra sed con pastillitas de efecto rápido. Seguir es de valientes. Ya no hay marcha atrás.

Y llegamos al último paso pero decisivo: pedir ayuda. Yo me sé ciego, yo quiero dejar de serlo y es mi fe la que me salvará pero, tal vez, muchas veces, necesito de ese alguien que me pregunte, que me cuestione, que me confronte, que me acoja, que se pare a mi vera, que me refuerce, que me suscite, que me acompañe, que crea en mi, que me ayude a creer que la curación es posible. Es el momento de gritar, de ¡¡¡grrriiiitaaaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrrrr!!! Muchos se creen que pueden solos. ¡Claro que la llave de curarse la tiene una mismo pero no siempre podemos solos!

¡Vaya ruta! ¡Vaya sendero! ¡Vaya tela tiene esto de curarse la heridas! ¡Y luego la gente se va a hacer «puenting»! ¿De verdad hay algo más emocionante, vertiginoso y acojonante (con perdón) que esto?

Un abrazo fraterno

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