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en su mente… y en sus corazones (Hb 8, 6-13)

mentevscorazonMe gusta esta dualidad mente-corazón que establece Pablo hablando de la promesa de Dios. Mente y corazón. No llega con vivir la fe y las leyes de Dios desde sólo un ámbito de la persona sino que tienen que vivirse de manera integral. Desde la inteligencia más cerebral hasta la emocional, desde el sentimiento hasta el conocimiento. A dios hay que llegar desde el apasionado flechazo y desde la razón.

Mente-corazón. Razón-fe. Cuerpo-espíritu. Dividir estas dualidades nunca ha resultado y siempre ha terminado en fracaso estrepitoso. Dios nos llama a vivir nuestro «ser cristiano» desde todo lo que somos.

Un abrazo fraterno

¿Por qué Dios os concede el Espíritu…? (Ga 3,1-5)

…porque observáis la ley o porque respondéis a la fe?»

Observar la ley es seguir fielmente lo que la ley pone sin más. Porque es ley. Porque es norma. Me viene dado. Responder a la fe es mucho más complicado, incierto. Y la mayoría de las veces lleva a cumplir la ley pero es otra cosa. Responder a la fe es no tener asideros y vivir según el Espíritu. Intuir y escuchar la brisa. Responder a la fe es tener bien dispuesto el corazón, las entrañas. Responder a la fe es enamorarse de Cristo. Es hablar de amor.

¡Vaya bronca la de Pablo! Gálatas… palabra clave para mi comunidad. Palabra fundante.

Un abrazo fraterno

El criterio del Espíritu… (1Co 2, 10b-16)

Hay criterios económicos, criterios jurídicos, criterios culturales, criterios físicos, criterios sociológicos… Multitud de criterios que se pueden usar a la hora de juzgar o dar parte sobre algo. Cuando uno se planta delante de un cruce de caminos, delante de algo sobre lo que optar… lo primero que tiene que decidir es qué criterio va usar para decidir. De esto se deduce que los criterios son los que mueven el mundo. «Ante la duda, la más tetuda», «el más barato», «el de mejor calidad», «el de mejor diseño», «lo que suponga menos esfuerzo», «lo que me haga más feliz», «lo que me haga sentir mejor», «el que tenga mejor horario», «lo que me quede más cerca de casa», «lo que decide la mayoría»… uf, uf, uf… infinidad de criterios… todos muy conocidos…

Y la Palabra viene hoy y nos presenta un nuevo criterio: EL CRITERIO DEL ESPÍRITU. Sí, sí… ¡es posible! También el Espíritu, Dios, su voluntad, su llamada, su estilo… pueden ser criterio. ¡¡¡Ehhhhhhh!!!!! ¡Que síííííííííííí! Que no hay que ser santo ni bicho raro ni cura ni tonto para optar desde el Espíritu. El criterio del Espíritu no es tan definible ni cuantificable como otros. Es complicado de justificar o de explicar. Tal vez porque no es objetivo. Parte que de que la relación de Dios es personal con cada uno aunque hay cosas que sí pueden servir para todos… Es un soplo, una brisa, un susurro, una caricia al corazón, un pelo de punta, un sueño lejano… Siempre entra a pujar como los otros aunque se retira pronto apabullado por la potencia de sus compañeros criterios.

Otro gallo nos cantaría si el mundo funcionara bajo el criterio del Espíritu…

Un abrazo fraterno

Se alegra mi espíritu en Dios (Lc 1, 39-56)

Es una frase que lo llena todo.

ALEGRÍA. ESPÍRITU. DIOS.

Es la alegría de saberse elegida, acogida y amada.

Es la alegría que nunca se acaba.

Un abrazo fraterno

Hasta setenta veces siete… (Mt 18, 21-29)

Mi mujer Bridie y yo estábamos en nuestras vacaciones anuales en Warrenpoint donde tenemos una caravana. Disfrutábamos del descanso cuando el lunes 8 de julio de 1996 oí que habían matado a un taxista de Lurgan. Bridie y yo nos miramos. Nuestro hijo Michael había cogido un trabajo a tiempo parcial como taxista en Lurgan, mientras estudiaba en la universidad. «Si fuera alguien relacionado con nosotros seguro que ya lo sabríamos», dijo Bridie.
Más tarde esa mañana llegaron más noticias. «Unos treinta años, casado con un niño, la mujer esperando otro, recién graduado en la Universidad de Queen», decía la radio.
Era Michael. No podía ser nadie más. Nuestro hijo, nuestro único hijo. Estábamos tan impactados que empezamos a gritar y llorar. Salí corriendo de la caravana, y caí de rodillas. Golpeé el suelo con mis puños.
Miré al Cielo y le grité a Dios. «Lo de colgar en la cruz no fue nada comparado con lo que estoy pasando», le dije. Sentí que nunca volveríamos a reir o a sonreir. Yo quería tanto a mi hijo, ¡y ahora nos lo habían quitado! La idea de no volver a verlo era más de lo que podía soportar.
Al día siguiente, Bridie y yo decidimos suicidarnos, porque Michael era todo lo que teníamos.
Bridie sufre de artritis, así que tiene mucha pastillas. Pero al ir a la cocina, de repente una imagen de Cristo crucificado apareció en mi mente. Me golpeó una idea: el Hijo de Dios también había sido asesinado… murió por nosotros.
Supe que lo que planeábamos hacer estaba mal. Aún me asombra que Dios interviniese de una forma tan milagrosa para hacernos cambiar de idea.
En el velatorio, y antes de tapar el ataúd, me acerqué al cuerpo de Michael, y poniendo mis manos sobre las suyas le dije: «adiós, hijos, te veré en el Cielo».
Al decir esto, sentí como si un gran poder fluyese a través de mí. No tenía ni idea de lo que podía ser. No era algo terrenal, eso seguro. Es como si me llenase de una gran sensación de gozo y confianza en Dios. Me sentía capaz de enfrentarme al mismísimo Goliath, nunca me había sentido tan fuerte en toda mi vida.
Desde ese momento, mi vida entera cambió. Me di cuenta de cuánta maldad había en Irlanda del Norte y quise dedicar mi vida a algo bueno y positivo.
Vivencia de perdón
Después del funeral vi un equipo de televisión filmando. Había mucha actividad debido a la marcha por el barrio de Drumcree. Supe que tenía que acercarme a ellos. Esa mañana yo había escrito en un sobre unas palabras que habían venido a mí con calma y claridad: «entierra tu orgullo con tu hijo». Al final escribí: «perdónales». Sentí que a pesar del dolor que sufríamos, Dios me había dado un mensaje de paz, perdón y reconciliación.
Yo no quería que la gente que había asesinado a Michael devastase otra familia. Bridie y yo recibimos la gracia y el poder de perdonar públicamente a los asesinos de Michael. Supe que era el Espíritu Santo quien nos hablaba a través de las palabras de Jesús: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Las palabras del Padrenuestro también resonaban en mis oídos: «perdona nuestras ofensas como perdonamos a los que nos ofenden».
Dije a los reporteros de la TV que perdonaba a quien hubiese quitado la vida a Michael.
Cada mañana pido a Dios que continue dándome la gracia de perdonar a los que asesinaron a mi hijo. El poder y la gracia que experimenté al perdonar desde el corazón fue de una gran libertad, de liberación.  Sé qie el resentimiento y la amargura me habrían matado.
Después de la muerte de mi hijo, Dios me dio una visión clara de lo horrible del pecado, y recuerdo decirle a Dios: «estas manos nunca volverán a hacer ningún mal». Me di cuenta que de la misma forma en que yo perdoné a los que mataron a mi hijo, así Dios había perdonado mi pecado.
Vida cambiada, vivir para otros
A veces es imposible para nosotros llevar solos el fardo del pesar. Tenemos que rendirnos, entregarlo, y he descubierto que la mejor persona para entregarlo es Dios. Él lo quita completamente de tus hombros y te encamina en una nueva dirección.
Desde la muerte de Michael, soy un hombre cambiado. Con Bridie hemos empezado un servicio de ayuda a huérfanos de Rumanía. Siento como si Cristo hubiese tomado mi vida y ahora quiero dar mi vida amando a Dios y sirviendo a la gente. En este proceso de trabajo y caridad se han construido amistades duraderas, a través de las barreras de distintas denominaciones religiosas. La gente se ha unido en su deseo de responder a las necesidades desesperadas de los demás.
Testimonio aparecido en inglés en el libro Adventures in Reconciliation, de Eugene Boyle y Paddy Monaghan, y recogido también en la revista inglesa GoodNews.

El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo… (Jn 14, 21-26)

Tal vez por estar hablando mucho del Espíritu últimamente o tal vez porque el mismo Espíritu me hace pensar en Él… el caso es que me está gustando enamorarme de Dios Espíritu. Hoy lo compartí en mi reunión de comunidad. Miro para atrás y me doy cuenta de la brisa que ha ido guiando mis pasos y mis acciones. Esa intuición alentadora, esa determinación inexplicable, esa ilusión contagiosa, esa valentía desconocida… mi historia está llena de soplos de Espíritu.

Siempre me había centrado en Dios Padre y en Dios Hijo y me había olvidado un poco de la persona más cautivadora por ser menos «persona». Dios te enamora por el Espíritu. Y a mi me gusta estar enamorado…

Un abrazo fraterno

Volvieron a ayunar y a orar (Hc 12,24 – 13,5)

A veces me encuentro con mucha gente que se desvive por encontrar su lugar en el mundo, que desespera por no acabar de descubrir para qué están aquí, cuál es su misión, en qué consiste su vocación. Es como si Dios se hubiera callado con ellos. Creo que, más bien, es tanto el ruido que nos rodea que difícilmente puede escucharse el soplo del Espíritu.

El Espíritu es sutil y siempre habla bajito. Es antigritos. Es como un bocado sencillo y humilde que, una vez en la boca, llena nuestros sentidos de alegre y sabroso placer. Para sentir su caricia hay que estar listo. No vale cualquier lugar. No vale cualquier momento. No vale cualquier actitud.

Bernabé y Saulo escucharon su misión en oración, en comunidad y ayunando, es decir, desprendidos de lo material, libres de ataduras, libres para optar… libres para escuchar… Ahí sí. Así sí. Buena lección para mi hoy.

Un abrazo fraterno

Yo y el Padre somos uno (Jn 1, 22-30)

Estoy leyendo el famoso libro de Fromm, «El arte de amar». Acabo de terminar la parte del amor a Dios y me ha encantado un trozo en el que habla de esto mismo que dice Jesús: Yo y Dios somos uno. O lo que también viene a contar la primera lectura: Dios está en mi, vive en mi… su Espíritu es mi fragancia, mi estilo, mi gusto… está en mis palabras y en mis actos, en mis gestos y mi mirada. ¿Por qué nuestra mentalidad sigue buscando a Dios fuera de uno, lejos, en un cielo desconocido?

Creo que no nos acabamos de creer que el Espíritu es Dios mismo. Seguimos buscando y rezando al señor de barba con el triángulo en la cabeza. ¡Con lo hermoso que es que alguien descubra a Dios en mi! Eso le pasó a Esteban, y a Bernabé, y a Pablo, y a Jesús… Eso era lo convivente, lo arrolladoramente atractivo, lo cautivador, lo radical, lo brutal… No «hablaban de»… «Eran»…

Un abrazo fraterno

¿Quién soy yo para oponerme a Dios? (Hc 11, 1-18)

Supongo que lo que cuenta Pedro no debió ser realmente así. No creo que ninguna paloma ni ninguna lengua de fuego bajara sobre aquellos gentiles para hacer ver a Pedro lo que después explica. Suponiendo esto, la pregunta es clara: ¿Cómo se dio cuenta Pedro de que aquellos gentiles también hablaban y vivían desde el Espíritu?

Realmente interpela esta lectura. Esa capacidad de Pedro de descubrir el don de Dios en aquellos que «estaban fuera de la Iglesia». Pedro fue capaz de descubrir la huella y la firma del Espíritu en aquellos que, a priori, no participaban de la fe y de la experiencia de Dios según los cánones judíos. Esto sigue pasando hoy. A veces sigo convencido de que yo soy «el bueno», «el acertado», el que tiene la exclusiva del Espíritu sobre otras sensibilidades o caminos dentro de mi propia Iglesia o sobre otras personas, ateas, indiferentes, de otras religiones, etc…

Este don de Pedro es el final de un proceso personal complicado. Raro oírselo a ese Pedro de comienzos de la comunidad de los apóstoles. Tuvo que convivir años con Cristo, tuvo que aceptar a Mateo, tuvo que ser la voz cantante del grupo, tuvo que saberse traidor y beber de las aguas del sufrimiento, tuvo que sentir el miedo y la confusión, tuvo que guardar su espada… Don fruto del camino realizado…

Un abrazo fraterno

Por tercera vez llamó el Señor (1Sm 3, 1-20)

aquiestoy.jpgEntre que no era frecuente que el Señor se manifestara y que no le había sido revelada todavía la palabra del Señor… ¡sí que tardó Samuel en acertar! ¡Es más, acertó gracias a Elí!

La conclusión que saco hoy de la Palabra es que el Señor no se cansa de llamarnos por nuestro nombre. La mayoría de las veces oímos, sentimos cosas, tenemos inquietudes, notamos que sopla el Espíritu… pero no sabemos muy adónde dirgirnos, qué se nos pide, de dónde viene la voz… Yo a veces siento que no estoy rodeado del ambiente propicio para escuchar con claridad: falta de tiempo, nervios, trabajo, etc. Gracias a la comunidad, a mi familia y a mi disposición voy tirando pero no es suficiente. Me pasa como a Samuel: estoy pendiente, dispuesto, oigo voces (en sentido figurado eh) pero no acabo de acertar.

Segunda conclusión: no podemos solos. A veces es un hermano quien abre los ojos y nos dice «¡Eh! ¡Que esto es de Dios!». Importantísima la figura de Elí. Importantísima mi comunidad. Importantísima mi mujer.

Aquí estoy, Señor.

Un abrazo fraterno