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Experiencia de mal y perdón (Mt 9,1-8)

El mal está ahí. Los creyentes le llamamos pecado. Otros le llaman de otra manera. El caso es que todos tenemos experiencia de dolor, de enfermedad, de infelicidad, de frustración, de herida, de daño producido a otros. Las consecuencias las conocemos también.

Si vivimos heridos la vida se pasa regular. El Evangelio nos lo muestra con claridad. Es como vivir tumbado. Nos fallan las fuerzas y las ganas. La mirada baja. Los horizontes se oscurecen. Una alta dependencia de muchas cosas. El mal nos tumba. Nos tira. Nos hunde. Nos hace funcionar limitados. Y nos vivimos bloqueados, prisioneros, coartados. Es como vivir rodeado de tabiques, ajenos a nuestros sueños, desconectados de nuestros deseos más profundos. Es un querer y no poder.

Jesús de Nazaret, al que muchas veces tenemos asociado con lo religioso, lo eclesial, la losa de la Ley, etc.; rechazado por la ideología de muchos que no le conocen, viene, fundamentalmente, a LIBERARNOS, a CURARNOS. El perdón sana. El perdón cura. El perdón restaura. El perdón restituye. El perdón te vuelve a poner de pie. Te devuelve las fuerzas y las ganas. Alza tu mirada y te presenta de nuevo horizontes alcanzables. Libre y autónomo. Te saca de la fosa y te saca ahí afuera de nuevo, para que respires y tomes oxígeno. Jesús viene a desbloquearte, a devolverte la alegría. Te hace sintonizar con tus sueños de nuevo y te devuelve las aspiraciones de plenitud.

Venga. Experimentemos eso. Eso es lo que trae Jesús a nuestras vidas. Esa experiencia de liberación. Yo la necesito. ¿Y tú?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Un encuentro que cambia la vida (Lucas 5, 17-26)

Es hermoso el relato del Evangelio de hoy. Hermoso y sumamente rico para mi oración de hoy, en este tiempo de Adviento en el que intento disponer mi corazón ante el misterio de la Encarnación.

Lo primero que llama la atención es que, muchas veces, para encontrarse con el Señor, uno no puede solo: le tienen que llevar. ¡Cómo cuesta esto! Por eso la Iglesia, por eso una comunidad, por eso un acompañante, por eso… Porque a veces uno solo no puede. Es una de las consecuencias de la acción del pecado, del mal en nuestras vidas: la incapacidad para caminar hacia Jesús.

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Lo segundo que me sorprende es la creatividad de estos hombres para llegar a Jesús. Viendo como estaba el panorama, acceden desde el tejado. ¡Novedad! ¡Nuevas maneras! ¡Nuevas formas! Pero llegar. Lo importante es ser capaces de llegar a Jesús, de ponerle al prójimo delante. Si hubieran hecho lo de siempre, se hubieran quedado fuera.

Y lo tercero son las primeras palabras de Jesús al ver a aquel paralítico. «Hombre, tus pecados están perdonados.» Es como si identificara la parálisis con el pecado. Y va al origen. Porque el pecado nos esclaviza, nos enferma, nos separa, nos inmoviliza, no nos deja ser nosotros, nos hace dependientes… En cambio el encuentro con Jesús nos libera, nos da la vida, nos recupera, nos recrea, nos regenera…

Es gratificante pensar este Adviento acerca de todo esto. De cómo me empequeñezco cuando me dejo llevar por aquello que me aleja de Dios y cómo soy capaz de levantarme y andar tras un encuentro personal con Jesucristo.

Un abrazo fraterno

Se acerca vuestra liberación (Lucas 21, 25-28. 34-36) – #Adviento día 1

adviento-despiertaEsta es la noticia: la liberación.

Esta es la Buena Nueva: nos ha nacido un Salvador.

A veces lo perdemos de vista. Bien por el Belén; bien por el buey y la mula, bien por José y María, bien por la pobreza, por la cueva, por el ángel… Bien por los Magos, la estrella, los pastores… Bien por las puertas cerradas, por el establo, por la paja y por el censo… Bien por las luces, la fiesta, la esperanza… Bien por la espera pero… ¿QUÉ ESPERAMOS?

¿Por qué es Buena Nueva el nacimiento de Jesús? ¿Eres capaz de decírmelo? ¿eres capaz de expresarlo, de comunicarlo ordenadamente, con claridad, desde la convicción? ¿Por qué es una gran noticia lo de Belén? ¿En qué cambia mi vida? ¿Por qué lo celebro?

Y en mi oración de este primer día de Adviento me he quedado dando vueltas a todo ésto tras encontrarme con esta frase: «se acerca vuestra liberación». ¿De qué estoy preso? ¿Qué me quita libertad? ¿Qué me la pisotea? ¿Y qué nivel de angustia me provoca todo esto?

Con la Navidad, la Iglesia revive cada año este «venir al mundo» de Dios, este «hacerse hombre», para que no perdamos de vista ésto: hemos sido salvados. Hemos, y somos, sido amados hasta el extremo. Dios ha querido tocarme con sus mismas manos, mirarme a los ojos, embarrarse conmigo en los fangos de la vida… para rescatarme, recuperarme, rehabilitarme… paa conducirme al Padre eternamente.

Un abrazo fraterno

No enseñaba como los letrados… (Mc 1, 21-28)

… sino con autoridad».

 Desde luego entiendo que la autoridad de la que habla el Evangelio es algo especial pues la pone como contrapunto a los letrados del momento. Si los letrados eran los que sabían leer y escribir, los conocedores de las normas, de los preceptos, de la Escritura… los sabios y doctos… ¿De qué autoridad estará hablando el Evangelio para contraponerla a la autoridad derivada del conocimiento, de la cultura, de la preparación intelectual…?
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Lo que yo saco de aquí es que hay una autoridad vital que uno no se labra sino que le otorgan. ¿Qué ve la gente para dar esa autoridad a alguien? Algo distinto sin duda a lo que verían en los letrados. Tal vez una coherencia vital entre lo que se dice y lo que se hace. Tal vez una preocupación y cercanía máxima a las personas, al pueblo, a los más desfavorecidos y a los que más sufren. Tal vez escucharían palabras y verían gestos liberadores y no opresores…

La autoridad de Cristo nada tiene que ver con los méritos, ni con los títulos, ni con los puestos de poder, ni con la clase social… Es otra cosa. Y muchos años después, sigue siendo igual…

Un abrazo fraterno