Entradas

¿Y nosotros qué? (Mt 19,27-29)

Uno se queda más tranquilo cuando lee que los mismos apóstoles le pidieron a Jesús algún «premio» o «beneficio» por haberlo dejado todo para seguirle. Llevamos inscrita en las venas la ecuación del mérito: si uno hace méritos, recibe recompensas. Por eso nos cuesta entender que a personas buenas, justas, llenas de amor y entregadas a los demás, les pasen cosas malas en esta vida. «No se lo merece» decimos… o «qué injusto es Dios»…

El caso es que Jesús no rehuye la pregunta y afirma que sí, que habrá recompensa. Seguramente esto es lo que nos cuesta entender porque nosotros a esa «recompensa» le ponemos forma, tiempo, color, grandeza… La traducimos a nuestro lenguaje y a nuestros intereses. Y nada de eso. Jesús nos promete que recibiremos cien veces más de lo dejado, nos promete, en el fondo, la felicidad y la participación en el Reino para la eternidad.

No es que Dios nos pague por los servicios prestados… Es que cuando apostamos por seguir a Jesucristo, vemos tesoro donde antes no lo veíamos, experimentamos amor y premio donde antes sólo veíamos arena y desierto. En el fondo, el paraíso se nos acerca y se nos permite tocarlo con los dedos y saborearlo de lleno. ¿Hay algo mejor?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Y si te estuvieran mirando (Mt 24,42-51)

El Evangelio de hoy me recuerda a la situación de muchas mañanas en casa. Nuestros niños ya son lo suficientemente mayores para despertarse sin venir a despertarnos a nosotros. Normalmente van al salón y desayunan y ven la tele un rato. Saben que no me gusta que la vean por la mañana. Así es que normalmente, cuando me despierto y voy hacia el salón, compruebo que hay una serie de movimientos rápidos como para hacer ver que la tele lleva poco encendida y que ellos como que se acaban de levantar. También me recuerda a lo que muchos padres hacen las semanas previas a los Reyes Magos o a Nochebuena, en las que, cuando alguno de sus hijos se comporta de manera inadecuada, les espetan eso de «no te portes mal que los Reyes o Santa Claus te están viendo».

En el fondo, da la sensación de que la imagen de un Dios vigilante jurado o policía o juez está metida en nuestras venas. Es como si por naturaleza nos apetecieran unas cosas que no podemos hacer porque estamos siendo observados por Aquél que, un día, decidirá si nos sube a las alturas o nos envía a las llamas eternas. Tremendo. Claro, coges el Evangelio de hoy y la interpretación es parecida. ¡Cuidado con lo que haces no vaya a ser que te llegue la hora de morirte y lo hagas en pecado y zas, al hoyo!

No me imagino a Dios funcionando de tal guisa. Sería muy desalentador. Yo creo que el Evangelio lo que propone es sencillamente vivir en verdad, ser honesto con uno mismo y también con el Dios al que dices seguir. No por el castigo sino porque no se puede vivir dividido, no se puede vivir aparentando, no se puede vivir en la mentira. La propuesta es llevar el amor de Jesús tan adentro que siempre se le vea a Él. Claro que somos pecadores, que cometemos errores, que nos equivocamos… pero nuestra vida en conjunto, nuestro corazón, deben estar al servicio de los demás, al servicio de Jesucristo. Y no es por el castigo sino por el premio. ¿Por qué no lo pensamos así? El Señor pasa, sí, durante la vida, y quién no está atento, se lo pierde y, en esa pérdida, se escapa la posibilidad de ser plenamente feliz.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El premio de seguir al Señor (Mt 19,27-29)

¿Qué nos tocará? Ni que seguir a Jesús sea un concurso en el que tú compras un boleto y te acaba tocando un premio. La pregunta de Pedro es realmente impertinente. Pero, a la vez, humanamente comprensible. Parte de una intuición: Dios es justo y no deja a los que le siguen con las manos vacías.

Si la pregunta de Pedro es desconcertante (¿Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?), no es menos sorprendente la respuesta de Jesús que, lejos de ruborizarse o enfadarse por tal osadía, responde con tranquilidad y, lo que es mejor, confirmando lo que Pedro intuía: «El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más».

El concurso de Jesús funciona, pues, muy al revés de los bancos o los concursos humanos. En este mundo nuestro, tú pagas un alto precio y el premio, por supuesto, siempre tiene un valor inferior para dejar beneficio al organizador del juego o del préstamos. Con Dios es diferente: Dios devuelve sin medida, cien veces más de lo dado. Un beneficio que es, sobre todo, para quien le sigue y no para Él. Esa pequeña oración, esa sencilla Eucaristía, esa visita al familiar enfermo, ese rato de catequesis, esa conversación con el pobre, la sonrisa al anciano de enfrente, la limosnita del domingo… pequeñas cosas que Dios recompensa por las nubes.

Uno no debe hacer el bien pensando en el beneficio personal pero es verdad que conoce, de antemano, que quién apuesta por el Señor, sale ganador.

Un abrazo fraterno – @scasanovam