Evangelio para jóvenes – Domingo 5º de Pascua

Ayer se celebró en Turín una nueva edición del archiconocido Festival de Eurovisión. Terminó con las habladurías de siempre, los tejemanejes de siempre y la sospecha del politiqueo en la sombra. Chanel, nuestra representante española, volvió a hacernos vibrar y consiguió un resultado inimaginable en los últimos años. El caso es que, cada vez que vas a Eurovisión, te preguntas: «¿Qué percibirá la audiencia? ¿Qué lenguaje hablar en el escenario para poner de acuerdo a italianos, finlandeses, suecos, armenios y australianos? ¿Cómo hacerse entender, qué mostrar? Y esto me viene muy al cuento del evangelio de hoy [Jn 13,31-33a.34-35]:

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

El Señor nos habla de un concepto muy moderno y, a la vez, muy antiguo: la identidad. Lo identitario está de moda. Toda empresa necesita de su política y de su imagen corporativa, de sus valores. Todo pueblo necesita de su bandera y de su himno, para aglutinar sentimientos, historia y convicciones. Identidad, eso que te hace ser lo que eres, que te distingue de los demás. Te dejo tres pistas:

  • «Amar es un mandamiento» – Hemos convertido todo en algo tan romántico que nos olvidamos que para un cristiano, AMAR es un imperativo, no es una sugerencia. Todo aquel que quiera seguir a Jesús, que esté dispuesto a llamarse cristiano, debe amar. Amar no como sentimiento, no como emoción, sujeta a circunstancias e intensidades variables. Amar como acto de voluntad. Amar porque decides amar. ¿Te lo has planteado? ¡Qué frío suena esto! ¡Me acabo de cargar esa idea tuya de «amor» pastelosa, chupipiruli, rosita y… tan frágil que acaba por romperse! El Señor te llama a optar por AMAR. ¿A quién? Pon tu los nombres y apellidos. Porque el amor que no se concreta no es amor, es idea, deseo, sueño inabarcable. Nombres y apellidos. A ese que están pensando… sí, y a la otra que te cuesta tanto… también. ¿Y no pierde calidad este amor «obligatorio»? Buena pregunta… ¿Entonces por qué Jesús le ha llamado «mandamiento»?
  • «Amar es novedad» – Es el mandamiento nuevo porque es el mandamiento que te hace nuevo, que lo hace todo nuevo. El amor lo cambia todo. No es el dinero. No es el maquillaje. No es la influencia. No es el número de seguidores, ni los títulos que tengas, ni el sueldo que cobres, ni los sueños que tengas… Es el amor. El amor convierte tu rutina en sorpresa. El amor germina en tu corazón y hace brotar de él una nueva manera de afrontar la vida. El amor cambia tus relaciones, elimina el interés, la envidia, la soberbia. El amor hace que el sexo cobre una nueva dimensión. El amor cura todo lo que te resulta insoportable de ti mismo, de los demás, del mundo.
  • «Amar no de cualquier manera» – Amar como Él lo hizo. ¿Cómo se hace eso? Dándose. Entregando la vida. No hay otra manera ni otra receta. Da tu tiempo. Da tu energía. Da tu corazón. Da tu libertad, Da tus fuerzas. Pon tus dones al servicio de los demás. Párate en tu camino y cura al que encuentres herido. Párate en tu camino y libera a la que va a ser lapidada. Párate en un pozo y conversa con los que están perdidos y atormentados. No tienes que ser perfecto, ni perfecta. Nadie te lo pide. Esto no va de perfección sino de entrega, de donación, de corazón. No te conformes con amores mediocres. Estás llamada a más. Estás llamado a dar más y a más personas. ¡Cuántos están esperando que te cruces con ellos!

¡Qué pasada esto del amor! Vale la pena embarcarse en este proyecto. Vale la pena responder a esta llamada. Vivir la vida desde el amor es vivirla con pasión. Alguien que ama es alguien que no quiere pasar por aquí con indiferencia, como si nada fuera con él. Alguien que ama es alguien que ha entendido qué es lo importante y que quiere jugárselo todo a esa ficha, asumir riesgos. Tu Señor te pide que ames. Ese será tu sello de identidad. No hay otro mejor. ¡A por ello!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 4º de Pascua

Ayer hablaba con la mamá de una alumna de los sinsabores de toda labor educativa. En un momento de la conversación, ella me agradecía mi atención personal hacia ellas y yo, a la vez, me mostraba agradecido por su confianza. La palabra «reciprocidad» apareció en la conversación y ella la resaltó de manera especial, diciéndome que era una de las palabras, de los conceptos, más importantes en la vida. ¡Y cuánto más el amor necesita de esta palabra! Es verdad que podemos amar sin que nos amen, pero no es lo deseable. Todo amado necesita ser amante y todo amante necesita ser amado. Así nos lo cuenta también hoy el evangelista: [Jn 10, 27-30]:

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Hoy es el Domingo del Buen Pastor, figura usada por Jesús para mostrar de manera plástica cómo es la relación con sus amigos, con aquellos que le siguen… con todo hombre y mujer abiertos a su amor. Esta figura puede parecer a priori muy asimétrica y más considerando qué tipo de animal es la oveja, un animal que se deja llevar y conducir. Aún así te doy tres ideas:

  • «Dios te conoce» – Hay una máxima que reza: «sólo se ama lo que se conoce». Ciertamente. Dios te ama y, por tanto, podríamos decir que te conoce. «¡¿Cómo puede ser?!» podrías gritar sorprendido, sorprendida. Cómo puede ser que Dios te ame conociéndote como te conoce… Nada de ti permanece oculto a sus ojos. Sí, sabe de tus defectos. Sí, sabe de tus pecados. Sí, sabe de tus errores. Sí, sabe de tus olvidos y de tus traiciones. Conoce también tu fragilidad, tus inseguridades, tus complejos, tu realidad… todo eso que a ti, a veces, te hace mirarte a ti mismo, a ti misma, con tanta dureza, con tanta exigencia. Como tú no encuentras motivos para quererte demasiado, te piensas que Dios usa la misma mirada que tú. Pero te equivocas. Porque Él también conoce la luz que te habita, tus dones, tus capacidades, tus aciertos, tu vocación de servicio, tus gestos de amor a los que te rodean… Donde tu ves incapacidad y fracaso, Él ve oportunidad y futuro. Eres criatura suya, llevas su firma, te inunda su Espíritu… Dios te conoce. Y te ama. Y te espera. Y, como buen pastor, conoce aquello que es mejor para ti, que te conviene. Y te intenta llevar ahí, y cuidarte, y procurarte lo que necesitas para vivir…
  • «Oveja que escucha» – A ti te ha tocado la parte de oveja. ¡Y parece que nada tuvieras que hacer más que dejarte llevar! Pero el Evangelio trae un verbo que, seguro, no llevas bien: escuchar. Escuchar, hoy, es una de las tareas más difíciles que tenemos por delante. Vives pegada al móvil, conectado permanentemente. Te cuesta estar solo y en silencio; te incomoda pensar sobre ti; no sabes qué hacer cuando toca pararse y pensar, reflexionar. En clase cuesta mantener un ambiente de trabajo. En casa tampoco es fácil. Nos hemos acostumbrado a estar permanentemente en un estado de sobreexcitación que nos impide ESCUCHAR. Pero ahí está la reciprocidad que te pide Dios. Él te conoce, te ama, te guía, busca para ti lo mejor… pero ¿tú escuchas? Es fácil decir que Dios no está presente en tu vida pero… ¿pones los medios para escuchar? ¿Haces algún ratito de silencio en casa? ¿Dejas el móvil en silencio un buen rato? ¿Rezas? ¿Participas de la Eucaristía dominical? ¿Tienes un grupo con el que poder compartir la fe y escuchar juntos? ¿Buscas acompañamiento en personas que puedan ayudarte a afinar el oído?
  • «Un amor que da vida» – A veces yo me voy a la cama insatisfecho. Son esos días en los que me dejo llevar por lo que me apetece, días en los que decido buscar mi «felicidad» en momentos, acciones, personas… que, definitivamente, no me llenan, sólo me entretienen. Seguro que sabes de qué hablo. Seguro que tienes la misma sed de felicidad y de amor que yo. Todos la tenemos. Y todos conocemos la sensación de sequedad en la boca del corazón cuando no alcanzamos ese «agua». Jesús nos promete la Vida, la vida de verdad, una vida plena. Y nos promete su compañía, su guía, su cuidado, su fidelidad, hasta el final. Nada ni nadie te ofrecen algo similar y, sin embargo, ¿cuánto tiempo sigues gastando dejando a Dios al margen, pensando que sin Él vas a conseguir eso que anhelas? ¿No será el momento de apostar realmente por Él, de apostar por ti?

Yo soy oveja que se pierde muchas veces porque olvida la voz de su pastor o, más bien, porque decide seguir su propia voz, como si yo supiera mejor que Dios lo que me conviene. Cuando hago eso, mi vida se nubla. En cambio, cuando me centro, cuando decido responder a aquello que ha sido Palabra de Dios para mí, cuando me vuelco con los jóvenes, con mis alumnos, con sus familias; cuando bajo la cabeza y me pliego a sus planes, aunque no siempre me entusiasmen… llego cansado pero feliz al final del día. Porque descubro que Dios es fiel a la Palabra dada. Conmigo lo es. Nunca me ha defraudado en aquello que me ha prometido, en aquellos lugares a los que Él me ha conducido. Te lo recomiendo. Confía. Escucha… y déjate llevar.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

 

Evangelio para jóvenes – Domingo 3º de Pascua

Hay días que me desanimo. Tengo claro que la vida no es un camino de rosas y la misión tampoco. Sé que hay días donde el ánimo baja y, aún así, me cuesta. Experimentar la soledad del que percibe que está en el desierto, del que se ve solo en algunas apuestas, del que mira la realidad de manera diferente a otros, no me resulta sencillo. Me gustaría comprobar que mi labor como educador, como pastoralista, da frutos. Eso es lo que me gustaría, humanamente hablando. Sé que mi labor es otra, pero a veces se hace difícil. La alegría, sin embargo, no la pierdo. Dios me ha regalado este don y sé que es una de las armas con las que luchar mis propias batallas y las batallas ajenas. Alegre de estar con los jóvenes. Alegre de remar mar adentro. Alegre de salir a pescar y descubrir, ahí, al Señor. Así nos lo cuenta el evangelista [Jn 21, 1-19]:

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: «No.»
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Noche, amanecer. Las propias fuerzas, la presencia de Jesús. La red vacía, la red llena. La traición, el amor. Un evangelio de contrastes que viene a contarnos lo que supone la presencia del Resucitado en nuestra vida. ¿Alguna vez te has preguntado si realmente la Resurrección de Jesús supone algo para tu vida? ¿Alguna vez te has preguntado si Cristo Resucitado se ha encontrado ya contigo? Yo sí, me lo he preguntado. No tengo claridad al respecto. Veo mi mediocridad, mi terquedad, mi amor limitado… y tengo dudas. ¿No será que sigo sin enterarme, no será que sigo confiando en mí más que en él, no será que no acabo de querer del todo a Cristo? Te dejo tres pistas:

  • «La pesca vacía» – Vives en un mundo que te repite continuamente que todo lo debes conseguir con tus propias fuerzas. Esfuerzo, trabajo, puños, esfuerzo, horas… Incluso con aquellas cosas de ti mismo, de ti misma, que quieres cambiar, lo que haces es proponerte conseguirlo con tus propios medios. Pedro también se va a pescar. No era precisamente un ingenuo. Recordemos que él era pescador. Pero ya nada es igual. Nada consigue por él mismo. Hasta que Jesús Resucitado no hace acto de presencia, hasta que Jesús Resucitado no le envía, hasta que no llega el «amanecer», la luz, hasta que Pedro no «nace de nuevo»… no hay redes llenas. Así que tal vez deberías contar menos con tus propias fuerzas y estar más a la escucha, hacer lo que Jesús te susurra. Y tu vida comenzará a dar fruto. Y tendrás de sobra. Y serás feliz.
  • «Almorzad» – Desde pequeño, cuando en mi casa me iniciaron en la fe, me sentí parte de la Iglesia. Este plural de Jesús es significativo. Jesús llega para saciarnos, para guiarnos, para enviarnos. Es más fácil reconocerle cuando estamos en comunidad, cuando creemos y caminamos juntos a otros. Es más fácil que te des cuenta de que Jesús está presente en tu vida si compartes tu fe en grupo, si te acercas a una «mesa compartida», a un «banquete» comunitario. ¡Qué importante es compartir la fe en la Iglesia, en tu grupo! Sin la Iglesia, sin la comunidad, somos como Pedro que, en la noche, se lanza a pescar en solitario, no consiguiendo mucho. ¿Cuál es tu compromiso en este sentido? ¿Crees que puedes ir por libre? ¿Se puede seguir a Jesús sin un compromiso firme con la Iglesia?
  • «¿Me amas?«- El antídoto de la traición es el amor. Pedro, que había negado a Jesús tres veces, se encuentra con una nueva oportunidad. Jesús no convierte el pecado en insalvable, al revés. Jesús Resucitado es aquel que viene a ofrecerte la vida, que te da la oportunidad de dejar tu pecado atrás y vivir de nuevo desde otro sitio. Jesús examina a Pedro del único mandamiento que les legó en la última cena: el mandamiento del amor. A ti te pregunta lo mismo. No le importan tanto las ocasiones en las que te has olvidado de Él, en las que has ido por libre, en las que has dudado de su existencia, en las que has preferido dejarte llevar por tu comodidad… le importa más tu capacidad para quererle, para amarle. ¿Y cómo sé que mi amor por Él empieza a ser verdadero? Pues como en cualquier relación humana: cuando tu vida se configura con la suya, cuando tu libertad está condicionada por Él, cuando tu vida se supedita en parte a Él, al que le has dado tu corazón.

Este precioso relato de hoy te pone delante de la necesidad de ponerte a tiro de Jesús Resucitado. Él aparece en tu vida de manera misteriosa, se asoma a tus orillas, sin hacer ruido… pero con una palabra, con una llamada, con una invitación. Cuando decidas escucharle y hacer lo que te diga, comprobarás que tu vida se hace nueva, luminosa, que todo tiene sentido, que tu corazón es capaz de amar de otra manera. ¡Jesús nunca defrauda!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 2º de Pascua

Cada uno somos un mundo. Nuestro camino de fe está lleno de momentos comunes pero también, seguro, de diferentes matices, caminos, que hacen que nuestra relación con Jesucristo sea única. Tú eres diferente a mí. ¡¿Cómo va Jesús a tratarnos de la misma manera?! Si leemos el evangelio con atención, veremos cómo Jesús, en todos sus encuentros, se adapta a la persona que tiene delante, sabe lo que necesita y sabe quererla de manera única. Lo hizo con la Magdalena, con Pedro, con Tomás, con Pablo… contigo y conmigo. Mira lo que nos cuenta el evangelista hoy: [Jn 20, 19-31]

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Difícil creer en la victoria cuando hemos probado de manera tan brutal el sabor del fracaso y la derrota. Tomás es incapaz de creer. Nosotros también lo somos muchas veces. Te llegan dudas, seguro, cuando ves que aquello que anhelas, aquello que pides, aquello que necesitas… no sólo no llega sino que se desmorona, se viene abajo, se aleja. Las heridas dejan huella en nuestra fe también. Nos encerramos en nosotros mismos y empezamos a poner condiciones para volver a creer, para volver a confiar. Te dejo tres pistas:

  • «Noche, miedo y puertas cerradas» – ¿A que ya has experimentado un poco de esto? ¿Has amado y te han hecho daño? ¿Tienes miedo a que te vuelva a doler la vida? ¿A veces has estado perdido? ¿Cuántas veces has perdido la referencia de quién eres, de lo que vales, de lo que quieres? ¿Ha habido algún momento donde has vivido pero «con las puertas cerradas», con el corazón bien protegido, sin dejar entrar a casi nadie, desconfiada? La cruz nos deja tan desprotegidos, tan dañados… que solemos optar por plegar velas y vivir acurrucaditos en un rincón. Puede que hayas vivido la noche del alcohol, de los porros, del estudio y el trabajo desproporcionado, de las autolesiones, del sexo sin amor…. y todo fruto de tus heridas y con un miedo terrible a volver a querer y a que te quieran. Jesús es capaz de traspasar todo eso, y entrar. Jesús quiere ir a buscarte y lo hace. Jesús irrumpe en tu vida y llega para calmar tu dolor, para curar tus heridas con las suyas, para anunciarte el amor, la vida y la victoria, para devolverte a la luz del día, para fumigar el miedo de un soplido.
  • «Si no meto el dedo…» – A veces me cierro a creer. Me convenzo que los milagros no existen. Condiciono y limito la acción del Espíritu. Me pongo en modo «IMPOSIBLE» y miro la realidad con las gafas de la incredulidad y lo que veo, claro, suele satisfacer esta visión. ¿Ves como el mundo sigue en guerra? ¿Ves como esta persona sigue enferma y no se ha curado? ¿Ves como yo sigo mal pese a haberle pedido ayuda a Dios? Hay personas que se acercan y me anuncian otra cosa pero mi resistencia es demasiado grande. Yo tengo la razón, y punto, y el resto son unos «flipados». Chantajeo a Dios, lo pongo a prueba, lo trato con despecho, desde mi soberbia, fruto del dolor de mis heridas. Pero Dios no se deja impresionar, no da un paso atrás…
  • «Paz a vosotros» – Jesús llega a tu vida, siempre. El Resucitado puede con todo, con miedos, con puertas cerradas, con incredulidades, con noches oscuras… ¡con lo que haga falta! Jesús llega a tu vida con un anuncio de paz. Viene a calmar tu corazón, a saciar tu sed de felicidad. Viene a quererte, a cogerte entre sus brazos y decirte que no pasa nada, que está aquí, contigo, y que camina siempre a tu lado. Jesús viene a arroparte con una sonrisa en tu día a día. Jesús, el que sufrió la muerte en cruz, el que fue sepultado, el que venció la muerte y fue resucitado, llega para que seas capaz de experimentar también la victoria con la fe. Sólo debes acogerle, reconocerle y hacerle tu Señor, tu Dios. ¡Qué oración tan bonita y tan cortita para empezar y terminar el día: «Señor mío y Dios mío»! Busca a otros que crean lo que tú, que también lo hayan visto y oído… y ¡seguidle juntos!

Seguimos en Pascua. Es tiempo de mirar atrás y darle sentido a nuestra historia, de descubrir la acción de Dios en ella, de ponernos las gafas de la victoria, del amor, de la luz. Es tiempo de sacarnos las armaduras que nos han protegido tanto tiempo y apostar por ser nosotros mismos, queridos por Dios. ¡Ánimo y mucha paz!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Escribo este post con varios días de retraso. El Domingo de Resurrección me pilló en Valencia, rodeado de jóvenes, cansado, contento y con un largo viaje por delante. Llevábamos juntos desde el Miércoles Santo, profundizando en la Pasión y la Muerte de Jesús y, por extensión, en nuestra propia pasión personal, llena de cruces también y con sabores agridulces. Porque acercarse a la Pasión de Jesucristo es acercarnos a la realidad sufriente de todo hombre y de toda mujer. De eso entendemos todos. Por eso, el relato del evangelista, que nos llegó el domingo, se nos hace tan cercano: [Jn 20, 1-9]

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

La explosión de alegría en la Vigilia Pascual es el reflejo de lo que supone la Resurrección tras el sacrificio de la cruz. Es la victoria final lo que sustenta nuestra fe. Es la convicción de que Jesucristo sigue vive entre nosotros, nos sostiene, nos guía a través del Espíritu, de que cuida de su Iglesia y de que nos espera tras la muerte, la que hace que todo tenga un sentido y un horizonte maravilloso. No hay heridas ni complejos ni dolor que hayas padecido, que no puedan ser superados, sanados, vencidos. Te dejo tres pistas:

  • «Un amanecer oscuro» – La experiencia de Jesús Resucitado no es algo sujeto a un instante, no es una emoción pasajera, ni siquiera un sentimiento. Cierto que tú, que eres joven, eres capaz de celebrar con alegría este momento, pero, más allá de esto, sentir y creer que Jesús camina contigo, hoy, no es algo que se asuma con facilidad y claridad. Ese amanecer, todavía en la oscuridad, que narra el Evangelio, nos describe simbólicamente cómo nuestra vida, difícilmente estará algún día en la luz plena. Hay días de subidón, sí, etapas de felicidad… pero normalmente todo se entremezcla con dudas, con miedos, con sentimientos contrapuestos, con crisis… ¡Pero justamente es ahí donde lo encontrarás!
  • «Creer en comunidad» – Es difícil tener la experiencia de la victoria creyendo a solas. Seguro que esto lo has pensando alguna vez: «yo puedo solo, sola». ¿A que sí? Lo cierto es que, como la Magdalena, como Pedro y el otro discípulo, es difícil acceder a la experiencia de la fe en soledad. Necesitas a la comunidad, al grupo, a los demás, a la Iglesia. Es verdad que no siempre corremos todos al mismo ritmo, Es verdad que el acceso a Jesucristo es diferente en cada uno. Es verdad que… Jesucristo se aparece a una comunidad de creyentes. Así que ya sabes: no abandones el grupo, no dejes a la Iglesia de lado. Hoy, más que nunca, necesitas estar, volver, celebrar junto a otros que tu vida ha sido salvada.
  • «El sepulcro vacío» – Tú tienes tu propio sepulcro. Es el lugar donde mueres por momentos. Es el lugar donde se escriben tus fracasos, tus sueños frustrados, tus decepciones, tus traiciones, las incomprensiones recibidas, el dolor asumido, tu sacrificio aceptado. Tu sepulcro es el lugar donde has escondido lo mejor de ti y donde has decidido claudicar tantas veces. El sepulcro, el tuyo, es el tiempo, el espacio, el espíritu desde los que has decidido separarte de la vida de los otros, del amor de Dios, del perdón que sana… ¡Pero Jesucristo ha retirado la losa y todo eso ha salido afuera! Tus fracasos se evaporan, tus sueños resucitan, tus decepciones se tornan dulces y se renuevan, lo mejor de ti vuelve a cobrar vida y sale de lo profundo para ponerse el servicio de otros… Es hora de remover la piedra y dejar que la Vida se haga vida en ti. ¿Te dejas?

Felices días de Pascua. Ojalá le des el valor que merecen. Abre el corazón. Respira hondo. Desempolva tu mejor traje. Es hora de celebrar. Cristo vive y está aquí, a tu lado, al mío. Para siempre.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 5º de Cuaresma Ciclo C

Este comentario sale tarde. Me he pasado todo el fin de semana en Cercedilla, en un encuentro de ministros laicos de la Provincia Betania. Ha sido uno de estos encuentros que calman el corazón, te resitúan en la misión y te hacen sentir que hay esperanza en el futuro. Es muy importante rodearte de personas que quieres, que te quieren, que luchan por vivir en verdad y que están comprometidas en un futuro mejor. Son hermanos que quieren construir, llenos de debilidades y defectos, como yo; llenos de fragilidades y de historias llenas de alegrías y desencantos; personas que están determinadas a mirar más hacia adelante que hacia atrás, como la protagonista del evangelio de hoy: [Jn [8, 1-11].

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
– «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
– «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:
– «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
– «Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
– «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Tu vida está llena de errores, como la de esta mujer. Son errores que han dejado en ti heridas, errores que han hecho daño a tus padres, o a algún amigo o amiga, o a personas cercanas… El pecado forma parte de tu vida. Sabes bien que a veces te has alejado de la mejor versión de ti mismo, de ti misma, y, dejándote llevar, has probado el sabor amargo del dolor, de la decepción, del fracaso, de la traición. Ella es adúltera porque engaña, porque se engaña, porque rompe lazos, traiciona promesas, porque cae en el pozo del desorden, porque abandona el amor. Tú también sabes de eso. Te dejo tres pistas:

  • «Manos llenas de piedras» – Piedras que hacen daño, que destruyen, que matan. Piedras destinadas a humillar, a desacreditar, a hacer escarnio público. Piedras disfrazadas de justicia, de ley, de verdad… que, en verdad, son armas llenas de orgullo, de violencia, de rabia, de envidia, de envenenada pureza. ¿Cuántas veces te sitúas tú de este lado? ¿Lo has pensado? ¿No es verdad que alguna vez también has buscado hacer daño en pos de tu verdad, de tus ideas, de tus valores, de tus criterios? ¿Cuántas veces has dejado de mirar con misericordia y perdón a personas que, sin duda, se equivocaron? ¿Cuántas veces te crees mejor que ellos y decides que se merecen «ser lapidados»? Y usas las redes, y el whatsapp y las miradas llenas de desprecio, y los bulos, las medias verdades… y lo vistes de buenas intenciones… Hoy Jesús te dice: ¿Y tú? ¿Te has mirado tú?
  • «Sin culpa» – Has fallado, claro que lo has hecho. Muchas veces. Sabes que, aunque muchos no se den cuenta, no siempre estás lleno de buenas intenciones, no siempre eres la que te gustaría. Y te frustras. Y entras, muchas veces, en la espiral de la culpa y no sales del túnel. Es una culpa que ahoga, que estrangula tu corazón, que se agarra a tu estómago y te llena siempre de un pensamiento terrible: «¿Lo ves? ¿Ves como la has vuelto a cagar? No te mereces nada. Eres poca cosa. Haces daño. No vales nada.» Jesús no apela a la culpa. Jesús no condena. Jesús no hace chantaje psicológico. Jesús no hace reproches. Jesús sabe de tu pecado, de tu error, de tu daño, pero Jesús te quiere vivo, viva, de nuevo. Jesús tiene un discurso diferente al de la culpa: «Sí, es verdad. Has fallado, te has equivocado. Pero sigo confiando en ti, levántate y sigue caminando. Ánimo. Vuelve a intentarlo. Sigue luchando por ser mejor, por descubrir al amor. Puedes hacerlo con mi ayuda. Adelante.«
  • «La medida es el amor» – Eres pecador, pecadora, como yo. Por eso, precisamente, Jesucristo viene a buscarnos. Él responde con amor al pecado y nos anima a hacer lo mismo. A mayor pecado, mayor amor. A mayor daño, mayor es el perdón. Esto significa «ser salvado». Jesús te rescata de ese pozo lleno de mierda que a veces te atrapa, tira de ti, te devuelve al camino y te dice: «¡Vive! ¡El mal nunca tendrá la última palabra en tu vida. Estás llamado a más, yo te he salvado«.

Cada vez queda menos para la Semana Santa, para celebrar justamente esto: el bien ha vencido al mal para siempre. Donde abundó el pecado, sobreabundó la vida plena. Ojalá sepamos acoger esa salvación que se nos ofrece. Sí, nos lo merecemos. Sí, pese a todo. Sí.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 4º de Cuaresma Ciclo C

Ayer pude ver la película «Maixabel» de Icíar Bollaíny. Disfruté con las magníficas interpretaciones de Blanca Portillo y de Luis Tosar y saborée un guión basado en una historia tan real como la dureza de las balas que, en aquellos años, segaron la vida de tantos. Ya conocía la historia y, aún así, volví a admirar la valentía de esa mujer, de Maixabel, que no quiso dejarse arrastrar por el dolor, por el odio, por el pecado. Y hoy me encuentro con el relato del Hijo Pródigo… ¿Coincidencia?: Lc [15, 1-3.11-32].

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. »
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, »
Pero el padre dijo a sus criados:
«Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
«Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»
El padre le dijo:
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado»».

A esta parábola se la conoce como la parábola del Hijo Pródigo, aunque ciertamente no es el único personaje que aparece. Podrías buscar un adjetivo adecuado también para ese padre y para ese hermano mayor que aparecen también en la historia. Es un relato que cuenta tu historia, la nuestra, y que te habla de cómo es Dios. No es un relato alejado de la realidad sino más bien un relato que te pone delante del espejo y al que te recomiendo que vuelvas siempre que dudes del Dios en el que crees. Esta parábola es el corazón del Evangelio de Lucas. Te doy tres pistas:

  • «El hijo pequeño, el vividor» – Eres tú. Eres tú cuando decides vivir la vida dejando a Dios a un lado. Eres tú, que ves por delante un sinfín de planes, aventuras, proyectos, llenos de promesas, diversión, placer… ¡Cuántas veces te gustaría hacerte más mayor de lo que eres para dejar de dar explicaciones a unos y a otros! ¡Cuántas veces te gustaría escapar, incluso, de ti mismo, porque la vida que llevas no te satisface! ¡Cuántas veces has buscado tu felicidad en la fiesta, el alcohol, el sexo, los videojuegos…! ¿Cuántas veces has querido olvidar que estás herido, herida, con mucho dolor en la mochila? Has probado el frío que supone «irte de casa». Te sientes sola tantas veces… Te sientes tantas veces desagradecido, malo, indigno… Tantas veces sientes que no estás a la altura, que no te mereces nada…
  • «El hijo mayor, el cumplidor» – Eres tú. Eres tú cuando decides vivir tu vida con cobardía, cuando cumples el papel que se te ha asignado, sin más, y te vas llenando de rencor hacia todos aquellos a los que culpabilizas de no poder disfrutar la vida como otros. Parece que amas pero no es así; cumples, que no es lo mismo. Tu corazón es un volcán a punto de estallar que, cuando lo haga, arrasará con todo y con todos. Juzgas con rigor a los que han decidido buscar, salir, divertirse, dejar de creer, romper con tus principios, valores,.. Los condenas por envidia, No eres mejor que ellos. Estás lleno de heridas, como ellos, pero has decidido no moverte. Estás lleno de dolor, que guardas en silencio, pero has decidido estar «a la altura», «cumplir expectativas».
  • «El padre, el Dios que sólo sabe amar» – No sé en qué Dios crees. No sé a qué Dios rechazas. Pero mi Dios es este. Dios es mi padre. Dios es tu Padre: el que te deja ir, el que te espera siempre, el que sale corriendo a tu encuentro, el que abraza sin pedir explicaciones, el que perdona tu pecado, el que acoge tu vida con todo, el que cura tus heridas, y te viste de fiesta, y celebra tu existencia. Dios es un padre que te quiere a su lado, pero no te retiene; es un padre que respeta tu libertad, pero sufre cuando te pierdes. Dios no sabe hacer otra cosa más que amar, perdonar, curar, sanar. Dios sólo sabe salvar.

Mi vida de fe no está exenta de sentimientos parecidos a los de estos dos hermanos. Reconozco en mí a ese hijo pequeño que quiere dejar de sufrir, que escapa en busca de algo mejor, que vive su día a día como si fuera una pequeña prisión de la que le gustaría salir. Reconozco mis desmanes hacia Dios, reconozco querer olvidarlo por un tiempo, querer mirar a otro lado, como si no existiera, y disfrutar «porque la vida son dos días». Hay tanto sufrimiento ahí afuera… Pero reconozco también la sensación de insatisfacción que acaba dejando todo cuando Él no está.

Miro también al hermano mayor y me veo reflejado, cuando mi exigencia a los demás es fruto de esa insatisfacción que se abre paso en el alma. Reconozco sentirme mejor, superior, más digno que otros, por el simple hecho de «estar», de «permanecer», de «quedarme», aunque esto no sea fruto del amor ni vivido con paz. Reconozco celos cuando la fiesta es para otros, a los que juzgo peores que yo.

Es hora de volver a casa. Un día más. Una etapa más. Un año más, Volver, postrarnos de rodillas, pedir perdón. Es hora de decirle a Dios: «Padre, esto es lo que hay, esto es lo que soy… Quiero estar contigo.» Es hora de recibir, de nuevo, su caricia, y seguir viviendo. Amén.

Un abrazo fraterno

Santi Csaanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 3º de Cuaresma Ciclo C

Esta semana he sido testigo de mucho de lo que escondemos de nosotros mismos. He hablado con varios jóvenes como tú y he constatado cómo, al igual que los adultos, vuestra vida empieza a estar marcada por la fragilidad, por las heridas en el camino, por la dureza de afrontar lo maltrechos que os encontráis muchas veces. Tomamos malas decisiones, escapamos de lo que no nos es agradable, negamos los problemas, vivimos insatisfechos, llenos de miedos, somos incapaces de salir de la espiral y optamos por hacer como si nada pasara. Pero las cosas no van bien. Eres como un árbol que no da fruto, como nos recuerda el evangelista en el relato de hoy: Lc [13, 1-9].

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero el viñador contestó: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».»

Nunca es mal momento para revisar nuestra vida, ponernos frente al espejo e intentar reconocernos. ¿Qué ves frente a ti? ¿Eres lo que querías ser? ¿Eres lo que te enseñaron a ser? ¿Eres lo que Dios tal vez espera de ti? ¿Eres la mejor versión de ti mismo, de ti misma? ¿Y qué me dices de tus actos, de tus decisiones, de tus elecciones? ¿Son fruto de lo mejor que tienes, de tus principios, de tus valores, de la bondad que habita tu corazón… o son el resultado de haber dado espacio a algo que, parece, no acaba de llenar tu vida? ¿Serás tú esa higuera sin fruto de la que habla el Evangelio? Te dejo tres pistas:

  • «El fruto» – El fruto no son las expectativas que a veces te has hecho de ti mismo, o que otros han hecho para ti. En muchas ocasiones, esas expectativas son ensoñaciones basadas en el éxito, la consecución de unos objetivos o resultados o aspiraciones de vida legítimas pero llenas de promesas vacías. El fruto es aquello que puedes producir a partir de los dones que se te han regalado. Dios te ha dado dones, te ha regalado cualidades. ¿Para qué? Para que seas feliz desde ellas y para que cambies el mundo con ellas. Tal vez eres alguien alegre, alguien que lleva esperanza a rincones oscuros, que pone paz donde hay tensión, que escucha bien, fiel, fuerte, humilde, con mirada limpia, tierno, centrada en las necesidades ajenas… La pregunta es… ¿qué estás haciendo con todo eso? ¿Estás dando salida a tanto bueno que hay en ti? ¿Estás poniendo en juego aquello que es lo mejor que tienes? ¿Estás dando a otros lo que llevas dentro? ¿O estás a otras cosas, pensando en tu futuro, tu éxito, tus problemas, tú, tú y tú…?
  • «El viñador» – Jesús es el viñador que sabe cuidar la higuera, que conoce los secretos del campo, el estiércol necesario, el tiempo de la poda… Jesús es aquel que quiere cuidarte, que puede sanarte, que conoce los secretos de tu corazón, lo que necesitas, lo que debes alejar de tu vida… Deja que Jesús te cuide. Deja que las manos artesanas de Jesús toquen tu vida y busquen la manera de que el fruto brote. ¿Cómo hacerlo? Creo que hay muchos caminos pero te recomiendo dos: los sacramentos y las personas. Reza, acude a la iglesia, vete a confesar, comulga… y rodéate de personas buenas, que te quieren, te conocen, de personas también que te necesitan, de los pobres, de personas con las que rezar, a las que poder contarte… Encontrarás a Jesús en el sagrario, en el Pan y en la mirada y las manos de los otros. Deja que Jesús te cuide.
  • «… y paciencia» – Te gustaría ver cambios rápidos. Necesitas sentirte mejor, necesitas respuestas, necesitas cariño, necesitas «pequeños éxitos», «pequeños frutos»… pero todo lleva su tiempo. El invierno dura tres meses y el tiempo va cambiando poco a poco. Las gélidas temperaturas invernales van templando, la nieve se va derritiendo, los caminos se van despejando, los almendros sacan su flor… y llega la primavera. No desesperes. Afronta la lentitud y no tengas prisa. Una vida se cuece a fuego lento, no en el microondas. Dios sabe qué hacer contigo. Déjale hacer. Sigue caminando.

Dios tiene paciencia. Te conoce. Sabe quién eres. Conoce tus dones y también tus debilidades, tus batallas, tus heridas, tus traiciones. Y sigue esperándote. Cree en ti más que tú mismo, más que tu misma. Mírate, dite la verdad, déjale tocar tu vida y cambia. Es tiempo de cambio, de cambio del bueno. No lo dudes.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 2º de Cuaresma Ciclo C

En el cole hemos pasado la dura semana de exámenes. Ansiedad, nervios, crisis de confianza, frustración, miedo… Son sentimientos y emociones normales cuando sentimos que «somos probados». A veces tenemos expectativas muy altas sobre nuestras posibilidades. Otras veces, nuestra autoestima es bajita y nos decimos a nosotros mismos que no lo conseguiremos. El caso es que, en cualquier circunstancia, la vida incluye la prueba. Y toda prueba nos tensa y nos lleva a tocar nuestros límites con la yema de los dedos. A Jesús la prueba le llegó en forma de camino hacia la cruz. Y en ese camino, él y algunos apóstoles, tuvieron la experiencia que hoy nos narra el evangelista: Lc [9, 28b-36].

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

La «transfiguración» suena a algo muy complicado. ¿Y si intentamos traducirlo? ¿No será que Jesús, viendo venir su pasión, y poniéndose en el lugar de sus pobres apóstoles, decide ofrecerles un pequeño «spoiler» de cómo va a terminar su historia y, por añadidura, la suya? ¿No será que para afrontar toda prueba, con fuerza y valentía, necesitamos saber y sentir que hay posibilidades de victoria? ¿A que ahora ya no suena tan complicado? Somos probados, sí, pero, a cambio, todos podemos «tocar el cielo» y saber lo que nos espera al final. Te dejo tres ideas:

  • «La montaña» – Tomar distancia. ¡Qué importante! Sigo un camino, todos lo hacemos. Seguimos la senda, afrontando lo que viene y, a veces, las cuestas se nos hacen demasiado empinadas. Dificultades con las que no contábamos, la debilidad que aparece y nos hace vulnerables, el miedo a perdernos… Ponemos las luces cortas y no vemos más allá. Por eso es necesario retirarse un poco. Hay que salirse un poco del camino para poder mirar con perspectiva. Hay que pararse y buscarse y ponerse a tiro de Dios. Dios está y habla… pero hay que sintonizar su frecuencia. Salirse a la montaña a orar no es más que hacer un alto para encontrarte con la luz que te habita, con el Dios que te sostiene, con la vida que resiste en tu corazón. Y de ahí nunca saldrás defraudado.
  • «Moisés, Elías y una voz desde una nube» – El que nos cuenta esta historia tiene algo grande que contarnos: Jesús es importante, Jesús es el Hijo, Jesús es el Mesías, Jesús es aquel que viene a colmar tu corazón, Jesús es el que viene a traerte la paz. Y por eso aparecen Moisés y Elías, figuras importantísimas del Antiguo Testamento. Y por eso se oye la misma voz que habló en el Bautismo de Jesús. Para decirte, a ti, hoy: síguelo. No te equivocas. Síguelo. Pese a tus dudas. Pese a tu miedo. Pese a tus preguntas. Pese a tus imperfecciones. Síguelo. Con Jesús, toda prueba se lleva mejor. Con Jesús, toda prueba termina bien. Con Jesús, el sufrimiento del camino es compartido. Con Jesús, hay sentido. ¿No necesitas descansar en Él, confiar en Él, llorar en Él, esperar en Él?
  • «Vestidos blancos y brillantes» – La vida pesa demasiado a veces. Tú lo sabes como yo. A veces es fácil perder las fuerzas y la esperanza. Jesús lo sabe. Y por eso, antes de su pasión, permite que tres de sus apóstoles saboreen ya un poquito de la Resurrección que vence a la cruz, del cielo que vence a la muerte. También a ti te lo permite. No hace falta esperar a la vida eterna. Seguro que hay personas, lugares, experiencias… que te permiten «cargar pilas», volver a llenarte de esperanza, sacar fuerzas de flaqueza… Son «un trocito de cielo» para ti. Jesús los pone ahí para ti. sabe de la dureza de tu camino y no quiere que desfallezcas. Jesús quiere que toques eternidad, que paladees el amor, que sepas a qué sabe la paz de verdad. ¿A qué eres capaz de poner nombre a esas personas, a esos lugares, a esas experiencias, a esos momentos… en los que tú también te asomaste al Reino de Jesús Resucitado? Demos gracias por ello.

A veces la prueba lleva el nombre de exámenes, otras veces de enfermedad o muerte, otras veces de desempleo, de guerra, de hambre… A veces se viste de depresión, de ansiedad, de desamor… A veces se disfraza de túnel y otras veces su pendiente es grande y cuesta escalarla. La buena noticia de hoy es que no estás solo, ni sola. La buena noticia es que, al final, siempre se gana: el dolor, la muerte, la oscuridad, el sufrimiento… no tienen la última palabra en tu vida. Camina, pues, con más confianza y con menos miedo. Y busca tu trocito de cielo.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

 

Evangelio para jóvenes – Domingo 1º de Cuaresma Ciclo C

Ganas de abandonar. Eso es lo que siento yo muchas veces cuando el cansancio del camino y la incomprensión de algunas personas, me llenan el corazón de desesperanza. Es lo que siento cuando no veo llegar frutos en mi trabajo. Es lo que siento cuando creo que no se valora lo que hago. Es lo que siento cuando me rebelo ante la lentitud con la que se afrontan ciertos cambios. Es lo que siento cuando el silencio de Dios es denso y la niebla no acaba de despejar. Resumiendo: soy tentado a dejar de ser lo que soy, a dejar de hacer aquello para lo que se me ha llamado. Más o menos, lo que cuenta el evangelista Lucas en la Palabra de hoy: Lc [4, 1-13].

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.»
Jesús le contestó: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre».

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mi, todo será tuyo.»
Jesús le contestó: «Está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».
Jesús le contestó: Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

¿Qué es eso de Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto? ¿Tienen que ver estos cuarenta días de Jesús con los cuarenta años que pasó Israel en el desierto antes de entrar en la tierra prometida? ¿Qué se le perdió a Jesús en el desierto? ¿Y qué pinta el Mal tentando al Hijo de Dios? ¿Tiene esto algo que ver contigo, con tu vida? Tres ideas:

  • «Ir y ser llevado» – Muchas veces he tenido la experiencia, y seguro que tú también, de estar en el lugar exacto, en el momento justo. Muchos le llaman casualidad y otros hablan del destino. Yo soy de los que creen que, aún siendo completamente libre, Dios, a través del Espíritu, también, de vez en cuando, me empuja, me lleva, me habla, me toca. ¿Cuál es el mérito aquí? No oponer resistencia. ¿Quiero esto decir que debes dejar todo a la buena de Dios, que no debes tomar decisiones ni esforzarte por nada? ¡Dios dirá! No, no, no se trata de eso. Se trata de que vivas y tomes tus decisiones, y hagas tus opciones en los estudios, el trabajo, con las amistades, la pareja, la familia… pero que, a la vez, seas consciente de que es maravilloso saber que tu vida, en definitiva, está en manos de Dios y que Él te lleva. ¿Te da esto miedo? ¿Miedo a qué? Dios no te va a llevar allí donde seas menos. Dios siempre te va a llevar allí donde tu corazón encuentre paz y plenitud de la buena. Así que ya sabes… en tu oración diaria no sobra un breve, pero certero: «Señor, aquí estoy. Llévame donde tú quieras.«
  • «El Mal» – Yo creo en el Mal, creo en el demonio. Para muchas personas esto es un cuento chino pero yo, siguiendo la tradición de la Iglesia, fundada en la Palabra de Dios, creo que el demonio existe y que su empeño fundamental es apartarnos del Reino que Jesús vino a ofrecernos. Al demonio le va bien cuando a Dios le va mal. Al demonio le va mal cuanto más cerca te encuentres de Dios. Así que tienes que estar ojo avizor pero no tener miedo: si lo estás haciendo bien, si estás luchando por ser buena persona, si tus decisiones tienen a Dios en medio, si apuestas por el amor… el Mal vendrá a tocarte las narices. Llegarán las dudas, el miedo, la enfermedad, las circunstancias adversas, la soledad, las pasiones… te buscará allí donde sabe que eres débil y, posiblemente, aparecerá disfrazado de «argumento razonable», de «sensatez mundana», de «plan atrayente». Si el demonio generara rechazo, todos lo rechazaríamos. ¿Qué tiene, entonces, que nos cautiva? ¿Qué hace entonces, que nos engaña? Lo mejor, aún así, es saber que el Bien, que Dios, tiene al demonio sometido, vencido. Así que la victoria final está asegurada. Pero cuidado… no te estropee demasiado mientras…
  • «La tentación» – Mis tentaciones más fuertes siempre han aparecido en los tiempos de grandes decisiones: antes de casarme, en los años difíciles de la crianza de los hijos, antes de irme a vivir a Madrid, en el momento de entrar en la Fraternidad escolapia, en los años primeros de nuestra vida comunitaria en Salamanca… La vida está llena de tentaciones, de pequeñas tentaciones. Pero también, en los momentos clave, de grandes tentaciones: la tentación de dejar de ser quién eres, la tentación de pensar que no vas a ser capaz de tomar tu vida entre tus manos, la tentación de echarte las culpas y regodearte en todo lo que haces mal, la tentación de desfallecer ante los objetivos no alcanzados, la tentación de abandonar el camino elegido cuando llegan las dificultades, la tentación de dejar a Dios de lado por una vida placentera, la tentación de manipular a Dios para que se pliegue a mis deseos… ¡Grandes tentaciones! La tentación de que te olvides de quién eres: Hijo de Dios, Hija de Dios. Eso es lo más grande. No lo olvides. Toda misión trae sus tentaciones. Toda misión trae su desierto. Toda misión requiere de su silencio.

Allí donde la tentación se te haga patente, allí donde te flaqueen las fuerzas y estés a punto de perder la partida… allí es también lugar privilegiado de encuentro con un Dios que está siempre contigo, que no te deja, que no te abandona, que te sostiene, que te da fuerzas para seguir… Así que, sin miedo, adelante. Afronta lo que venga, desiertos, praderas, huertos y mareas. Si tu corazón está con Dios, el Mal nunca prevalecerá.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova