Evangelio para jóvenes – Domingo 3º de Pascua

Hay días que me desanimo. Tengo claro que la vida no es un camino de rosas y la misión tampoco. Sé que hay días donde el ánimo baja y, aún así, me cuesta. Experimentar la soledad del que percibe que está en el desierto, del que se ve solo en algunas apuestas, del que mira la realidad de manera diferente a otros, no me resulta sencillo. Me gustaría comprobar que mi labor como educador, como pastoralista, da frutos. Eso es lo que me gustaría, humanamente hablando. Sé que mi labor es otra, pero a veces se hace difícil. La alegría, sin embargo, no la pierdo. Dios me ha regalado este don y sé que es una de las armas con las que luchar mis propias batallas y las batallas ajenas. Alegre de estar con los jóvenes. Alegre de remar mar adentro. Alegre de salir a pescar y descubrir, ahí, al Señor. Así nos lo cuenta el evangelista [Jn 21, 1-19]:

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: «No.»
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Noche, amanecer. Las propias fuerzas, la presencia de Jesús. La red vacía, la red llena. La traición, el amor. Un evangelio de contrastes que viene a contarnos lo que supone la presencia del Resucitado en nuestra vida. ¿Alguna vez te has preguntado si realmente la Resurrección de Jesús supone algo para tu vida? ¿Alguna vez te has preguntado si Cristo Resucitado se ha encontrado ya contigo? Yo sí, me lo he preguntado. No tengo claridad al respecto. Veo mi mediocridad, mi terquedad, mi amor limitado… y tengo dudas. ¿No será que sigo sin enterarme, no será que sigo confiando en mí más que en él, no será que no acabo de querer del todo a Cristo? Te dejo tres pistas:

  • «La pesca vacía» – Vives en un mundo que te repite continuamente que todo lo debes conseguir con tus propias fuerzas. Esfuerzo, trabajo, puños, esfuerzo, horas… Incluso con aquellas cosas de ti mismo, de ti misma, que quieres cambiar, lo que haces es proponerte conseguirlo con tus propios medios. Pedro también se va a pescar. No era precisamente un ingenuo. Recordemos que él era pescador. Pero ya nada es igual. Nada consigue por él mismo. Hasta que Jesús Resucitado no hace acto de presencia, hasta que Jesús Resucitado no le envía, hasta que no llega el «amanecer», la luz, hasta que Pedro no «nace de nuevo»… no hay redes llenas. Así que tal vez deberías contar menos con tus propias fuerzas y estar más a la escucha, hacer lo que Jesús te susurra. Y tu vida comenzará a dar fruto. Y tendrás de sobra. Y serás feliz.
  • «Almorzad» – Desde pequeño, cuando en mi casa me iniciaron en la fe, me sentí parte de la Iglesia. Este plural de Jesús es significativo. Jesús llega para saciarnos, para guiarnos, para enviarnos. Es más fácil reconocerle cuando estamos en comunidad, cuando creemos y caminamos juntos a otros. Es más fácil que te des cuenta de que Jesús está presente en tu vida si compartes tu fe en grupo, si te acercas a una «mesa compartida», a un «banquete» comunitario. ¡Qué importante es compartir la fe en la Iglesia, en tu grupo! Sin la Iglesia, sin la comunidad, somos como Pedro que, en la noche, se lanza a pescar en solitario, no consiguiendo mucho. ¿Cuál es tu compromiso en este sentido? ¿Crees que puedes ir por libre? ¿Se puede seguir a Jesús sin un compromiso firme con la Iglesia?
  • «¿Me amas?«- El antídoto de la traición es el amor. Pedro, que había negado a Jesús tres veces, se encuentra con una nueva oportunidad. Jesús no convierte el pecado en insalvable, al revés. Jesús Resucitado es aquel que viene a ofrecerte la vida, que te da la oportunidad de dejar tu pecado atrás y vivir de nuevo desde otro sitio. Jesús examina a Pedro del único mandamiento que les legó en la última cena: el mandamiento del amor. A ti te pregunta lo mismo. No le importan tanto las ocasiones en las que te has olvidado de Él, en las que has ido por libre, en las que has dudado de su existencia, en las que has preferido dejarte llevar por tu comodidad… le importa más tu capacidad para quererle, para amarle. ¿Y cómo sé que mi amor por Él empieza a ser verdadero? Pues como en cualquier relación humana: cuando tu vida se configura con la suya, cuando tu libertad está condicionada por Él, cuando tu vida se supedita en parte a Él, al que le has dado tu corazón.

Este precioso relato de hoy te pone delante de la necesidad de ponerte a tiro de Jesús Resucitado. Él aparece en tu vida de manera misteriosa, se asoma a tus orillas, sin hacer ruido… pero con una palabra, con una llamada, con una invitación. Cuando decidas escucharle y hacer lo que te diga, comprobarás que tu vida se hace nueva, luminosa, que todo tiene sentido, que tu corazón es capaz de amar de otra manera. ¡Jesús nunca defrauda!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

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