Los antiprivilegios del cristiano (Mt 20,17-28)

Si tú quieres escalar puestos, ganar importancia, prestigio, tener éxito o hacer carrera, siendo cristiano… te has equivocado de lugar. Eso es lo que le viene a decir Jesús a la madre de Juan y Santiago cuando pide para sus hijos un puesto de honor en el cielo. No va de eso.

Aquí sabemos de «antiprivilegios» o, dicho de otra manera, de los privilegios que otorga el amor y que son invisibles para el mundo: el privilegio de dar la vida, el privilegio de hacer feliz a otros, el privilegio de sanar, de perdonar, de recuperar, de cuidar, de querer, de salvar…

La Iglesia no es un lugar para «aspirar» sino para «inspirar» el Espíritu y «expirar» la vida que nos brota del corazón lleno del mismo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

José creyó, contra toda esperanza (Rm 4,13.16-18)

La esperanza es una de las virtudes propias de la vida cristiana. Saber esperar en Dios, saber mirar el mundo con la certeza de que el Reino de >Dios ya ha comenzado y que, algún día, Dios lo consumará. Saber que el amor de Dios hace efecto sobre nuestra vida, antes o después. Claro que sí. ¿Pero qué sucede cuando a veces la fe no es apoyada por esa esperanza tan rica?

Abrahán y luego José son modelos de dos personas que creyeron contra toda esperanza. No fueron movidos por la convicción de estar seguros de que el futuro sería más prometedor que el presente sino que, desde una fe profunda, decidieron ponerse en camino con todas las dudas razonables que se cernían sobre una llamada de Dios llena de inseguridades, incógnitas y falta de claridades. Ni sabían dónde iban, ni para qué ni con qué objetivo.

Hoy, a ti y a mí, nos costaría funcionar como José. Vivimos en un mundo donde la seguridad es casi un valor supremo y donde la razón nos empujaría a «no cometer locuras». Es más, creo que incluso llegaríamos a la conclusión de que Dios no nos pediría nunca nada irracional. Pues bien, miremos a José, hoy, en su día, y cuestionémonos ante un hombre que creyó contra toda esperanza.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El perdón injusto de Dios (Lc 6,36-38)

En una clase de Antropología Teológica, hablando de la gracia y del perdón, recuerdo que el profesor nos ponía un ejemplo muy visual y fácil de entender: pensemos que todos queremos entrar a una obra de teatro que es lo máximo. La entrada vale 60 euros. Cuando yo llego a la entrada, compruebo que no llevo dinero suficiente. Me faltan cinco euros. Pero a la persona de al lado le pasa lo mismo. Peor. Le faltan 40 euros. Sorprendentemente, el dueño del teatro, que baja a comprobar cuál es el problema, nos deja entrar a ambos. Aunque me siento agradecido, le comento que me parece injusto que ambos podamos ver la obra cuando a la otra persona le falta más de la mitad de la entrada por pagar. El dueño me responde: no te quejes. Ninguno teníais el importe suficiente, así que a ti también te ha sido regalada.

La misericordia de Dios no es simétrica, no va en función de nuestros méritos o de lo que nosotros hayamos conseguido. A nosotros nos parece injusta muchas veces porque tenemos metido en la sangre que hay que dar más a quién más aporta. Pero el perdón de Dios es otra cosa. Si fuéramos juzgados por nuestros méritos… ninguno, ni tú ni yo, mereceríamos levantar la cabeza. Si la levantamos es porque, siendo hijos, nos sabemos profundamente amados, profundamente perdonados. Vayamos y hagamos lo mismo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Los truenos de Dios (Sal 28)

«El Dios de la gloria ha tronado»

Eso dice el salmo de hoy, tan conjuntado con la primera lectura en la que se nos narra el comienzo de la historia de Noé.

No descubrí la belleza de la historia de Noé hasta hace poco. De pequeño, uno se queda con los animalitos, el barco y todo tiene como un aire ecologista y paternal muy bonito. Por otro lado está un Dios que castiga y que envía un diluvio que lo inunda todo. Pero más allá de eso hay una Palabra para ti y para mí hoy.

Nuestra vida, tantas veces, se ensucia, se embarra, se oscurece, cuando no se despeña. A veces son las circunstancias, nuestras decisiones, nuestras opciones, nuestros errores, el ambiente que se respira fuera… El caso es que la niebla llega y lo enturbia todo. Y Dios no es quién castiga sino quién pone orden. El matiz me parece precioso y significativo. Ordenar no es lo mismo que castigar aunque a veces poner orden conlleve afrontar tormentas, torrentes e inundaciones. Hay que volver a poner cada cosa en su sitio, hay que terminar con las mentiras que nos decimos, hay que limpiar lo que ha acumulado basura. Todos sabemos la dureza que supone una limpieza general en casa…

Pero Dios, que pone orden y limpia, no nos abandona en el proceso, sino que nos sostiene si en Él confiamos, si a Él se lo pedimos, si depositamos nuestras fuerzas en las suyas, sin oponer resistencias, más bien al contrario. Noé dirige su vida hacia Dios pese a lo que le pide el entorno. Y eso le salva. Porque Dios quiere salvar, pero nos pide que construyamos la barca para ello.

Y llega la tempestad… que limpia, que ordena, que arrasa… pero que no acaba con nuestra vida; más bien al contrario. La deja en disposición de afrontar una nueva creación, de ser reinventada, de ser repoblada de nuevos frutos, sueños y realidades. Y sella de nuevo una alianza con nosotros. Qué maravillas hace Dios…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Chantajismo sin fe (Mc 8,11-13)

No hay milagro sin fe. Por eso, pedirle a Dios, al Dios en el que no creo o al que no tengo en cuenta, que me resuelva la vida, es más de chantajistas que de personas de buena voluntad.

Probar a Dios de esta manera siempre va a terminar en negativo. Que cure a tu hermana, que te toque la lotería, que se resuelva lo de tu hipoteca, que no llueva el día de tu boda… ¡Y lo pides tú! ¡El que no cree nada de nada! Andaaa…

Jesús no es un mago ni un ilusionista. Ni antes ni ahora. Tómate tu vida de fe en serio y deja de buscar excusas a tu no fe.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Lo que sale de adentro (Mc 7,14-23)

Creo que, en demasiadas ocasiones, seguimos preocupándonos demasiado por lo de afuera y poco por lo de adentro. Eso se traduce en un ingente esfuerzo por normativizar, por prohibir, por asustar… y un escaso esfuerzo por animar a las personas a conocerse mejor, a retirarse, a meditar, etc.

Criticamos el ruido de afuera pero dedicamos muy poco a sofocar lo que nos hierve dentro. Y curiosamente Jesús sigue insistiendo en que ese «adentro» es lo importante. Frente a las ingentes leyes judías que legislaban qué hacer, qué comer, qué vestir… Jesús propone mirar hacia otro sitio.

¿Cuánto tiempo le dedico yo a examinar los pensamientos que he tenido durante el día? ¿Cuánto tiempo le dedico a escuchar lo que me digo de cuerpo para dentro? ¿Cuántas veces examino mis deseos, mis anhelos, mis envidias, mis enfados, mis iras…? Creo que ya es hora de relajarnos con los pecados «de fuera» e insistir en los pecados «de dentro», eso que nadie ve y que, parece, se tratan con menor importancia.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Reconocen a Jesús en mí? (Mc 6,53-56)

A Jesús lo reconocían e iban tras él el tiempo y la distancia que hiciera falta. Pero, hoy, ¿reconocen a Jesús en mí? Esa es la pregunta que me traslada el Evangelio de hoy. ¿Las personas son capaces de descubrir al Cristo que me habita detrás de mi fachada, de mi cuerpo, de mis palabras, de mis gestos, de mis acciones, de mis compromisos, de mis errores e incoherencias?

Si Jesús todavía no se transparenta en mí, es que hay camino. En breve llegará la cuaresma y será una buena ocasión para preparar el corazón. Y es que el testimonio mejor no es el de las palabras o el de las obras hechas a bombo y platillo. El testimonio mejor es el del aroma, ese que hace que la gente se acerque porque hueles a Jesucristo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Ir por el mundo pidiendo cabezas… (Mc 6,14-29)

Sí, las hay. Son esas personas que piden la cabeza de todo aquel que les molesta, que les dice cosas que no les gustan, que les hace escuchar verdades, que les desnuda ante las incoherencias de sus vidas. Esas personas que están negadas a dar la vuelta a su corazón, que se atrincheran en sus propias mentiras y que reaccionan con violencia ante quienes aportan una pizca de luz a sus vidas.

Son hijos de la oscuridad, esclavos del pecado más atroz. Y sí, existen. No seamos ingenuos. Si apostamos por seguir a Jesús, por clamar por la justicia, por denunciar la violencia, por pedir igualdad y cuidado para todos, por ofrecer amor donde otros sólo buscan beneficio… nos las encontraremos y nos harán daño.

¿Estamos dispuestos? Señor, ayúdame a estarlo, cuando llegue el momento.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

De dos en dos (Mc 6,7-13)

Cuesta creer que, pese a los esfuerzos de Jesús de afrontar la misión en comunidad, algunos se creyeran que cada uno puede hacer la guerra por su lado. Párrocos que, ante el éxito de su parroquia, no contaban con nadie y eran casi idolatrados por sus energías y propuestas; religiosos que llegaban a un colegio y lo ponían patas arriba, con su carisma y su entrega… Todo muy encomiable pero muy poco comunitario.

Hoy Jesús nos vuelve a recordar que no nos envía solos a la misión. No es sólo por nosotros, para que no andemos por ahí en soledad, sino más bien para dejar claro que la misión se afronta junto a otros, porque el mismo testimonio comunitario es parte de la misión, signo del Reino.

Se acabó el tiempo de los francotiradores. Seguramente por necesidad y no por convicción. Bendito sea el Señor. A ver si nos enteramos de una vez.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Puedo atarle las manos a Dios? (Mc 6, 1-6)

Claro que puedo atarle las manos a Dios. Lee el Evangelio de hoy. Allí, en Nazaret, nada pudo hacer. NADA ES NADA. ¿Por qué? Porque Jesús no va por el mundo hacia truquitos, espectáculos a lo Mago Pop. Jesús necesita de nosotros, de nuestra fe, de que queramos seguirle y estar con Él.

Nada puede hacer Dios en tu vida si tú no abres tus propias puertas y ventanas… Dios nunca se saltará tu libertad. Tremendo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam