Mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco (Hc 22, 3-16)

Leyendo hoy esta lectura me he emocionado. No es que haya visto mi historia en ella tal cual pero hoy he oído cosas que hasta ahora no había oído nunca. Siempre pensé que este pasaje no iba conmigo. Yo nunca había sido tan «malo» como Pablo. Yo siempre había estado del lado de Jesús… Hoy he hecho mío este relato.

«¿Qué debo hacer, Señor?» El Señor me respondió: «Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer.» Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.»
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Esos compañros tienen nombre y apellidos. Son mis hermanos de comunidad. Ellos me llevan de la mano a un lugar todavía no descubierto por mi. Siempre andando, siempre de pie pero cegado por muchas cosas. Siempre pendiente en lo que se refiere a mi vocación, a mi lugar, a mi misión y todavía con este sentimiento de no haber llegado a Damasco. Mientras, mis hermanos me llevan de la mano. Es lo mejor que te puede pasar cuando no eres capaz de ver por ti solo.

Llegará un día en que recobraré la vista y diga «aquí», «esto es», «estos son»… hasta entonces mi comunidad camina a mi lado, me quiere, me acepta, me acoge, me acompaña y me respeta.

Un abrazo fraterno

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