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Un Dios entre nosotros (Mt 18,15-20)

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Así termina el Evangelio de hoy. No es un deseo, ni un futurible, ni una condición, ni una promesa. Jesús nos ofrece una certeza, una afirmación, un tiempo verbal en presente que actualiza permanentemente la presencia de Jesús en el mundo. Nuestro Dios es un Dios que vive entre nosotros.

Es un tiempo de individualismos, de individualidades, de egoísmos, de selfies, de amores propios mal entendidos… Jesús nos invita a juntarnos. Ese «dos o tres» es un mínimo que expresa algo más que un consejo. Nuestro Dios es un Dios comunitario. Él mismo, Trinidad, es comunidad de amor. No se entiende de otra manera. Está atado de pies y manos. Su manera de ser Dios es esa, siendo relación. Y quiere para nosotros lo mismo. Todas las personas que te rodean son hijos de Dios, tus hermanos, pero ciertamente es difícil sentir a Dios cerca sin concretar la cercanía. Tu comunidad es su cercanía. Tu parroquia, tu grupo de oración, tu familia, tu grupo de catequesis… son sus manos, su palabra, su caricia. No se puede creer en solitario.

Y ahí está Él. Está de manera real. Está. Asiste a tu reunión, a tu oración, se sienta en el salón de tu casa, asiste a la bendición de tu mesa. Está. Aprendamos a sentirlo así de cerca. Tal vez si empezamos por aquí, nuestra vida cambie. Dios es un Misterio de Amor, omnipotente, demasiado grande para conocerlo y describirlo. A Dios no le ha visto nadie jamás. Nos excede. Pero ese exceso no limita su capacidad para ser amor cercano, pronta caricia, susurro de cariño, mano tendida, abrazo fraterno, palabra afilada, espejo de verdad en nuestras vidas.

Él vive, está. Ahí. Al ladito vuestro.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Imagen de @pepemontalva

Si sigues a Jesús, un mandato te espera (Mt 10,7-13)

Los que seguimos a Jesús tenemos un mandato. Porque los verbos que usa el Evangelio de hoy no son una mera invitación. Por eso la comunión es tan relevante. Estar en comunión con Él, comulgar, es estar dispuesto a recibir este mandato:

«ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.»

Imperativo, imperativo, imperativo. Id, proclamad, curad, resucitad, limpiad, echad, dad, entrad, averiguad, saludad, no llevéis… Jesús no se anduvo por las ramas.

Estamos llamados a dar continuidad a su presencia entre los hombres. Llamados a salir de nosotros mismos, a anunciar que el mundo es de otra manera si lo preside el amor, a vivir unas relaciones sanadoras con los demás, a dejar buen aroma a nuestro paso, a generar vida… descansando de vez en cuando, cargando las pilas en una comunidad que nos acoja, para luego volver a los caminos. Y así siempre.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Sin seguridades (Mc 6,7-13)



¿Estuvo ahí el error? ¿Hemos perdido en la Iglesia de occidente (quitando misioneros y demás) la capacidad de evangelizar en la inseguridad? ¿Nos hemos acomodado? ¿Hemos aquilatado nuestras instituciones y sus planes? ¿Nos da miedo perder?

¿Y en lo personal? ¿Cómo funcionamos cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies, cuando tenemos que arriesgar, cuando el futuro es imprevisible?

Nuestra seguridad debiera estar en la comunidad y en la confianza en Dios. No estamos solos, ni aquí abajo ni allí arriba. Esa es nuestra seguridad. Hasta el final de los tiempos. Y no hay otra mejor.

Un abrazo fraterno – @scasanovam



La fe crece en comunidad (Lc 6, 12-19)

Me costó mucho entender la necesidad de la vida comunitaria en mi vida. Lo percibía más como una amenaza que como un regalo. Tenía miedo de que otras personas entraran en mi vida a opinar y, además, con el aura de ser, la suya, voz de Dios. Tuve muchas preguntas. Y no había muchas respuestas.

Ahora miro atrás y compruebo que no es posible crecer en la fe ni hacer el camino de Jesús sin la comunidad. Unos la concretaremos más y otros la concretarán menos. Pero el mismo Jesús eligió un grupito de doce para poder llevar adelante su misión. ¿Los necesitaba técnicamente? No. ¿O sí? ¿No es Dios-Trinidad comunidad en sí mismo? ¿No nos está dejando claro que su amor sólo puede ser vivido en comunión?

La comunidad ha sido y es pilar de mi vida de fe. Concretar en unos hermanos y hermanas la vivencia del Evangelio. Poner rostro a la gran comunidad eclesial que, tantas veces, se nos diluye en su grandeza y en su universalidad. Jugarme la vida con personas concretas, con almas concretas, con brazos concretos con lo que sostenerme y a los que sostener.

La fe necesita de una comunidad para crecer, igual que toda persona necesita de una familia. De lo contrario, su futuro es complejo y oscuro.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Tomás y la necesidad de la comunidad (Jn 20,24-29)

Cuando era más joven, dudaba de la necesidad de vivir la fe en una comunidad pequeña. Me llegaba ir a misa los domingos y pensaba que con eso, mis lecturas, mis sacramentos, etc. me llegaba. La idea de compartir con los demás mi fe, mis dudas, mi vida, recibir de ellos una palabra, reconocer a Dios en los hermanos… me resultaba ciertamente cuestionable.

Cuando hoy me encuentro con el pasaje de la aparición del Resucitado a Tomás, recuerdo mi proceso de fe y la importancia de la comunidad en el mismo. Tomás no estaba con la comunidad cuando Jesús se apareció por primera vez. Fuera de la comunidad, se multiplican las preguntas sin respuesta, las suspicacias, los razonamientos, la ideologización de la fe.

Jesús, que sabe de la necesidad de Tomás de «tocarle», podría habérsele aparecido a él y haber zanjado el asunto. Pero la comunidad es el camino privilegiado para el encuentro con el Resucitado. No hay fe sin otros. Eso es ser cristiano. Más que una serie de creencias, dogmas, liturgias, ritos y verdades… el cristiano es aquel que se abre a los otros, que vincula su historia con la de otros y que, en ese abrirse por completo, se encuentra con aquel que fue pura apertura, puro amor, pura entrega.

Señor mío y Dios mío. Esa fue la respuesta de Tomás. Ya no había preguntas, ni dudas, ni pruebas que hacer. Todo se había desvanecido por la fuerza del Espíritu.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

De dos en dos (Mc 6,7-13)

Cuesta creer que, pese a los esfuerzos de Jesús de afrontar la misión en comunidad, algunos se creyeran que cada uno puede hacer la guerra por su lado. Párrocos que, ante el éxito de su parroquia, no contaban con nadie y eran casi idolatrados por sus energías y propuestas; religiosos que llegaban a un colegio y lo ponían patas arriba, con su carisma y su entrega… Todo muy encomiable pero muy poco comunitario.

Hoy Jesús nos vuelve a recordar que no nos envía solos a la misión. No es sólo por nosotros, para que no andemos por ahí en soledad, sino más bien para dejar claro que la misión se afronta junto a otros, porque el mismo testimonio comunitario es parte de la misión, signo del Reino.

Se acabó el tiempo de los francotiradores. Seguramente por necesidad y no por convicción. Bendito sea el Señor. A ver si nos enteramos de una vez.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Seamos comunidad que alimente (Mc 6,34-44)

La comunidad cristiana ha sido una de las grandes olvidadas en los últimos tiempos y parece que, poco a poco, unos y otros intentamos recuperarla. Sin comunidad cristiana, todo lo demás se queda cojo. Y es que seguir a Jesús no es asunto de francotiradores, de artistas, de gestores, de estrellas espirituales… No se trata de lo que puedo hacer yo sino de lo que podemos hacer juntos, los que seguimos al Señor.

«Dadles vosotros de comer»

Ese vosotros en labios de Jesús va cargado de una intencionalidad manifiesta del Señor. Los milagros, obviamente, queda claro que no son lucimientos personales por su parte. Y con ello nos transmite que tampoco lo son para ninguno de nosotros. No quiere «salvadores». Jesús quiere comunidades vivas donde el poner al servicio de todos, el compartir, el entregarse… sea el corazón de la fe compartida.

Yo vivo en comunidad, junto a mi familia y a cuatro religiosos escolapios. Comemos juntos. Rezamos juntos. Celebramos juntos. Nos divertimos juntos. Y somos testimonio juntos. Es verdad que cada uno tiene sus tareas propias y personales pero si alguna encomienda tenemos como comunidad es la de ser imagen del mismo Jesús, que cuando otros nos vean se interpelen y busquen al Señor.

Cuando la comunidad parroquial, religiosa, laica, de vida… está viva, sus miembros experimentan el amor de Dios encarnado y son, a su vez, manos de Jesús para sus hermanos. De eso se trata.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Las parálisis en la Iglesia (Lc 6,6-11)

Muchas veces nos somos capaces de afrontar nuestras propias parálisis y las parálisis de nuestras propias comunidades y familias. Lo mismo les pasaba a los Corintios, en aquel momento, que, ante un problema con uno de sus hermanos, no sabían cómo afrontarlo.

A veces resolvemos de manera más fácil los asuntos de los demás que los nuestros propios. Este, sin duda y a mi parecer, es una de las cosas que no gustan tantas veces de la Iglesia o de la parte más visible de ella. Juzgamos hacia afuera, resolvemos con contundencia problemas morales; esto sí y esto no, pecado por aquí y pecado por allá. Pero no somos tan ligeros cuando nos encontramos con situaciones parecidas entre nosotros. Es como si una fuerza de bondad asombrosa nos impidiera decirnos a nosotros mismos, o a un familiar o a un hermano o a un sacerdote o a quién sea: «esto no, no está bien».

Cuando nuestras familias o nuestras comunidades albergan un problema, hay que afrontarlo. La corrección fraterna no se nos da bien porque la practicamos poco. El silencio suele ser lo más frecuente. Silencio y para adelante. Así nos va. O, por el contrario, correcciones muy poco fraternas. O correcciones «happy» que poco tienen de fraternas. Fraternidad no es sinónimo de romántica tontuna, de falso respeto, de sutil indiferencia. Fraternidad es vivir unidos, en comunión y en Cristo. Y esto de tonto, romántico, happy o liviano, no tiene nada.

Así que ánimo. Cuando haya parálisis en alguno de nuestros miembros, Jesús en medio y a sanar cuanto antes, antes de que llegue la gangrena.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

25 de agosto, ¡qué Calasanz tan especial!

Oficialmente para mí, desde hace unos años, el curso propiamente dicho comienza el 25 de agosto, festividad de San José de Calasanz y día en el que la comunidad nos reunimos de nuevo tras el verano y abrimos las puertas del colegio para que todo el que quiera pueda acercarse a celebrar la fiesta con nosotros.

Este curso que comienza tiene unas connotaciones muy especiales. Viene precedido, además, de un verano trabajoso y cansado en el que nos hemos vuelto a mudar al colegio, tras dos cursos de obra en el edificio donde estábamos. Tercera mudanza en tres años. ¿Quién ha dicho «miedo»? Miedo no, pero cansancio mucho. Pero el objetivo parece que se va cumpliendo: tener el hogar a punto para cuando el 3 de septiembre, lunes, se enciendan las luces.

El 2018 pasará a mi historia personal como lo hizo en su momento el 2015. Cumpliré mis 42 años y podré decir que he llegado. La meta definitiva sólo es el final, la vida eterna junto a Dios, para los que creemos en Él. Pero hay metas volantes, a lo largo del camino, muy importantes. Fue meta mi matrimonio. Fue meta el nacimiento de cada uno de mis hijos. Fue meta mi primer día de trabajo remunerado en General Electric Healthcare allá por el 2000. Fue meta mi primer viaje al otro lado del charco. Fue meta superar a su lado la enfermedad de mi madre. Y será meta en breve el hecho de comenzar mi labor docente en un colegio escolapio. Sí, he llegado.

No hay camino importante exento de sufrimiento. Yo he caminado por el desierto mucho tiempo. Hubo días en que me arrastré, días en los que desfallecí, días en los que quise dejar de andar. Hubo días de luz y días de oscuridad. Hoy miro hacia atrás y veo la mano del Señor en cada curva, en cada recodo, en cada cruce, en cada nube, en el sol abrasador, en la fina lluvia, en las etapas en soledad y en los ratos acompañado. Y sé que su promesa, por fin, va a tener cumplimiento.

Nuevas puertas se abrirán y nuevas sendas aparecerán ante mis ojos. No tengo ni idea de qué va a suceder a partir de ahora. Está la tentación de dejar de buscar, de dejar de caminar, de complacerme en lo conseguido. No puedo caer. Por eso quiero seguir despierto, atento, en vela, vigilante. Quiero responder, alegre, como María, «aquí estoy, hágase en mí según tu Palabra» para luego vivir únicamente para traer a Dios al mundo, a cada chico, a cada familia.

Que el Espíritu me acompañe y que su sabiduría guíe mis pasos. Y que Calasanz, que llena cada uno de estos muros y vive en cada uno de sus seguidores, me enseñe con paciencia a ser fiel hijo suyo.

Es tiempo de gozo. Es tiempo de alegría. Es tiempo de cumplimiento. Es tiempo de don.

Un abrazo fraterno

¿Es posible la relación personal con Dios sin la comunidad? (Jn 20,24-29)

Es difícil tener experiencia de Jesús Resucitado apartado de la comunidad creyente. Eso es lo que le pasó a Tomás y lo que, hoy, le pasa a tantos que, alejados de la Iglesia, pretenden mantener su fe firme y sus convicciones inquebrantables. Pues no es posible. Cuanto más te alejas de la Iglesia, más fácil es que dejes de tener al Señor en tu vida, más difícil sostener una relación.

En una época como la que vivimos, caracterizada por la dictadura del individualismo y del «yo puedo» por encima de todo, conviene recalcar la idea de que detrás de todo ello hay una trampa ciertamente sutil. Claro que Dios establece una relación personal con cada uno de nosotros. En el Evangelio de hoy también se ve: Jesús hace proceso con Tomás y la manera en la que se tratan es diferente al resto, porque Jesús sabe que Tomás es único y que necesita de una relación diferente a la que tiene con Pedro o con Santiago o con Juan. Pero esa relación personal no debe llevarnos a pensar que es posible vivir al Resucitado al margen de la comunidad.

Es en la comunidad donde somos capaces de «ver» y «oír» al Maestro. Es en la comunidad donde le reconocemos en medio de nuestra vida. Es en la comunidad donde encontramos respuestas que calman nuestra sed, donde encontramos la paz que nos regala Cristo.

No son tiempos para francotiradores creyentes. Son tiempos de Iglesia, con sus defectos y sus carencias. Construyamos auténticas comunidades eclesiales de fe y el Señor iluminará nuestra existencia.

Un abrazo fraterno – @scasanovam