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Un lugar preparado para ti (Jn 14,1-6)

Hoy hablaba con mis tutorandos de la vocación y de la felicidad. Llegamos a la conclusión de que la felicidad no se sustenta en las cosas y que, la mayoría de nosotros, la sustentamos en personas, familia y amigos. De su bienestar y del nuestro, decían los chicos en resumen, depende la felicidad. Dios nos quiere felices.

Sin pretender desdecir mucho a estos preadolescentes a los que quiero mucho, pregunto: ¿No será la felicidad más un lugar que un estado emocional o sentimental? ¿No será la felicidad ese lugar que hoy nos promete Jesús a través del Evangelio de Juan?

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.»

La vocación es ese lugar preparado para ti. Lo ha preparado Dios, con mimo y cuidado. Felicidad es caminar hacia él y, en lo posible, llegar. Un lugar que es cielo en la tierra y que será cielo en la eternidad. ¡Es un lugar que puedo empezar a disfrutar aquí ya! Sí, es cierto: no es una felicidad plena pero algo me deja entrever lo que será cuando llegue el momento. Responder a la vocación es querer llegar ahí. Felicidad es sentir y saber y descubrir que has llegado.

Cuando uno llega a ese lugar, como en todos, a veces truena y otras veces hace sol; a veces hace calor y otras frío. En ese lugar uno a veces goza de la compañía de los quiere pero también, así es, a veces llora su pérdida y saborea su soledad. Pero nada elimina ya el amor con el que ese lugar fue preparado, el calor del que lo habita contigo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Carta al P. Gabino

Querido Gabino, llevo días queriendo escribirte y creo que ha llegado el momento. Me he puesto un poquito de música instrumental, de esa que me gusta, para ayudar a mis emociones a salir a flote. Ya sabes que a veces me cuesta aunque voy mejorando… ¿Qué te voy a contar que no sepas?

Cuando me despedí de ti el pasado martes de noche no sabía que no íbamos a volver a vernos. La muerte a veces llega así, sin avisar, aunque nadie puede esquivarla. ¿Por qué será que siempre pensamos que va a haber un mañana? Si lo llego a saber te hubiera dado un abrazo muy fuerte y me hubiera despedido de ti sin pena. Al final, antes o después, toca despedirse y, si quieres que te diga la verdad, ojalá pueda irme como tú te has ido: vida dilatada, intensa, plena, entregada, y sorprendida por la muerte, en casa y entre hermanos. Firmo. Además, a ti eso de dar pena no te va, ¿a qué no? Pero un abrazo y un gracias quedan pendientes hasta que volvamos a encontrarnos.

No recuerdo exactamente desde cuándo nos conocemos. Con nosotros pasa como con el enamoramiento: un día te descubres enamorado pero sería difícil decir desde cuándo, en qué lugar y a qué hora eso comenzó. Tampoco nuestra amistad tiene fecha, aunque puedo decir que hace unos cuantos años, posiblemente cuando aterrizaste en Aluche y comenzaste a moverte por entornos madrileños y fraternos. Siempre con tu barba blanca, más o menos poblada en función de la estación del año en la que estuvieras. Siempre con tu sonrisa en la cara, torcida de tanto usarla. Siempre lleno, siempre disponible, siempre testigo del Amor.

En todos estos años de compartir, tengo que agradecerte el cariño y la confianza que siempre me has demostrado. Aunque parezca mentira, no son actitudes que sobren y todos las necesitamos, al menos un servidor. A tu lado siempre he sentido que podía ser yo, tal cual, sin disimulo ni filtro. Supiste quererme. ¿Hay mejor manera de cuidar a una persona, de acariciar su vocación, que queriéndola sin más? Eras el Iniesta de la Provincia: todo lo hacías de una manera que parecía fácil y, sin embargo, ¡nada más lejos de la realidad! Tu estar siempre a la escucha, al servicio, te permitía centrarte en lo realmente importante. Tú, querido Gabino, intentabas hacer vida (y muchas veces lo conseguías) las grandes palabras: Reino, amor, vocación, pequeños, niños, fe, alegría… Hablabas poco de eso porque sencillamente te dedicabas a vivirlo. Hacías menos y estabas siempre. Hacías cada día menos para ser cada día más. Cuánto necesitamos de esto… qué gran herencia nos dejas entre manos… ¿Sabremos aprovecharla?

Reconozco en ti muchas cosas de mí, que me hacían entenderme a la perfección contigo. Ese sentido del humor, a veces evidente y otras veces sutil, aderezado de ironías y medias palabras. Ese optimismo casi patológico que desarma a aquellos que sólo saben caminar con el ceño fruncido y que no esperan ya nada porque han dejado de creer en casi todo. Somos, los dos, disfrutadores natos. Tú descubriste hace mucho, y yo lo voy haciendo, que esto del Reino es un don, que la salvación ya nos ha sido dada y que cada día debe ser Pascua. Y por eso merece la pena descargar equipaje y disfrutar, sí, disfrutar del tiempo que se nos ha regalado, de la compañía del hoy, de la comida en la mesa, del canto en la celebración, de la amistad compartida, de los horizontes plagados de utopías que, a la vez, nos mantienen en el camino…

Eras antídoto contra el desánimo, por eso eras imprescindible; por eso es que, con tu marcha, se va uno de los escolapios más jóvenes de la Provincia Betania. Tu proceso ha sido tan verdadero, tan cercano a Jesús de Nazaret, que con cada año que cumplías, te hacías un poco más niño. ¡Ay Gabino! ¡Qué difícil eso de hacernos niños! ¡Cuántas veces leemos eso de «os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» y cuánto nos cuesta entenderlo! ¿No deberíamos ser los escolapios expertos en niños? ¿No deberíamos ser nosotros expertos en hacernos pequeños y mirar la vida con ojos de niño, amar con corazón de niño? Pues tanta niñez se nos atraganta. Creo que a ti no. Tú supiste alimentar bien al Niño que te habitaba y le dejaste ir libre, sin amarras ni temores; atrevido, ligero, creyente y confiado. Sí, Gabino, muchos te echaremos de menos a la hora de soñar y te rezaremos cuando nuestro ser escolapio envejezca por inanición.

¿Te perdiste alguna reunión fraterna en estos años que quisiste formar parte de la Fraternidad? ¡Ninguna! Sólo al final, cuando ya tenías difícil viajar, empezaste a ausentarte de vez en cuando, aunque seguiste colaborando con tus oraciones, tus vídeos y con aquello que se te pedía. ¡Fuiste un valiente Gabino! Sin hacer mucho ruído pero, ¡ahí siempre! ¿Qué haremos ahora? No sobran escolapios fraternos, ya lo sabes. Ese «nosotros» que tú vivías con tanta naturalidad sigue en cuestión, ¡tantos años después! ¡Ya sabes lo que te toca! ¡Ahora estás en situación privilegiada para echarnos una manita! Necesitamos nuevas fuerzas, energías renovadas y mucha más fe de la que tenemos. Seguimos midiendo tanto, presas de tantos miedos, recelos y prejuicios… Pensamos y programamos y nos reunimos, y nos volvemos a reunir, y escribimos planes y convocamos encuentros, y nos volvemos a reunir, y damos pautas, y hacemos estatutos, y encomiendas y lanzamos proyectos aquí y allí, y aprobamos cosas y nos involucramos algo, pero no mucho… vivimos en un permanente «querer dar pero sin querer perder». ¿Se puede entregar una vida sin perderla? ¿Se puede elegir un camino sin desechar otros? Damos vueltas y vueltas y vueltas a todo… Tú optaste por la vía del Espíritu: un sí generoso, un sí confiado, un sí fiel, un sí siempre presente, un sí cercano, un sí curioso e incluso juguetón, un sí lleno de comunión, un sí consciente de que podía ser no… pero quería ser sí. Gracias Gabino. Necesito aprender de ti y darme más y mejor.

Poco antes de que te fueras, me confesé contigo. Te pedí confesión porque hacía tiempo que no le daba una vuelta al estado de mi corazón, algo dejado y poblado de telarañas en algún rincón. Me escuchaste y me devolviste amor, como no puede ser de otra manera. Reino, amor, oración, habla con Jesús, cuéntale, tenle presente en cada momento, una frasecita aquí, ahora otra allí… Tenle siempre presente, hazlo compañero de camino, me dijiste. Y eso voy a intentar. Crecer en ello.

Verte estos últimos meses, en medio de esta pandemia, consciente de tus dificultades y de lo que no se podía hacer, ha sido un testimonio vivo para mí. Escuchar tus homilías cargadas de humanidad, verte rezando en la capilla, contemplar tus silencios, escuchar cómo estabas buscando «tu nuevo lugar en el mundo» como escolapio mayor en tiempos de pandemia… ha sido una contemplación permanente de la fuerza del Espíritu en una persona creyente, verdaderamente creyente. Siempre buscando, siempre hambriento, siempre sediento y, a la vez, habiendo descubierto de verdad la compañía y la intimidad con el que sacia nuestra vida.

Vocaciones pedías siempre para la Escuela Pía, Gabino. Puedo decir que vivir contigo ha fortalecido la mía. Tu herencia son mis ganas de ser mejor padre, mejor esposo, mejor cristiano, mejor escolapio. Y todo ello haciéndome cada día más niño.

Páter, ya no te tienes que cuidar. Ahora te toca cuidarnos. Sé que lo harás. Disfruta de la eternidad que, ya sabemos, se parece mucho a tu pueblo. Y cuando te sientes a la mesa de los escolapios que andan por ahí, con Calasanz a la cabeza, saluda de mi parte al P. Basilio, al P. Cano, al P. Severino, al P. Ambrosio, al P. Arturo, al P. Salvador, al P. JuanMari Puig y a tantos que me han ayudado a responder a la llamada. Soy gracias a ellos.

Un abrazo la mar de rico. Te quiero.

Santi

El don del matrimonio (Mt 19,3-12)

Parece que descubrir la vocación sacerdotal o de vida religiosa requiere de un fino discernimiento por parte de cualquier hombre o mujer que atisbe la posibilidad de ser llamado o llamada. Parece, en cambio, que el matrimonio es la vocación por defecto, lo que sucede si todo sigue su curso. Incluso parece que quién no toma ninguno de los dos caminos… está estropeado, ha tenido mala suerte o, sencillamente, es un rebelde sin causa.

Es muy hermosa la palabra de Jesús de hoy sobre el matrimonio: «No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don.» Un don, el del matrimonio, que requiere estar disponible para acogerlo, discernir para descubrirlo y amor para alimentarlo y hacerlo crecer. Y no, no es un don para todos.

El matrimonio es una llamada de Dios a dos personas, una llamada que implica construir una vida común, ser uno amando y respetando la alteridad del otro, testimoniar que es posible vivir con amor y en comunidad la vida regalada, crear un hogar y ofrecerlo a todo el que lo necesite y tener hijos, con responsabilidad, que encarnen el fruto de una vida mutua entregada. Fino discernimiento requiere esta llamada. Antes, durante y después de pasar por el altar.

Como Iglesia, queda mucho por hacer todavía, antes, durante y después. Le pedimos hoy al Señor fuerza para todos los matrimonios, especialmente para aquellos que están atravesando momentos de oscuridad.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Cuando el corazón se encoge (Ez 1,2-5.24–2,1a)

El relato del profeta Ezequiel parece lejano pero narra una experiencia a la que todos estamos expuestas en nuestra vida: la experiencia de encuentro con el Misterio.

Ciertamente, la persona del Hijo, Jesucristo, encarnado, dios y hombre verdadero, nos ayuda a sentir la presencia de Dios cercana, a «tocarla», «verla» y «entenderla». Pero tal vez corremos el riesgo de olvidarnos del Misterio de Dios y de lo que es Dios en sí mismo para cada uno de nosotros. Y es que mi relación con Dios es en buena parte relación con el Misterio y eso, en este mundo científico, tecnológico y racionalista, no es fácil y constituye una barrera en la fe de mucha gente.

Encontrarnos con el Misterio es encontrarnos con un Otro que sobrecoge, que es difícil de explicar y de razonar. Por eso, tantas veces, es difícil que nuestras experiencias de Dios sean «razonables» a ojos de personas que no han tenido esa experiencia. Encontrarnos con el Misterio provoca asombro y nos hace tomar conciencia de que somos criaturas, de que hemos sido creados por Él y estamos en sus manos. Encontrarnos con el Misterio proporciona paz y gozo en el corazón, sea cual sea la misión que se nos propone, su dificultad. De repente todo cobra sentido y una luz se enciende fuerte en nuestro corazón. Y uno no puede hacer otra cosa que seguirle…

Esa ha sido la experiencia de los profetas y de todos aquellos que, un día, hemos sentido que ese Misterio se hacía patente en nuestra vida. Unos le llaman intuición, otros revelación, otros Palabra, otros oración… Unos lo explican de una manera y otros de otra, a veces con una seguridad que asusta y, otras, balbuceando y llenos de dudas. Y así el amor se va abriendo paso…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Desde el vientre materno (Is 49,1-6) #MartesSanto

Mi historia comienza, Señor, antes de nacer. Qué bonito es saber que Tú me pensaste y me deseaste desde antes. Qué hermoso es descubrir que me llamas a estar a tu lado desde el comienzo.

No perder esto de vista da otra perspectiva a la vida. Saberse siempre el «llamado desde el comienzo» permite afrontar los días con ligereza y fe. Ojalá. Porque los días en los que la luz se oscurece, en los que no se entienden los acontecimientos, en los que el fracaso se adueña del presente, en los que las fuerzas flaquean, en los que uno se cuestiona si estará acertando… la llamada permanece. Tú sabes a quién has elegido. Me conoces y me sostienes, me guardas, me defiendes y me custodias… hasta que llegue el momento propicio de la recompensa.

Tú me llamas Señor con entrañas de Madre, desde el vientre de mi madre. Sostén mi fe.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Acoger el don, pese a los fariseos (Lc 5,27-32)

Soy exigente con los demás y sí, muchas veces me creo mejor que otros. Es parte de mi pecado. Ese aire de soberbia que me impide descubrir el pequeño tesoro de personas a las que, sencillamente, considero alejadas de Jesús.

El evangelio de hoy es para mí ciertamente desconcertante, teniendo en cuenta que no es Leví (Mateo) quién toma ningún tipo de iniciativa de seguir a Jesús. El único mérito de Mateo, y no es pequeño, es dejarse mirar y acoger el don del perdón y la confianza total del Señor.

Ayer mismo, en el cole, tuve una conversación con una alumna a la que, pretendiendo reconocerle el trabajo que estaba haciendo, me acerqué y le expresé lo bien que la veía en clase y en la asignatura. Su respuesta fue un «sí pero no», un «gracias pero no es para tanto», un rostro que no se acababa de alegrar con mis palabras. ¡Cuánto nos cuesta a veces acoger el don inexplicable!

Demasiado fariseo me siento a veces. Juzgador, desconfiado, exigente, viéndome como ejemplo. Eso me entristece, porque no quiero ser así. El Señor tiene que venir y tocar también mi corazón, como el de Mateo. Aquí estoy, Señor. Ven.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Para quién vives? ¿Para qué guardas? – Domingo XVIII TO Ciclo C

Es una pregunta muy directa que cada uno debemos afrontar. Se nos ha regalado una vida, más corta o más larga. A veces anhelamos con no morir pronto pero lo más importante es decidir cómo vamos a afrontar los días que se nos ha dado.

Ninguno sabemos cuándo abandonaremos este mundo. Todos moriremos. Entonces… ¿para quién vivimos?

Tú, ¿vives sólo para ti? Seguro que has oído, o has dicho, alguna vez eso de «piensa en ti», «te lo mereces», «no te agobies», «¿para qué meterme en líos?», «tu familia es lo primero»… Y no dejan de tener sentido en algún momento, por supuesto, porque nos tenemos que cuidar y querer. Pero pueden esconder también esa llamada universal y eterna que nos lanza Jesús: ¿para quién? ¿Para quién estudias? ¿Para quién trabajas? ¿Para quién te esfuerzas? ¿Para quién es tu tiempo? ¿Para quién es tu dinero? ¿Y tus energías? ¿Y tus dones? ¿Y tus capacidades? Incluso… ¿para quién es tu sufrimiento?

¿Para quién eres?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Cómo andas por el mundo? (Ef 4,1-6)

Hay una escena magnífica del club de los poetas muertos en la que el profesor Keating les anima a caminar a cada uno con el estilo que prefiera. Lo único que les pide es que cada uno busque su manera, que no se dejen llevar por otros, que no dejen que otros les digan cómo andar. Por eso, cuando leo hoy el fragmento de la carta de San Pablo a los Efesios, me recuerda enormemente ese episodio cinematográfico. ¿Cómo andas tú por el mundo? Gran pregunta.

Pablo me propone, te propone, andar según la vocación recibida. Eso es sinónimo de no traicionar a quién eres en realidad, de no darte la espalda a ti mismo, de no querer ser lo que no eres. A mí me cuesta a veces. Descubro que sigue teniendo peso lo que los demás digan sobre mí. Por decirlo de otra manera, sigo necesitando demasiado, tal vez, que los demás estén contentos conmigo. Aún más, sigo necesitando ser aquel con el que estén más contentos. Y como eso es imposible… me afecta.

Hoy te pido Señor que me sigas ayudando a crecer mirándote más a Ti, fijándome menos en las miradas de aprobación o no del resto. Esta exigencia conmigo mismo luego se traslada a la exigencia con los demás. Y hago daño. Y no es justo. Porque cada uno somos distintos, porque cada uno somos «otro», y porque Tú nos llamas a crecer en el encuentro con el «otro». Quiero ser fiel a mi vocación el educador, de marido, de padre, de comunicador de tu Buena Noticia, de escolapio. Y que nada me distraiga de mi camino.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Hoy se cumple tu Palabra (Lc 4,16-30)

Hoy, 3 de septiembre de 2018, pasará a la historia de mi vida como el día en el que se cumplió tu Palabra sobre mí. Hoy, por primera vez en 41 años, comenzaré el curso como parte de un claustro de profesores de un colegio escolapio. ¡Cuánto había soñado yo con esto! ¡Cuántas lágrimas derramé esperando este momento! ¡Cuánto esperé! ¡Cuánto sufrí! ¡Cuánto recé! ¡Cuánto permanecí sin perder de vista el objetivo, el sueño!

Como dice San Pablo, en su fragmento a los Corintios, llego temblando de miedo. Tanto tiempo esperando esto, tanto tiempo preparándome y ahora tengo el vértigo de asumir una tarea demasiado importante. Miedo de no saber, miedo de no servir, miedo de no estar a la altura. Y es ahí donde me reconfortan las palabras de Pablo: será el Espíritu y no yo, será su sabiduría y no la mía, la que me acompañe en este trayecto nuevo del camino y la que consiga extraer los mejores frutos de mi labor diaria.

Sólo puedo dar hoy muchas gracias a Dios. Y a la Escuela Pía. Por contar conmigo. Por llamarme. Por empujarme. Por hacerme sitio. Y a mi familia. A mis padres, a mi hermano, a mi mujer y a mis hijos. Por ser piedra sobre la que apoyarme todo este tiempo, por sus sacrificios y sus desvelos para que lo que hoy sucederá se hiciera realidad. Y gracias a mis hermanos de comunidad y a las personas especiales, amigos y amigas, que me conocen y que me quieren y que hoy comparten conmigo esta felicidad inmensa.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

María y los escolapios (Lc 1,39-56)

María actualiza el salmo de hoy en su visita a Isabel. «Mi fuerza y mi poder es el Señor», dice el salmista, y María, desde ahí, proclama la grandeza de su Salvador.

¿Puedes tú, con el salmista, con María, decir que tu fuerza y tu poder es el Señor? ¿Puedes decir que tu fuerza y tu poder no son el dinero que tienes en el banco, ni la casa en la que vives, ni el coche en el que viajas, ni los libros que has leído, ni los títulos que tienes, ni los planes futuros? ¿Puedes plantear tu vida desde la grandeza de un Dios que se hace carne en tu pequeñez y que, desde ti, pretende llegar a todos? ¿Dónde encuentras tu fuerza? ¿Dónde la pierdes?

Hoy es también el Día de Oración por las Vocaciones Escolapias. Sin duda, tiene mucho sentido, celebrar este día junto con la Visitación. Comprobar que, al final, se trata de dar un sí, de abandonarse, de reconocer que no es en uno donde reside la fuerza. Es Dios quién me llama, es el Señor quién obra en mí, es el Espíritu que me habita el que pone la palabra en mi boca, el que me lleva aquí y allá, el que libera, cura, sana, salva.

Ojalá muchos hombres y mujeres de hoy estén dispuestos a ser buenos escolapios, siendo laicos y religiosos. Escolapios que dediquen su vida por entero a los niños y jóvenes. Escolapios que vivan con pasión la educación y que encuentren en la escuela un auténtico camino a Jerusalén, un lugar donde vaciarse y dar la vida por completo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam