Los de casa, los de fuera (Lc 4,16-30)

Traicionados y burlados, así se sintieron los «israelitas» creyentes, los «israelitas» de siempre, los de casa, los de toda la vida.

Esperanzados y reconfortados, así se sintieron los extranjeros, los que vivían al margen, los que no creían en el Dios de Israel, los no elegidos.

Escuecen. Las palabras de Jesús escuecen y mucho. Porque muestran con claridad quién es Dios y a qué ha venido Él al mundo. El Dios-amor de Jesús todavía no ha calado en el corazón de los judíos, entretenidos en la Ley y en las minucias del reglamento. El Dios-amor que a todos acoge, que a todos busca, que a todos llega, no es fácilmente asimilable por aquellos que, por saberse elegidos, se sienten distintos al resto, se sienten los únicos merecedores de las promesas de Dios.

No han cambiado mucho las cosas, más de 2000 años después. Sigue escociendo el Dios-amor que hace salir el sol sobre buenos y malvados, que deja a las 99 ovejas «buenas» para salir en busca de la perdida, que recibe entre sollozos al hijo perdido y le prepara un banquete, que muere crucificado sin maldecir, sin acusar, sin juzgar, sin retorcerse en sus ideales. Sigue escociendo el Dios-amor que no se defiende, que no replica, que no mezcla al César en sus asuntos, que habla con mujeres y juega con niños. Sigue escociendo. Porque muchos creen en otro Dios.

Sigo, Señor, necesitando purificar mi fe. Sigo necesitando una mirada más limpia para acogerte y para salir a los caminos de la vida a acoger a todos mis hermanos, curarles, sanarles, anunciarles tu amor. Sigo necesitando un corazón más grande y menos endurecido, que juzgue menos, que exija menos, que reclame menos, que dé más. Ayúdame, Padre, a parecerme más a Ti.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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