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El amor no se fija en el mal (Mt 7,1-5)

Yo soy de los que se fijan en la mota del ojo ajeno. Voy aprendiendo a mirar mejor. Y a ver también la viga en los míos.

El problema no está tanto en ver el defecto ajeno como en «fijarse». Fijarse es hacer que la mirada permanezca en ese punto. Y eso es falta de amor. Porque no se trata de evadir la realidad y hacer como que todo es perfecto. No se trata de no corregir fraternalmente ni decirle al otro el mal que hace. Se trata de no descansar la mirada ahí. Se trata en levantar la vista de nuevo, deseando buscar rincones mejores, la sombra del don, bajo la cual uno descansa a gusto.

Exactamente lo mismo con el pecado propio. No es cristiano fijar la mirada en tu propio pecado de manera que sea incapaz de percibir el luminoso destello de la gracia.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Si me amas… (Jn 14,27-31a)

Si me amas… te alegrarás de que vaya al Padre. Qué frase tan bonita esta de Jesús a sus discípulos. Una bonita y precisa definición de amor.

Y es que amar es sobre todo pensar en el bien del otro. Y no hay nada mejor que mi amado, que mi amada, esté cerca de Dios. Es lo máximo a lo que puedo aspirar como verdaderamente amante.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¿Dios quiere que seamos tentados? (Mt 4,1-11)

La primera frase del Evangelio de hoy es desconcertante:

» Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo»

En varios lugares de la Biblia se nos dice que no, que las tentaciones nunca vienen de Dios sino del Maligno, con el objetivo de enredar, destruir, confundir, alejar de Dios. Lo que sí es de Dios es el Espíritu que habita en Jesús, un Espíritu que le llama y le empuja, tras su bautismo en el Jordán, a cambiar su vida y a comenzar su misión.

El desierto no es un espacio físico. Posiblemente todos lo atravesamos cuando movidos por el Espíritu, afrontamos la decisión de hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas. El Espíritu, que no se ve, y que nos habla en el Misterio, nos empuja a poner nuestra vida al servicio, a responder a nuestra vocación de hijos de Dios. Y ahí, en la frontera, en el precipicio, en el desierto existencial al que nos enfrentamos antes de dar la vida para perderla, uno debe estar dispuesto a ser tentado.

La tentación siempre tiene por objeto que dejemos de ser lo que somos, que perdamos nuestra condición de hijos, de criaturas hechas a imagen y semejanza de su Padre; que dejemos de amar a nuestro Señor sobre todas las cosas.

Quien ama siempre se encontrará con la tentación de dejar de amar. Llegará en el momento justo, en el instante supremo de debilidad, en la cúspide de la entrega, en la dificultad máxima. Somos probados, sí, y a la vez, nos encontramos con la oportunidad de demostrarnos la grandeza de nuestro corazón, la fuerza del Dios que vive en nosotros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El silencio de los fariseos (Mc 3,1-6)

Cómo le dolió a Jesús el silencio de los fariseos ante la pregunta que les lanzó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?«. Cómo le duelen nuestros silencios también ante disyuntivas donde está en juego la persona.

El silencio de los fariseos, que se quedaron callados, refleja una dureza de corazón difícil de aceptar para Jesús. Es demasiada la distancia que les separa. Los fariseos, creyentes escrupulosos con el cumplimiento de la Ley, son incapaces de entender el Reino de Dios que se hace presente con el Maestro. La letra de la Ley está por encima del espíritu que la sustenta, algo que Jesús se esfuerza en cuestionar durante toda su vida.

Yo tengo también algo de fariseo, de cumplidor. Creo que parte de mi educación religiosa va por ahí y, pese a la formación y mi crecimiento, todavía me queda algo en la sangre. Cumplir da seguridad. Cumplir también me encorseta, me aleja de la felicidad y me hace vivir muchas veces la ley como un peso. Y lo que es peor, me hace «como Dios», soberbio. Porque en el fondo, el que se «esfuerza» en cumplir, lo hace porque piensa que así «se gana» el cielo, dejando la misericordia de Dios como un mero accesorio.

Ojalá, Señor, me ayudes a ser como tú, a vivir ligero de equipaje, con el único traje que tu amor, atento a las necesidades de mis hermanos y sin miedo a ver en la Ley, más que letra, espíritu.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No hay temor en el amor (I Jn 4,11-18)

Muchos dirían que el antónimo de amor es el odio. Otros dirían que, más bien, es el egoísmo. Yoda, el maestro Jedi de la saga de Star Wars, posiblemente nos diría que lo contrario al amor es el miedo. Y no le falta razón.

¿De qué tienes miedo? ¿Qué te impide hacer o vivir ese miedo? ¿Cómo te dispone ante los demás? No estamos hablando de miedos «accidentales» del tipo miedo a las tormentas, miedo a los aviones, miedo a las cucarachas… Estamos hablando de los miedos «existenciales». ¿Miedo a estar solo? ¿Miedo a no ser aceptado? ¿Miedo a perder el poder? ¿Miedo a dejar de ser relevante? ¿Miedo a que me hagan daño? ¿Miedo a fallar? ¿Miedo a…?

Es hora de contarte los miedos que tienes y de contárselos a Él. Dile que quieres amar, que no quieres temer; que quieres navegar, que no quieres quedarte en puerto.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Que los montes traigan paz (Sal 71)

El 2020 ha comenzado con crispación, tensión, guerra, amenazas. Necesitamos más que nunca ser constructores y dadores de amor.

El mundo necesita amantes. Lo que más. Por encima de cualquier otra cosa.

Sin amantes, no habrá paz.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El gasto genera riqueza (Lc 19,11-28)

Dicen los economistas que en época de dificultades, se gasta menos, por precaución, y la recesión aumenta. Para que la economía crezca, debe haber movimiento de dinero. El gasto es bueno para el mercado, produce riqueza.

En lo espiritual, podemos decir que la dinámica es parecida. Nos han sido regalados dones, cualidades, capacidades. ¿Qué hacemos con ellas? Sólo gastarlas garantiza que la riqueza crece. Una riqueza que no es para uno sino para todos. Riqueza de la buena. Sólo el don que se entrega sirve para el fin para el que fue creado.

No hay amor que lo sea si se guarda. El amor, o se gasta, o caduca y echa moho. Yo prefiero gastarlo. Es la manera de asegurarse una eternidad de bienestar.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El deseo de estar con el amado (Jn 20,1.11-18)

Llevo unos días sin mi mujer por cuestiones laborales. Y recuerdo la entrada que escribí en Aleteia hace tiempo acerca del deseo y de echarla de menos. Y me parecen preciosas las lecturas de hoy, llenas de tanta pasión, deseo, sed, ansia por estar con el amado.

A María Magdalena le mueve el deseo de estar con aquel que la amó tanto, que la amó más que nadie. Ella, una mujer apasionada que sabe lo que es estar perdida, herida, dañada y en la fosa de la existencia, corre al sepulcro aquella mañana porque sabe que el amor no muere, que tiene algo de eterno. Ella desea volver a Jesús. Su corazón está con él. Y eso es lo que le permite ser la primera testigo de la resurrección.

A veces siento que mi amor por Dios es demasiado cerebral, calculado, intelectual. Le falta carne, le falta pasión, le falta deseo, le faltan abrazos y caricias, le falta temperatura. El amor humano es un bello camino para comprender esto. Tal vez Dios y yo debamos irnos a cenar solos algún día, hablar de nosotros, recordar lo que nos enamoró al uno del otro y volver a casa para amarnos como si se acabara el mundo. Y por la mañana, al despertar, mirarnos al comenzar el día y decirle a la cara: «Te quiero, amor».

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Cansancios y agobios (Mt 11,28-30)

A veces el cansancio tiene más que ver con el agobio que con el desgaste físico del cuerpo. No hay peor cansancio que el de la vida en general, el de nuestra propia existencia.

Trabajos que no nos llenan. Tareas que nos dejan exhaustos. Reuniones, transportes, desplazamientos, poco descanso, poca diversión, poco tiempo de disfrute, poca oración… Eso termina en agotamiento vital.

El agotamiento vital no se arregla con pilates, ni con yoga, ni con crossfit, ni con una alimentación healthy a base de verduritas y frutas. El agotamiento vital ni siquiera es algo de cabeza, sino más bien del corazón. Por eso el amor es lo único que puede devolvernos la vida de nuevo. Acude a Jesús. No tengas miedo. Aunque haga tiempo que no acudes a él. Acude a Él, cuéntale qué te pasa y abre tus oídos. Tal vez el amor entre de nuevo y abra puertas insospechadas.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Una vida para otros (Mt 8,18-22)

Hoy marchan a Marruecos los miembros de la expedición de la Casa Escuela Santiago Uno que, cada año, en el marco de su proyecto Llenando Escuelas, pasan los dos meses de verano en algún pueblo bereber de una de las zonas más empobrecidas de nuestro vecino africano. Chicos, chicas, educadores y voluntarios, entregados e ilusionados por dar y recibir, por trabajar, colaborar, conocer, convivir, aprender…

Me he acordado de ellos leyendo el Evangelio de hoy, un pasaje que suele rechinar por la dureza que parece manifestar Jesús ante aquellos que se le acercan y le muestran su disposición a seguirle. Pero esa dureza no es más que la advertencia ante uno de los riegos más evidentes para seguir a Jesús: los «pero», los «después», los «en cuanto pase», los «espera un momento»… En el fondo, Jesús sabe que nos cuesta dejar y que todo aquel que quiera seguirle debe dejar.

Jesús nos pide una vida descentrada de nosotros mismos, una vida para otros. Y no al 40%, ni al 60%, ni al 80%… Nos la pide toda. Sabe que lo que no se da por entero, en el fondo, no se está dando.

Ojalá los chicos y sus educadores que hoy parten experimenten en profundidad este «darse», este «no tener donde reclinar la cabeza», este «ir aquí y allá», siempre por y para los demás. Si algo te transforma por dentro es el amor y éste no es otra cosa que estar dispuesto a entregar la vida a aquel que se cruza en tu camino, al que te necesita. ¡Buen viaje chicos! ¡Y a entregar todo lo bueno que lleváis dentro!

Un abrazo fraterno – @scasanovam