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Evangelio para jóvenes – Domingo 26º del Tiempo Ordinario Ciclo C

Han sido días de fiesta en casa. Ayer mismo cumplí 46 años y lo celebramos con mucha gente. Primero, una merienda con jóvenes exalumnos de Movimiento Calasanz que, con los años, son ya familia. Por la noche, con amigos que nos hacen los días más bonitos. Y hoy, tras la Eucaristía, con la familia y la comunidad. Banquete tras banquete, que diría aquel. El caso es que me paro a mirar hacia atrás y compruebo que siempre he intentado celebrar la vida y disfrutarla como un regalo y, además, siempre he intentado que otros se sumaran a esta celebración. Leamos el evangelio de hoy [Lc 16,19-31]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

¿Cuántas personas viven cerca de mí que claman por mi ayuda? ¿Cuántos chicos y chicas del cole se acercan a recibir algo de lo que yo puedo ofrecerles? ¿Cuántos necesitan de nosotros, de ti y de mí? ¿Qué podemos ofrecerles? Porque tal vez ni tú ni yo vestimos «lino» ni «banqueteamos» cada día como comenta el Evangelio. Y aún así, la Palabra llega hoy a mí como un dardo. Te dejo tres pistas:

  • «Lázaro» – Lázaro se postraba a la mesa del rico y se saciaba con las migajas que caían. El rico necesariamente sabía de su existencia y nunca le invitó a participar. Tú y yo tenemos nuestras propias riquezas y ofrecemos nuestros propios banquetes. Tenemos tiempo. Tenemos dones y capacidades. Tenemos lo mejor de nosotros mismos. ¿Qué hacemos con ello? ¿Sólo para nosotros? ¿Sólo para nuestro propio beneficio? ¿Has identificado alguna vez qué personas te ha puesto Dios cerca que necesitan de ti, de ese tiempo, de esos donde, de lo mejor de ti? Están ahí, en tu día a día, esperando que te des cuenta de que existen. Ponles nombre y actúa. La salvación está en lo pobres, no en la letra de la Ley.
  • «Un abismo inmenso» – Es el abismo del egoísmo, que te aleja de todos. Ese es el infierno. Un infierno que puede comenzar ya aquí, en la tierra, escondido tras los flashes de una vida aparentemente envidiable, pero llena de insatisfacción, soledad, frialdad, superficialidad, derroche que no alimenta. Es el infierno del que vive sin Dios porque no le necesita. Es el infierno del que mira, sin ver al prójimo. Es el infierno del que descubre demasiado tarde la tragedia. Es el infierno del que, ya en el infierno, sigue pensando sólo en él mismo.
  • «Los profetas» – Dios habla. A veces guarda silencio, pero no siempre. Se sirve de personas que lo escuchan y, a través de ellos, nos hace llegar su voz, su caricia, su consejo, su advertencia, su disgusto. No sé cómo andas tú de oído. ¡Cuántas veces esperamos que Dios nos hable y estamos sordos ante su voz, una voz que nos llega a través de personas que se acercan a nuestra vida y que nos interpelan, directa o indirectamente! Hazte sensible a la voz de los profetas. Quítate ya la cera de tus oídos y ¡escucha al Señor!

Termina el domingo, un fin de semana lleno de vida y cariño. Lo termino con la conciencia de que todo lo bueno que Dios me ha regalado, que es mucho, no es sólo para mí. Mi vida ha sido hecha para ser compartida, entregada. Mi vida ha sido hecha para dar vida. Ojalá el Señor me ayude y me siga interpelando con su palabra.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 25º del Tiempo Ordinario Ciclo C

Esta semana pasada he comenzado las clases con mis nuevos alumnos de Matemáticas y TIC en el cole. Presenté mis asignaturas y todavía no me metí en harina. Vamos poco a poco, que el aterrizaje es duro. Lo que sí intenté es transmitir un mensaje que me parece importantísimo: yo voy a dar lo mejor como docente y eso es exactamente lo que espero de mis alumnos, que den lo mejor de sí. Malgastar las posibilidades que uno tiene, las capacidades que le han sido dadas, es, tal vez, uno de los mayores males que podemos cometer. Leamos el evangelio de hoy [Lc 16,1-13]:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando».
El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió:
“Cien barriles de aceite”.
Él le dijo:
“Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él contestó:
“Cien fanegas de trigo”.
Le dice:
“Toma tu recibo y escribe ochenta”.
Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Derrochar es malgastar. El propietario «llama a filas» a su administrador porque malgasta sus bienes, seguramente en beneficio propio. Como dice mi amiga Adriana en el comentario de hoy de #TuVozdelosLunes, ¿y si piensas que Dios es el propietario y tú eres su administrador? ¿No es verdad que Dios, que lo ha creado todo, que te ha creado a ti, te ha dejado libre para hacer de tu vida lo que quieras? ¿No es verdad que ha dado un paso atrás confiando en que tú sepas qué hacer con todo lo que te ha dado? La pregunta entonces es clara: ¿cómo lo estás haciendo? Te dejo tres pistas:

  • «Los bienes» – Tal vez te estés preguntando qué bienes te ha tocado administrar. Pues todo lo que te ha sido dado en tu vida: la naturaleza, tu familia, tus dones y capacidades, los amigos que han aparecido en el camino, los lugares que han dejado huella en ti, las personas necesitadas que están en tu entorno, tus estudios o trabajos… Todo eso son las «riquezas» de Dios que Él ha puesto a tu servicio y que te ha confiado. ¿Qué estás haciendo con ello? ¿Lo estás usando para vivir más cómodamente, para que te «sirvan» cuando te interesa, para que los «uses» en tu propio beneficio? ¿No sería mejor que todo eso sirviera para generar más «riqueza»? ¿No sería mejor que se multiplicara? ¿No sería mejor que fuera dado y entregado a aquellos que lo necesitan, para saciar sus carencias? Piénsalo…
  • «Lo poco y lo mucho» – En la vida llegan momentos clave donde todo lo que uno es, todo lo que uno ha aprendido, toda la fe que ha crecido, todo lo que ha madurado… se pone en juego. No son muchos momentos, tal vez tres o cuatro, en los que uno debe acertar porque se juega todo el sentido de su vida. Pero es imposible acertar ahí si no has entrenado tu corazón, si no te has curtido en las batallas pequeñas, si no te has deleitado en el discernir de cada día. No puedes pretender ganar una Champions, ser un Rafa Nadal de la vida, si no eres capaz de aguantar el entrenamiento diario, si no eres disciplinado en lo cotidiano… ¿Cómo vas a apostar por el Amor si no eres capaz de amar en esos minutos tontos de cada jornada? ¿Cómo ganarlo todo si eres incapaz de empezar el día a la hora, haciendo tu cama; incapaz de estudiar lo que toca; incapaz de vivir agradecida por la oportunidad de estudiar o trabajar; incapaz de hablar con esa amiga con la que te has distanciado; incapaz de rezar 10 minutos al día; incapaz de salir y no emborracharte; incapaz de no buscar en tu pareja tu propio placer y usarla…?
  • «Dos señores» – Mira tu vida y piensa: ¿a qué dioses están sirviendo hoy? Puede ser el dinero, puedes ser tu mismo, puede ser el éxito, puede ser la comodidad, puede ser el bienestar, puede ser… el Dios de Jesús. Pueden ser incluso varios a la vez, seguro que me dirías… porque a veces nos confundimos, y nos equivocamos y queremos una cosa pero hacemos otra… ¡Sin duda! Pero hay que intentar que cada día, el porcentaje de corazón que sirve sólo a Dios sea más alto. Ese es el objetivo. Sólo falta que lo decidas y lo persigas. Y sí, notarás que lo estás consiguiendo cuando detectes que vives más en paz; más liado… pero más feliz.

Ojalá tengas una buena semana y administres bien estos siete días que vienen por delante. Ojalá que el amor se multiplique y la deuda del pecado se reduzca. ¡A por ello!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 24º del Tiempo Ordinario Ciclo C

No sé tú pero yo me he sentido, y me siento muchas veces, mejor que otros. Tal vez diga que no con la cabeza, porque creo firmemente que no es así, pero inconscientemente sucede. Siempre hay alguien a quién poder juzgar con severidad. Siempre hay alguien que se equivoca a quién poderle decir «ya te lo dije». Siempre hay alguien que se deja llevar y cae en la tentación de manera evidente y, enfrente suya, uno se siente más fuerte y listo. Lo curioso es que demasiadas veces, aunque lo esconda, yo soy el que se equivoca, el que se deja llevar, el que cae… Leamos el evangelio de hoy [Lc 15,1-32]:

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Jesús es acusado de juntarse demasiadas veces con la «mala gente». Hoy diríamos que Jesús cena con los «rojos», o que va a tomar el café con un grupo de «fascistas», o que se le ha visto paseando y hablando por el barrio de las putas, o jugando a las cartas con el político corrupto que se ha enriquecido con los impuestos de todos, o entrando en una sala de juegos y apuestas donde tantos jóvenes pierden la vida… ¡Yo qué sé! Cada uno tiene etiquetados a sus «malos» particulares, a aquellos con los que nunca se imagina a Jesucristo. Jesús intenta explicar con parábolas lo que supone el Reino de Dios. Son parábolas que suenan bonitas pero… ¿quién se las cree? ¿Quién va a buscar a una oveja perdida teniendo otras 99? Nadie con juicio. ¿Quién se agacha a por una monedita de 10 céntimos teniendo miles de euros en el banco? Nadie. Entonces… ¿quién es este Dios del que nos habla Jesús? ¿El Dios de los que han perdido la cabeza? Te dejo tres pistas:

  • «El hijo menor» – Eres hermano menor cuando decides hacer la guerra por tu cuenta. Eres hermana menor cuando crees que no necesitas a nadie. Eres hermana menor cuando optas por todo aquello que te reporta placer y emoción, cuando piensas sólo en ti. Eres hermano menor cuando le das la espalda a Dios. Eres hermano menor cuando tu vida está vacía y te sientes mal. Eres hermana menor cuando no sabes quién eres, cuando te das lástima a ti misma, y te avergüenzas de en quién te has convertido. Eres hermano menor cuando te sientes solo, cuando necesitas el perdón, cuando tienes miedo de volver…
  • «El hijo mayor» – Eres hermano mayor cuando haces lo que debes por obligación, sin pizca de amor. Eres hermano mayor cuando cumples con tus obligaciones pero te vas llenando de ira y rencor. Eres hermano mayor cuando vives maniatado, encarcelado, cuando no hablas ni compartes ni expresas lo que necesitas… pero luego reaccionas desproporcionadamente. Eres hermano mayor cuando juzgas con dureza al que se equivoca, porque tú te sientes en la mierda, como él, pero no te atreves a decírtelo. Eres hermano mayor cuando le das la espalda a Dios pese a parecer que estás a su lado.
  • «El padre» – El padre es Dios. El padre quiere a sus hijos por igual, a todos, al que se queda y al que se va. El padre reparte su herencia; todo lo suyo es de sus hijos y les da libertad para administrarlo como consideren. El padre es tu padre y te quiere a su lado. Tu padre se preocupa por ti y sufre por tus malas decisiones. Tu padre intenta que vuelvas una y otra vez, no se cansa. Tu padre te quiere y el amor llena su corazón. Por eso tu padre no te pide explicaciones ni juzga tus errores ni se regodea en ellos. Sabe que tú eres el que más ha sufrido. Tu padre sólo quiere perdonarte, abrazarte y volverte a sentar a su mesa, devolverte la dignidad perdida y sanar tus heridas a tu lado. Tu padre te invita a amar, a entrar, a no dejar que el mal juicio de tu corazón te envenene.

Se han dedicado libros enteros a esta parábola y no soy yo quién para explicar con detalle mucho más. ¿Lo mejor? Que esta parábola llegará a tu vida, antes o después, y tendrás que decidir cómo te sitúas en ella. Buen domingo.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 5º de Pascua

Ayer se celebró en Turín una nueva edición del archiconocido Festival de Eurovisión. Terminó con las habladurías de siempre, los tejemanejes de siempre y la sospecha del politiqueo en la sombra. Chanel, nuestra representante española, volvió a hacernos vibrar y consiguió un resultado inimaginable en los últimos años. El caso es que, cada vez que vas a Eurovisión, te preguntas: «¿Qué percibirá la audiencia? ¿Qué lenguaje hablar en el escenario para poner de acuerdo a italianos, finlandeses, suecos, armenios y australianos? ¿Cómo hacerse entender, qué mostrar? Y esto me viene muy al cuento del evangelio de hoy [Jn 13,31-33a.34-35]:

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

El Señor nos habla de un concepto muy moderno y, a la vez, muy antiguo: la identidad. Lo identitario está de moda. Toda empresa necesita de su política y de su imagen corporativa, de sus valores. Todo pueblo necesita de su bandera y de su himno, para aglutinar sentimientos, historia y convicciones. Identidad, eso que te hace ser lo que eres, que te distingue de los demás. Te dejo tres pistas:

  • «Amar es un mandamiento» – Hemos convertido todo en algo tan romántico que nos olvidamos que para un cristiano, AMAR es un imperativo, no es una sugerencia. Todo aquel que quiera seguir a Jesús, que esté dispuesto a llamarse cristiano, debe amar. Amar no como sentimiento, no como emoción, sujeta a circunstancias e intensidades variables. Amar como acto de voluntad. Amar porque decides amar. ¿Te lo has planteado? ¡Qué frío suena esto! ¡Me acabo de cargar esa idea tuya de «amor» pastelosa, chupipiruli, rosita y… tan frágil que acaba por romperse! El Señor te llama a optar por AMAR. ¿A quién? Pon tu los nombres y apellidos. Porque el amor que no se concreta no es amor, es idea, deseo, sueño inabarcable. Nombres y apellidos. A ese que están pensando… sí, y a la otra que te cuesta tanto… también. ¿Y no pierde calidad este amor «obligatorio»? Buena pregunta… ¿Entonces por qué Jesús le ha llamado «mandamiento»?
  • «Amar es novedad» – Es el mandamiento nuevo porque es el mandamiento que te hace nuevo, que lo hace todo nuevo. El amor lo cambia todo. No es el dinero. No es el maquillaje. No es la influencia. No es el número de seguidores, ni los títulos que tengas, ni el sueldo que cobres, ni los sueños que tengas… Es el amor. El amor convierte tu rutina en sorpresa. El amor germina en tu corazón y hace brotar de él una nueva manera de afrontar la vida. El amor cambia tus relaciones, elimina el interés, la envidia, la soberbia. El amor hace que el sexo cobre una nueva dimensión. El amor cura todo lo que te resulta insoportable de ti mismo, de los demás, del mundo.
  • «Amar no de cualquier manera» – Amar como Él lo hizo. ¿Cómo se hace eso? Dándose. Entregando la vida. No hay otra manera ni otra receta. Da tu tiempo. Da tu energía. Da tu corazón. Da tu libertad, Da tus fuerzas. Pon tus dones al servicio de los demás. Párate en tu camino y cura al que encuentres herido. Párate en tu camino y libera a la que va a ser lapidada. Párate en un pozo y conversa con los que están perdidos y atormentados. No tienes que ser perfecto, ni perfecta. Nadie te lo pide. Esto no va de perfección sino de entrega, de donación, de corazón. No te conformes con amores mediocres. Estás llamada a más. Estás llamado a dar más y a más personas. ¡Cuántos están esperando que te cruces con ellos!

¡Qué pasada esto del amor! Vale la pena embarcarse en este proyecto. Vale la pena responder a esta llamada. Vivir la vida desde el amor es vivirla con pasión. Alguien que ama es alguien que no quiere pasar por aquí con indiferencia, como si nada fuera con él. Alguien que ama es alguien que ha entendido qué es lo importante y que quiere jugárselo todo a esa ficha, asumir riesgos. Tu Señor te pide que ames. Ese será tu sello de identidad. No hay otro mejor. ¡A por ello!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 3º de Pascua

Hay días que me desanimo. Tengo claro que la vida no es un camino de rosas y la misión tampoco. Sé que hay días donde el ánimo baja y, aún así, me cuesta. Experimentar la soledad del que percibe que está en el desierto, del que se ve solo en algunas apuestas, del que mira la realidad de manera diferente a otros, no me resulta sencillo. Me gustaría comprobar que mi labor como educador, como pastoralista, da frutos. Eso es lo que me gustaría, humanamente hablando. Sé que mi labor es otra, pero a veces se hace difícil. La alegría, sin embargo, no la pierdo. Dios me ha regalado este don y sé que es una de las armas con las que luchar mis propias batallas y las batallas ajenas. Alegre de estar con los jóvenes. Alegre de remar mar adentro. Alegre de salir a pescar y descubrir, ahí, al Señor. Así nos lo cuenta el evangelista [Jn 21, 1-19]:

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: «No.»
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Noche, amanecer. Las propias fuerzas, la presencia de Jesús. La red vacía, la red llena. La traición, el amor. Un evangelio de contrastes que viene a contarnos lo que supone la presencia del Resucitado en nuestra vida. ¿Alguna vez te has preguntado si realmente la Resurrección de Jesús supone algo para tu vida? ¿Alguna vez te has preguntado si Cristo Resucitado se ha encontrado ya contigo? Yo sí, me lo he preguntado. No tengo claridad al respecto. Veo mi mediocridad, mi terquedad, mi amor limitado… y tengo dudas. ¿No será que sigo sin enterarme, no será que sigo confiando en mí más que en él, no será que no acabo de querer del todo a Cristo? Te dejo tres pistas:

  • «La pesca vacía» – Vives en un mundo que te repite continuamente que todo lo debes conseguir con tus propias fuerzas. Esfuerzo, trabajo, puños, esfuerzo, horas… Incluso con aquellas cosas de ti mismo, de ti misma, que quieres cambiar, lo que haces es proponerte conseguirlo con tus propios medios. Pedro también se va a pescar. No era precisamente un ingenuo. Recordemos que él era pescador. Pero ya nada es igual. Nada consigue por él mismo. Hasta que Jesús Resucitado no hace acto de presencia, hasta que Jesús Resucitado no le envía, hasta que no llega el «amanecer», la luz, hasta que Pedro no «nace de nuevo»… no hay redes llenas. Así que tal vez deberías contar menos con tus propias fuerzas y estar más a la escucha, hacer lo que Jesús te susurra. Y tu vida comenzará a dar fruto. Y tendrás de sobra. Y serás feliz.
  • «Almorzad» – Desde pequeño, cuando en mi casa me iniciaron en la fe, me sentí parte de la Iglesia. Este plural de Jesús es significativo. Jesús llega para saciarnos, para guiarnos, para enviarnos. Es más fácil reconocerle cuando estamos en comunidad, cuando creemos y caminamos juntos a otros. Es más fácil que te des cuenta de que Jesús está presente en tu vida si compartes tu fe en grupo, si te acercas a una «mesa compartida», a un «banquete» comunitario. ¡Qué importante es compartir la fe en la Iglesia, en tu grupo! Sin la Iglesia, sin la comunidad, somos como Pedro que, en la noche, se lanza a pescar en solitario, no consiguiendo mucho. ¿Cuál es tu compromiso en este sentido? ¿Crees que puedes ir por libre? ¿Se puede seguir a Jesús sin un compromiso firme con la Iglesia?
  • «¿Me amas?«- El antídoto de la traición es el amor. Pedro, que había negado a Jesús tres veces, se encuentra con una nueva oportunidad. Jesús no convierte el pecado en insalvable, al revés. Jesús Resucitado es aquel que viene a ofrecerte la vida, que te da la oportunidad de dejar tu pecado atrás y vivir de nuevo desde otro sitio. Jesús examina a Pedro del único mandamiento que les legó en la última cena: el mandamiento del amor. A ti te pregunta lo mismo. No le importan tanto las ocasiones en las que te has olvidado de Él, en las que has ido por libre, en las que has dudado de su existencia, en las que has preferido dejarte llevar por tu comodidad… le importa más tu capacidad para quererle, para amarle. ¿Y cómo sé que mi amor por Él empieza a ser verdadero? Pues como en cualquier relación humana: cuando tu vida se configura con la suya, cuando tu libertad está condicionada por Él, cuando tu vida se supedita en parte a Él, al que le has dado tu corazón.

Este precioso relato de hoy te pone delante de la necesidad de ponerte a tiro de Jesús Resucitado. Él aparece en tu vida de manera misteriosa, se asoma a tus orillas, sin hacer ruido… pero con una palabra, con una llamada, con una invitación. Cuando decidas escucharle y hacer lo que te diga, comprobarás que tu vida se hace nueva, luminosa, que todo tiene sentido, que tu corazón es capaz de amar de otra manera. ¡Jesús nunca defrauda!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 2º de Pascua

Cada uno somos un mundo. Nuestro camino de fe está lleno de momentos comunes pero también, seguro, de diferentes matices, caminos, que hacen que nuestra relación con Jesucristo sea única. Tú eres diferente a mí. ¡¿Cómo va Jesús a tratarnos de la misma manera?! Si leemos el evangelio con atención, veremos cómo Jesús, en todos sus encuentros, se adapta a la persona que tiene delante, sabe lo que necesita y sabe quererla de manera única. Lo hizo con la Magdalena, con Pedro, con Tomás, con Pablo… contigo y conmigo. Mira lo que nos cuenta el evangelista hoy: [Jn 20, 19-31]

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Difícil creer en la victoria cuando hemos probado de manera tan brutal el sabor del fracaso y la derrota. Tomás es incapaz de creer. Nosotros también lo somos muchas veces. Te llegan dudas, seguro, cuando ves que aquello que anhelas, aquello que pides, aquello que necesitas… no sólo no llega sino que se desmorona, se viene abajo, se aleja. Las heridas dejan huella en nuestra fe también. Nos encerramos en nosotros mismos y empezamos a poner condiciones para volver a creer, para volver a confiar. Te dejo tres pistas:

  • «Noche, miedo y puertas cerradas» – ¿A que ya has experimentado un poco de esto? ¿Has amado y te han hecho daño? ¿Tienes miedo a que te vuelva a doler la vida? ¿A veces has estado perdido? ¿Cuántas veces has perdido la referencia de quién eres, de lo que vales, de lo que quieres? ¿Ha habido algún momento donde has vivido pero «con las puertas cerradas», con el corazón bien protegido, sin dejar entrar a casi nadie, desconfiada? La cruz nos deja tan desprotegidos, tan dañados… que solemos optar por plegar velas y vivir acurrucaditos en un rincón. Puede que hayas vivido la noche del alcohol, de los porros, del estudio y el trabajo desproporcionado, de las autolesiones, del sexo sin amor…. y todo fruto de tus heridas y con un miedo terrible a volver a querer y a que te quieran. Jesús es capaz de traspasar todo eso, y entrar. Jesús quiere ir a buscarte y lo hace. Jesús irrumpe en tu vida y llega para calmar tu dolor, para curar tus heridas con las suyas, para anunciarte el amor, la vida y la victoria, para devolverte a la luz del día, para fumigar el miedo de un soplido.
  • «Si no meto el dedo…» – A veces me cierro a creer. Me convenzo que los milagros no existen. Condiciono y limito la acción del Espíritu. Me pongo en modo «IMPOSIBLE» y miro la realidad con las gafas de la incredulidad y lo que veo, claro, suele satisfacer esta visión. ¿Ves como el mundo sigue en guerra? ¿Ves como esta persona sigue enferma y no se ha curado? ¿Ves como yo sigo mal pese a haberle pedido ayuda a Dios? Hay personas que se acercan y me anuncian otra cosa pero mi resistencia es demasiado grande. Yo tengo la razón, y punto, y el resto son unos «flipados». Chantajeo a Dios, lo pongo a prueba, lo trato con despecho, desde mi soberbia, fruto del dolor de mis heridas. Pero Dios no se deja impresionar, no da un paso atrás…
  • «Paz a vosotros» – Jesús llega a tu vida, siempre. El Resucitado puede con todo, con miedos, con puertas cerradas, con incredulidades, con noches oscuras… ¡con lo que haga falta! Jesús llega a tu vida con un anuncio de paz. Viene a calmar tu corazón, a saciar tu sed de felicidad. Viene a quererte, a cogerte entre sus brazos y decirte que no pasa nada, que está aquí, contigo, y que camina siempre a tu lado. Jesús viene a arroparte con una sonrisa en tu día a día. Jesús, el que sufrió la muerte en cruz, el que fue sepultado, el que venció la muerte y fue resucitado, llega para que seas capaz de experimentar también la victoria con la fe. Sólo debes acogerle, reconocerle y hacerle tu Señor, tu Dios. ¡Qué oración tan bonita y tan cortita para empezar y terminar el día: «Señor mío y Dios mío»! Busca a otros que crean lo que tú, que también lo hayan visto y oído… y ¡seguidle juntos!

Seguimos en Pascua. Es tiempo de mirar atrás y darle sentido a nuestra historia, de descubrir la acción de Dios en ella, de ponernos las gafas de la victoria, del amor, de la luz. Es tiempo de sacarnos las armaduras que nos han protegido tanto tiempo y apostar por ser nosotros mismos, queridos por Dios. ¡Ánimo y mucha paz!

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 5º de Cuaresma Ciclo C

Este comentario sale tarde. Me he pasado todo el fin de semana en Cercedilla, en un encuentro de ministros laicos de la Provincia Betania. Ha sido uno de estos encuentros que calman el corazón, te resitúan en la misión y te hacen sentir que hay esperanza en el futuro. Es muy importante rodearte de personas que quieres, que te quieren, que luchan por vivir en verdad y que están comprometidas en un futuro mejor. Son hermanos que quieren construir, llenos de debilidades y defectos, como yo; llenos de fragilidades y de historias llenas de alegrías y desencantos; personas que están determinadas a mirar más hacia adelante que hacia atrás, como la protagonista del evangelio de hoy: [Jn [8, 1-11].

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
– «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
– «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:
– «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
– «Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
– «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Tu vida está llena de errores, como la de esta mujer. Son errores que han dejado en ti heridas, errores que han hecho daño a tus padres, o a algún amigo o amiga, o a personas cercanas… El pecado forma parte de tu vida. Sabes bien que a veces te has alejado de la mejor versión de ti mismo, de ti misma, y, dejándote llevar, has probado el sabor amargo del dolor, de la decepción, del fracaso, de la traición. Ella es adúltera porque engaña, porque se engaña, porque rompe lazos, traiciona promesas, porque cae en el pozo del desorden, porque abandona el amor. Tú también sabes de eso. Te dejo tres pistas:

  • «Manos llenas de piedras» – Piedras que hacen daño, que destruyen, que matan. Piedras destinadas a humillar, a desacreditar, a hacer escarnio público. Piedras disfrazadas de justicia, de ley, de verdad… que, en verdad, son armas llenas de orgullo, de violencia, de rabia, de envidia, de envenenada pureza. ¿Cuántas veces te sitúas tú de este lado? ¿Lo has pensado? ¿No es verdad que alguna vez también has buscado hacer daño en pos de tu verdad, de tus ideas, de tus valores, de tus criterios? ¿Cuántas veces has dejado de mirar con misericordia y perdón a personas que, sin duda, se equivocaron? ¿Cuántas veces te crees mejor que ellos y decides que se merecen «ser lapidados»? Y usas las redes, y el whatsapp y las miradas llenas de desprecio, y los bulos, las medias verdades… y lo vistes de buenas intenciones… Hoy Jesús te dice: ¿Y tú? ¿Te has mirado tú?
  • «Sin culpa» – Has fallado, claro que lo has hecho. Muchas veces. Sabes que, aunque muchos no se den cuenta, no siempre estás lleno de buenas intenciones, no siempre eres la que te gustaría. Y te frustras. Y entras, muchas veces, en la espiral de la culpa y no sales del túnel. Es una culpa que ahoga, que estrangula tu corazón, que se agarra a tu estómago y te llena siempre de un pensamiento terrible: «¿Lo ves? ¿Ves como la has vuelto a cagar? No te mereces nada. Eres poca cosa. Haces daño. No vales nada.» Jesús no apela a la culpa. Jesús no condena. Jesús no hace chantaje psicológico. Jesús no hace reproches. Jesús sabe de tu pecado, de tu error, de tu daño, pero Jesús te quiere vivo, viva, de nuevo. Jesús tiene un discurso diferente al de la culpa: «Sí, es verdad. Has fallado, te has equivocado. Pero sigo confiando en ti, levántate y sigue caminando. Ánimo. Vuelve a intentarlo. Sigue luchando por ser mejor, por descubrir al amor. Puedes hacerlo con mi ayuda. Adelante.«
  • «La medida es el amor» – Eres pecador, pecadora, como yo. Por eso, precisamente, Jesucristo viene a buscarnos. Él responde con amor al pecado y nos anima a hacer lo mismo. A mayor pecado, mayor amor. A mayor daño, mayor es el perdón. Esto significa «ser salvado». Jesús te rescata de ese pozo lleno de mierda que a veces te atrapa, tira de ti, te devuelve al camino y te dice: «¡Vive! ¡El mal nunca tendrá la última palabra en tu vida. Estás llamado a más, yo te he salvado«.

Cada vez queda menos para la Semana Santa, para celebrar justamente esto: el bien ha vencido al mal para siempre. Donde abundó el pecado, sobreabundó la vida plena. Ojalá sepamos acoger esa salvación que se nos ofrece. Sí, nos lo merecemos. Sí, pese a todo. Sí.

Un abrazo fraterno

Santi Casanova

Evangelio para jóvenes – Domingo 4º de Cuaresma Ciclo C

Ayer pude ver la película «Maixabel» de Icíar Bollaíny. Disfruté con las magníficas interpretaciones de Blanca Portillo y de Luis Tosar y saborée un guión basado en una historia tan real como la dureza de las balas que, en aquellos años, segaron la vida de tantos. Ya conocía la historia y, aún así, volví a admirar la valentía de esa mujer, de Maixabel, que no quiso dejarse arrastrar por el dolor, por el odio, por el pecado. Y hoy me encuentro con el relato del Hijo Pródigo… ¿Coincidencia?: Lc [15, 1-3.11-32].

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. »
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, »
Pero el padre dijo a sus criados:
«Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
«Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»
El padre le dijo:
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado»».

A esta parábola se la conoce como la parábola del Hijo Pródigo, aunque ciertamente no es el único personaje que aparece. Podrías buscar un adjetivo adecuado también para ese padre y para ese hermano mayor que aparecen también en la historia. Es un relato que cuenta tu historia, la nuestra, y que te habla de cómo es Dios. No es un relato alejado de la realidad sino más bien un relato que te pone delante del espejo y al que te recomiendo que vuelvas siempre que dudes del Dios en el que crees. Esta parábola es el corazón del Evangelio de Lucas. Te doy tres pistas:

  • «El hijo pequeño, el vividor» – Eres tú. Eres tú cuando decides vivir la vida dejando a Dios a un lado. Eres tú, que ves por delante un sinfín de planes, aventuras, proyectos, llenos de promesas, diversión, placer… ¡Cuántas veces te gustaría hacerte más mayor de lo que eres para dejar de dar explicaciones a unos y a otros! ¡Cuántas veces te gustaría escapar, incluso, de ti mismo, porque la vida que llevas no te satisface! ¡Cuántas veces has buscado tu felicidad en la fiesta, el alcohol, el sexo, los videojuegos…! ¿Cuántas veces has querido olvidar que estás herido, herida, con mucho dolor en la mochila? Has probado el frío que supone «irte de casa». Te sientes sola tantas veces… Te sientes tantas veces desagradecido, malo, indigno… Tantas veces sientes que no estás a la altura, que no te mereces nada…
  • «El hijo mayor, el cumplidor» – Eres tú. Eres tú cuando decides vivir tu vida con cobardía, cuando cumples el papel que se te ha asignado, sin más, y te vas llenando de rencor hacia todos aquellos a los que culpabilizas de no poder disfrutar la vida como otros. Parece que amas pero no es así; cumples, que no es lo mismo. Tu corazón es un volcán a punto de estallar que, cuando lo haga, arrasará con todo y con todos. Juzgas con rigor a los que han decidido buscar, salir, divertirse, dejar de creer, romper con tus principios, valores,.. Los condenas por envidia, No eres mejor que ellos. Estás lleno de heridas, como ellos, pero has decidido no moverte. Estás lleno de dolor, que guardas en silencio, pero has decidido estar «a la altura», «cumplir expectativas».
  • «El padre, el Dios que sólo sabe amar» – No sé en qué Dios crees. No sé a qué Dios rechazas. Pero mi Dios es este. Dios es mi padre. Dios es tu Padre: el que te deja ir, el que te espera siempre, el que sale corriendo a tu encuentro, el que abraza sin pedir explicaciones, el que perdona tu pecado, el que acoge tu vida con todo, el que cura tus heridas, y te viste de fiesta, y celebra tu existencia. Dios es un padre que te quiere a su lado, pero no te retiene; es un padre que respeta tu libertad, pero sufre cuando te pierdes. Dios no sabe hacer otra cosa más que amar, perdonar, curar, sanar. Dios sólo sabe salvar.

Mi vida de fe no está exenta de sentimientos parecidos a los de estos dos hermanos. Reconozco en mí a ese hijo pequeño que quiere dejar de sufrir, que escapa en busca de algo mejor, que vive su día a día como si fuera una pequeña prisión de la que le gustaría salir. Reconozco mis desmanes hacia Dios, reconozco querer olvidarlo por un tiempo, querer mirar a otro lado, como si no existiera, y disfrutar «porque la vida son dos días». Hay tanto sufrimiento ahí afuera… Pero reconozco también la sensación de insatisfacción que acaba dejando todo cuando Él no está.

Miro también al hermano mayor y me veo reflejado, cuando mi exigencia a los demás es fruto de esa insatisfacción que se abre paso en el alma. Reconozco sentirme mejor, superior, más digno que otros, por el simple hecho de «estar», de «permanecer», de «quedarme», aunque esto no sea fruto del amor ni vivido con paz. Reconozco celos cuando la fiesta es para otros, a los que juzgo peores que yo.

Es hora de volver a casa. Un día más. Una etapa más. Un año más, Volver, postrarnos de rodillas, pedir perdón. Es hora de decirle a Dios: «Padre, esto es lo que hay, esto es lo que soy… Quiero estar contigo.» Es hora de recibir, de nuevo, su caricia, y seguir viviendo. Amén.

Un abrazo fraterno

Santi Csaanova

Los de casa, los de fuera (Lc 4,16-30)

Traicionados y burlados, así se sintieron los «israelitas» creyentes, los «israelitas» de siempre, los de casa, los de toda la vida.

Esperanzados y reconfortados, así se sintieron los extranjeros, los que vivían al margen, los que no creían en el Dios de Israel, los no elegidos.

Escuecen. Las palabras de Jesús escuecen y mucho. Porque muestran con claridad quién es Dios y a qué ha venido Él al mundo. El Dios-amor de Jesús todavía no ha calado en el corazón de los judíos, entretenidos en la Ley y en las minucias del reglamento. El Dios-amor que a todos acoge, que a todos busca, que a todos llega, no es fácilmente asimilable por aquellos que, por saberse elegidos, se sienten distintos al resto, se sienten los únicos merecedores de las promesas de Dios.

No han cambiado mucho las cosas, más de 2000 años después. Sigue escociendo el Dios-amor que hace salir el sol sobre buenos y malvados, que deja a las 99 ovejas «buenas» para salir en busca de la perdida, que recibe entre sollozos al hijo perdido y le prepara un banquete, que muere crucificado sin maldecir, sin acusar, sin juzgar, sin retorcerse en sus ideales. Sigue escociendo el Dios-amor que no se defiende, que no replica, que no mezcla al César en sus asuntos, que habla con mujeres y juega con niños. Sigue escociendo. Porque muchos creen en otro Dios.

Sigo, Señor, necesitando purificar mi fe. Sigo necesitando una mirada más limpia para acogerte y para salir a los caminos de la vida a acoger a todos mis hermanos, curarles, sanarles, anunciarles tu amor. Sigo necesitando un corazón más grande y menos endurecido, que juzgue menos, que exija menos, que reclame menos, que dé más. Ayúdame, Padre, a parecerme más a Ti.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El Señor guarda a los peregrinos (Sal 145)

El Señor guarda a los peregrinos.

El Señor guarda y protege a aquellos que buscan y no se conforman.
El Señor guarda y protege a aquellos que se ponen en camino, que salen a los senderos de la vida.

El Señor guarda y protege a aquellos que quieren mirar hacia adentro, que saben que el viaje más difícil es al Misterio que los habita.
El Señor guarda y protege a aquellos que paladean el silencio, el sol en la cara, la caricia del viento… y también el bramido de la tormenta.

El Señor guarda y protege a los que no se acomodan espiritualmente, a los inquietos que se dejan zarandear por el Espíritu.
El Señor guarda y protege a los que se cansan y llegan al final del día satisfechos de sus botas gastadas.

El Señor guarda y protege a aquellos que encuentran su hogar en Él y que se sienten en casa, estén donde estén, si están a su lado.
El Señor guarda y protege a los que aceptan la hospitalidad del otro y se dejan curar las ampollas que la vida ha deparado.

El Señor guarda y protege a los que se saben en misión, a los que bordean precipicios sin todas las respuestas.
El Señor guarda y protege a los que le responden y buscan su voluntad, a tientas muchas veces, pero con pasión.

El Señor guarda y protege a los que no giran la cara ni niegan saludo a aquellos que aparecen en su camino.
El Señor guarda y protege a aquellos que le descubren en rostros ajenos, en fuentes, curvas, senderos y barrizales.

El Señor guarda y protege a los que le aman porque le conocen.
El Señor guarda y protege a los que le conocen porque aman mucho.

El Señor guarda a los peregrinos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam