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Volver aunque ya hayamos estado (Lc 5,1-11)

Eso hizo Pedro, volver adonde ya había estado. Alguna reticencia inicial, como es lógico, pero una gran humildad y obediencia ante su Señor. Algo de incredulidad también, porque él era pescador experimentado, conocía la pesca como nadie y esas aguas eran su territorio. No había razón para pensar que le iba a ir mejor. Pero fue.

Me siento un poco así muchas veces… estando y permaneciendo pero con la sensación de no «pescar» absolutamente nada. Uno ya duda de sus propias capacidades y, tal vez, ese sea el secreto. Olvidarse de estrategias, formaciones, maneras, conocimientos y prejuicios; incluso olvidarse de la ilusión ingenua del que comienza… pero estar, volver, permanecer, seguir intentándolo, siempre con el Señor a bordo.

¿Traducción? Santi, Santi… dedícate más a escuchar al Señor y a estar con Él que a salir tú, por ti mismo, a buscar peces, por muy preparado que te sientas.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Cuando la misión pesa y no se vislumbran frutos (Nm 11,4b-15)

Comienza agosto y, con él, mi intención de retomar mi oración compartida por este medio. Y qué mejor manera de comenzar que con las lecturas de hoy: Moisés hasta las narices de su misión con el pueblo de Israel y los discípulos intentando mandar a la gente a casa porque molestaban y ya no eran horas. Cuando la misión pesa y no se vislumbran frutos, todo corazón se rebela.

También yo me desencanto muchas veces con la marcha de mi misión. Dudas, desplantes, oscuridades, falta de frutos, sensación de soledad e incomprensión… Últimamente me siento como ese Moisés que, intentando hacer lo que Dios le pide con su pueblo, no acaba de entender «para qué». Lo mismo los discípulos de Jesús que, frente a aquella multitud agobiante y harapienta, intentan buscar un rato de paz y sosiego a solas con su Maestro.

La respuesta de Dios es similar en ambos casos: da lo que tienes, permanece fiel a donde se te ha enviado y deja al Señor actuar. ¡Cuánto cuesta esto cuando no ves razones por las que luchar o cuando el sufrimiento y el desgaste de la misión empiezan a ser difíciles de afrontar! El Señor me pide hoy, como a aquellos, que me siga dando, que permanezca en el lugar donde se me ha situado, a su lado, y que espere. El milagro se obrará.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Los frutos del Resucitado (Jn 21,1-14)

No me parece sencilla la experiencia de la Resurrección. Jesús «se aparece» varias veces. Va y viene. Está y no está. Es como un aprendizaje intensivo para sus discípulos antes su marcha definitiva y ante la llegada del tiempo del Espíritu.

Hoy se narra un episodio muy bonito. Algunos apóstoles salen a pescar, acompañando a Pedro. Esa barca que se adentra en el mar. Una vida que va a lo profundo, donde acechan turbulencias y peligros. Una Iglesia que navega en el mundo y se hace presente allí donde están las personas y sus desvelos. Los apóstoles sólo consiguen frutos cuando su actividad, su «estar en la barca», su «salir al mar» se hace desde Jesús, escuchando primero.

Y entonces llegan los frutos y los frutos nos hablan de Jesús. Y en esos frutos somos capaces de reconocer la fuerza del Resucitado, su presencia, su aliento. El Resucitado es quién nos empuja a través del Espíritu, quién nos mueve, quién nos habla… Muchas veces no le reconocemos porque estamos rodeados de ruido o porque sencillamente no sabemos ponerle nombre a eso que nos mueve el corazón. Pero los frutos no dejan lugar a engaño: es de Dios.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La fe genera vida (Mc 16,15-20)

Cuando una lee y relee los signos del resucitado y de aquellos que creen en Él, la conclusión que debe sacar es que la fe en Cristo genera vida alrededor. La fe no es una actividad intelectual que nos satisface de puertas para adentro. Más bien es una fuerza que nos empuja a salir hacia los demás y a llenarlos de plenitud. Por eso el Evangelio, en varios momentos, cita estos signos de liberación.

Si tu fe no te libera es que no es fe en Cristo. Será otra cosa. Tener a Cristo en tu vida produce frutos. Si no hay frutos, malo. Y es algo que nos sirve para evaluar la evangelización y la fe de cualquiera. Evaluar suena mal, suena a auditoría. Tal vez no sea la mejor palabra pero, por otro lado, es a lo que estamos llamados, a dar fruto. El fruto no es algo que uno consiga con sus medios sino que es la consecuencia de vivir de cara a Dios. Llegan solos.

Sigamos yendo por el mundo más cercando que nos toca vivir. Con la alegría del creyente, con la buena noticia de Jesús. Y la vida se multiplicará.

Un abrazo fraterno