Yo no soy Dios (Jn 1,19-28)

Lo que dijo el Bautista cuando le preguntaron («yo no soy») no es algo que hoy dirían muchos, más bien al contrario. Vivimos tiempos de mesianismos de pacotilla, de influencers a los que entregamos nuestro tiempo, de políticos que nos prometen el paraíso en la tierra, de deportistas convertidos en dioses del olimpo terrenal, de hombres y mujeres sexualmente icónicos, fantasías de muchos.

Yo mismo juego a ser Dios muchas veces, sin ser influencer, político, deportista de élite o icono sexual. Juego a ser Dios cuando quiero y reclamo mi lugar en la historia de los que me rodean, cuando vivo convencido de que puedo cambiar la vida de mucha gente, cuando me sitúo como ejemplo a seguir, cuando me convenzo que la vida está en mis manos, con sus éxitos y fracasos, porque todo depende de mí.

El Bautista nos marca hoy un camino diferente, el del conocimiento de sí: somos criaturas, nombres y mujeres pequeños, sencillos, que lo han recibido todo de Dios y que, con su vida, plagada de aciertos y pecado, sólo pueden señalar al que viene detrás, al que salva de verdad, al Mesías verdadero.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

A diez minutos de terminar el 1 de enero de 2021…

Sólo quiero repetir mi acción de gracias por el año que nos dejó y esperar un 2021 lleno de gracia y bondad.

Un cántico nuevo (Sal 95)

Es hora de cerrar un ciclo y comenzar otro. ¿Mejor? ¿Peor? ¿Cómo se califican los años, en los que tantas cosas pasan? ¿Cómo valorar lo que este anciano 2020 nos ha quitado y nos ha aportado? ¿Habrá que dejar pasar el tiempo?

Lo que es claro es que Dios lo hace todo nuevo y que de las cenizas que hoy tocamos con las manos, Él nos ayudará a sacar vida de nuevo.

Es tiempo de cantar un cántico nuevo, diferente. Se asoma una nueva oportunidad. Cada día lo es. Cada año también. Celebremos la vida. Celebremos el amor.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Creciendo en familia (Lc 2,36-40)

Es de los pocos pasajes en el que se nos hablaba de un proceso en el tiempo durante la infancia y adolescencia de Jesús: iba creciendo, robusteciéndose y se llenaba de sabiduría. Y todo eso en su pueblo, junto a su familia.

Fueron años donde ese crecer, ese robustecerse y ese llenarse, fueron preparando a un niño, y luego a un joven, para la misión que Dios Padre le tenía reservada. No era el momento. Ni podía serlo. Jesús, Dios Hijo, tenía pocos años y mucho que aprender todavía.

Los frutos en el camino llegan después. A veces queremos verlos pronto pero el tiempo juega su papel. Jesús no pasó 30 años «esperando», escondido, su momento. Su momento llegó tras una infancia y una juventud vivida en plenitud, tras una vida familiar rica, tras una preparación seria.

Dios se encarnó y vivió todo aquello que nos es plenamente humano y sacralizó, por tanto, todo para nosotros. Dejemos que la vida siga su curso. Crezcamos, robustezcámonos, llenémonos de sabiduría. No tengas prisa en encontrar lugares en el mundo, en responder a vocaciones tempranas. Poco a poco. Todo llega. Y cuando llegue, debemos estar preparados.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Sólo ve quién espera ver (Lc 2,22-35)

Simeón vio a Jesús y así se cumplió la promesa que había recibido de Dios. Ningún ángel fue a anunciarle que aquel día, Jesús, José y María estarían en el Templo. El Evangelio nos dice que acudió impulsado por el Espíritu. Pero antes de eso dice algo que hoy se me ha quedado grabado: «Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel«.

Simeón vio porque esperaba ver. Simeón se encontró a Jesús porque anhelaba encontrárselo. Simeón reconoció al Mesías porque creyó la promesa de Dios.

Me considero una persona optimista pero muchas veces me descubro habiendo aceptado ciertas realidades. Miro el mundo, miro mi vida, miro a las personas que me rodean, a mis alumnos, a sus familias, a mi comunidad… y pienso que lo único que puedo es aceptar la realidad y no pretender cambiarla. Ciertamente Simeón no peléo por ver al Mesías, pero seguramente se acostó cada día esperando verle al día siguiente. Su deseo sostuvo su fe y su fe sostuvo su vida. Y al final vio.

Hoy te pido Señor que me ayudes a no apagar el deseo de verte en los demás, de encontrarme contigo cada día, de ver un mundo más humano, de ver familias más felices, de ver a mis alumnos creciendo y madurando y abandonando el colegio con valores y principios… Lo deseo… ¡quiero verlo Señor! ¿Cómo lo ves?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No tengamos miedo de ser pequeños y frágiles (Mt 2,13-18)

La luz convive con el pecado. Lo hace dentro de mí y lo hace en el mundo en el que vivo. El Reino se va abriendo paso, si le dejamos. A veces no lo percibimos. Estamos acostumbrados a la sombra, a la derrota, a la miseria y a la pobreza.

Por eso le molestó a Herodes aquel pequeño que acababa de nacer. Porque no hay nada más peligroso para la oscuridad que la semilla de la esperanza.

Me siento pequeño muchas veces, huyendo de aquello que me da miedo, como José y María. Me siento frágil y pecador, fallón, fracasado en muchos intentos. Y, a la vez, Tú siembras en mí la esperanza, Señor. Te haces fuerte en mí y me haces fuerte por Ti. Esa es mi fuerza, aunque duela muchas veces.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Estás invitado. Estás invitada. (Is 25,6-10a) – Miércoles I #Adviento

Eso de que te inviten a un festín de manjares suculentos, de vinos de solera, no sucede todos los días. No sé a ti pero a mí, como mucho, me han invitado a una boda y eso es lo más parecido a un festín de esas características.

Dios te invita a uno: el gran festín del Reino. ¿Qué me sugiere a mí?

  • El festín siempre es fiesta. Porque hay mucho que celebrar. Tenemos un Padre que, como dice el salmo de hoy, nos cuida, nos guía, nos ilumina y nos ama.
  • El festín siempre es exceso. Es difícil ponerle límites al amor de Dios. Excede con mucho nuestra idea de amar sin medida. ¡Qué pasada!
  • El festín siempre es en compañía. A Dios nunca se llega solo. Dios mismo es comunidad. La felicidad tiene rostros. La felicidad está en Él y en el prójimo. La salvación es de todo. No es mérito mío.
  • El festín siempre es gozo. Porque la vida es un regalo y pese a pandemias, oscuridades, desazones, inquietudes, pérdidas, dolor y desencuentros… hay que encontrar el sabor, paladear, saborear y degustar cada segundo regalado.

Ven Jesús. Ven y llévame de la mano a ese festín que me has preparado. Tú, que naciste en Belén («Casa del Pan»), sabes bien lo que necesito, sabes bien de mi hambruna.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Llenarse de alegría en el Espíritu (Lc 10,21-24) – Martes I #Adviento

Qué bonito: lleno de alegría en el Espíritu. Eso nos dice hoy la Palabra sobre Jesús. Esa alegría le permite hablar de su Padre y del amor por los pequeños, por los sencillos, por los frágiles.

La alegría no viene de las circunstancias. No viene de fuera. Es un regalo, no una consecuencia de un entorno favorable. ¿La clave para que acontezca? Dejarse habitar por el Espíritu.

El Espíritu siempre está pero a veces no le dejo aire para que prenda su llama. Con mis preocupaciones, el ruido que permito en mi vida, mi egoísmo, mi necesidad de protagonismo, a veces, ahogo esa alegría profunda y permito que la tristeza y la desesperanza gane terreno.

Ven Jesús. Ven a mi vida y trae contigo la alegría profunda que necesito.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Dejaron las redes (Mt 4,18-22) – Lunes I #Adviento

Qué pocas cosas dejo por ti, Jesús. Cómo me cuesta, por ejemplo, dejar «mis redes», mis labores, mis trabajos… para dedicarte una rato de conversación en la oración. El tiempo… siempre es la excusa perfecta. Las mil y una cosas que hay que hacer… Las mil y una redes que hay que tejer…

Tú quieres tiempo para ti y yo quiero dártelo en este Adviento. Quiero comprometerme a ello. ¿Cómo sino celebraré tu llegada? ¿Cómo sino acoger con alegría tu presencia, si no estoy dispuesto a ir a verte, a recibirte, a postrarme ante Ti?

Ven Jesús. Ven. Te necesito.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

A la mesa conmigo (Mt 9,9-13)

El Señor entra en mi casa y se sienta a la mesa conmigo. No le importa mi fama ni mi reputación. No le importan mis equivocaciones. No le importan mis pequeñas y grandes traiciones. No le importa mi pecado. Al revés. Me conoce. Sabe de mis debilidades. Sabe de mis soberbias cotidianas y de mis ansias de grandeza. Sabe de mis miedos y prejuicios. Sabe de mi dureza, a veces, con mi prójimo. Pero también sabe de mi corazón, que a veces se cierra, pero que quiere amar mejor.

El Señor me pide que le siga. Y yo lo hago. Pero antes de la misión, sellamos el pacto alrededor de una mesa apasionada donde se cuece la realidad de mi vida. Y Él, ahí, se sabe en casa. Y yo también. El resto, que murmure.

Un abrazo fraterno – @scasanovam