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Dios hace historia contigo (Jos 24,1-13)

La primera lectura de hoy me parece preciosa. Josué habló al pueblo y, mirando atrás, les recordó la historia que su Dios había hecho con ellos. Desde las personas que los guiaron, los lugares por los que caminaron, las batallas que enfrentaron, los favores que recibieron…

Hay momentos en los que es conveniente que nos paremos y recordemos. La vida se nos va tan rápido que uno puede tener la sensación de que va sin frenos y, muchas veces, sin una dirección clara. Pero si hay fe, seguro que al recordar, uno puede descubrir cómo Dios ha ido tejiendo una historia a su lado. Las personas que nos cuidaron, las que se han ido cruzando en nuestro camino… ¡qué importantes! ¡Qué maravillosas casualidades han traído a nombres concretos a nuestra vida! Personas que conocimos desde siempre, como nuestra familia, y otras que han ido llegando de manera misteriosa. También lugares… la geografía de nuestra existencia. Ciudades, pueblos, casas, rincones… que podríamos calificar de importantes por razones diversas. Lugares a los que siempre se vuelve o a los que vale la pena volver. Y batallas y favores, claro. Milagros que reconocemos, caricias de Dios que nos han sostenido en el tiempo. Y luchas que nos han dejado heridas, guerras en las que ha valido la pena pelear y que muestran que hemos vivido a pleno pulmón.

Hoy presento a Dios mi propia historia. Y le reconozco en ella. Un Dios que camina conmigo aunque a veces yo mismo no tenga claro hacia dónde.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Pecado = Rechazar el don de Dios (Nm 13,1-2.25–14,1.26-30.34-35)

Y llegaron los israelitas a la Tierra Prometida y… ¡decidieron no entrar! Pese a sus bondades, pese a sus frutos, pese a su vegetación, pese a su leche y su miel… ¡No entraron! ¡Porque había que pelear! ¿Conclusión? 40 años vagando por el desierto.

A veces nos pensamos que a Dios le ofenden nuestros errores, nuestras debilidades… y no voy a ser yo quién diga lo contrario. Pero de lo que cada día estoy más seguro es de que el mayor de los pecados, la mayor de las ofensas, es rechazar el don de Dios, su regalo, lo que nos da, la tierra prometida que nos ofrece. No es tanto el amor imperfecto que practicamos cuanto el amor inmenso que dejamos de acoger…

Dios hace historia contigo. Es una historia de liberación, de descubrimiento, de comunicación, de amor, de confianza… la tierra prometida llega en algún momento… cuidado… no vaya a ser que decidas darte la vuelta,

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Ése es mi hermano (Mc 3, 31-35)

Yo tengo un hermano de sangre, Miguel. Nuestra relación siempre fue magnífica. Educados en los mismos valores pero siendo distintos siempre nos hemos entendido de maravilla. Nos respetamos. Nos queremos. Nos sabemos necesarios el uno para el otro. Totalmente insustituibles. Con mi hermano compartí preocupaciones, buenos y malos momentos de ambos, confidencias, diferencias y discusiones, habitación, risas, muchas risas, una historia familiar que nos pertenece. El corazón se me llena de ternura mientras escribo sobre él. Estamos lejos el uno del otro pero siempre cerca.

La doctrina cristiana me enseña que, siendo todos hijos del mismo Padre, todos los hombres y mujeres somos hermanos. Pero siempre me ha resultado complejo sentir lo que antes he expresado de mi hermano hacia cualquiera que se cruzara en mi vida y más hacia aquellos a los que ni siquiera conocía. Es imposible. Imposible, me refiero, saberlo y sentirlo de repente. Pero hay un camino, una manera: experimentar primero la fraternidad en una pequeña comunidad. Éso es lo que vivo en Betania.

Yo tengo varios hermanos y hermanas de comunidad: Felipe, Stella, Esther, Raquel y Pili. Nuestra relación es magnífica. Nos mueven los mismos valores y la misma fe pero somos distintos siempre aunque nos entendemos de maravilla. Nos respetamos. Nos queremos. Nos sabemos necesarios los unos para los otros. Totalmente insustituibles. Con mi hermanos y hermanas comparto preocupaciones, buenos y malos momentos de todos, confidencias, diferencias y discusiones, casa, bienes, cena, risas, muchas risas, una historia familiar comunitaria que nos pertenece. El corazón se me llena de ternura mientras escribo sobre ellos. Estamos cerca los unos de los otros siempre. Celebramos juntos. Oramos juntos. Soñamos juntos. Caminamos juntos.

Un abrazo fraterno

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Tu casa y tu reino durarán por siempre (2Sm 7, 4-16)

Las lecturas de hoy no son de esas que me cambian la vida. Al menos no hoy; ¿quién sabe si para la próxima? Pero lo cierto es que me han traído a la mente y al corazón una realidad a veces desdeñada o, simplemente, no tenida en cuenta: mi historia no comienza conmigo.
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Cuando uno lee estos pasajes en los que se cuenta la historia de David, de José, etc. uno percibe que, igual que la historia de Jesús comienza mucho antes en el pueblo de Israel que aquella noche en Belén; la historia de uno, la mía, también comienza mucho antes, en el devenir de mis antepasados y con la mano tierna de Dios que ha ido llevando silenciosamente a todos los que me precedieron para que hoy yo pueda ya, por mi mismo, tomar decisiones y ser quién soy.

La sensación de que mi historia es mía me ha proporcionado siempre cierto placer egocéntrico no exento de sana satisfaciión al considerarme la pieza clave de mis propias decisiones, de mis ideas, de mis valores… Pero descubrir que más allá de esto mi historia no me pertenece por completo es también trascendental. Los proyectos de Dios no manejan nuestras fechas ni nuestros tiempos. Mi historia no es sólo mía, en la historia de mi casa. Y en eso seguimos…

Un abrazo fraterno

Genealogía de Jesucristo (Mt 1, 1-17)

Estos primeros versículos del capítulo de Mateo son ciertamente «pesados». Nunca he sido capaz de comprender por qué estas líneas se consideran «palabra de Dios» y no una narración histórica sin más. Pero ahí están y cuando ayer los leía en la oración comunitaria (con cierto cachondeo) lo único que me surgía era pensar que el propósito del evangelista no era otro que el de dejar claro que Jesús no salía de la nada, que detrás había una familia, un camino, una historia, un pasado.
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Yo tampoco salgo de la nada. Soy fruto de innumerables decisiones de mis antepasados que han llevado a que hoy esté aquí escribiendo mi oración. Cuando uno mira atrás descubre que cada pequeña decisión y circunstancia de aquellos antecesores que uno ni siquiera conoce me ha configurado. Y lo que tal vez es más importante: la historia en la que Dios promete y hace realidad sus promesas no es algo inmediato, fugaz y repentino. Eso es lo que tal vez nos quiere decir el evangelista. Sus tiempos no son nuestros tiempos. Lo que para nosotros es nuestra propia vida y la de nuestros padres y abuelos no es más que una brizna en la larga Historia de la humanidad. No somos capaces de mirar con perspectiva porque no podemos salirnos del mundo y de nuestra vida. Tomar conciencia de esto es curioso. Mi historia personal es sagrada pero, a su vez, forma parte de la historia de aquellos que ya se han ido y configurará decisivamente la historia de los que me siguen… ¿Qué promesas de Dios estarán todavía sin cumplirse?

Un abrazo fraterno