Entradas

Torpes para entender (Mc 6,45-52)

Marcos no se cansa de decirlo: los discípulos eran unos torpes que no entendían nada. Así que podemos, al menos, aplicar ese refrán de «mal de muchos, consuelo de tontos». Nosotros no parece que seamos mucho más listos a la hora de enterarnos de qué va esto de seguir a Jesús y de acoger el Reino de Dios que vino a anunciarnos.

Nos cuesta entender los signos de los tiempos. Nos cuesta entender la pedagogía de Dios, sus palabras y sus silencios. Nos cuesta entender su peculiar manera de guiar la Historia. Nos cuesta entender por qué a veces parece dejarnos solos. Nos cuesta entender por qué a veces verlo y sentirlo presente se hace complicado. Nos cuesta entender su amor. Nos cuesta. Y nos da miedo.

Jesús está aquí para abolir el miedo de tu vida, de la mía. No hay razón para temer porque Él viaja con nosotros en medio de la marea. Confiemos en Él. Amemos mucho. Dejémonos querer. Y hacia adelante. Mar adentro.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Necesito paz ( 2 Tes 3,6-10.16-18)

El deseo de San Pablo de hoy a los Tesalonicenses, lo hago mío.

Que el Señor de la paz os dé la paz siempre y en todo lugar

Este comienzo de curso tan incierto, tan imprevisto, tan precario; en una situación de pandemia y de segunda ola en España, agita mi corazón y, muchas veces, me arrebata la paz. Me adelanto a los acontecimientos, me dejo llevar por el miedo, por las dudas… y la paz se desvanece.

Dame tu paz, Señor, e inunda mi corazón con ella para afrontar lo que nos viene por delante. Tú estás a mi lado. Tú cuidas de tus hijos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Inquietud ante una vida mediocre (Am 3,1-8;4,11-12)

El profeta Amós parece el poli malo y Jesús parece el poli bueno. Una primera lectura inquietante, donde el profeta nos advierte del enfado de Dios con nosotros. Un Evangelio esperanzador, donde Jesús calma la tempestad y nos anima a no tener miedo nunca.

«Prepárate a encararte con tu Dios» dice Amós. Y trago saliva. Porque sí me reconozco infiel, porque sí me reconozco indigno de su amor muchas veces, porque sí reconozco en mí actitudes idólatras, falsas, injustas con Aquél que me libró de la esclavitud y me ofreció la felicidad.

Y a la vez: «¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!» es la frase que me brota, como casi siempre, en la dificultad. Sin fe en Aquél que me salvó, sin ver a Aquél que viaja a mi lado, en la misma barca.

Señor, no quiero encararme a ti. Señor, no quiero decepcionarte. Señor, te necesito.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No hay temor en el amor (I Jn 4,11-18)

Muchos dirían que el antónimo de amor es el odio. Otros dirían que, más bien, es el egoísmo. Yoda, el maestro Jedi de la saga de Star Wars, posiblemente nos diría que lo contrario al amor es el miedo. Y no le falta razón.

¿De qué tienes miedo? ¿Qué te impide hacer o vivir ese miedo? ¿Cómo te dispone ante los demás? No estamos hablando de miedos «accidentales» del tipo miedo a las tormentas, miedo a los aviones, miedo a las cucarachas… Estamos hablando de los miedos «existenciales». ¿Miedo a estar solo? ¿Miedo a no ser aceptado? ¿Miedo a perder el poder? ¿Miedo a dejar de ser relevante? ¿Miedo a que me hagan daño? ¿Miedo a fallar? ¿Miedo a…?

Es hora de contarte los miedos que tienes y de contárselos a Él. Dile que quieres amar, que no quieres temer; que quieres navegar, que no quieres quedarte en puerto.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No te angusties por el futuro que está por venir – Domingo XIX TO Ciclo C

Cada vez nos cuesta más esperar. Y creer. Incluso los que nos decimos cristianos, estamos ansiosos por que el mundo sea ya lo que nosotros queremos, lo que a nosotros nos gustaría. Somos la generación «Nesquik», soluble e instantánea.

El Reino siempre ha sido un «ya pero todavía no». Incluso aunque hayan pasado más de 2000 años desde la venida de Cristo, en el mundo vemos como el Reino está ya presente entre nosotros, gracias al Espíritu regalado, y como, a la vez, todavía nos rodea mucho mal, mucha destrucción, mucho odio, mucho poder, consumo, ego, etc.

Yo me descubro muchas veces, en mi propia historia, forzando los momentos. Quiero que las cosas salgan, como yo tengo pensado y ahora. Me agobia la sensación de que la vida se me vaya yendo y que mis objetivos no se cumplan. Me gustaría ver tantas cosas haciéndose realidad… y vivo con el miedo de irme sin verlo. Y me preocupo por el mundo, por cómo será el planeta en 50 años, por el medio ambiente, por la política populista que nos ha llegado, por las sociedades que parecen ir hacia atrás en lugar de hacia adelante… Y pienso en mis hijos y en el tiempo que les tocará vivir… Y a veces me lleno de temor y desesperanza.

¡Hombre de poca fe!, me gritaría el Señor. Confía. No temas. Dios te espera con una tierra nueva y maravillosa. Pon ahí tu corazón. Pon ahí tu esperanza. Actúa como si todo dependiera de ti, pero espera en el Señor. Él guía nuestra historia y siempre está al lado de su pueblo. ¿Qué hay que temer?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El miedo de escuchar (Mt 17,1-9)

No soy la persona adecuada para comentar las lecturas del día de la Transfiguración. Hay personas más preparadas que yo para ello. Pero si me gustaría comentar algo que me ha llamado la atención del evangelio de hoy: el miedo de los discípulos ante la voz de Dios.

Escuchar a veces da miedo, porque oyes cosas, y a personas, que provocan en ti un vuelco interior difícil de manejar. Todos hemos escuchado alguna vez alguna canción, o alguna conferencia, o alguna película, o a algún amigo, o a papá o a mamá, o a un cura en su homilía… y se nos han puesto los pelos de punta. Hay palabras que llegan en el momento justo o que tocan la fibra más interna de nuestra alma. Y nos sobrecogen.

Muchas personas prefieren no escuchar. Mientras uno no escucha, puede vivir sin la consciencia necesaria, tirar para adelante, hacer lo que le parezca. Con Dios esto es más evidente. Hemos decidido escucharle poco. Y nos llenamos de excusas. Sabemos que si un día nos paramos, en silencio, con la Palabra en la mano y con disposición de escuchar… lo que escuchemos nos tocará el corazón y nos pondrá patas arriba la vida. ¿Estamos dispuestos?

El que quiera oír, que oiga.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Dudas de Pascua (Lc 24,35-48)

Que no, que no esto va de una fiesta de cumpleaños. La Pascua está impregnada de la alegría del Resucitado pero, como dice el Evangelio de hoy («como no acababan de creer por la alegría»), la alegría también puede estorbar en estos momentos.

A veces uno no sabe cómo afrontar la Pascua. Por un lado, parece que nada ha cambiado. El mundo sigue igual, mi vida sigue igual. No se han resuelto ni los problemas ni las dificultades. Por otro lado, parece que estamos obligados a creer y sentir que de repente todo se tiñe de rosa. Y también es molesta esa sensación de obligatorio jolgorio.

Descubrir a Jesús Resucitado, como bien nos muestra el Evangelio, es un proceso, un proceso en el que hay que ir acercándose a la vida de Jesús, al Reino anunciado, a la Cruz y, posteriormente, a la experiencia de la Resurrección, en la que Jesús nos regala su paz. No creo que sea algo de un día para otro. Posiblemente nos lleve media vida o la vida entera, enterarnos de cómo va esto y calmar las dudas que a veces surgen. Pues sin miedo. Ellos, los apóstoles, también lo tenían en su estupefacción. Que el Espíritu nos guíe.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Tres actitudes ante Dios que María nos enseña – III Jueves Adviento 2018 – (Lc 1,26-38)

Miedo, incapacidad y disponibilidad. Tres palabras sencillas que encierran todo un universo de sentimientos, pensamientos e historias que nos hablan de Dios. Tres palabras que conoció María y que uno puede extraer del Evangelio de hoy, el de la tan conocida Anunciación.

Atemorizada

María siente miedo ante el Misterio. Ese es el comienzo de su camino, cuando escucha el saludo del ángel y, de repente, siente que algo desconocido entra en su cotidianeidad, en lo íntimo de su corazón. María, judía y creyente, escucha y lo que escucha la turba. Presiente que algo distinto, nuevo, grande… está pasando. Algo que se escapa a su control, a lo conocido. María toca con sus sentidos a Dios, tiene experiencia de Él. Y se asusta, se descoloca, se remueve, se inquieta. ¿Por qué tendemos siempre a identificar a Dios con la paz? Eso, tal vez, vendrá luego. Cuando Dios llega a tu vida, de repente, sin avisar, con ganas de tocarte el corazón… descoloca.

Incapaz

El siguiente sentimiento que embarga a María es el de la incapacidad personal. Tras conocer el plan de Dios, María, como todos, se lo lleva a lo personal: Yo no puedo, yo no sé, yo nos soy capaz, cómo puede ser posible si… María siente lo mismo que sentimos tú y yo tantas veces, cuando pensamos que depende de nosotros que Dios haga lo que tiene que hacer. Sí y no. Dios hace más allá de nosotros, de nuestras capacidades, de nuestras posibilidades, de nuestros títulos, de nuestros conocimientos… Dios es el que lo hace todo.

Disponible

Esta es la respuesta de María. El Espíritu que la habita encuentra espacio para responder, para mitigar el desconcierto y descubrir que no es ella la que obrará el milagro. Dios no le pide el milagro sino la disponibilidad para que el milagro acontezca. Finura de matices que, a la vez, son tan importantes… El milagro es de Dios, la acción es de Dios… pero la posibilidad la ponemos nosotros. Esa es la actitud final de María. Esa es la respuesta. Esa es también la respuesta de Jesús en Getsemaní. Un Fiat que lo cambia todo.

Fiat. Yo también.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¡No os metáis tan adentro! (Lc 5,1-11)

Una frase muy repetida entre los padres que estamos en la orilla del mar, mirando cómo se bañan nuestros hijos: «¡Nos os metáis tan adentro!». Necesitamos saber que tenemos su baño controlado y que no va a haber ninguna imprudencia que pueda terminar en tragedia. Y es que meterse en lo profundo del mar da respeto.

A veces pienso que en esa protección orillera de mis hijos, proyecto el miedo que yo le tengo a ir hacia adentro en el mar. Me da miedo. Por si hay algún pez, por no hacer pie, por verla más oscura, por si me da un calambre y no llego, por las olas… Miedo. Por eso, cuando hoy leo el evangelio y escucho a Jesús diciéndole a Pedro eso de «rema mar adentro», me entran los sietes males. Los israelitas no distaban mucho de mí. El mar era lugar de las peores calamidades y meterse en su profundidad era símbolo de ir hacia lo desconocido, hacia el peligro, hacia la desprotección.

Jesús viene hoy a lanzarme un mensaje importante. No tengo que tener miedo de ir hacia adentro, de arriesgarme, de perder mi seguridad. No está mal «no hacer pie» alguna vez en la vida. Seguirle va de esto. Seguir a Jesús va de jugársela, de perder el control propio… porque ya controla Él. Ojalá tengo esto muy presente en este comienzo de curso tan apasionante y, a la vez, tan «profundo» para mí. Ojalá me sepa acompañado por Él y no tenga miedo de ir hacia adentro, allá donde el mar asusta y, a la vez, enamora.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La barca y el mar. La oración y el miedo. (Mt 14,22-36)

El agua en la Biblia, para los judíos, no significaba lo mismo que para nosotros hoy. Lejos de ver en el agua del mar un lugar de reposo, de baño, de vacaciones, de playa y relax, de diversión… los judíos llenaban al mar con malos augurios, peligros, muerte. Por eso la escena de la barca y de Jesús tiene mucha más enjundia que contemplar un milagrito de un Jesús mago que camina sobre las olas.

Si nos fijamos en Jesús, la conclusión es clara: Él es aquel que es capaz de vencer a la muerte, de no caer en sus terribles y definitivos tentáculos. Él es quien vence al mal y a la oscuridad. Él es el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Si nos fijamos en los apóstoles, pues vemos en ellos a todos nosotros. Vivimos en medio del mal y somos tentados por ella. El mal y el sufrimiento está presente en nuestras vidas y hacen temblar nuestros principios, nuestra fe y nuestra esperanza. Sólo cuando somos capaces de acudir a Jesús, encontramos la victoria definitiva sobre esa realidad oscura.

Me quedo con dos palabras, con dos detalles: ORACIÓN y MIEDO.

Jesús reza solo un buen rato. Él es Hijo de Dios y ese ser Hijo está sustentado por la relación estrecha, íntima y especial que Él tiene con su Padre. ¿Cómo vamos en la oración? ¿Tenemos esos 10-15 minutos diarios para crecer en nuestra relación de hijos con el Padre? ¿No hemos descubierto todavía que la oración es lo que nos da la fuerza de lanzarnos ahí afuera y no sucumbir a la fuerza de «vientos y mares»?

Y el miedo de Pedro, que es nuestro miedo. El miedo propio de aquel que, aún sabiendo quién es Jesús, le da demasiado poder al mal, como si hubiera alguna posibilidad de que ganara la partida. El miedo de perderlo todo. El miedo a arriesgarse por ir donde Jesús. Eso lo vivimos todos los miedos. ¿Cuántas cosas nos paraliza el miedo? ¿Cuántas cosas dejamos de hacer, en cuántos proyectos dejamos de implicarnos, cuántos riesgos dejamos de asumir por miedo a que, pese a ser de Dios, salgamos vencidos del envite?

Escena sugerente la de hoy. No la desperdicies.

Un abrazo fraterno – @scasanovam