Carta al P. Gabino

Querido Gabino, llevo días queriendo escribirte y creo que ha llegado el momento. Me he puesto un poquito de música instrumental, de esa que me gusta, para ayudar a mis emociones a salir a flote. Ya sabes que a veces me cuesta aunque voy mejorando… ¿Qué te voy a contar que no sepas?

Cuando me despedí de ti el pasado martes de noche no sabía que no íbamos a volver a vernos. La muerte a veces llega así, sin avisar, aunque nadie puede esquivarla. ¿Por qué será que siempre pensamos que va a haber un mañana? Si lo llego a saber te hubiera dado un abrazo muy fuerte y me hubiera despedido de ti sin pena. Al final, antes o después, toca despedirse y, si quieres que te diga la verdad, ojalá pueda irme como tú te has ido: vida dilatada, intensa, plena, entregada, y sorprendida por la muerte, en casa y entre hermanos. Firmo. Además, a ti eso de dar pena no te va, ¿a qué no? Pero un abrazo y un gracias quedan pendientes hasta que volvamos a encontrarnos.

No recuerdo exactamente desde cuándo nos conocemos. Con nosotros pasa como con el enamoramiento: un día te descubres enamorado pero sería difícil decir desde cuándo, en qué lugar y a qué hora eso comenzó. Tampoco nuestra amistad tiene fecha, aunque puedo decir que hace unos cuantos años, posiblemente cuando aterrizaste en Aluche y comenzaste a moverte por entornos madrileños y fraternos. Siempre con tu barba blanca, más o menos poblada en función de la estación del año en la que estuvieras. Siempre con tu sonrisa en la cara, torcida de tanto usarla. Siempre lleno, siempre disponible, siempre testigo del Amor.

En todos estos años de compartir, tengo que agradecerte el cariño y la confianza que siempre me has demostrado. Aunque parezca mentira, no son actitudes que sobren y todos las necesitamos, al menos un servidor. A tu lado siempre he sentido que podía ser yo, tal cual, sin disimulo ni filtro. Supiste quererme. ¿Hay mejor manera de cuidar a una persona, de acariciar su vocación, que queriéndola sin más? Eras el Iniesta de la Provincia: todo lo hacías de una manera que parecía fácil y, sin embargo, ¡nada más lejos de la realidad! Tu estar siempre a la escucha, al servicio, te permitía centrarte en lo realmente importante. Tú, querido Gabino, intentabas hacer vida (y muchas veces lo conseguías) las grandes palabras: Reino, amor, vocación, pequeños, niños, fe, alegría… Hablabas poco de eso porque sencillamente te dedicabas a vivirlo. Hacías menos y estabas siempre. Hacías cada día menos para ser cada día más. Cuánto necesitamos de esto… qué gran herencia nos dejas entre manos… ¿Sabremos aprovecharla?

Reconozco en ti muchas cosas de mí, que me hacían entenderme a la perfección contigo. Ese sentido del humor, a veces evidente y otras veces sutil, aderezado de ironías y medias palabras. Ese optimismo casi patológico que desarma a aquellos que sólo saben caminar con el ceño fruncido y que no esperan ya nada porque han dejado de creer en casi todo. Somos, los dos, disfrutadores natos. Tú descubriste hace mucho, y yo lo voy haciendo, que esto del Reino es un don, que la salvación ya nos ha sido dada y que cada día debe ser Pascua. Y por eso merece la pena descargar equipaje y disfrutar, sí, disfrutar del tiempo que se nos ha regalado, de la compañía del hoy, de la comida en la mesa, del canto en la celebración, de la amistad compartida, de los horizontes plagados de utopías que, a la vez, nos mantienen en el camino…

Eras antídoto contra el desánimo, por eso eras imprescindible; por eso es que, con tu marcha, se va uno de los escolapios más jóvenes de la Provincia Betania. Tu proceso ha sido tan verdadero, tan cercano a Jesús de Nazaret, que con cada año que cumplías, te hacías un poco más niño. ¡Ay Gabino! ¡Qué difícil eso de hacernos niños! ¡Cuántas veces leemos eso de «os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» y cuánto nos cuesta entenderlo! ¿No deberíamos ser los escolapios expertos en niños? ¿No deberíamos ser nosotros expertos en hacernos pequeños y mirar la vida con ojos de niño, amar con corazón de niño? Pues tanta niñez se nos atraganta. Creo que a ti no. Tú supiste alimentar bien al Niño que te habitaba y le dejaste ir libre, sin amarras ni temores; atrevido, ligero, creyente y confiado. Sí, Gabino, muchos te echaremos de menos a la hora de soñar y te rezaremos cuando nuestro ser escolapio envejezca por inanición.

¿Te perdiste alguna reunión fraterna en estos años que quisiste formar parte de la Fraternidad? ¡Ninguna! Sólo al final, cuando ya tenías difícil viajar, empezaste a ausentarte de vez en cuando, aunque seguiste colaborando con tus oraciones, tus vídeos y con aquello que se te pedía. ¡Fuiste un valiente Gabino! Sin hacer mucho ruído pero, ¡ahí siempre! ¿Qué haremos ahora? No sobran escolapios fraternos, ya lo sabes. Ese «nosotros» que tú vivías con tanta naturalidad sigue en cuestión, ¡tantos años después! ¡Ya sabes lo que te toca! ¡Ahora estás en situación privilegiada para echarnos una manita! Necesitamos nuevas fuerzas, energías renovadas y mucha más fe de la que tenemos. Seguimos midiendo tanto, presas de tantos miedos, recelos y prejuicios… Pensamos y programamos y nos reunimos, y nos volvemos a reunir, y escribimos planes y convocamos encuentros, y nos volvemos a reunir, y damos pautas, y hacemos estatutos, y encomiendas y lanzamos proyectos aquí y allí, y aprobamos cosas y nos involucramos algo, pero no mucho… vivimos en un permanente «querer dar pero sin querer perder». ¿Se puede entregar una vida sin perderla? ¿Se puede elegir un camino sin desechar otros? Damos vueltas y vueltas y vueltas a todo… Tú optaste por la vía del Espíritu: un sí generoso, un sí confiado, un sí fiel, un sí siempre presente, un sí cercano, un sí curioso e incluso juguetón, un sí lleno de comunión, un sí consciente de que podía ser no… pero quería ser sí. Gracias Gabino. Necesito aprender de ti y darme más y mejor.

Poco antes de que te fueras, me confesé contigo. Te pedí confesión porque hacía tiempo que no le daba una vuelta al estado de mi corazón, algo dejado y poblado de telarañas en algún rincón. Me escuchaste y me devolviste amor, como no puede ser de otra manera. Reino, amor, oración, habla con Jesús, cuéntale, tenle presente en cada momento, una frasecita aquí, ahora otra allí… Tenle siempre presente, hazlo compañero de camino, me dijiste. Y eso voy a intentar. Crecer en ello.

Verte estos últimos meses, en medio de esta pandemia, consciente de tus dificultades y de lo que no se podía hacer, ha sido un testimonio vivo para mí. Escuchar tus homilías cargadas de humanidad, verte rezando en la capilla, contemplar tus silencios, escuchar cómo estabas buscando «tu nuevo lugar en el mundo» como escolapio mayor en tiempos de pandemia… ha sido una contemplación permanente de la fuerza del Espíritu en una persona creyente, verdaderamente creyente. Siempre buscando, siempre hambriento, siempre sediento y, a la vez, habiendo descubierto de verdad la compañía y la intimidad con el que sacia nuestra vida.

Vocaciones pedías siempre para la Escuela Pía, Gabino. Puedo decir que vivir contigo ha fortalecido la mía. Tu herencia son mis ganas de ser mejor padre, mejor esposo, mejor cristiano, mejor escolapio. Y todo ello haciéndome cada día más niño.

Páter, ya no te tienes que cuidar. Ahora te toca cuidarnos. Sé que lo harás. Disfruta de la eternidad que, ya sabemos, se parece mucho a tu pueblo. Y cuando te sientes a la mesa de los escolapios que andan por ahí, con Calasanz a la cabeza, saluda de mi parte al P. Basilio, al P. Cano, al P. Severino, al P. Ambrosio, al P. Arturo, al P. Salvador, al P. JuanMari Puig y a tantos que me han ayudado a responder a la llamada. Soy gracias a ellos.

Un abrazo la mar de rico. Te quiero.

Santi

MR 108

Recuerdo tu letra grande. Tus sobres decorados con cariño. Recuerdo la alegría al descubrir tus cartas en mi buzón. Lo recuerdo todo con mucho cariño. Me gustabas. Fuiste la primera chica que me hizo saber qué era eso de estar enamorado. Recuerdo algún paseo compartido, el sabor del helado frente a la piscina. Recuerdo la caricia del sol atlántico de atardecida. Recuerdo el balón de baloncesto, impulsado a canasta por tus rizos.

Ha pasado mucho pero aquí seguimos. Con hijos, trabajos, parejas, historias de idas y vueltas… buscando cada uno la felicidad en sus propios rincones. Seguimos siendo amigos. Tu letra ahora mide lo que el whatsapp decide y tus sobres se han transformado en notificaciones. La alegría al leerte es la misma. Y seguimos compartiendo paseos y helados y las caricias del sol atlántico treinta años más mayor…. Tus rizos siguen siendo mis rizos.

Qué bonito es mirarse y saberse conocido y reconocido y querido por los ojos amigos de enfrente. ¿A qué sí? Y qué bonito es regalar a nuestros hijos una amistad tan bonita como la de sus padres. Te quiero, amiga.

 

Peter Pan, la nueva aventura de Escolatrio

Una vez más, la música rompió el silencio que precedía al aplauso. Los acordes de la famosa sintonía de Los Piratas del Caribe comenzaba a inundar cada uno de los corazones de los que, durante más de una hora, compartimos escenario y butaca, alma y piel. Nuevamente, lo habíamos vuelto a hacer.

Cristina me decía por la tarde si ya manejaba mejor mi tensión… Creo que sí, que estoy aprendiendo a disfrutar. Tal vez sea la tranquilidad de comprobar que, obra tras obra, tras el trabajo, el sufrimiento, el esfuerzo, siempre somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos y bordarlo. Es verdad, podemos sacarle detalles, mejoras… sin duda, pero eso no debe oscurecer lo que tenemos entre manos.

Peter Pan no quiso hacerse mayor y nosotros, los Escolatrios, hemos descubierto que hay maneras de hacerse mayor tremendamente bellas y hermosas. Los Escolatrios hemos decidido hacernos mayores, claro que sí, pero sin lapidar al niño que cada uno de nosotros lleva dentro. Hemos encontrado una manera preciosa de recordarnos a nosotros mismos que todavía nos queda mucho por crecer y por dar, que todavía nos queda mucho por jugar, por divertirnos, por crear, por imaginar… Hemos descubierto que hacer teatro hace felices a los pequeños y que, también nosotros, encontramos, tras el telón, un lugar privilegiado donde encontrarnos con lo mejor de nosotros.

No es un secreto lo que nos ha costado esta obra. El comienzo fue estresante, agobiante y desorganizado. Mucho del caos por culpa de un servidor que, a veces, no encuentra la manera de servir como se requiere. Y entonces se puso en marcha una maquinaria asombrosa y, sin duda, privilegiada. La maquinaria que hace que la suma de los esfuerzos de cada uno consiga asombrosos milagros. Una maquinaria que permite cubrir carencias de unos con dotes de otros, que permite llegar a hoy con el orgullo intacto.

Tener a Manel aquí es muy importante para mí. Poder compartir con un hermano como él esto… es un regalo. Y verle ahí, dándolo todo, actuando lleno de pasión… No tiene precio… ¡Y lo guapetón que estaba hoy!

Qué bien quedó reflejada la casa de los Darling. Con sus camas, con sus edredones, sus estanterías llenas, su ventana decorada al detalle, su mesita y su jarrón… con una Nana que cautivó a los niños desde el comienzo, como sólo sabe hacer Rosana, ese manojo de rizos que nos lleva a todos a Nunca Jamás cada vez que se acerca. Una pareja sencilla, con un padre frío y calculador y una madre bella y dulce a la que Susana supo cargar también del dramatismo necesario. Con una Teresa magistral en el papel de Liza, demostrándose a sí misma que la vergüenza puede ir buscando nueva casa, que con ella tiene la batalla perdida. Y con tres niños, niños. Geniales en pijama John y Michael, que supieron complementarse a la perfección. Rocío, que sabe sacar siempre una energía vital que llena allí por donde pasa, y Sarai, que supo sacar al mejor John, mezcla de sobriedad y de sonrisa pícara al verse volar.

Los Niños Perdidos, enfundados en sus pieles, supieron encarnar muy bien esas infancias perdidas, esos «huérfanos» con padres de los que tanto hay por el mundo. Con un Poquito al que Javi dotó de una capacidad brutal para seguirse queriendo y salir adelante. Con un Lelo lleno de dulzura, con una Estíbaliz con más voz que nunca; con un Plumífero que me robó varias sonrisas a lo largo de la obra, con una Begoña desatada por el escenario, suelta, libre y con un desparpajo que ha ido creciendo obra tras obra; unos Gemelos sencillos y que en su sencillez no cometieron fallo, con una Elena que es capaz de sacar adelante lo que le echen y con Sandra, comedida, sensible y llena de ternura. Y Rizos… al que Belén supo sacar adelante con una serenidad envidiable, teniendo en cuenta que el humo pendía de la misma mano…

Que a Casandra le pegaba Tigridia estaba claro pero era difícil imaginarse una interpretación tan genial como la de hoy. India y jefa. Rebelde. Peleona. Hermosa y misteriosa a la par. Y a su lado Pantera. ¡Qué maquillaje Jenny! ¡Me encantó! Poco papel, poco texto, pero una presencia impactante. Los niños, como siempre, a gran altura. Creo que están viviendo una experiencia fantástica que ya se llevan en su diario vital. La experiencia de participar junto a personas maravillosas, padres incluidos, de un proyecto que les está ayudando a soltarse, a interpretar, a trabajar en equipo, a asumir compromisos, a darse a los demás…

Pero nadie llenó el escenario de estar tarde como el grupo de piratas. Sus apariciones garantizaron momentos trepidantes, simpáticos, llenos de detalles y guiños auténticos. ¿Seguro que estabais interpretando? Yo creo que algo de vosotros salió ahí a pasear… Cris Mullins sobrada, desatada, en su salsa, con piercing incluido. Qué grande eres. Sonsoles, Rosa, Vicky y Dori… a lo Iniesta… haciendo que pareciera fácil lo que no lo es: llenar el escenario de vida, de naturalidad, de piratas de verdad, con una imagen absolutamente brutal. Cris y Mª Ángeles… magistrales, con el loro Manolo incluido. Qué bien llevasteis los textos y los tiempos y qué bien os compenetrasteis con el jefe… ¡Y el cocodrilo! ¡Cuánto esperamos para ver ese cocodrilo! ¡Cuánto esperamos…. y cómo mereció la pena! ¡Genial Laura!

Andrés… me mola ese caminar de Garfio. Al final te lo creíste y salió un auténtico Garfio, mezcla de autoridad, de maldad y de ridícula torpeza. Con un papel muy bien aprendido tras haberlo ido haciendo mejor ensayo tras ensayo. Y qué quieres que te diga… con ese cuerpo y ese traje… imponente.

Lucía… qué miedo teníamos eh… qué miedo y qué bien al final. ¡Cuánto creciste del primer ensayo, de la primera lectura, a hoy! ¡Hasta te permitiste el lujo de hacer cosas que no te habían salido en ningún ensayo! Enhorabuena por el trabajo y el esfuerzo. Fuiste la mamá de todos los niños del escenario y de las butacas por un buen rato… y el orgullo de tu hija no tiene precio.

Y qué voy a decir de Peter… Peter… difícil el Peter que queríamos, difícil el Peter original… difícil pero conseguido. Un Peter bribón, chulito, desafiante, desagradable, juguetón, héroe, valiente y cobarde a la vez… ¡Qué difícil y qué bien lo hiciste! Se te veía el brillo en los ojos. El brillo de saber que había magia… el brillo de quien es un hada en sí misma….

No todos estábamos en escenario. Porque hay historias que se quedan de este lado del telón. Una iluminación espectacular la conseguida por Luis. Gracias maestro. Una música ejecutada a la perfección por Mario, nuevo fichaje Escolatrio. Esther dando a vida a Campanilla. Loreto poniendo la imagen y su creatividad al servicio. Noe, Raúl, Ángeles… apoyando en primera fila… ¡Cómo os echamos de menos! ¡Qué bonito es echaros de menos! Y Cou siempre a pie de palco, y Quique y el resto de parejas que ponen mucho de su parte para que nosotros podamos llegar aquí…

Orgulloso. Feliz. Contento. Agradecido. Y con ganas de irme a cenar con vosotros. Así termino el día. Y con ganas de seguir caminando a vuestro lado. Dejando que los años se caigan del calendario mientras nosotros, sencillamente, ponemos nuestro granito de arena para dejar a nuestros hijos un horizonte que valga la pena. Lo estamos consiguiendo.

Muchos besos y abrazos

 

 

Sigamos, amigos, sigamos…

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La luz tenue de mi habitación, tímida y atrevida, me invita a no cerrar los ojos sin saborear la palabra de la noche: GRACIAS.

Sin saber muy bien por qué, unos cuantos amigos se han empeñado en empapelar mi corazón con esa palabra, GRACIAS. Les he repetido, una y otra vez, que yo no he hecho más que ser yo y que el resto lo hicieron cada uno siendo ellos. Pero nada, erre que erre.

Yo estoy feliz. Me veo casi recién llegado, en un restaurante magnífico, rodeado de amigos… y pienso que Dios me cuida. «A Dios no hay que ponerle a prueba» les digo a los niños en el oratorio. A Dios hay que dejarle hacer… Cada persona de las que estaba alrededor de la mesa esta noche era, sin ser muy consciente, la respuesta de Dios a nuestra decisión de dejarlo todo por un sueño. Dejamos casa, dejamos ciudad, dejamos trabajos, dejamos amigos, dejamos familia… Y Dios responde obrando el milagro.

Lo que me apetece ahora es abrazaros a cada uno, sin prisa. Y tal vez, llorar un poquito. Hay confianza como para tener que disimular.

Sigamos amigos, sigamos… El mundo es mejor con vosotros. Todavía nos quedan muchas historias que contar y si no las contamos nosotros… ¿quién lo hará?

Un abrazo fraterno e inmensamente agradecido

Santi

Carta a una amiga 55 minutos después…

Buenas noches. Shhhhhhhhh… a ver si nos va a oir alguien… los animales nocturnos como nosotros estamos acostumbrados a movernos con sigilo y a mirarnos en la luna. Somos seres privilegiados que salimos a cazar estrellas y tenemos la gran ventaja de que, en la negrura de la noche, agudizamos la vista.

Me gustó hablar contigo, ¿sabes? Hacía tiempo que deseaba estos 55 minutos entre tú y yo. Es lo que tienen las estrellas… a veces no cazas ninguna pero, en el camino, conoces a compañeros de sueños con los que creas lazos. Yo no sabría decir cuándo empecé a sentir que algún lazo había aparecido entre tú y yo. Es algo que ha pasado desapercibido en mi historia pero que uno, de repente, se percata de que existe. Como todo lo que se produce de manera natural. Uno no se da cuenta de cuándo empieza a querer a su madre o a su amigo ni de qué día de repente empezó a sumar o a escribir correctamente. Uno simplemente constata que las cosas son, están, suceden… Y eso es lo que me pasa contigo. Algo misterioso ha entrelazado nuestros caminos y, como decía el Principito, «tú ya no eres una muchachita igual a cien mil muchachitas». Ahora tú eres para mi única en el mundo. Yo soy para ti único en el mundo. Y es bonito descubrirlo.

Hablo contigo y te siento achicada, cohibida, temerosa… caminando encorvada por el peso de unos cuantos kilos de arena que llevas en esa mochila tuya que tanto nos ha hecho reir y que tan poca gracia tiene. Tú, que has sido creada por Dios para SER TÚ, has decidido que bueno, que sí pero no tanto, que total… que para qué… que bueno que mejor en otra ocasión… si total… si tampoco… si… Y me da penita. La arena pesa mucho amiga, la arena pesa mucho y hay que deshacerse de ella antes de que las fuerzas se agoten para siempre… No te acostumbres y cómete el mundo, la vida, el presente y el futuro… ¡cómetelo todo! ¿No te das cuenta de tus colores vivos, de tus ojos vivarachos, de tu risa aniñada y de las ganas que tienes de darte un chapuzón?

Los seres nocturnos como nosotros respiramos en la soledad de la madrugada. Nos miramos al espejo y en él vemos todo aquello que nos gusta y que no nos gusta de nosotros mismos. Hay noches llenas de lágrimas, noches en las que sufrimos mucho al descubrirnos y darnos cuenta de que no era así como nos lo imaginábamos todos. Hay noches también de alegría y sonrisas cómplices con nosotros mismos y nuestra «mismidad». Seguimos existiendo y nos sabemos valiosos para el mundo. Hay noches en las que el espejo está muy empañado porque nuestros miedos e inseguridades están jugando a hacer vaho… y nos vemos con dificultad… Pero lo que nadie nos puede quitar es que sentimos, que el corazón nos palpita, que en el fondo sabemos lo que queremos y cuáles son nuestros deseos más profundos y las razones que nos impiden salir corriendo hacia ellos. Lo sabemos todo amiga.

Cógeme la mano un ratito porque te la quiero apretar. Quiero abrazarte y que sientas que no caminas sola en el mundo de los cazadores de estrellas. Tengo ganas de abrazarte y mirarte a los ojos y decirte al oído que por favor no lo hagas, que no te rindas, que no te duermas, que no les creas, que no abandones… Quiero decirte que eres preciosa (lee lo que significa en www.rae.es) y que tienes mucho que hacer. El mundo no se puede permitir un tesoro menos porque no andamos sobrados… No lo hagas y grita, tira de una vez esa mochila y píntate el pelo del color que más te guste. Canta bajo la lluvia como Gene Kelly y regálale el paragüas al primer policía que pase por tu camino. No lo necesitas.

Poco más. Descansa y duerme. Mañana la batalla comienza de nuevo pero nosotros… ya no seremos los mismos.

Un beso fuerte

Carta a Antonio Ozores

Querido Antonio,

ya has emprendido la marcha y creo que todavía me falta mucho por reir. Me has dejado huérfano de humor.

Ayer, cuando me enteré de la noticia, me pilló bastante desprevenido. Me quedé paralizado, quieto, sorprendido y triste. Sentí tristeza y mucha debió de ser para que alguien como yo, con dificultades para conectar con sus emociones, se diera cuenta de ello. Sentí tu pérdida. Sentí que España había perdido a uno de los grandes. Sentí que se quedaba un vacío difícil de llenar. Sentí que me apetecía recordarte y llorarte y echarte un poquito de menos.

No te engañes, Antonio. Yo no soy un fan tuyo. Ni siquiera soy de esa generación que vivió tus películas en aquella convulsa y clave etapa de la transición y de los últimos años del franquismo. Aquel cine tan denostado hoy sirvió para que muchos españoles miraran al futuro y a su presente con humor, con una sonrisa en la boca. Ese es el mérito nunca reconocido del humorista: hacer reir nunca se valora en la medida en que debería.

Hoy estamos huérfanos de humoristas, Antonio. Hoy estamos huérfanos de risas. Ya no nos reimos de nosotros mismos y ni siquiera nos gusta reirnos con otros. Vivimos como el hombre serio de El Principito, rodeados de cálculos, jornadas laborales, atascos, hipotecas, euríbores, crisis, paro, crímenes de género, malas noticias… Nos cuesta reir porque tenemos los músculos atrofiados. Nos hemos acomodado tanto, tanto… ¡que hasta nos cuesta sonreir! Vivimos en una sociedad gris y nada esperanzada.

Tu hablar en trabalenguas siempre me hacía reir. Y me gustaba también tu relación con tu hija, con Emma. Y me gustaba escucharte en entrevistas. En la última escuché lo que cobrabas de pensión y pensé lo injusta que es la vida, sobre todo aquí. Toda una vida trabajando como tú, haciendo reir, para ser un olvidado de todos. Mientras encumbramos a los grandes hermanos vagos y delirantes que nos muestran lo peor y más deplorable de la sociedad española… Tú no sabías de audiencias, ni de modas, ni de publicidad, ni de share… tú sabías de trabajar, de escribir, de comediar, de proponer…

Poco más tengo que decirte, Antonio. siento tu muerte. Te llevaré en mi corazón. Creo que te mereces seguir vivo en nuestras carcajadas. ¡brindo por ti amigo!

Un abrazo

Carta a quienes peregrinaron conmigo

Queridos Charlie, Villa, Sátur, Elena, Luz, MariLuz, Marco, Barrigón, Máría, Fernandito, Álex, Loreto, Pepe…

Desconozco cuántos y quiénes de vosotros todavía tenéis en vuestro poder el vídeo en el que inmortalizamos nuestro peregrinar a Santiago de Compostela allá por el año 93. Yo lo he reencontrado hoy en un armario de casa de mis padres después de haber vivido con la tristeza (sí, digo bien, tristeza) de pensar que lo había extraviado en mi época de traslado de casas. No puedo negar que según lo tuve en mi mano mi corazón dio un vuelco y me llené de alegría. Lo puse inmediatamente pese a estar trabajando. Pude saborear cada palabra, cada sonido, cada paisaje, cada detalle… como si fuera hoy mismo cuando lo estuviera viviendo. Me llené de emoción y, cuando la emoción me embarga, necesito expresarme por escrito y con música de fondo. Hoy he elegido para este momento el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven. Los pelos como escarpias.

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En 1993 la mayoría de los que allí estábamos estábamos entre los 16 y los 17 años y cursábamos 3º BUP. El colegio, a iniciativa de Sátur, organizó la posibilidad de realizar el Camino de Santiago en fines de semana desde O Cebreiro. No era barato. Y nos animamos unos cuantos, unos cuantos que ya formáis parte de la historia de mi vida y de la memoria emocional del que os escribe. Me surje un tremendo sentimiento de agradecimiento hacia mis padres por haberme dado la oportunidad de haber participado. Era la primera actividad de ese estilo en la que yo participaba. Nunca había ido a campamentos ni a colonias ni con los scouts… Era, por decirlo de alguna manera, la primera vez que salía de casa en ese plan. Y no puedo olvidarlo. Tengo grabado en mi corazón y en mi mente muchos de los instantes vividos, de los momentos y de los lugares, de las músicas y las melodías, de las caras, de las ilusiones, de las inquietudes… que teníamos de aquella, ¿os acordáis?

Viendo el vídeo lo primero que llama la atención es volver a ver a Sátur con pelo y barba. Y a Elena embarazada de Abraham, hoy ya adolescente peligroso, je, je, je… Sátur llevaba la voz cantante. Sabía, y me consta que sigue sabiendo, organizar, mandar… y, a la vez, querer, acoger, educar… Dando normas y libertad a la vez, respetando quiénes éramos cada uno de nosotros. Cámara en mano fue inmortalizando lo que hoy pude volver a ver. Él nos enseñó mucho en aquel primer viaje y mucho nos enseñaría después. Ese Camino fue el comienzo de una amistad y un cariño que todavía pervive. Elena iba sufriendo con su barriga, dando una lección de pundonor. Elena escuchaba, se reía, se abajaba a nuestras conversaciones juveniles… Pese a ser nuestra profesora nunca mezclamos carne con pescado. Tal vez mucho de ese mérito sea suyo…

Me emocioné viéndonos tan poquita cosa, con nuestros sueños intactos y nuestras ganas de acabar el COU al año siguiente. Compartíamos cada noche en común como si fuera la última contándonos confidencias y riendo de las ocurrencias del momento. Estábamos llenos de vida. Sin achaques, sin cansancios, sin sufrimiento, sin golpes todavía. Preparados y deseosos de caminar, aceptando tanto el sol como la lluvia y dejándonos los pies por llegar. Tenéis que volver a ver el vídeo para sentir lo que os estoy diciendo… Comiendo en el prado, dando volteretas en carreteras de monte perdidas, durmiendo en iglesias antiguas, manchándonos de barro, empapándonos en fuentes y regatos…

No sé si a vosotros os pasará pero me ha dado mucho que pensar el verme con 16 años menos. Hay cosas que me reconozco y otras que descubro ya desvanecidas. Por lo de pronto ¡me vi tan delgado y con tanto pelo!  Igual os reís pero me vi guapo, je, je, je… Tenía un buen porte ehhh… Porte que ya no tengo. 16 años después me veo gordo, calvo y muy abandonado físicamente. Y no me ha gustado. No es que no lo supiera sino, más bien, que intento no ponérmelo delante tan claramente. A vosotros os veo igual de bien que ahora así que yo he sido quien más ha perdido. No me gusta. Algo debe cambiar y aunque el pelo no va a retornar a mi cabeza sí debo cuidarme más, adelgazar, etc. ¡Qué os voy a decir! Vi en mi la misma alegría que hoy, la misma risa perenne y el mismo humor fresco que sigo teniendo. Vi en mi a una persona con amigos, que se relaciona bien y que es capaz de estar con todos. Vi en mi a un chico con ganas de llamar la atención y de tener su ratito de protagonismo del sano. Vi en mi a un adolescente enamorado en plenitud de su pájara. Vi en mi a alguien con un puntito de locura que sí me gusta mantener. Pero me vi doblemente fresco y vital de lo que estoy hoy.  ¿Cómo os veis vosotros?

Ahí está MariLuz. Con su pantalón gris y su chubasquero rojo, con su sudadera rosa. Con su pelo rizado y su cara de niña. Con su suficiencia y su desparpajo. Con sus saltos y su liderazgo. Y Charlie, con su gracia y su encanto sobrio y su capacidad de estar siempre ahí. Y Barrigón con sus protestas. Y Marco con su personal estilo con olor a Galicia de par en par. Y Villa y su don de hacer reir. Y Luz, la pequeña luciérnaga del grupo. Vosotros también habéis cambiado en parte.

¡Y qué decir de la noche no Monte do Gozo! ¡Con la melodía de Perales en el vídeo! Difícil de sobrevivir para un sentimental y nostálgico como yo. Fue una noche mágica. Totalmente inolvidable. Una noche que ha configurado parte de lo que somos, parte de lo mejor que llevamos dentro, parte de mucho de lo que daremos a nuestros hijos. A la luz de la luna compostelana. Aprediendo a bailar. Con el traje milenario de peregrinos. Con la alegría del que sabe que ha llegado. Con la tristeza de quien no quiere que el sueño se acabe. Con la claridad blanca de la farolas iluminando toda la emoción que pusimos en juego. flecha_amarilla_en_el_camino_de_santiago_de_la_via_de_la_plata

Ese Camino que un día empezamos juntos sigue su curso y todos nosotros seguimos caminándolo. Ya no tenemos la frescura de aquellos días y la vida ha empezado a hacer mella en muchos de nosotros. Hemos ido descubriendo el dolor y el sufrimiento. Y también el amor verdadero. Seguimos al pie del cañón luchando por ser mejores y hacer de este mundo algo mejor de lo que un día nos encontramos. Y no vamos a defraudar a nadie. Ni a Dios. Ni a nosotros. ¿Sabéis? No hemos cambiado tanto. Seguimos siendo los mismos. Con los sueños intactos. Con el corazón más maduro y la mente más clara. Pero los mismos. Con las mismas ganas de comer en un prado verde y la misma necesidad los unos de los otros. Con las mismas ganas de seguir dando un paso más y de hablar y compartirnos en la marcha. Deseosos de seguir durmiendo juntos en la misma habitación para hablar de nosotros. Sintiéndonos especiales. Cuidándonos. Con necesidad de que alguien más mayor nos ayude y nos acompañe en la dureza del recorrido. Con la misma necesidad de llorar de rabia cuando las inclemencias nos superan y la misma alegría de sabernos fuertes.

No sé qué más decir. Podría estaros hablando toda la noche. Pese a mi felicidad hay una parte de mi que os echa de menos, una parte de mi que querría volver 16 años atrás y volver a vivir aquello. Cuando queráis hacemos una nueva versión. Con hijos. Sin pelo. Con canas. Con kilos. Sin alguno de los que allí estuvimos.

Siempre a vuestro lado.

Santi