Carta al P. Gabino

Querido Gabino, llevo días queriendo escribirte y creo que ha llegado el momento. Me he puesto un poquito de música instrumental, de esa que me gusta, para ayudar a mis emociones a salir a flote. Ya sabes que a veces me cuesta aunque voy mejorando… ¿Qué te voy a contar que no sepas?

Cuando me despedí de ti el pasado martes de noche no sabía que no íbamos a volver a vernos. La muerte a veces llega así, sin avisar, aunque nadie puede esquivarla. ¿Por qué será que siempre pensamos que va a haber un mañana? Si lo llego a saber te hubiera dado un abrazo muy fuerte y me hubiera despedido de ti sin pena. Al final, antes o después, toca despedirse y, si quieres que te diga la verdad, ojalá pueda irme como tú te has ido: vida dilatada, intensa, plena, entregada, y sorprendida por la muerte, en casa y entre hermanos. Firmo. Además, a ti eso de dar pena no te va, ¿a qué no? Pero un abrazo y un gracias quedan pendientes hasta que volvamos a encontrarnos.

No recuerdo exactamente desde cuándo nos conocemos. Con nosotros pasa como con el enamoramiento: un día te descubres enamorado pero sería difícil decir desde cuándo, en qué lugar y a qué hora eso comenzó. Tampoco nuestra amistad tiene fecha, aunque puedo decir que hace unos cuantos años, posiblemente cuando aterrizaste en Aluche y comenzaste a moverte por entornos madrileños y fraternos. Siempre con tu barba blanca, más o menos poblada en función de la estación del año en la que estuvieras. Siempre con tu sonrisa en la cara, torcida de tanto usarla. Siempre lleno, siempre disponible, siempre testigo del Amor.

En todos estos años de compartir, tengo que agradecerte el cariño y la confianza que siempre me has demostrado. Aunque parezca mentira, no son actitudes que sobren y todos las necesitamos, al menos un servidor. A tu lado siempre he sentido que podía ser yo, tal cual, sin disimulo ni filtro. Supiste quererme. ¿Hay mejor manera de cuidar a una persona, de acariciar su vocación, que queriéndola sin más? Eras el Iniesta de la Provincia: todo lo hacías de una manera que parecía fácil y, sin embargo, ¡nada más lejos de la realidad! Tu estar siempre a la escucha, al servicio, te permitía centrarte en lo realmente importante. Tú, querido Gabino, intentabas hacer vida (y muchas veces lo conseguías) las grandes palabras: Reino, amor, vocación, pequeños, niños, fe, alegría… Hablabas poco de eso porque sencillamente te dedicabas a vivirlo. Hacías menos y estabas siempre. Hacías cada día menos para ser cada día más. Cuánto necesitamos de esto… qué gran herencia nos dejas entre manos… ¿Sabremos aprovecharla?

Reconozco en ti muchas cosas de mí, que me hacían entenderme a la perfección contigo. Ese sentido del humor, a veces evidente y otras veces sutil, aderezado de ironías y medias palabras. Ese optimismo casi patológico que desarma a aquellos que sólo saben caminar con el ceño fruncido y que no esperan ya nada porque han dejado de creer en casi todo. Somos, los dos, disfrutadores natos. Tú descubriste hace mucho, y yo lo voy haciendo, que esto del Reino es un don, que la salvación ya nos ha sido dada y que cada día debe ser Pascua. Y por eso merece la pena descargar equipaje y disfrutar, sí, disfrutar del tiempo que se nos ha regalado, de la compañía del hoy, de la comida en la mesa, del canto en la celebración, de la amistad compartida, de los horizontes plagados de utopías que, a la vez, nos mantienen en el camino…

Eras antídoto contra el desánimo, por eso eras imprescindible; por eso es que, con tu marcha, se va uno de los escolapios más jóvenes de la Provincia Betania. Tu proceso ha sido tan verdadero, tan cercano a Jesús de Nazaret, que con cada año que cumplías, te hacías un poco más niño. ¡Ay Gabino! ¡Qué difícil eso de hacernos niños! ¡Cuántas veces leemos eso de «os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» y cuánto nos cuesta entenderlo! ¿No deberíamos ser los escolapios expertos en niños? ¿No deberíamos ser nosotros expertos en hacernos pequeños y mirar la vida con ojos de niño, amar con corazón de niño? Pues tanta niñez se nos atraganta. Creo que a ti no. Tú supiste alimentar bien al Niño que te habitaba y le dejaste ir libre, sin amarras ni temores; atrevido, ligero, creyente y confiado. Sí, Gabino, muchos te echaremos de menos a la hora de soñar y te rezaremos cuando nuestro ser escolapio envejezca por inanición.

¿Te perdiste alguna reunión fraterna en estos años que quisiste formar parte de la Fraternidad? ¡Ninguna! Sólo al final, cuando ya tenías difícil viajar, empezaste a ausentarte de vez en cuando, aunque seguiste colaborando con tus oraciones, tus vídeos y con aquello que se te pedía. ¡Fuiste un valiente Gabino! Sin hacer mucho ruído pero, ¡ahí siempre! ¿Qué haremos ahora? No sobran escolapios fraternos, ya lo sabes. Ese «nosotros» que tú vivías con tanta naturalidad sigue en cuestión, ¡tantos años después! ¡Ya sabes lo que te toca! ¡Ahora estás en situación privilegiada para echarnos una manita! Necesitamos nuevas fuerzas, energías renovadas y mucha más fe de la que tenemos. Seguimos midiendo tanto, presas de tantos miedos, recelos y prejuicios… Pensamos y programamos y nos reunimos, y nos volvemos a reunir, y escribimos planes y convocamos encuentros, y nos volvemos a reunir, y damos pautas, y hacemos estatutos, y encomiendas y lanzamos proyectos aquí y allí, y aprobamos cosas y nos involucramos algo, pero no mucho… vivimos en un permanente «querer dar pero sin querer perder». ¿Se puede entregar una vida sin perderla? ¿Se puede elegir un camino sin desechar otros? Damos vueltas y vueltas y vueltas a todo… Tú optaste por la vía del Espíritu: un sí generoso, un sí confiado, un sí fiel, un sí siempre presente, un sí cercano, un sí curioso e incluso juguetón, un sí lleno de comunión, un sí consciente de que podía ser no… pero quería ser sí. Gracias Gabino. Necesito aprender de ti y darme más y mejor.

Poco antes de que te fueras, me confesé contigo. Te pedí confesión porque hacía tiempo que no le daba una vuelta al estado de mi corazón, algo dejado y poblado de telarañas en algún rincón. Me escuchaste y me devolviste amor, como no puede ser de otra manera. Reino, amor, oración, habla con Jesús, cuéntale, tenle presente en cada momento, una frasecita aquí, ahora otra allí… Tenle siempre presente, hazlo compañero de camino, me dijiste. Y eso voy a intentar. Crecer en ello.

Verte estos últimos meses, en medio de esta pandemia, consciente de tus dificultades y de lo que no se podía hacer, ha sido un testimonio vivo para mí. Escuchar tus homilías cargadas de humanidad, verte rezando en la capilla, contemplar tus silencios, escuchar cómo estabas buscando «tu nuevo lugar en el mundo» como escolapio mayor en tiempos de pandemia… ha sido una contemplación permanente de la fuerza del Espíritu en una persona creyente, verdaderamente creyente. Siempre buscando, siempre hambriento, siempre sediento y, a la vez, habiendo descubierto de verdad la compañía y la intimidad con el que sacia nuestra vida.

Vocaciones pedías siempre para la Escuela Pía, Gabino. Puedo decir que vivir contigo ha fortalecido la mía. Tu herencia son mis ganas de ser mejor padre, mejor esposo, mejor cristiano, mejor escolapio. Y todo ello haciéndome cada día más niño.

Páter, ya no te tienes que cuidar. Ahora te toca cuidarnos. Sé que lo harás. Disfruta de la eternidad que, ya sabemos, se parece mucho a tu pueblo. Y cuando te sientes a la mesa de los escolapios que andan por ahí, con Calasanz a la cabeza, saluda de mi parte al P. Basilio, al P. Cano, al P. Severino, al P. Ambrosio, al P. Arturo, al P. Salvador, al P. JuanMari Puig y a tantos que me han ayudado a responder a la llamada. Soy gracias a ellos.

Un abrazo la mar de rico. Te quiero.

Santi

¡Abuela! ¿Cómo se ve todo desde el cielo?

Hoy a las 7:30 de la mañana, mi tío ha llamado a mi madre para contarnos que la «yayina» (así la llamaba yo) nos había dejado. A sus 90 años, después de 14 con alzheimer, y tras unos días con complicaciones varias, ha llegado el momento de hacer el viaje más importante de su vida: dejar el mundo que la vio nacer y volver a casa.

Mi yayina se llamaba María. No podía tener otro nombre mejor. Ni mejor apellido materno: Dulcet. Pareciera que hubiera cursado algún máster intensivo con María, la Virgen, y que hubiera captado a la perfección de qué iba eso de ser esclava del Señor. La yayina era una persona dulce, muy dulce; de gesto grácil y elegante, comedido; más bien tímida y de prudencia virtuosa. Tenía gran sentido del humor, de risa amplia y buena amante de la música. Comía muy despacio y fue una auténtica maestra en vivir la vida a fuego lento. Licenciada en lo pequeño y artista del detalle cotidiano, supo encontrar la felicidad tras los rincones que, como mujer y madre y tía y abuela y bisabuela, le ofrecía cada día. La cocina era uno de lugares de encuentro con Jesús de Nazaret. Entre fogones, sartenes y cacerolas, supo ponerse al servicio de todos los que llenaban un hogar donde siempre hubo sitio para uno más. Recuerdo verla llegar del mercado, con el carro hasta los topes, feliz de tener tanto que hacer para tantos. También en el lavadero, subiendo las escaleras camino de la terraza, pasaba mucho tiempo, mezclando detergentes y suavizantes. Disfrutaba con la colada y con ese aroma a limpio llenaba luego cada pasillo por el que pasaba. Despistada en grado máximo, sabía reírse de sí misma. No la recuerdo preocupada, y lo estaría, ni enfadada, y lo estaría. Supo vivir la vida que se le regaló. ¿Hay mayor respuesta al amor de Dios? ¿Hay amor más grande que saber acoger el amor que se te da?

Yo soy su nieto mayor. Supimos disfrutarnos mutuamente. De pequeño, ella y mi avi me llevaban algún domingo con ellos a misa de 9 a la Catedral de Barcelona. Y con ellos visitaba cada año el Parque de Atracciones de Montjuïc, cerrado desde hace unos años. Supo, con mi abuelo, disfrutar de sus nietos desde que éramos pequeños. Sin grandes alaracas. Sin ruido. A su lado aprendí a amar los trenes y soñé con ser jefe de estación, de esos de gorra, bandera roja y silbato. Uno de los recuerdos más sólidos en mi memoria es llegar a la estación de Barcelona Sants, en el antiguo Estrella, en el vagón de coche-cama, con mi madre y mi hermano, con medio cuerpo fuera en la ventanilla bajada para saludar a mis abuelos, que esperaban en un andén sin tantas medidas de seguridad como hoy pero con mucha más humana cercanía. Siempre me defendió en las refriegas familiares y supo conectar con lo mejor que llevo dentro. Sin exigencias, sin condiciones, sin normas, respetándome al máximo, supo quererme como abuela. La lección que deja es lapidaria: si quieres que te quieran, empieza por querer tú.

El Evangelio de hoy, 18 de julio de 2018, habla muy bien de su fe. Una fe reservada a los pequeños, a los sencillos. Una fe tremendamente mariana, rumiada en el corazón, disponible sin entender mucho, volcada en amor, familiar, maternal y de gran esperanza. Fue teóloga del hogar y supo conocer a Dios y verle en cada uno de los acontecimientos que fue viviendo. En estos años de alzheimer, si de algo se acordaba, si algo decía, era su confianza total en Jesús y su esperanza en un cielo que debemos anhelar y esperar.

Por eso, yayina, hoy es un día triste pero lleno de esperanza y alegría. Ahí arriba vuelves a estar a tope. El alzheimer es cosa del pasado, tu viudedad terrena ha terminado y, junto al avi, a tus padres, a tus hermanos, a tus amigos, disfrutas ya de una merecida jubilación en el amor. ¿Cómo ha sido ese primer beso con el avi después de tantos años? ¿Hay también droguería Boter ahí arriba? ¡Conociendo a los Boter, no lo dudo! Seguro que el cielo ya huele a canelones y que te has hecho a tu nuevo hogar, lleno de gente. Seguro que vuelves a reír como antes y que ya habrás hecho migas con la Madre, tan parecida a ti. ¿Le has pasado ya tu receta del pollo asado? Y recuerda, en este Banquete te toca sentarte la primera, ¡qué cocine otro! ¿Es bonita la mesa del Banquete del Reino? Yo me la imagino como la nuestra… qué imaginación tengo… ¿Cómo se ve todo desde el cielo? ¡Ni una suite del Ritz tiene vistas mejores! La perspectiva es única. ¿Están las cosas tan mal como nos parece a los de aquí abajo? ¿A qué no? Yo creo que desde ahí es más fácil ver la luz… Aquí abajo a veces nos da la sombra y nos desorientamos. Ahora te toca cuidarnos y protegernos y guiarnos y seguir queriéndonos como hasta ahora.

Bueno yayina, me voy despidiendo. Lo hago en mi nombre y en nombre de los que están aquí conmigo. Para tus bisnietos también serás siempre la yayina. ¡Les he contado tantas cosas! Tu alzheimer te hizo perder mucha memoria pero no te preocupes. Tarea nuestra es transmitir, generación tras generación, quiénes somos, de dónde venimos y cuánto os debemos a los que nos habéis precedido. En eso, yo cumplo.

Gracias por habernos hecho mejores a todos. Molts petons yayi. Fins que ens tornem a veure.

El teu nét

Santi

 

Imagen de Dani Sigalat

Carta a Esther, la madre de mis hijos

¡Feliz día mamá! Qué grande ser mamá… y qué alto llevas tú ese honor. Inmersa en tu continua preocupación para que todo esté bien, a veces no te percatas de cómo todo el amor de la familia pivota a tu alrededor. Eres el centro, el núcleo, la esencia.

A tu lado aprendo a ser padre y aunque me creo el mejor padre del mundo, porque soy así de chulito, tú me enseñas continuamente lo dulce que puede ser cada instante si uno se abandona al amor.

No hay nada más importante que lo que juntos hemos construido. No hay obra del Renacimiento ni sinfonía más perfecta que nuestros tres hijos. No existe en el horizonte un plan mejor que consumir la vida a tu lado, sea donde sea, sin miedo, de la mano. ¿Qué no hemos conseguido juntos?

Cuando volváis esta tarde a casa os estaré esperando. No prometo no gritar al rato, llamar la atención a alguien al poco tiempo o pedir que la casa esté mejor recogida… Pero tú me lo perdonas. El amor de una madre es lo más parecido al amor de Dios por cada uno de nosotros.

Te quiero

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Pequeña reflexión indignada

 Yo lo que sé es que ningún partido me da de comer. Lo que se hace bien, sea quien sea, bienvenido sea. Y cuando uno se siente defraudado como votante, sea quien sea a quien ha votado, tiene el derecho de hacerlo saber.

A la situación actual no llegamos por estos meses del PP, obviamente, ni tampoco por los 8 años de ZP… Es un modelo que hemos construido durante muchos años, monstruos a los que u…nos y otros han alimentado, una ciudadanía apática e interesada si había cosas que le beneficiaban… No nos olvidemos que la clase política es el reflejo de la sociedad en la que trabajan…

La gente está indignada, con razón. A la par todos tenemos que hacer nuestra autocrítica y cambiar el rumbo. Y mientras descubrimos cómo hacerlo, hay que atender a nuestros hermanos, a tantas familias, ancianos, niños… que lo están pasando muy mal. De nada serviría salir a la calle si luego pasamos por delante del necesitado como si no existiera. No nos habríamos enterado de nada.

Carta a mi hijo un 11-M cualquiera…

Hoy vuelve a ser 11 de marzo. Y cada año que pase seguirá siendo especial. Por eso quiero contarte esta historia hijo, para que nunca la olvides y tú, algún día, se la cuentes a tus hijos…

Recuerdo a la perfección la mañana horrible de aquel día que marcaría nuestra historia, nuestras vidas, el devenir de una ciudad y de un país ya suficientemente herido por el terrorismo. Pero como si no hubieran sido suficientes todos los años con ETA al cuello, aquel 11 de marzo de 2004 se escribiría la historia más horrenda y triste que, tal vez, un padre deba contar a sus hijos.

Salía yo de la ducha. Era jueves y tenía que ir al Hospital de Alcorcón a trabajar. La radio estaba puesta en mi baño y fue en ese momento cuando se hizo pública la noticia de que una bomba había epxlotado en la estación de Atocha. Otro atentado para España. Luego puse la tele mientras desayunaba y ya no era una bomba sino varias, en varios trenes. El desconcierto era generalizado. Daba comienzo la peor mañana que una ciudad pueda vivir.

Recuerdo vivamente el sentimiento y la emoción que experimenté aquel día y el día siguiente, día de la gran manifestación convocada por todos. Era un mezcla de tristeza y vacío difícil de explicar. Era como si me hubieran arrancado de cuajo parte de mi vida. Como si todos aquellos que no se habían despertado fueran mis hermanos. Era como si el cielo se tornara de repente negruzco e insoportable… Algo le habían quitado a Madrid para siempre.

Mamá estaba embarazada de ti. De poco se enteró. Las hormonas la tenían siempre en el precipicio de la emoción y no podía aguantar siquiera las primera palabras de cualquier frase que intentara explicarle lo que había sucedido. Tuve que vivir solo esos momentos y ella también. Fuiste como el escudo protector de mamá, el antídoto perfecto ante la loca sinrazón que estábamos viviendo.

Recuerdo la respuesta de los ciudadanos, las largas colas para donar sangre, la entrega de todos los cuerpos de seguridad y protección del Estado y la ciudad. Recuerdo las imágenes del IFEMA y de los familiares entrando en los hospitales buscando a sus seres desaparecidos. Recuerdo el SMS de tu tía Elena preguntando si todos estábamos bien. Recuerdo los nervios y las carreras. Recuerdo las llamadas desde Coruña. Recuerdo el mensaje que le dejamos en el buzón a nuestra vecina policía dándole ánimos. Recuerdo la reunión de mi grupo de Caminando en el cole el viernes. Recuerdo los mensajes por móvil con mis amigos y seres queridos… Recuerdo la tensión política y social…

Querido hijo. Ojalá no tengas nunca que vivir algo así aunque dudo que lo puedas conseguir. Los humanos perdemos la cabeza a menudo defendiendo ideas y normas. Algunos son capaces de matar por… por… no saben muy bien por qué. Lo verás, seguro. Y espero que en esos momentos tu corazón esté lo suficientemente bien formado para encogerse y sangrar con aquellos que sufren. Aquel 11 de marzo cambió la vida de miles de personas. De padres que perdieron a sus hijos, de hijos que perdieron a sus padres o madres, de novios que ya nunca se casaron, de estudiantes que no terminaron sus carreras, de sueños y proyectos que nunca se llevaron a cabo… De palabras que quedaron sin decir, de asuntos pendientes que siempre seguirán pendientes…

Ocho años después pienso en cómo uno es capaz de reconstruir su vida después de una mañana como aquella. Pienso en las víctimas. Y pienso también en todos los que podemos trabajar para que eso no vuelva a suceder. Ojalá seamos capaces hijo…

Nadie ganó nada aquel 11 de marzo. Perdimos todos. Demasiado. Suerte que meses después tú y otros como tú llenariais de esperanza muchos hogares. Sólo la vida es capaz de borrar la herida de la muerte.

Te quiero.

Tu padre

25 de noviembre

Hoy es un día muy especial. Hoy Juan, el tercero de mis hijos, cumple un año. Hace 365 días Esther entraba de mi mano a una de las habitaciones de la Clínica del Rosario en Madrid. Juan nacería por cesárea de manos del doctor Martín Caballero. Recuerdo la espera a la puerta de quirófanos y también recuerdo el momento en el que me llamaron. Juan acababa de llegar al mundo. Curiosamente también recuerdo la primera visita de rigor al ginecólogo tras conocer el embarazo y la emoción traducida en lágrimas al escuchar el latido del corazón de Juan haciéndose paso en el seno de Esther. Era la tercera vez que pasaba por esa experiencia pero es tan indescriptible… Recuerdo una de las visitas a la que llevamos a Álvaro y a Inés a ver a su pequeño hermano en aquella tele del doctor…

La vida siempre es un regalo. Un año después, lleno de complicaciones y con la vida bastante más liada, no puedo más que dar gracias a Dios por mi familia, por el pequeño Juan, por el amor de Esther y por los dos grandes hermanos mayores que tiene. Es todo un tesoro en plena crisis económica. Es también una responsabilidad y una fuente de alegrías y de mucho sufrimiento. El que ama, sufre. Mucho. Y por los hijos más.

Mi vida es ya inconcebible sin Álvaro sin Inés y sin Juan. Cada uno distinto. Cada uno genial y único. Cada uno hijo y proyecto de Dios. Tres préstamos que el Señor me ha dado en gracia y que junto a Esther intentamos disfrutar, educar, formar, amar…

Y poder celebrar esto el día en el que todos los colegios de la Escuela Pía celebran el día del Fundador es algo muy especial. Calasanz es parte de mi, me articula interiormente. Mi historia empezó con 6 años y con la apuesta misteriosa de mis padres por el Colegio Calasanz de A Coruña. En en el cole conocí a mis mejores amigos. Me enseñaron piedad y letras, las primeras canciones al Señor, las primeras destrezas como persona. En el cole conocí a grandísimos profesores que me modelaron para ser hoy quien soy. Conocí el significado del esfuerzo, del trabajo, del compañerismo, de la diversión, de la amistad, de la entrega de los escolapios religiosos… Recuerdo al P. Cano y al P. Eduardo. Y al P. Alfonso que me dio la Primera Comunión. Recuerdo al P. Severino y al P. Basilio. Al P. Pedro y al P. Arturo. Al P. Antonino y al P. Ángel Lora. Recuerdo al P. Manolo y al P. José… En el cole conocí lo que era enamorarse y cómo sabía el primer beso. El el cole me aventuré junto a Sátur y Elena en el grupo de Tiempo Libre e hice mi primer Camino de Santiago… En el cole supe que nunca iba ya a abandonar a Calasanz. Conocí luego Cercedilla, Amanecer, Caminando… las Pascuas, la pastoral, las comunidades… Ahí conocí a Esther y a Felipe y a Stella y a Pili y … y … y … y… Y ahí seguimos. Con la barba más blanca, más gordo y más calvo. Y más feliz. Y más maduro. Y más inteligente. Y más útil. Y más humilde. Y menos arrogante. Mejor.

Este post está cargado de emoción. Porque el día se lo merece. Calasanz lo merece. Y Juan. Y Álvaro. E Inés. Y Esther. Y yo. Y Tú.

Un abrazo fraterno

Carta a mi hijo Juan

Querido hijo,

este fin de semana largo entraremos ya en el mes de noviembre, mes que será ya para siempre el mes de tu cumpleaños. Noviembre no es un mes que me guste. Es el otoño en pleno apogeo con el cambio de hora, las tardes cortas, la oscuridad incipiente, las lluvias y los primeros fríos de verdad. Tu llegada va a darle color a todo eso, ¡qué bien! Desde ahora noviembre será para mi un mes hermoso, distinto, tremendamente especial.

Estoy en el salón escribiéndote como es costumbre en mi. Todos se han ido a la cama ya, incluido tú. Tu madre te mima y te cuida bien para preparar adecuadamente el momento de tu presentación en sociedad. Tu hermana Inés pregunta constantemente si nacerás «hoy» y Álvaro está listo para enseñarte muchas cosas de esas que sabe él. Duermen también. El silencio reina en la casa más allá de la vela de la familia porque aquí, en el salón, yo escucho la 7ª Sinfonía del maestro Beethoven mientras te escribo. De ahí cogió Mocedades su famoso «Cuando tú nazcas» que tan de punta me pone los pelos.

Querido Juan, ¡qué deseado y esperado eres! No sabes lo orgulloso y enchido que me pongo cuando pronuncio tu nombre y digo la fecha prevista de tu nacimiento. En una sociedad acobardada, adormecida y mediocre, llena de inseguridades y tremendamente hedonista tú eres un signo de Dios, un pequeño destello de luz, un soplo de libertad y confianza. Eres fruto del amor entre dos personas con un proyecto firme de vida en común y fruto de su decisión de apostar por un sueño bonito.

Hay muchas dudas que todavía tu madre y yo no hemos resuelto y tenemos claro que todo se complica un poquito. Donde vivíamos 4 ahora viviremos 5 y con el dinero con el que comíamos 4 ahora tendremos que comer 5. No sabemos cómo lo vamos a hacer ni cómo nos vamos a organizar. No tenemos ni idea de muchas cosas pero… no nos preocupa demasiado. Ya irás aprendiendo de nosotros a vivir en plenitud, con confianza en Dios y seguros de que nos cuida amorosamente. Estoy convencido de que tu llegada, tu presencia, nos hará ser más creativos, más alegres, más felices, más flexibles, más pacientes, más generosos… Será una casa llena de gente las 24 horas del día como siempre hemos querido tu madre y yo.

Eres mi última esperanza de «ojos azules». Esmérate macho que perdemos el pedigrí… ¡y los Casanova no nos lo podemos permitir! ¿Cómo serás? ¿A quién te parecerás? ¿Qué carácter tendrás? Inés y Álvaro son distintos en muchas cosas, únicos e irrepetibles. Tú lo serás también. Aportarás a la familia algo que ninguno de los 4 hemos aportado todavía y eso nos hará mejores a todos. ¿Te aprenderás también el himno del BarÇa como tus hermanos sin necesidad de enseñárselo? ¿Te gustará la música? ¿El deporte? ¿Pintar? ¿Construir TENTEs y LEGOs?

Y de tu nombre no te podrás quejar: un clásico. He leído que tal vez es el nombre más memorable de todos los tiempos y el que han llevao un sinfín de personajes. A mi Juan me traslada a la playa de Riazor una noche de 23 de junio de un año cualquiera. Y huelo el aroma de la sal atlántica mezclada con el crepitar de las hogueras y el estruendo de los fuegos artificiales. Tu fiesta es GRANDE y emotiva para aquel que, como yo, no puede disfrutarla cuanto quisiera. Serás un D. Juan Casanova… ¡el súmun! Por experiencia te digo que más te valdrá currártelo porque el nombre no da de comer ejem ejem… jejejeje

Te esperamos ansiosos hijo. Tus abuelos, tus tíos, tus primos, tu comunidad, tus futuras profes… Todos a la espera. Tómate tu tiempo. Ya iremos a por ti… para comerte a besos.

Te quiero.

Papá

Poema para Esther

No es posible descifrar
los acordes del corazón.
Se derriten las horas
y te espero en soledad.
Disfruto de luces y risas
de la libertad pasajera
del que espera
a ser esclavo de nuevo. 

No es posible llenar la casa
sin pensar en ti.
Se acumulan los latidos
y ansío acariciar tu pelo.
Comienzo a contar las horas
que faltan para verte
y abrazar la paz
al despertar contigo.

Carta al abuelo Teodoro

Querido abuelo:

Lo primero que quiero decirte es que te escribo esta carta bajo las notas de un Allegro del Concierto de Bradenburgo. Pese a que estoy muy triste no podía permitirme serte infiel al final y poner una pieza fúnebre para un tipo con un humor como el tuyo. Hay cosas que no pegan y desde luego tú y una pompa fúnebre no pegáis en absoluto.

Hace un rato lloré mucho. Estuve aguantándome un buen rato tal vez porque pensaba que en una situación como ésta me toca estar de soporte de tu familia, sobre todo de esa nieta que tanto te quería y tanto te mimaba. Pero mi capacidad de aguante, gracias a Dios, cada día es menor en cuanto a las emociones se refiere y exploté, exploté a lágrima viva. Y me dejé ir. Me dejé ir porque tu pérdida para mi es… una gran pérdida. Me he quedado huérfano de abuelo. Te voy a echar mucho de menos.

Estuviste desde el principio de mi aventura madrileña; desde el mismo día en que tu nieta y yo empezamos a caminar juntos allá por mayo del 2000. Y ahí has estado siempre: enseñándome la vida a cada segundo. Yo no te conocí en tus años mozos ni en tus etapas más enérgicas… Cuentan que eras todo un carácter. No sé. Yo, en estos 10 últimos años, he visto en ti a un hombre de marcada personalidad, con la lección de la vida aprendida, de gran fortaleza, con sentido del humor envidiable y de un sereno realismo que te ha permitido llegar al final con una dignidad y sabiduría de envidiar. Ya lo dice tu bisnieto Álvaro: «el abuelo Teodoro es muy sabio»… Y es verdad… Y estar al lado de alguien muy sabio es todo un privilegio; al menos yo lo viví así.

Creo que entre nosotros había un feeling especial tal vez porque nos hablábamos con claridad a sabiendas que el de enfrente acogería con cariño lo que el otro le decía. No éramos familia directa pero nos queríamos un montón. Cómplices y liantes a la par sabíamos entendernos con el solo cruce de miradas. Eras sin duda mi abuelo. Ni político ni postizo: mi abuelo de verdad. Contigo era con los pocos con los que me apetecía ver el fútbol o cocinar. Contigo abuelo me iría al fin del mundo. Ahora espero que tardemos algo más en vernos… jejejejeje

Justamente este fin de semana de Corpus hemos estado en tu casa de Langa. ¡Tenías que haber visto a tus bisnietos correteando por el corral en busca de moscas a las que aplastar con tu mítico matamoscas azul! Esa casa huele a toda una vida vivida junto a tu mujer y tus hijos, junto a todo aquel que lo necesitó en algún momento. Tu mujer… ¡tu mujer ni se ha enterado que te has ido! ¿O sí? Seguro que algo también se apagó en ella… Es lo inexplicable del amor: teje hilos invisibles que nos unen más allá de los cuerpos, de las palabras, de las paredes… Seguro que lo primero que hiciste tras abandonar la cama del hospital fue volar raúdo a besar la mejilla de tu Marce… Y seguro que ella lo sintió al instante… Estoy seguro de que ahora serás capaz de cuidarla mejor hasta que, un día, os volváis a coger de la mano para no separaros jamás…

Ay ay ay… ¡Eres un canalla Teodoro! Qué bien me vendrías para contarles mañana a tus bisnietos la hoja de ruta de este viaje… ¿Cómo haré? ¿Qué les diré? ¿Cómo conseguiré que dos personitas de 6 y 3 años no olviden nunca nunca nunca quién fue su bisabuelo Teodoro?  No estoy seguro de conseguirlo pero lo voy a intentar… Quiero que nunca olviden lo mucho que jugaban con tu bastón, lo mucho que se entretenían con tus refranes y adivinanzas, lo mucho que les gustaban  tus piñones… lo que se reían llamándote Teodorito o Teodorakis (ya sabes que siempre me ha gustado poner nombres)… Quiero que no se olviden de lo mucho que les quisiste y de cómo se te iluminaba el rostro al verlos.

Dicen que cuando alguien se muere no sólo lo perdemos a él sino la parte de él que vive en cada uno de los que nos quedamos. Tú sacabas mi mejor versión familiar abuelo. ¡Cuánto tendré que luchar ahora amigo mío! ¿Por qué me has dejado tan solo? Sé que estarás ahí arriba guiñándome el ojo cuando las cosas no marchen, recordándome que con humor la vida es más sencilla… Te echaré de menos, abuelo.

Ahora está sonando la banda sonora de Cinema Paradiso y toca llorar. Pero es que quiero hacerlo. Estoy triste, muy triste y espero que la humedad de mi propio ser cure esta herida.

He encendido la vela de la familia y estoy pensando en crear un rincón de los bisabuelos en algún lugar de la casa para no olvidar a todos los que habéis caminando antes que nosotros y gracias a los cuales estamos aquí. Te echaré mucho de menos abuelo.

¡Y te vas a perder la era Mourinho! ¡Ya te iré contando! Este año lo voy a tener más dífícil ya que hay un madridista más en el cielo…

Poco más que decirte. Cuídanos mucho desde ahí. Protégenos e intercede por nosotros. Un cabezón abulense como tú consigue lo que se proponga… Yo sé que tengo un aliado más cerca de Dios, en el club de los abuelos geniales. Hay que joderse… como dirías tú…

Un abrazo muy fuerte y muchos besos. Qué jodidas son estas despedidas… Siempre estás… ahora, más que nunca…

Te quiero

Santi

Carta a mi hijo Álvaro

Querido hijo…

Me apetece escribirte esta noche. Lo llevo dentro del corazón. Lo quiero decir con esa música de fondo con la que me engaño y me creo que esto es como una gran película, de esas que te ponen la carne de gallina mientras aprietas los dedos a los reposabrazos de la butaca centrada de la sala.

Hoy te fui a buscar al cole. Tenías predeporte. Después de pedirlo insistentemente el año pasado, este año tú madre y yo pensamos que era algo bueno para ti. El deporte siempre es sano cuando se inspira en los valores que lo han sostenido todos estos siglos. Correr, jugar, sudar, reirse junto a otros intentando alcanzar un objetivo, pelearse con uno mismo por conseguir el nuevo reto, ejercitar al cuerpo y tenerlo a raya… Además, con lo nerviosillo que tú eres sabíamos que te iba a venir bien algo de desfogue. ¡Y que de la música no vive el hombre! ¡Ni sólo de sueños e imaginación! Abre puertas que ya tendrás tiempo de elegir por cuál entras…a cada cual mas guapo

Cuando llegué al polideportivo escuché tu voz llamándome desde la pista. Me viste antes de que yo te pudiera ubicar. Allí estabas sudando a chorro y botando un balón. Con una sonrida de oreja a oreja. Y fue ahí donde pasó. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Si quieres que te lo cuente… no vale reirse… tu padre es así, ya lo sabes tú… Te miré y te vi tan mayor… Te vi hecho un niño hecho y derecho. Pienso en tu edad y 5 años no me dicen nada. Me dicen cuando te veo. No sé si son muchos o pocos. Sé que hoy te vi mayor y que sentí al tiempo recorrerme de arriba a abajo en un carrerón fugaz que casi me deja sin aliento.

¿Sabes? Todavía recuerdo aquella noche del 6 al 7 de septiembre, junto a tu madre, en el hospital de Alcorcón. Recuerdo como si fuera hoy la de uñas que me hubiera comido en la soledad de la sala de espera de paritorio. Recuerdo tu primer llanto. Recuerdo que me encogí. ¡Madre mía! ¡Cómo olvidarlo! Recuerdo las primeras palabras que te dije y cómo te miré. Recuerdo tu primer pañal y tu primer baño. Recuerdo a mamá apretándote a su pecho de madrugada y apuntando las horas de las tomas. Recuerdo la primera vez que viste Coruña o Badalona. Y la congoja del primer día de guardería. Tu primer cumpleaños con «el tractor de san Pedro» que aún sigue por ahí disfrutándolo tu hermana. Recuerdo tu primer viaje en avión y en coche. Recuerdo la primera vez que te puse Nessum Dorma. ¡Y tus primeros reyes y el primer tambor! Recuerdo tus primeras pesadillas y los brazos nocturnos calmándote. Recuerdo el primer capítulo de Caillou, ya de la familia. ¡Y nuestro primer teatro! Recuerdo a tus primeros amigos y el primer día en el cole. Recuerdo la emoción en tu segundo cumpleaños. Tu primera bici. Tu primer muñeco. Tu primer delantal. Tu primer playmobil. Recuerdo cómo te gustaba el cuento de Teo y su familia. Lo recuerdo todo. Y hoy me viene todo.

Hoy te vi mayor. Descubro que el tiempo pasa. No es que sea tonto pero, a veces, quiero disfrutar de estos sentimientos aunque sea para llorar. Me siento vivo. Siento que mi corazón palpita. Que sufro por amor. Que te adoro. Que te mataría a besos. Que me encantas. Que estoy enamorado de ti.

Cada edad tiene su gracia. Ahora vamos los dos en bici y vemos alguna que otra peli juntos ya. La relación va cambiando. Y ambos nos conocemos más. Yo me sé tus puntos débiles y tú los míos. Nos conocemos y nos respetamos. Cada año que pasa trae alegrías y novedosas sorpresas. Pero cierto es que ya hemos quemado una etapa que no volverá. Creo que la he disfrutado a tope. No se me ha quedado casi nada en el tintero contigo. Lo vivido, vivido está.

¡Ay madre cómo he llorado escribiendo esto! En eso somos parecidos. Mucho más sensibles de lo que parecemos. Ilusionados por todo, vivindo al cien por cien cada momento. Y a veces con dificultades para explotar emocionalmente… En fin… ¡¡¿Cómo no voy a querer tener otro hijo?!! La paternidad es algo que no se puede explicar. Imposible contarlo. No admite demasiados cálculos. Se mide en amor, en sufrimiento, en vida gastada.

¿Sabes hijo? Ya casi no me queda pelo. Ja, ja, ja… El trabajo, esta gran ciudad, vosotros… todo pesa a la hora de perder cabello… Y lo cierto es que ya me da un poco igual. Mis manos están curtidas de abrazos. Mi boca conoce tu sabor y el de tu hermana y el de tu madre… Mis ojos son los más bellos del mundo porque reflejan vuestra alegría. Cursi pero bonito… con un par (ya lo entenderás cuando seas más mayor)…

Sigue creciendo. Tu madre y yo estaremos a tu lado. Listos a darte la mano cuando lo necesites y felices de verte ejercitar el vuelo poco a poco. Eres un préstamo maravilloso del Padre. Te quiero tal y como eres.

Muchos, muchos besos. Te quiero.

Papá