Microrrelato musical 114

Déjate de mierdas y dime la verdad. ¿Quieres estar conmigo? No te escapes. Quédate y responde.

Estoy harta de tus desprecios, de tus desmanes, de tu chulería de barrio pijo y de ese olor a sueños inalcanzables que vas dejando a tu paso. No tienes ni idea de qué va esto. Me huyes. Eres un cobarde con dinero, un miserable incapaz de salir de la jaula del qué dirán.

¿Quién más que yo te conoce de verdad? ¿Quién te ha tratado como yo? ¿Quién, como yo, te dice la verdad? ¿Quién te quiere más que yo?

Se te acaba el tiempo.

Microrrelato musical 113

La cocina está que arde. Mamá está nerviosa, controlando el horno para que no se quemen las costillas. Tus hermanos, en el sofá, viendo la tele. Yo, de aquí para allá, disfrazado de hombre tranquilo al que no le afecta saber que ya te has hecho demasiado mayor.

Suena el timbre. Entras sonriente, con ella. Es preciosa, como tú, y su mirada destila ese algo que te hace saber que todo está bien. Tu madre se asoma desde la cocina. Está contenta. Y yo. Es la primera vez que la traes a casa, después de más de un año saliendo juntos. Algo nos dice que ya es familia y que, al mismo tiempo, nuestra familia es ya diferente.

Cada segundo de la cena, a tu lado, es un pedazo de vacaciones en mi lugar del mundo favorito. Ahora que ya no estás en casa, te echo mucho de menos. Me cuesta hacerme mayor sin ti. Te miro con orgullo y, pese a todo, sé que lo estás haciendo bien. Hay que seguir caminando.

Voy al baño. Necesito tomar aire y llorar, de alegría, de pena… ¿qué sé yo? Me lavo un poco la cara. Y vuelvo a la mesa. Feliz.

Microrrelato musical 112

Las ventanas estaban abiertas de par en par. Hacía fresquito. Y entonces me percaté de lo que mis ojos llevaban observando desde hacía tiempo. Ahí estabais, trabajando en grupo, contentos, calculadora en mano, creando, imaginando, buscando soluciones a vuestros problemas. Y me sentí orgulloso. Vi en vosotros un futuro lleno de esperanza, un presente lleno de alegría y vida, pese a todo. Y respiré hondo.

Microrrelato musical 111

Hace frío. Me he levantado al baño. No puedo dormir. No se oye nada en casa. El silencio de los vivos. Voy a la cocina. Necesito tomar algo de leche para ver si puedo conciliar el sueño. No puedo dejar de pensar en eso. Es horrible. Cada vez que intento vaciar la mente, vuelve. Una y otra vez, vuelve.

Me siento en el sofá. La leche arde. Me he pasado con el microondas. Veo tu foto. ¿Qué pensarías tú? Nunca te lo he contado. Sufrirías. Les dabas demasiadas vueltas a las cosas y, por intentar ayudar, acababas agobiando. Pero me gustaría que estuvieras aquí, a mi lado, como cuando era pequeño. Hay presencias que calman el corazón.

Bebo despacio. Trago a trago. El sueño va llegando, mientras pienso en ti…

Microrrelato musical 110

Tarde con amigos. Con Alicia y Jose me siento vivo. Cada viernes, por la tarde, explotamos el mundo, descubrimos planetas, saboreamos las cocinas del mundo y conocemos a personajes fantásticos, con los que viajamos a rincones mágicos aún sin destrozar por el ser humano. Y todo sin salir de casa. Sentados, en mi antiguo sofá rojo de casa, que mi madre quiso tirar hace dos años y que yo conseguí conservar a base de hacerle la vida imposible unos días. Sentados, con un mando cada uno, sentimos que vale la pena escapar, aunque no tengamos ni idea de adónde.

 

Microrrelato musical 109

No sigas. Levántate. Las migajas no están hechas para ti. En realidad, todos nos merecemos otra cosa. No sigas. Déjale. No te hace bien. No te quiere. Nadie te lo dice, por eso te lo digo yo. Déjale. Plántale cara a tu mierda de autoestima. Empieza a reconstruirte. Estás a tiempo. Pero aleja el veneno de tu vida, la mirada de desprecio, la palabra amenazante, la caricia abusadora.

Es tiempo de que te quieras. De una vez por todas.

MR 108

Recuerdo tu letra grande. Tus sobres decorados con cariño. Recuerdo la alegría al descubrir tus cartas en mi buzón. Lo recuerdo todo con mucho cariño. Me gustabas. Fuiste la primera chica que me hizo saber qué era eso de estar enamorado. Recuerdo algún paseo compartido, el sabor del helado frente a la piscina. Recuerdo la caricia del sol atlántico de atardecida. Recuerdo el balón de baloncesto, impulsado a canasta por tus rizos.

Ha pasado mucho pero aquí seguimos. Con hijos, trabajos, parejas, historias de idas y vueltas… buscando cada uno la felicidad en sus propios rincones. Seguimos siendo amigos. Tu letra ahora mide lo que el whatsapp decide y tus sobres se han transformado en notificaciones. La alegría al leerte es la misma. Y seguimos compartiendo paseos y helados y las caricias del sol atlántico treinta años más mayor…. Tus rizos siguen siendo mis rizos.

Qué bonito es mirarse y saberse conocido y reconocido y querido por los ojos amigos de enfrente. ¿A qué sí? Y qué bonito es regalar a nuestros hijos una amistad tan bonita como la de sus padres. Te quiero, amiga.

 

MR 107

El sol lleva calentando unos días. Las nubes blancas viajan lentamente a través de un mar azul que, a modo de edredón, arropa nuestros sueños más sencillos. La gente corre, ansiosa, camino del trabajo. Muchos caballeros aún con americana, pese a que sus caras reflejan ya un exceso de temperatura. Las jovencitas lucen piernas y abrazan al mundo tras minifaldas ligeras y llenas de color.

Alejado de la realidad que, en este momento, se estará viviendo en los despachos de ministro, en los quirófanos de hospital, en un puesto de fruto en algún mercado, en la sala de cualquier juzgado o en la oficina para renovación del DNI de una de las comisarías de la capital. Alejado de todo en este momento y, a la vez, formando parte de una vida que fluye y lo conecta todo. En el centro. Por un momento. Feliz. Sólo ahora.

MR 106

Abrí la puerta. La oscuridad dentro era menor que la que yo albergaba en mi corazón, engañado, avergonzado por tu insolencia y por esa necesidad tuya de creerte mejor que yo.

No quise encender la luz. Sabía de memoria el camino hacia la tumba de mi dormitorio. Todo estaba demasiado vacío. La desnudez de mi alma había enfriado cada centímetro de la alegría con la que, horas antes, había salido de esa misma casa; luminosa y llena de vida entonces.

Y entonces grité, grité como nunca lo había hecho. Grité porque era lo único que me quedaba: el grito.

MR 105

Me miro al espejo y me gusto. No es soberbia ni una autoestima desatada. No es eso. Es, simple y sencillamente, algo objetivo.

Me gusto porque no tengo que apartar la mirada de mí mismo, porque reconozco lo que veo.
Me gusto porque me siento querido, me sé querido.
Me gusto porque, aún lejos de un Dios griego, la verdad de un rostro es atractiva.

Apago la radio y termino de vestirme. El calor ha llegado y yo sé que estos meses son los que mejor me sientan. Se abre la puerta del baño y oigo la voz de mi hija:

– Qué guapo, papá…

Lo sabía.